INMIGRACION EN ESPAÑA: LA BATALLA DE LOS DESESPERADOS

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El mundo, que celebró la caída del Muro de Berlín, ahora ve cómo se levantan otros muros, los que separan a los pobres de los ricos, y cómo miles de desesperados subsaharianos se lanzan al mar en precarias barcazas tras la esperanza de una vida mejor. Esta es la parte más visible del fenómeno inmigratorio en España, fenómeno que también tiene otra cara, la de la inmigración legal. Distintas realidades, diferentes oportunidades.

Texto: Sergio Manaut / Fotos: AFP

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900 inmigrantes, recién desembarcados de un cayuco, aguardan ver a un juez de la Corte de Adeje, en Tenerife.

La noche se adueña de la playa de Nuakchot. Mientras los pobladores de esta zona de Mauritania, pescadores en su mayoría, duermen en sus precarias chozas, un teléfono celular desgarra el silencio. Del otro lado de la línea, la voz de un senegalés arregla una cita con el pescador mauritano. El senegalés está, junto a medio centenar de compatriotas, a dos kilómetros de la costa. Su cayuco –bote de pesca, algunos, los más sofisticados, cuentan con dos o tres motores de 40 caballos de fuerza– logró alcanzar el primer punto de su viaje hacia El dorado español, tras soportar olas de hasta seis metros de altura. Allí, en Nuakchot, el contacto los reabastece de víveres y gasolina para la barcaza. Una vez entregada su carga, el bote mauritano regresa a la costa. Los senegaleses ponen rumbo a Canarias. Si tienen suerte llegarán a destino. Ellos saben que durante este año fueron recuperados 490 cadáveres del mar. Pero Cruz Roja y Media Luna calculan que el número de subsaharianos desaparecidos oscila entre 2.000 y 3.000, y se sumarán a los 25.000 o 27.000 que lograron desembarcar con vida en territorio español. Aunque el final feliz aún debe esperar. En Canarias comienza otro drama: la lucha por no ser deportado y la batalla, si consigue quedarse en España, por la supervivencia. Como antes lo fueron las olas en el mar, de ahí en adelante será la propia realidad la que chocará con fuerza en esos oscuros rostros desesperados.

Un informe sobre los extranjeros con residencia legal en España señala que los iberoamericanos con el 35% de los inmigrantes son el grupo más numeroso, seguido por los africanos (23,58%), los europeos comunitarios (22%) y los asiáticos (6,53 %).

RAZONES DE UN ESCAPE

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Durante este año, se recuperaron 490 cuerpos del mar. Las travesías usualmente terminan en tragedias o enfermedades.

Estas personas están curtidas en mil batallas y otras tantas huidas. ¿De qué escapan, a punto de poner sus vidas en riesgo? ¿Qué realidades, capaces de vencer el miedo a la muerte, se viven en las calles de Dakar o en las de Saint Louis? Por irónico que parezca, ponen en juego la propia vida para sobrevivir. La gente huye de gobiernos corruptos, de países con una deuda externa insostenible, de la pobreza y la hambruna, de tierras imposibles de cultivar por inservibles o por falta de medios, del olvido. Africa sufre el 24% de las enfermedades mundiales, pero sólo cuenta con el 3% de los recursos sanitarios del planeta, y consume menos del 1% de los gastos internacionales en salud. Kemal Dervis, responsable del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), alerta sobre el incremento de las desigualdades en el planeta. Según su informe anual, más de 2.500 millones de personas viven con menos de 2 dólares al día. Son el 40% de la población mundial, pero representan tan sólo el 5% de los ingresos totales del planeta. Además, más de 800 millones de personas sufren a causa del hambre y la malnutrición. Otros 1.100 millones de seres humanos carecen de acceso al agua potable, y 1.200 niños mueren cada hora por culpa de enfermedades prevenibles. El estudio localiza en Africa subsahariana a la tercera parte de las 1.000 millones de personas que viven con menos de 1 dólar al día. Pero los movimientos inmigratorios van mucho más allá de los cayucos. Y la mayoría de los inmigrantes llegan a los países ricos en situaciones más acomodadas.

