INMIGRACION ILEGAL: EL TREN DE LA MUERTE

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Ocho amigos de El Salvador deciden realizar un trayecto de casi 2 mil kilómetros hacia Texas. Para eso, deben pasar tres fronteras, subirse a más de 10 trenes en movimiento, sortear a delincuentes y policías. Nada es sencillo y sólo los más aptos o afortunados llegarán. No son los únicos. Otros 100 mil centroamericanos eligen, cada año, este periplo para ingresar ilegalmente a reclamar su porción del american dream.

Texto: Felipe Real / Fotos: AP

MEXICO MIGRANTS

A cada tren suben cientos de personas que pretenden llegar a Texas. Sólo unos pocos lo logran luego de sufrir innumerables obstáculos.

Corrió y corrió como nunca antes lo había hecho. Baltasar sólo se concentró en saltar hacia el lomo de esa víbora oxidada, de ese gusano de hierro incandescente que brama y se retuerce, y que todos insisten en llamar “el tren de la muerte”. Era el año 2001; era la primera vez que salía de su país, El Salvador; era la única oportunidad –eso creía él– de ingresar al “reino del porvenir”, Estados Unidos. Como otros 100 mil centroamericanos creyó que la mejor manera de lograrlo era intentar alcanzar el “sueño americano” como polizón en alguno de los vagones que recorren el intrincado sistema ferroviario mexicano que se extiende entre Chiapas y Texas. El pasaje puede costar caro: 500 migrantes mueren cada año y otros 100 quedan mutilados. Muchos desaparecen sin dejar rastro. Para inmiscuirse en la historia de este salvadoreño de 17 años, pómulos firmes y cabello brioso, habría que decir que es hijo de un ferretero de San Salvador cuyo negocio declinaba día a día. Su futuro prometía escurrirse con más penas que glorias. Una tarde se topó con José, un muchacho algo mayor, que acababa de llegar de Los Angeles; venía con dólares y muchas historias sobre mujeres, fiestas, lujos. Al principio lo dudó, pero luego Baltasar decidió sumarse a un grupo que partiría rumbo al norte. “Despedirse fue duro, pero necesario”, lagrimeó. De todas maneras, el inicio de la travesía parecía simple: pasaron por San Cristóbal, un pueblito cortado a la mitad por la frontera entre El Salvador y Guatemala un viernes, cuando se realiza el mercado popular y los soldados reducen los controles. En horas llegaron a Tecún Umán, en el departamento de San Marcos, para cruzar el río Suchiate en pequeñas balsas construidas con llantas de camión hasta Ciudad Hidalgo, México. Ahí el peligro se olía: operan las tristemente célebres Maras Salvatruchas y diversas mafi as. Pero ellos eran ocho panas, ocho bravos hermanos de un mismo barrio, con un mismo sueño. Sin miedos, con coraje, no los detendría nadie. Esa misma noche, mientras dormían en los matorrales, sintieron voces: eran policías judiciales mexicanos. Entonces salieron corriendo en diferentes direcciones y se perdieron. A la mañana siguiente, Baltasar encontró a sus amigos: estaban muy asustados. Unos policías habían pasado la noche deteniendo a los inmigrantes con el mero objetivo de robar sus ahorros. Y en el medio del desmadre, habían matado a dos guatemaltecos. “Después se quejan de cómo la migra trata a los mexicanos”, pensaron. Para evitar daños mayores, se dejaron atrapar. Pasaron unos días en bartolina (prisión) y los llevaron a la frontera. Juntaron impulso y volvieron a intentarlo. De nuevo en México, se dirigieron a Tapachula, municipio de Soconusco. Durante años fue el lugar de reunión de los polizones, el sitio indicado para abordar el tren que parte desde Hidalgo. Baltasar y sus amigos llegaron de madrugada y comenzaron a esperar. Como si fuera una procesión, a ellos se sumaron otros 350 emigrantes, incluidos mujeres y niños. El Ferrocarril Chiapas- Mayab se hizo desear: apareció cerca de la medianoche como un búfalo en las sombras. Ese fue el día que Baltasar corrió y corrió, como nunca antes en su vida. Y dio el salto más importante que jamás haya dado. En su memoria quedan los gritos de quienes fallaron en el intento.

A la mañana siguiente, Baltasar encontró a sus amigos: estaban muy asustados. Unos policías habían pasado la noche deteniendo a los inmigrantes con el mero objetivo de robar sus ahorros. Y en el medio del desmadre, habían matado a dos guatemaltecos. “Después se quejan de cómo la migra trata a los mexicanos”, pensaron. Para evitar daños mayores, se dejaron atrapar. Pasaron unos días en bartolina (prisión) y los llevaron a la frontera. Juntaron impulso y volvieron a intentarlo.

