JOHN LENNON: IMAGINALO

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Creció sin padres, inventó a los Beatles y fue asesinado por un fan enloquecido. Nunca olvidó a su madre muerta, y abandonó a su primer hijo tal vez como su padre lo hizo con él. Fue célebre, triunfó como compositor solista y dejó tres mensajes a la posteridad: rebeldía, amor y humor. Un personaje apasionante. Una historia inolvidable. En diciembre se cumple un nuevo aniversario de su trágico final. Hoy John Lennon tendría 74 años.

Texto: Raúl García Luna / Fotos: Terry Frieden / Ben Steel / Roger Nail / Rob Isherwood / Brian Egan / Tim Corbin

ImaginaloEn 1940, Liverpool era la ciudad-puerto más bombardeada por los aviones de Hitler. Allí, el 9 de octubre, Julia Stanley alumbró a John, al que también llamó Winston en homenaje al primer ministro Churchill. Ese día no hubo explosiones. Su padre, Fred Lennon, camarero de barco mercante, zarpó apenas nacido John. Y reapareció 4 años después para llevárselo con él a Nueva Zelanda. Julia lo impidió. Pero ella era incapaz de criarlo. Vivía de noche, y lo puso al cuidado de su hermana mayor, quien le reprochaba ser más insensata que Fred. Y John se mudó a la casa de su segunda madre, la tía Mimi.
En la radio, John descubrió a un muchacho blanco que popularizaba un ritmo negro: el rock and roll. Elvis Presley, claro. Y decidió imitarlo, tocando el viejo banjo de Julia, que le enseñaba cómo hacerlo a espaldas de la tía Mimi, y faltaba a la escuela. Pero ya adolescente, John tomó otra decisión: formar una banda con tres compinches más dados a la cerveza que a la lucidez. Y como parecían más trogloditas que estudiantes, los bautizó The Quarrymen: Los Picapedreros. Debutaron en el patio escolar, y ahí conoció John a James Paul McCartney. Se burló de su sobriedad, pero lo invitó a tocar con ellos. Sabía de música más que nadie, y John lo incorporó.
Entonces Julia murió arrollada por el automóvil de un policía borracho. John lloró, se embriagó y apedreó el apartamento del agente. Terminó preso y se volvió huraño. No sabía qué hacer con tanto dolor en su corazón. “Estudia, trabaja, Johnny. Nunca vas a ganarte la vida con esa guitarrita”, le decía Mimi. Años después, cuando The Beatles fueron sensación mundial con su primer simple, Love Me Do, John le obsequiaría a Mimi una plaqueta con la inscripción: “Todo gracias a la guitarrita, tía”. Y ya de adulto crearía su canción más dulce: Julia.
Los Quarrymen incorporaron a otro teenager al que Paul invitó a probarse: George Harrison, tres años menor que John, y muy tímido. Sabía más acordes que ninguno, y John lo aceptó. Stuart Sutcliffe se sumó sólo por ser amigo de John, y Pete Best fue el baterista porque su madre les permitía ensayar en el sótano familiar. A esta despareja alineación, John le puso The Silver Beetles (con doble e: Escarabajos Plateados). Y tocaron en varios pubs.
Y una noche, un pequeño empresario alemán de paso por Liverpool los escuchó y los contrató para tocar en Hamburgo, otra ciudad-puerto en la que todo exceso prostibulario estaba permitido. Luego, Stuart dejó el grupo y se quedó a estudiar artes plásticas en Alemania. De vuelta en Liverpool e inaugurando los años 60, los melómanos percibieron que esos cuatro veinteañeros ya no eran unos aficionados, y llenaron el pub The Cavern, donde los habían contratado como número estable.
Ahí ya nadie los llamaba The Silver Beetles, sino The Beatles, asociándolos a la cultura bohemia del Mersey Beat o a la palabra “beat”: golpe, ritmo. Y si desde 1952 John era el alumno más insolente, en 1961 seguía siéndolo, con el público de The Cavern aullando ante su chaqueta de cuero negro y el jopo estilo Elvis. Allí bebía Brian Epstein, hijo de una rica familia judía y dueño de una disquería. Les ofreció ser su manager por sólo el 25% de los beneficios, y a John le sonó amistoso.
Amistad que, ya casado en 1962 con su novia de la escuela de bellas artes de Liverpool, Cynthia Powell, a John le valdría reproches de ella y de Paul, por irse con Brian a España justo cuando Cynthia paría a su primer hijo, Julian. Al que John conocería luego, disfrazado de Groucho Marx con un falso bigote que haría reír a su esposa. Así era él: siempre disculpándose con su irresistible comicidad.
Esa Navidad, los Beatles viajaron por tercera vez a Hamburgo, con Brian al frente y John desolado al saber de la muerte de Stuart Sutcliffe, por un derrame cerebral. Quizá por eso, el primer tema de John con George, sin Paul, fue Cry For A Shadow, sin letra y algo festivo, porque también estaba dedicado a Julia, y a ella John la recordaba con alegría.