La clase dirigente española coincide en que la inmigración legal y organizada es positiva para el país. Para mantener el actual sistema de vida, en los próximos 30 años harían falta 6 millones más de inmigrantes en España, y 48 millones más en toda la Unión Europea.

LLEGAR A ESPAÑA

País de emigrantes hasta no hace mucho tiempo, hoy los telediarios muestran cada día las crueles imágenes de la llegada de nuevos cayucos a las costas españolas. España se convirtió en el destino preferente para los desheredados del tercer mundo, tal como lo reconoció Consuelo Rumí, secretaria de Estado de Inmigración y Emigración de España. Las cifras le dan la razón: el país absorbió el año pasado el 40% del total de la inmigración de la Unión Europea, y en 2004 España fue el país en el que más había crecido este fenómeno, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Estos números hablan de 4 millones de inmigrantes –cantidad curiosamente similar a los 4 millones de desocupados que en 1994 alarmaban a la opinión pública–, que representan el 6,5% de la población española.

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Un cayuco es escoltado por la Guardia Costera española.

Un informe elaborado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, en relación con los extranjeros con residencia legal en el país, señala que el grupo más numeroso de inmigrantes es el de los iberoamericanos con el 35%, seguido por los africanos (23,58%), los europeos comunitarios (22%) y los asiáticos (6,53%). Si se los clasifica por nacionalidad, las comunidades más numerosas, de mayor a menor, son la marroquí, la ecuatoriana, la colombiana, la rumana y la británica. Las personas de estas cinco nacionalidades representan el 50,31% del total de extranjeros con residencia legal en España. En lo que va del año, 200.000 inmigrantes llegaron a España en forma legal. ¿Cuántos extranjeros sin papeles hay en España? Se intenta alcanzar una primera aproximación a través de la diferencia entre los extranjeros con residencia legal y los empadronados. La comparación entre ambas cifras da más de un millón de extranjeros empadronados que no tienen sus papeles en regla. Pero este cálculo sirve sólo como simple estimación. Entre otros motivos, porque no todos los extranjeros sin papeles se empadronan, a pesar de que este trámite permite acceder a prestaciones sociales como la educación y la sanidad. En algunas comunidades, como Madrid, Cataluña o Valencia –las que tienen mayor demanda laboral–, la geografía está cambiando. Personas con rasgos latinoamericanos o africanos abundan en las calles, medios de transportes, hospitales y escuelas. Por primera vez este fenómeno se vio reflejado con fuerza en la última encuesta del Centro de I n v e s t i g a c i o n e s Sociológicas (CIS), que señala a la inmigración como el principal problema para la sociedad española, ya que un 56% de los consultados lo sitúa en primer lugar. Pero cuando a los españoles se les pregunta cómo les afecta a ellos personalmente, la inmigración pasa a un sexto puesto. En Girona (provincia catalana y una de las principales receptoras de inmigrantes del país), no hay un rechazo a la inmigración en sí. “Lo que produce rechazo es la pobreza, la miseria. Piensan: ‘Esta gente me va a degradar la ciudad’, y eso es lo que les da miedo”, asegura la Fundación SER.GI, la organización de pedagogía social que más experiencia tiene en el trabajo con inmigrantes en esa provincia.

También es cierto que lo que queda en la superficie del fenómeno de la inmigración son los cayucos llegando a las costas de Canarias. Esa inmigración es minoritaria. Pero esas imágenes le recuerdan al mundo la existencia de una clase desheredada y olvidada.

LA ECONOMIA, AGRADECIDA

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Funcionarios portuarios contienen a un inmigrante, antes de realizarle chequeos médicos.

