JONATHAN AMES: EL ACOMPAÑANTE

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CAPÍTULO 1

EL SOSTÉN

Vine a Nueva York por dos razones: encontrarme conmigo mismo y comenzar una nueva vida. Aunque, para ser honestos, la verdadera razón era huir de un asunto turbio que ocurrió en la escuela Pretty Brook Country Day en Princeton, Nueva Jersey.

Durante cuatro años fui un respetado profesor de inglés en esa escuela, justo desde que me gradué en la universidad, pero un sostén se convirtió en mi ruina.

Me lo encontré un día en la desierta sala de profesores tras terminar las clases, a finales de la primavera de 1992. Un tirante blanco asomaba de la bolsa de deporte de una de mis compañeras, una tal señorita Jefferies. A quien, por cierto, encontraba atractiva aunque eso no es relevante en la historia. Ella era la entrenadora asistente de tenis y, en aquel momento, supuse que se había cambiado el sostén por otro más deportivo y que estaba fuera practicando con las chicas.

Cuando vi ese tirante colgando de la bolsa como una serpiente me inquieté pero decidí actuar de forma virtuosa e ignorarlo. Para demostrar mi entereza me senté en mi pequeño escritorio a corregir trabajos, que era para lo que estaba allí. Todos los profesores teníamos un pequeño escritorio en la sala para trabajar y después de corregir tres o cuatro ejercicios de gramática de séptimo grado, me olvidé por completo del sostén. Pero me entró sed y fui a la fuente a beber un poco. Sin darme cuenta, mis pies me llevaron justo al lado de la bolsa de deporte de la señorita Jefferies y ahí, como por arte de magia, se me enganchó el tirante en el dobladillo de los pantalones caqui y el sujetador apareció de la bolsa como si se tratara del pañuelo de un mago.

Sólo sentí un leve tirón, como un mordisco, vi una mancha blanca por el rabillo del ojo y cuando me di cuenta de que se trataba del sostén, mi primer impulso fue mirar hacia la puerta. ¡No venía nadie! Entonces miré el sostén. Observé el casi invisible estampado de flores en el material blanco, las generosas copas sólidamente forradas cuyas formas significaban mucho y los blancos cierres hechos para una bonita espalda.