El sueño comenzó
Brian recorrió las grabadoras Pye, Columbia y EMI sin éxito. Hasta que la Parlophone, modesta subsidiaria de la gran EMI, les ofreció un contrato por 12 años. A condición de dejarse guiar por George Martin, productor de rutinas cómicas de Peter Sellers, y de deshacerse ya de ese pésimo baterista. Así es como sale Best y entra Starr. Publicitariamente, Ringo fue el payaso de los Beatles, John el cerebro, Paul el galán y George el tímido, claro, desde el long playhasta el boom de las películas A Hard Day’s Night en 1964 y Help! en 1965. Año en que el gobierno británico los nombró Caballeros de la Orden del Imperio por el insólito ingreso de divisas del exterior.
Años de beatlemanía en Estados Unidos, Japón, Australia, Brasil, la India, Argentina e incluso la URSS –“El culto a los Beatles en la URSS no es inferior al del resto del mundo”, escribió el legendario periodista ruso Leonid Parfiónov– y países árabes, donde el fenómeno era “una muestra de la decadencia del capitalismo occidental”. Años de giras y recitales en grandes estadios colmados de fans que casi no escuchaban lo que los Beatles cantaban. Esto, tras dos apariciones televisivas en The Ed Sullivan Show, que los presentó así: “¡Elvis, multiplicado por cuatro!”. Y toda una generación coreó los “Yeah, yeah, yeah” de I Want To Hold Your Hand, y los Fab Four fueron hit sociológico. No faltaron, claro, quienes rompieran sus discos al grito de: “¡Fuera, pelilargos, maricones!”.
John publicó In His Own Write, notas y bocetos que recibieron el reconocimiento de la crítica literaria, The New York Times incluido. Y respiró. “Somos más famosos que Jesús”, había dicho, y ahora tenía que jurar que eso era sólo una metáfora en contra del materialismo. Y decidió que esa gira de 1966 sería la última: nunca más tocar en vivo. Acababa de conocer a Yoko Ono…
1967 fue el año de su consagración como el grupo de rock más exquisito de todos los tiempos. Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band marcó un antes y un después en la saga de la música popular, porque fue el primer álbum conceptual, narrativo y sin barreras generacionales. Pero los Beatles se sentían “descentrados”. Así que aceptaron seguir al indio Maharishi Mahesh Yogi a un retiro espiritual en una ciudad costera de Gales. Y allí los sorprendió una espantosa noticia: a los 33 años, Brian Epstein había muerto por sobredosis de antidepresivos. Luego, Cynthia descubrió lo de John y Yoko, y se divorció de él.
Ese verano del 68 los amantes fueron arrestados por consumo de drogas. Ella estaba embarazada y, del susto, perdió al bebé. Al filo de los 70, Paul ya no aguantaba más a Yoko y los Beatles daban un concierto en vivo en la azotea de su grabadora, la Apple Corps., para unos pocos británicos que los escuchaban desde la acera, casi sin verlos. Después, Paul anunció a la prensa la disolución del cuarteto. Pero Lennon se le había anticipado con la triste frase: “El sueño ha terminado”. Y Paul, fuera de sí, habría amenazado de muerte a John.

