INMIGRACION: LA DIASPORA LATINOAMERICANA

0

La inmigración interregional es un fenómeno en alza en las últimas décadas. México, Brasil, Chile, Argentina y Venezuela son los polos de atracción favoritos para buscar un futuro mejor. Así, muchos latinoamericanos dejan sus hogares por la falta de oportunidades en su lugar de origen. Pero no siempre se encuentran con lo prometido. Bolivianos, peruanos y paraguayos viven en carne propia los pesares de ser indocumentados en países limítrofes. La sombra de la esclavitud sobrevuela miles de casos.

Texto: Pablo Policicchio / Fotos: AFP

Día a día millones de personas abandonan sus países de origen en busca de nuevos horizontes y de un futuro mejor para sus familias. Desigualdad de oportunidades, desempleo, falta de desarrollo o cuestiones políticas hacen que muchos decidan dejarlo todo, y migrar a países limítrofes o al otro lado del continente. Brunson McKinley, director general de la Organización Internacional para las Migraciones, afirma que “la migración es una de las cuestiones clave del siglo XXI. Ya no se trata de saber si hay o no migración, sino más bien de cómo encauzarla eficazmente a fin de alentar sus repercusiones positivas y atenuar sus consecuencias negativas”. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), hay 3 millones de migrantes interregionales, es decir, entre países de Latinoamérica. La mayoría son indocumentados que van detrás de mejores salarios y que, al igual que aquí, suelen ser acusados de quitarle trabajo a la población local y de abusar de los sistemas de educación y salud pública. Felipe de la Balze, economista experto en temas internacionales, explica que “hoy en día, las migraciones presentan un nuevo perfi l y han adquirido una escala sin precedentes. Según las Naciones Unidas, en la actualidad, casi 200 millones de personas residen fuera de su país de origen. La novedad no proviene sólo del volumen de los flujos migratorios, sino también del amplio abanico de personas que se desplazan y de la variedad de países que se han convertido en `emisores´, `receptores´ y `territorios de tránsito´. Lo que caracteriza a las migraciones contemporáneas es el predominio de la motivación económica”. Actualmente, México, Brasil, Chile, Argentina y Venezuela son los polos de atracción preferidos para buscar un futuro mejor. Costa Rica es otro de los países latinoamericanos que, por su excepcional estabilidad, ha recibido una gran cantidad de inmigrantes. Y según estudios recientes, el 95% de los costarricenses tiende a ver a la inmigración como un problema y considera que el número de llegados es demasiado alto. ¿Qué genera estas corrientes? La conformación de un estado de bienestar, o algo parecido, produce en los países receptores la necesidad de contar con mano de obra más económica que realice las tareas que los propios ya no quieren realizar. Es así como, por ejemplo en Argentina, la llegada de paraguayos para dedicarse a la construcción o al trabajo doméstico, chilenos para trabajar en viñedos, y de los bolivianos para cultivar la tierra o dedicarse a la industria textil es una impronta de las últimas décadas, acrecentado con el regreso de la democracia en 1983 y la bonanza económica de la década del 90. En Chile, el crecimiento económico y la constancia política de los últimos tiempos lo han convertido en un nuevo imán, principalmente para miles de peruanos, muchos de los cuales ingresan clandestinamente. Lo mismo sucede en Brasil, sobre todo en su frontera con Paraguay; aunque aquí tiene mucho que ver además del trabajo clandestino, el contrabando. En cuanto Venezuela y sus vecinos colombianos, muchos huyen de la guerra contra el narcotráfico y fijan en la tierra de Hugo Chávez o en Ecuador el destino de su huida. México, en tanto, viene sufriendo la llegada de guatemaltecos a su territorio. Un informe de la Comisión mexicana Nacional de Derechos Humanos (CNDH) denuncia que son explotados por sus patrones, que los someten a jornadas agotadoras de trabajo en las plantas productoras de café en el estado de Chiapas. El organismo enumeró como ejemplo las jornadas de 16 horas diarias de trabajo, que no distinguen entre niños, adultos o ancianos, la pésima alimentación y las condiciones de vivienda. Asimismo, afirma que los dueños de las haciendas en donde trabajan les retienen los documentos para presionarlos con la deportación y hacerlos aceptar míseros salarios por sus servicios.

“La migración es una de las cuestiones clave del siglo XXI, ya no se trata de saber si hay o no migración, sino más bien de cómo encauzarla eficazmente a fin de alentar sus repercusiones positivas y atenuar sus repercusiones negativas.”

