JAMES TURRELL: EL ARQUITECTO DE LA LUZ

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Desde siempre los arquitectos han valorado la danza de la luz por los espacios interiores, pues era la prueba evidente del paso del tiempo. Sin embargo, el californiano James Turrell arrebata a la luz el movimiento y la convierte en materia estática. Así le da forma. Una forma nítida, homogénea. Con ese material construye un plano y lo dispone frente al espectador. Y conjugado con más planos construye un espacio. Cinco exposiciones a lo largo y ancho de Estados Unidos del hombre que ha cumplido 70 años en estos días ponen en el tapete la actualidad de su inusual búsqueda.

Texto: Ulises Parigi / Fotos: Gentileza Los Angeles County Museum of Art / Solomon R. Guggenheim Museum / Museum of Fine Arts de Houston / Kayne Griffin Corcoran

James Turrell

Sensorial. Los trabajos de Turrell se basan en su fe cuáquera y exhiben una presentación sencilla y estricta de lo sublime.

Algunos artistas se pueden dar ciertos lujos. Como celebrar sus 70 años de vida exhibiendo a lo largo del territorio estadounidense cinco muestras. Sí, cinco. No leyeron mal. El inefable James Turrell lo ha logrado. Hagamos cuentas: James Turrell: A Retrospective en Los Angeles County Museum of Art estará abierta al público hasta el 6 de abril de 2014 e incluye sus primeras indagaciones en los fenómenos físicos de la luz –teniendo como premisas la abstracción geométrica–, así como sus últimos experimentos con hologramas. Es destacable la sección dedicada a la obra maestra en proceso, Roden Crater, presentada con variedad de maquetas, planos, fotografías y filmes.
En el Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York, a partir del 21 de junio y hasta el 25 de septiembre, la instalación Aten Reign “transforma la rampa espiralada del Guggenheim en un espacio atiborrado por el movimiento continuo de luz artificial y natural”, dice la comunicación de prensa; unos días antes, desde el 9 de junio y hasta el 22 de septiembre, James Turrell: The Light Inside será la atracción central del Museum of Fine Arts de Houston a partir de la instalación permanente del artista californiano en el MFAH, también llamada The Light Inside, que se encuentra en un túnel subterráneo que une dos de los edificios del museo.
Las Vegas no podía quedar afuera del mapa: el centro comercial Crystals oficia de anfitrión de la pieza James Turrell at Crystals desde mayo. La obra sumerge a la estación de monorraíl del edificio en un campo de luz de color, que se regula con la llegada y salida de cada tren. Por último, Kayne Griffin Corcoran inauguró su nueva y enorme galería en 1201 South La Brea Avenue en Los Angeles con la muestra Sooner Than Later, Roden Crater. El título hace referencia al trabajo de décadas de Turrell en su proyecto para transformar un volcán extinto de Arizona en un gran observatorio a simple vista, lo que permite a los visitantes ver los fenómenos celestes sin necesidad de telescopios.

Turrell

Luz celestial. Sus instalaciones resaltan las cualidades de la luz para comunicar sentimientos de trascendencia y lo divino.

Hombre de luz
Turrell nació el 6 de mayo de 1943 en Pasadena, California. Su obra está atravesada, literalmente, por la luz y el espacio. Su padre, Archibald Milton Turrell, fue un ingeniero aeronáutico y docente. Su madre, Margaret Hodges, formada como médica, posteriormente trabajó en el cuerpo de paz. Sus progenitores eran cuáqueros. Turrell se graduó en la Universidad de Pomona en psicología perceptual en 1965 (donde abordó el estudio del efecto Ganzfeld, que va a ser muy significativo en sus exploraciones artísticas) y también estudió matemáticas, geología y astronomía. Además, obtuvo una maestría en arte en la universidad Claremont Graduate en 1966.
Por más de cuatro décadas, ha creado sorprendentes obras que juegan con la percepción y el efecto de la luz dentro de un espacio implantado. Estos trabajos se basan en un enfoque performativo. Su fascinación con el fenómeno de la luz se relaciona con una búsqueda personal del lugar de la humanidad en el universo. Influenciado por la formación cuáquera que recibió de pequeño, que él caracterizó como tener una “directa y estricta presentación de lo sublime”, el arte de Turrell pide una gran autoconciencia y disciplina en cuanto a contemplación silenciosa, paciencia y meditación.
Así, el trabajo de Turrell inspira al espectador a participar en una visión reflexiva. Cada cambio de perspectiva conduce a cambios en la percepción. La oscilación entre la bidimensionalidad y tridimensionalidad, y la calidad espacial y escultórica de la luz permiten al observador reconstruir la percepción de su propio reflejo. También explora el espacio: los planos convertidos en objetos tridimensionales parecen flotar en el espacio. De este modo, él y otros artistas californianos conceptuales de la luz y el movimiento espacial de la década de 1960 han querido desmaterializar la obra de arte como tal a través de la luz.
La maestría de Turrell con estos elementos ha ubicado a los observadores en un reino de pura experiencia. Sus trabajos a gran escala, a veces obras arquitectónicas, incorporan una compleja interacción entre el cielo, la luz y la atmósfera en movimiento a través de extensiones del océano, el desierto y la ciudad.
Alguna vez dijo: “Estoy interesado en profundizar y explorar la arquitectura del espacio creado por la luz. Mayormente nos hemos ocupado del espacio por el desplazamiento o masificación de la forma. El arte que realizo cubre este terreno entre la forma y el espacio de formación mediante la luz. Se trata de un espacio estructurado sin masificación de la forma. Esta cualidad de trabajar el espacio, entre lo que limita o expande la penetración de la visión, es algo que me fascina vivamente”.
Dueño de varios prestigiosos premios como la beca Guggenheim y el MacArthur Fellows, Turrell actualmente vive en Flagstaff, Arizona. Desde este lugar, supervisa cómo se completa su más ambicioso trabajo, un proyecto de land art monumental en Roden Crater, el volcán apagado en pleno desierto Pintado, que el artista ha estado transformando en un observatorio celestial a simple vista a lo largo de estos últimos 35 años.
La historia es dantesca. Turrell compró el terreno con las donaciones de la fundación Guggenheim y de algunos de sus simpatizantes. Su objetivo: convertir esta natural ceniza volcánica en un tremendo observatorio. Entre 1978 y 1999, la obra estuvo parada. Pero lo que iba a ser un trabajo inconcluso, volvió a tomar forma: un gran ojo que mira el cielo anclado en un cráter de 3 kilómetros.
“Siento que mi trabajo es realizado por un ser, un individuo. Se podría decir que soy yo, aunque no es verdad. Quiero crear una atmósfera que se pueda conectar con la idea de observar, al igual que el pensamiento sin palabras que viene en busca de un incendio. El cráter Turell trae los cielos a la tierra, vinculando las acciones de las personas con los movimientos de los planetas y las galaxias”, indicó al respecto. Luz garantizada.


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