Después del crimen
En ese fatídico 1980, John había lanzado un álbum lleno de sorpresas para entendidos: Double Fantasy, con canciones en las que interviene Yoko, pero en las que se advierte su batuta maestra. El asesinato encumbró otro álbum póstumo, listo para salir a la venta en esos días: Milk and Honey. Y también apareció el simple Woman, deliciosa balada con la que John homenajeó las tareas femeninas en una sociedad machista. Hits que raudamente treparon hasta la cima de las listas, seguidos por biografías apócrifas, ediciones pirata de cuanta canción Beatle anduviera suelta, afiches de John junto a Jesús, Gandhi y hasta el Che Guevara, más una vorágine de manifestaciones en el Central Park, con lágrimas y velas. Se cantaba Give Peace A Chance. Y aún se canta, claro.

El sueño terminó

John y Yoko rentaron una suite en el Hilton de Amsterdam e invitaron a la prensa a una “fiesta” en su lecho matrimonial. Los periodistas esperaban una orgía, pero sólo se trató de un gesto político por la paz. Allí nació una canción iniciática: Instant Karma! John escribía y dibujaba desde pequeño, y no tardó en publicar dos libros de poesía, con buena repercusión. Su entrega más madura fue Imagine, el mejor álbum de su corta vida como ex Beatle. Década en la que John tomaría partido por el ciudadano común, defendiéndolo con su himno Power To The People. ¿Reacción del establishment?: lo acusaron de anarquista y de “idiota útil” del comunismo. El se rió durante meses.
En 1972, John y Yoko se instalaron en Nueva York. John apoyó actos en contra del presidente estadounidense Richard Nixon. Las autoridades lo declararon “persona no grata”. El FBI lo investigó. ¿Qué se había hecho del Lennon pacifista? Encontraba micrófonos ocultos hasta en el baño, y la CIA lo fotografiaba en marchas por los derechos civiles. Y no tocaba en ámbitos “burgueses”, sino en salas pequeñas como la del club neoyorquino Max’s Kansas City. Sí, a ese desagradecido inglés con aires de predicador había que echarlo de Manhattan.
En 1973 se mudaron al viejo edificio Dakota, en Central Park West y la calle 72. John recibía insultos telefónicos y cartas de amenazas todos los días. Y desarrolló una rara fobia antisocial y el miedo de ser asesinado. Tenía pesadillas, y ya no estaba Julia para calmarlo. Yoko insistía en que sólo se trataba de una fantasía autodestructiva. Y discutían.
Quizá por eso, a los 33 años, John puso solitaria proa hacia Los Angeles… con permiso de Yoko, claro. Su ángel custodio fue May Pang, cuya misión era informar a Yoko de los movimientos, relaciones y gastos de John. Y satisfacer sus necesidades viriles, si fuese inevitable. Yoko creía que su esposo estaba desequilibrado. Y sabía que allá lo esperaba un grupo de irresponsables. Como su ex compinche Ringo Starr, ahora convertido en un alcohólico insoportable.
Fue el desmadre de John, quien a pesar de borracheras y fiestas con prostitutas no dejó de componer ni de cantar. Allí grabó los álbumes Walls And Bridges, con un tema secundado por su compatriota Elton John, y el flojo Mind Games. En un año regresó a Nueva York, y luego… desapareció por cinco años. De los que poco se sabe, salvo que se recluyó en una granja para llevar una vida bucólica, amasando el pan y criando a su segundo hijo, Sean, con el afecto que nunca le había dado a Julian. Y delegando sus finanzas en Yoko, ruda albacea que administraba su fortuna e invertía sin consultarlo. Por consejo de su padre banquero, Yoko compró unas 60 granjas estadounidenses. “Eres el hombre de la casa”, bromeaba John. Había vuelto a ser amenazado de muerte, y el violento final de un ex empleado suyo de la época Beatle lo sumió en una crisis nerviosa. Quizá de ahí su fuga del Dakota.