LAS CENICIENTAS Las dos corrientes migratorias por excelencia de Sudamérica son los bolivianos y los paraguayos. Estos dos países –quizá “las cenicientas” de la región– han originado en las últimas décadas verdaderas diásporas de ciudadanos con destinos disímiles como países limítrofes, Estados Unidos o Europa. En Argentina, en nuestros días viven más de dos millones y medio de paraguayos, y más de 400 mil ilegalmente. Por su parte, el número de bolivianos oscila entre 1,8 y 1,5 millones. Tras su llegada, bolivianos y paraguayos son comúnmente víctimas de la discriminación y la explotación laboral, más allá que el gobierno argentino haya tratado en los últimos años, con dispar éxito, de legalizarlos para evitar así, al menos, el abuso de los empleadores. Afincados mayoritariamente en la Capital Federal, el Gran Buenos Aires y en otras provincias, la estadía en Argentina les otorga, aparte de cierto prestigio ante su familia por estar trabajando en un país más desarrollado, la posibilidad de contar con un acceso a la educación y a la salud que en su tierra no tienen. Además del envío de dinero mensual a sus hogares. Este fenómeno se vivió sobre todo en los años 90: la paridad 1 peso- 1 dólar les daba la posibilidad de cobrar un salario, por pequeño que fuera, en divisa norteamericana, que en Bolivia o Paraguay era una pequeña fortuna. Hoy, a pesar de ser menor la ganancia, el cambio es de 1 dólar-3 pesos, se sigue manteniendo el giro de remesas de dinero. A su vez, tanto bolivianos como paraguayos ocupan puestos de trabajo de menor categoría. Contra esto conspira el hecho de que muchos son analfabetos, lo que los hace víctima fácil del engaño y les cierra muchas puertas en otros rubros. El problema es que muchos de ellos han sido utilizados por redes de esclavitud laboral, especialistas en conseguir mano de obra barata e indocumentada para esquivar la presión fiscal. Según un informe de la Unión de Trabajadores Costureros (UTC), unos 25 mil bolivianos que trabajan en talleres textiles clandestinos de Buenos Aires son sometidos a “condiciones de esclavitud”. Estos talleres no están inscriptos o autorizados por las autoridades argentinas y muchos están ubicados en zonas marginales. “Hoy funcionan unos 2 mil talleres ilegales de costura en los cuales trabaja un promedio de entre 10 a 15 bolivianos en cada uno”, asegura Gustavo Vera, portavoz de la entidad. Los operativos de los inspectores de trabajo han llegado a descubrir centros de producción ilegal en el que familias enteras, en su mayoría indocumentadas o las que se les retenían sus papeles, trabajaban con el sistema de “la cama caliente”. ¿Cómo es esto? Grupos de bolivianos, hombres y mujeres, en muchos casos con sus hijos, habitan en un taller que no es más que una casa adecuada para tal fin, sin habilitación ni instalaciones sanitarias, y trabajan de sol a sol en la confección de prendas de vestir, muchas de grandes y afamadas marcas. Cuando se detienen para comer y dormir, otros ocupan sus lugares. Estas personas cobran por prenda terminada, un valor muchas veces irrisorio si se tiene en cuenta el precio final de la misma, 3 a 5 pesos (entre un dólar y un dólar y medio) por un jean que en los comercios se vende a 240 pesos (80 dólares) en el mejor de los casos. Lo mismo ocurre para la fabricación de sweaters, chaquetas, camisetas y vestidos. En otros talleres, los legalizados, la jornada de trabajo comienza a las 8 de la mañana y termina a las 20, menos los sábados, que finaliza a las 13. El salario va de 700 a 850 pesos (menos de 300 dólares), según la producción. “Mientras tengas trabajo y puedas coser, no tienes otra opción. Estás en un país que no es el tuyo”, respondió con resignación Janneth respecto de si no merecía los mismos derechos que gozaban otros trabajadores. “Nos contratan en negro porque dicen que tienen que pagar impuestos, pero por lo menos aquí venimos y nos emplean fácilmente”, agregó Genaro Quispe, otro costurero. El problema de la explotación de bolivianos para la industria textil también se observa en Brasil. Jornadas de trabajo de hasta 16 horas, seis días a la semana y salarios bajos e incluso inexistentes son la realidad laboral que deben enfrentar los migrantes bolivianos que se trasladan ilegalmente a ese país en busca de mejores condiciones de vida. “Ellos (los bolivianos) viven así. Las condiciones las fijaban ellos, no yo. La mentalidad de ellos es así, vienen al país, juntan dinero dos años y levantan un taller. Por eso quieren vivir en el mismo lugar donde trabajan, así no gastan”, declaró Juan Manuel Correa, dueño de un taller clandestino ante la Justicia argentina.