Para el presidente del CIS, Fernando Vallespín, el proceso migratorio en España mejoró la fecundidad, compensó diferencias del estado de bienestar como la emancipación de la mujer, y trajo un mayor pluralismo y multiculturalidad. La clase dirigente española –y la mayor parte de la población– coincide en que la inmigración legal y organizada es positiva para el país. Las predicciones dicen que para mantener el actual sistema de vida, en los próximos 30 años harían falta 6 millones más de inmigrantes en España, y 48 millones más en toda la Unión Europea. Un informe de La Caixa Catalunya, afirma que la renta per capita de los españoles hubiera caído 0,64% sin el trabajo de los inmigrantes. En la última década la economía creció el 2,6% anual por el aporte de los inmigrantes. Los sectores donde suelen trabajar los extranjeros son: servicios domésticos (33%), construcción (21%), actividades agrarias (14%) y hotelería (10%). A la hora de hablar de las desventajas, los expertos ponen en primer lugar la ilegalidad. Se trata de miles de personas que no cotizan, pero que utilizan los servicios sociales. Un ejemplo de esto es Madrid, donde viven 950.000 inmigrantes, 400.000 de ellos en situación irregular. Si bien es cierto que la inmigración modera los salarios, para el Banco de España esto es positivo porque controla la inflación. Pero los sindicatos hacen otra lectura: ven un síntoma de precariedad laboral.

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Inmigrantes subsaharianos esperan poder entrar al territorio español, escapando de las miserias de sus países de origen.

Con todo, los economistas aseguran que la caída de los salarios reales puede darse en el corto plazo, ya que la entrada de inmigrantes se produce cuando la economía y los sueldos están creciendo. Los analistas españoles echan mano de la experiencia de los Estados Unidos para desinflar recelos que el fenómeno inmigratorio podría provocar en los ciudadanos a la hora de cobrar sus salarios. Según la experiencia estadounidense, los inmigrantes tardan cinco años en alcanzar el nivel salarial de los nativos, y diez años en superarlo. A contramano de lo que se cree, el CIS asegura que el nivel educativo medio de los inmigrantes es mayor que el de la población española. La inmensa mayoría de los extranjeros trabaja con contrato, habita en casas dignas, lleva a sus hijos a las escuelas y los anota en las universidades. También es cierto que lo que queda en la superficie del fenómeno de la inmigración son los cayucos llegando a las costas de Canarias. Esa inmigración es minoritaria. Pero esas imágenes le recuerdan al mundo la existencia de una clase desheredada y olvidada. Aquellos que con suerte superan los controles de la policía y deambulan por las calles de las ciudades españolas buscando su oportunidad y algo de dinero, viven la segunda parte de su drama: cómo asimilarse a esa sociedad rica que, en la capital española, ellos ven desde las puertas de los grandes supermercados o indicándoles a los automovilistas dónde hay un sitio para aparcar. Y, en su mal hablado español, muchos de ellos preguntan: “¿Cómo se hace para trabajar en Madrid?”.

LA OTRA INMIGRACION

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Un niño, integrante de una familia de inmigrantes ilegales, recibe atención sanitaria de un miembro de la Cruz Roja.

Dos fotografías. Ambas impactantes por su crudeza. En una se ve a grupos de subsaharianos descendiendo de los buques de la Guardia Civil, envueltos en mantas y con el rostro reflejando las huellas de un viaje de infierno. La otra refleja la imagen de africanos desesperados intentando saltar las vallas de Ceuta y Melilla para alcanzar territorio español. Cuando llegan a destino quieren regularizarse, pero es casi imposible porque no los dejan trabajar por ilegales. Pero no todos los inmigrantes provenientes del Africa deben sufrir esta cruel contradicción. En efecto, según la Comisión Económica para Africa, de Naciones Unidas (CEA), entre 1960 y 1989, 127.000 especialistas africanos altamente calificados abandonaron sus países. Esta pérdida de cerebros es particularmente preocupante en los sectores científico y tecnológico, en los cuales las naciones del continente negro se ven obligadas a importar personal calificado, precisamente de los países occidentales. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM), cuantifica las salidas de profesionales en 20.000 al año, desde 1990 a la fecha. Para colmo, un informe de la OIM afirma que el fenómeno de la fuga de cerebros le supone al Africa un costo de 4.000 mil millones de dólares al año, en concepto de pago a profesionales extranjeros, sobre todo sanitarios.


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