EXPRESO DE MEDIANOCHE

De su grupo, sólo uno resbaló y cayó. Pero José, el más experimentado entre ellos, bajó para no abandonarlo a su suerte. Peor le fue a un nicaragüense que tributó sus piernas. Ahora eran seis salvadoreños, pero ninguno conocía el trayecto ni los sucesivos peligros. A continuación de la alegría inicial, vinieron la angustia y el hambre. Y la tensa espera. Nadie disfrutó del paisaje. Algunos vagones, en esta región, van abiertos y se puede viajar acostado entre bolsas de cemento. Otros lo hacen colgados de las escalerillas o en el techo, boca abajo. Deben estar atentos, a cada tanto el tren se sacude y caer es sencillo.

No sólo se toparon con malas personas, también conocieron gente desinteresada y solidaria, que les arrojaba comida a los vagones en marcha, evocando al bíblico samaritano; almas caritativas que asisten a los migrantes, a los desvalidos y lisiados que quedan por el camino. Hombres, mujeres, familias enteras, abren sus casas sin aceptar pago ni retribución.

Cuando se acercan a una estación, todos tienen que saltar, esconderse en la maleza, esquivar a los guardias y volver a subir. Lo más peligroso son los retenes sorpresivos. En un punto determinado de la via, cientos de policias esperan al convoy y lo limpian, armas en mano, sin ahorrar violencia: gritos, golpes y disparos son usuales. Por suerte siempre algún vecino les avisa. Entonces se arrojan del tren en marcha y corren por el monte hasta rodear el control y vuelven a subir al mismo o esperan al siguiente. En un raid de ésos, perdieron a un amigo que no pudo seguir corriendo. Los cincos salvadoreños prometieron seguir adelante pasara lo que pasara y sacarse una foto en el primer cartel que anuncie la llegada a Estados Unidos. Al grupo se sumó un nicaragüense que oficiaba de guía. Decía que “conocía el camino”, que “había que hacerle caso” y que “tenía valores y no les cobraría porque eran puros pendejos”. A la noche se ofreció para mostrarles un camino hacia un rancho abandonado.

EL TREN DE LA MUERTE, MURIO

Como si fuera un polo magnético o la propia Meca, miles de emigrantes, conmovedoramente, siguen arribando al sur de México y se quedan a esperar el tren de la empresa Chiapas- Mayab. “Pero como consecuencia de los huracanes (Mitch y Stan), así como las fuertes lluvias en Chiapas y Tabasco, el tren ya no sale de Ciudad Hidalgo y, por ende, no atraviesa Tapachula, en Chiapas”, aseguró Carlos Cáceres Ruiz, periodista especializado en problemas migratorios del sur de México. Ante las desgracias climáticas y la falta de inversiones, Chiapas-Mayab fue suspendiendo paulatinamente diferentes trayectos. Por lo cual, quienes pretendían abordarlo, debían caminar por los rieles casi 250 kilómetros. Luego su frecuencia se tornó muy irregular y el gobierno optó por cancelar la licencia de la concesionaria y en el futuro volverá a licitarla. No obstante, los emigrantes siguen llegando. En septiembre último, 2 mil viajeros quedaron varados en la localidad de Tenosique, en el Estado de Tabasco. Después de esperar varias semanas en precarias condiciones sanitarias, sin alimentos ni agua potable, el ejército, la policía judicial y funcionarios del Instituto Nacional de Inmigración de México coordinaron un inmenso operativo para evitar una auténtica tragedia humanitaria y garantizar que los “sin papeles” regresen a sus hogares en América Central.

MEXICO MISTREATING MIGRANTS

La muerte de un viajante. Grandes secuelas afrontan aquellos que caen del tren ante el hambre, el sueño y el calor de la selva.

De pronto, en la oscuridad, sintieron un disparo. Era una trampa: entre el nicaragüense y un cómplice, los despojaron. Pasaron la noche dando lamentos. A la mañana llegaron a una ciudad pequeña de Oaxaca. Allí se alojaron en una posada para migrantes y se sintieron afortunados. Hacía una semana un hombre había sido asesinado y su hija violada por dos empleados de una agencia de seguridad privada. Considerando que en pocos kilómetros la muerte ya los había rozado varias veces, dos integrantes del grupo decidieron desertar. En este marco, los últimos tres salvadoreños encararon hacia las tierras de Veracruz. No sólo se toparon con malas personas, también conocieron gente desinteresada y solidaria, que les arrojaba comida a los vagones en marcha, evocando al bíblico samaritano; almas caritativas que asisten a los migrantes, a los desvalidos y lisiados que quedan por el camino. Hombres, mujeres, familias enteras, abren sus casas sin aceptar pago ni retribución. En el centro de México, las ciudades iban aumentado su tamaño y las estaciones su complejidad. En tal ocasión debían analizar con cuidado cada empresa ferroviaria, para no subirse a un tren equivocado, que se dirigiese hacia otras rutas o regresase sobre sus propios pasos hacia el sur. Nada de eso ocurrió. Baltasar sentía que tenía una buena estrella. Los trenes parecían estar coordinados a su albedrío. “Cumpliré mi sueño con la ayuda de mi primo”, decía.