ARGENTINA-ENERGY-CRISIS

Trabajadores en planta de energia Argentina.

LA OLEADA PERUANA En Chile, las cosas no son muy distintas. Muchas empresas se sirven de los bolivianos y los peruanos llegados ilegalmente para trabajar en forma irregular y por escasa paga, pero que aceptan porque están dispuestos a vivir con menos dinero. “No puedo volver a mi país porque la situación allá es muy mala”, afirma Gloria, una peruana de 25 años que llegó a Chile hace menos de uno, embarazada de su tercer hijo. Pero su vida en ese país no es mucho mejor: vive en un cuarto que le prestaron y con muchas dificultades para conseguir un trabajo digno. Sus otros dos hijos, de siete y nueve años, quedaron en Perú al cuidado de su abuela. “¿Qué voy a hacer con tres hijos aquí?”, se pregunta Gloria, quien no cuenta con visa de turista ya que le fue retirada por la policía chilena. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), unos 39 mil inmigrantes peruanos trabajan en Chile en condiciones de “extrema vulnerabilidad y permanente abuso”. Esto significa: sin contrato de trabajo, con menores ingresos que un trabajador chileno y en condiciones que ponen en riesgo su seguridad. Estas personas toleran las condiciones expuestas por sus empleadores, accediendo así a salarios extremadamente bajos que los obligan a vivir hacinados en los barrios más antiguos de Santiago de Chile. Esta “nueva esclavitud” generó preocupación en las autoridades chilenas, que han impulsado en diciembre pasado una “amnistía” o campaña de regularización de extranjeros. Así, 34.779 personas han retirado sus solicitudes para regularizar su permanencia en el país. Los datos oficiales aseguran que más del 70% de los pedidos corresponde a ciudadanos peruanos. Este importante paso tomado por el gobierno de Michelle Bachelet se ganó el reconocimiento de las autoridades peruanas y fue el mismo mandatario, Alan García, quien se lo hizo saber a la presidenta. Pero como en toda sociedad, el caso de los inmigrantes ha provocado, en contrapartida, xenofobia. De nuevo el lugar común: el sentimiento de que “ellos se llevan el trabajo que debe ser de los chilenos” es imposible de contener. La cuestión es que al carecer de documentos y un contrato laboral, no pueden regularizar su situación. Para acceder a una visa temporal y recibir un ID, deben presentar un contrato de trabajo por dos años, como mínimo. Pero la fi rma del mismo está supeditada a tener autorización para residir legalmente. Para el presidente del Comité de Refugiados Peruanos en Chile, Raúl Paiva, “no existe voluntad política del gobierno para atender las demandas de los inmigrantes y refugiados”. Paiva critica además la discrecionalidad con que los funcionarios de los pasos fronterizos deciden quién ingresa al país y quién no. También existe una cláusula que establece que los empleadores deben hacerse cargo del pasaje de regreso del inmigrante cuando termine el vínculo laboral, lo que inhibe la contratación. Muchos bolivianos, ecuatorianos y peruanos ingresan a este país escondidos en camiones, incluso en los que tienen cámaras frigoríficas, comenta Paiva. Y una vez asentados, viven en condiciones muy precarias. Se ha detectado que galpones divididos en minúsculos cuartos sin servicios básicos han sido habilitados como viviendas, arrendadas a decenas de migrantes. “Chile se presenta como un polo de atracción para los inmigrantes, pero no tiene una política adecuada para acogerlos”, alega Bárbara Romero, del no gubernamental Observatorio Control Interamericano de los Derechos de los y las Migrantes (OCIM). En un mundo tecnificado y con la brecha entre ricos y pobres ampliándose, la falta de un desarrollo acorde y programado en las naciones menos pudientes actúa de expulsor de sus habitantes en busca de más ventajas y de un futuro prometedor para sus familias. Latinoamérica se ofrece como un territorio de puertas abiertas pero la solución está lejos de conseguirse. La inmigración está allí y ya no puede ser guardada debajo de la alfombra.


Compartir.

Dejar un Comentario