John obtuvo su ansiado permiso de residencia en Estados Unidos en 1976, y lo protegían cien custodios. Más adelante, un fan suyo cargaba un arma de fuego en el baño de un bar cualquiera, cubierto el piso de fotografías recortadas de viejas revistas: los Beatles perseguidos por policías británicos en A Hard Day’s Night, los Beatles tocando en un estadio japonés, los Beatles cruzando la calle en la portada de Abbey Road. Y también fotos de actualidad: John con Yoko, John junto a una actriz de Hollywood, John huyendo del asedio periodístico, John entrando en el Dakota…
Se llamaba Mark David Chapman y, como declararía ya condenado a cadena perpetua –en la actualidad está encarcelado en el Attica Correctional Facility, de Nueva York, después de haberle sido denegada la libertad condicional en ocho ocasiones–, hacía más de tres años que una “voz interior” le ordenaba “matar al ex Beatle traidor”. Ex voluntario evacuado de Beirut al estallar la guerra civil libanesa y extremista religioso, Chapman odiaba a John desde que éste declaró que los Beatles eran más famosos que Jesús.
La tragedia del 8 de diciembre de 1980 liquidó el sueño de millones de fans y varias cadenas de televisión de ver reunidos otra vez a los Beatles, al menos como genial despedida del cuarteto que en los 60 resignificó el rock como nadie. Poco antes, John había llamado a los años 80: “Una década para crecer”. Chapman mató a John a las puertas del Dakota. Se dijo que de un solo balazo, pero también de cuatro e incluso de nueve. Y que se los disparó en el pecho, mientras John avanzaba hacia él con Yoko del brazo. Sin embargo, los testigos describieron un revólver de seis balas, descargadas una por una hasta que el tambor giró en vacío. Y de John detrás de Yoko, es decir, de espaldas al asesino.
Dos días antes, Chapman se había apostado frente al Dakota, fingiendo leer The Catcher in the Rye, del estadounidense J. D. Salinger, y vio entrar a Lauren Bacall. John y Yoko regresaban de una grabación, y ella se adelantó para abrir la puerta. No faltó quien dijese que eso era innecesario, porque el edificio contaba con un guardián a cargo de tal función. John no llevaba puestas sus gafas y no vio a Chapman en posición de tiro, a dos metros de distancia. Y con 25 años, Chapman le disparó a John al cuello y al cuerpo. Al escuchar los estampidos, Yoko se volvió para mirarlo, pero no se dio cuenta de que agonizaba: John caminaba despacio hacia ella. Luego él cayó de rodillas, y el guardián pidió una ambulancia por teléfono. Sólo una de las múltiples perforaciones por la espalda resultaría mortal.
Llegaron primero dos agentes de policía, que cargaron a John en el asiento de atrás del patrullero y partieron rumbo al Roosevelt Hospital. Uno de los agentes le cubría las heridas con su propia chaqueta y le hablaba, para evitar que se desvaneciera. “¿Sabe usted quién es?”, le preguntó, hasta que John asintió con la cabeza y sonrió. Fue su último gesto.
Yoko, ahora la viuda de Lennon, ha declarado en varias ocasiones que se opone a la liberación de Chapman. “Temo que traería de vuelta la pesadilla, el caos y la confusión. Ni yo ni los dos hijos de John nos volveríamos a sentir seguros durante el resto de nuestras vidas”, redactó en una carta dirigida en junio de 2010 a la junta de libertad condicional encargada de decidir sobre el caso.
Como Lucy, John está en el cielo con diamantes. Y quizá con Julia. Y tal vez con George.


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