Tras deambular varias horas, mientras comenzaban a celebrar su éxito y buscaban un teléfono para comunicarse con su primo, los detectó la “migra”. El sacrificio había sido inútil. En el interrogatorio, Baltasar se dio cuenta de que un oficial decía que ambos debían ser mayores de edad y que, por lo tanto, los trasladarían a una prisión y luego los deportarían.

TIERRA PROMETIDA

RAFTERS CROSSING SUCHIATE RIVER

Antes de subir al tren que parte de Chiapas, es inevitable cruzar la frontera entre Guatemala y México en precarias balsas.

Sin recordar a cuántos trenes había montado, después de 10 días de viaje logró abordar la Kansas City Southern Lines rumbo al norte. San Luis Potosí, Laguna Seca y Saltillo desfilaron ante sus ojos. Luego las afueras de Monterrey quedaron atrás. Uno de sus amigos se despidió cerca de la ciudad fronteriza de Nueva Laredo, pues prefería cruzar a pie a través del desierto. Nunca supieron si lo logró. De boca de otros, Baltasar supo que había gente que cobraba abultadas sumas para ingresar en containers que eran importados en Estados Unidos. Si bien carecía de dinero, no quiso viajar hacinado y encerrado bajo el sol en una cápsula de lata. Por eso prefirió abrir un vagón que transportaba automóviles y esconderse en uno de ellos. Más tarde supo que a veces los vagones no pueden abrirse desde adentro y los indocumentados son hallados, semanas posteriores, muertos o en estado de shock. Tenía razón: la buena estrella lo acompañaba en su periplo. Cruzó el río Bravo de Nueva Laredo a Laredo. Baltasar y Miguel, su último amigo, sólo debían pasar una prueba más: bajar en el momento oportuno. Era una lotería sin más chances que ganar o perder. Cuando lo creyeron conveniente, abrieron la puerta: no había nadie a la vista. Saltaron y corrieron como lo habían hecho 12 días atrás, en la espesura chiapaneca. Ahora estaban en Texas. Ahora su sueño parecía cumplido. Tras deambular varias horas, mientras comenzaban a celebrar su éxito y buscaban un teléfono para comunicarse con su primo, los detectó la “migra”. En cuestión de minutos se dieron cuenta que estaban rodeados y que nada podían hacer. Al ser aprendido, casi se pone a llorar. El sacrifi cio había sido inútil. En el interrogatorio, Baltasar se dio cuenta de que un oficial decía que ambos debían ser mayores de edad y que, por lo tanto, los trasladarían a una prisión y luego los deportarían. Pero Baltasar recordó que alguien le había dicho que, hacía un año, habían sacado una ley que protegía a los menores ilegales e impedía que sean traslados a prisión junto a los mayores, pues solían ser objeto de violaciones y asesinatos. Entonces le dijo al guardia: “Yo nací en 1984 y usted me está sumando un año”. El oficial dijo que no importaba, que él era quien decidía cuántos años tenía. Baltasar comenzó a gritar y protestar, a decir que era menor y que si le pasaba algo, él sería responsable. Armó tal alboroto que corrigieron la fecha. Al rato le dijeron que se despidiera de Miguel: su compañero sería deportado. Ahí sintió que su periplo culminaba y que no volvería con la frente marchita. Al tener 17 años, lo mandarían a un correccional y sus parientes tendrían derecho a retirarlo y alojarlo. Así fue que esperó que llegara su primo con un abogado para iniciar los trámites correspondientes. Pasó algunos días de encierro en el correccional de menores, donde se dedicó a alimentarse y recuperar los kilos perdidos. Intentaba descansar después del trajín, pero no hacía más que pensar y pensar. Quería saber cómo sería la vida en un país tan diferente al suyo y le preguntaba a los otros detenidos si eran ciertas las cosas que le habían contado. Evocaba también a su numerosa familia; a su madre, que sufría su ausencia. Tampoco lograba quitar de su mente a sus siete amigos, sus siete panas, que lo habían acompañado en su peregrinaje hasta que la fatalidad, siempre caprichosa, los separó. “¿Qué habrá sido de ellos?”, se preguntaba. “Algún día nos reencontraremos”, se respondía. Baltasar es el único de los ocho muchachos que llegó a destino. Ni el tren de la muerte, ni los delincuentes, ni los policías pudieron con él. El itinerario no le resultó tan simple como imaginaba antes de partir, ni el destino tan generoso como creía. Pero igual está satisfecho. Aunque su nombre es falso, su historia es verdadera. Este joven de 24 años la cuenta a cualquiera que quiera oírla con la única condición de reservar su identidad. Hoy vive en Nueva York y tiene dos empleos. Durante la semana trabaja en la construcción, y los sábados atiende una ferretería como, en un barrio salvadoreño, lo hace su propio padre.


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