15 CAPÍTULO 1 EL SOSTÉN Vine a Nueva York por dos razones: encontrarme conmigo mismo y comenzar una nueva vida. Aunque, para ser honestos, la verdadera razón era huir de un asunto turbio que ocurrió en la escuela Pretty Brook Country Day en Princeton, Nueva Jersey. Durante cuatro años fui un respetado profesor de inglés en esa escuela, justo desde que me gradué en la universidad, pero un sostén se convirtió en mi ruina. Me lo encontré un día en la desierta sala de profesores tras terminar las clases, a finales de la primavera de 1992. Un tirante blanco asomaba de la bolsa de deporte de una de mis compañeras, una tal señorita Jefferies. A quien, por cierto, encontraba atractiva aunque eso no es relevante en la historia. Ella era la entrenadora asistente de tenis y, en aquel momento, supuse que se había cambiado el sostén por otro más deportivo y que estaba fuera practicando con las chicas. www.elboomeran.com 16 Cuando vi ese tirante colgando de la bolsa como una serpiente me inquieté pero decidí actuar de forma virtuosa e ignorarlo. Para demostrar mi entereza me senté en mi pequeño escritorio a corregir trabajos, que era para lo que estaba allí. Todos los profesores teníamos un pequeño escritorio en la sala para trabajar y después de corregir tres o cuatro ejercicios de gramática de séptimo grado, me olvidé por completo del sostén. Pero me entró sed y fui a la fuente a beber un poco. Sin darme cuenta, mis pies me llevaron justo al lado de la bolsa de deporte de la señorita Jefferies y ahí, como por arte de magia, se me enganchó el tirante en el dobladillo de los pantalones caqui y el sujetador apareció de la bolsa como si se tratara del pañuelo de un mago. Sólo sentí un leve tirón, como un mordisco, vi una mancha blanca por el rabillo del ojo y cuando me di cuenta de que se trataba del sostén, mi primer impulso fue mirar hacia la puerta. ¡No venía nadie! Entonces miré el sostén. Observé el casi invisible estampado de flores en el material blanco, las generosas copas sólidamente forradas cuyas formas significaban mucho y los blancos cierres hechos para una bonita espalda. «Dios, es precioso», pensé. Quería cogerlo y llevármelo a casa. Como un ladrón, volví a mirar hacia la puerta. En ese momento, entré en razón: ¡estaba en Pretty Brook! Sacudí la pierna y el sostén se desenganchó. Entonces le di una patada como si fuera un futbolista, con la intención de meterlo en la bolsa, pero sólo se deslizó unos centímetros antes de detenerse. Allí estaba todavía, tendido sobre la alfombra marrón. La debilidad ganó la batalla. Me agaché rápidamente y recogí el sostén. Me excité en cuanto lo toqué. Palpé los aros de las copas. ¡Para qué tamaño estaban hechos! ¿Por qué no podía yo tener esos pechos? Entonces me llevé una copa a la nariz y olfateé el aroma que desprendía. Era embriagador. Después cometí una locura: coloqué el sostén por encima de mi abrigo de tweed de primavera y me miré en el espejo que había encima de la fuente. Me veía ridículo, también llevaba una corbata, pero aun así tuve una maravillosa y fugaz sensación de feminidad. Por desgracia, en ese preciso momento, la directora de la escuela de primaria —desde parvulario hasta quinto— entró. Era la señora Marsh, mujer del señor Marsh, el director 17 de Pretty Brook. Me enfrenté con mi verdugo vestida con falda marrón, blusa amarilla y de pelo canoso que, desconcertada y en tono acusador, dijo: —¿Señor Ives? —¡Estaba en la bolsa de la señorita Jefferies! —solté de pronto. Algo que, por supuesto, era ridículo e incriminatorio. Podría haberle quitado importancia, como si fuera una broma, un chiste malo. Podría haber levantado la pierna, esta vez como una Rockette,* pero ella ya había escuchado mi frase delatora y había visto la culpabilidad en mis ojos. Para más inri, miró hacia abajo —imposible no darse cuenta— y observó mi protuberancia presionando hacia arriba y a la izquierda —¿tal vez apuntando al norte de Nueva York? ¿O a mi corazón?— que pregonaba a los cuatro vientos que era culpable de los hechos, una prueba mucho más firme que la mirada hambrienta de sexo que había en mis ojos. A su favor hay que decir que salió de la habitación con discreción sin decir ni una palabra. Me quité el sostén y me pregunté si tendría la suficiente firmeza como para hacer de soga. Podría llevarlo al baño de caballeros y ahorcarme. Sabía que mi carrera en el Pretty Brook había acabado. Una erección había sellado mi destino. Tuve la valentía de seguir trabajando el resto de la primavera, pero nadie me pidió que volviera en otoño. Supuestamente no me renovaron el contrato por recortes presupuestarios y por la disminución del número de alumnos, aunque yo conocía la verdadera razón por la que no entraba en el presupuesto. Pasé la mayor parte del verano deprimido y avergonzado. Me gustaba enseñar. Disfrutaba aparentando ser un profesor y vistiéndome como tal, aunque sólo impartiera clases a séptimo grado. Pero me daba miedo solicitar otros puestos de profesor. Temía que el Pretty Brook diera pésimas referencias de mí: «Es muy bueno con los niños pero sospechamos que es un travesti». Tenía algo de dinero ahorrado pero no iba a durarme mucho porque pagar el préstamo de la universidad. Podía pedir el subsidio por desempleo, pero no me empezarían a pagar hasta otoño y, * Las Rockettes es una compañía de baile que actúa en Nueva York. Uno de sus movimientos más famosos es el de la patada alta hasta la altura de los ojos. (N. de la T.) 18 además, no era una solución. Preocupado por el futuro, empecé a caminar por las calles de Princeton, llenas de hileras de bonitos y elegantes árboles. A menudo me dirigía a la calle Nassau, que era la avenida principal, aunque me aseguraba de no pasar por el escaparate de la tienda de La lencería de Edith. Durante mis paseos veía a los antiguos estudiantes y sus alegres saludos me animaban aunque, al mismo tiempo, me deprimían. Pero, en general, caminar por Princeton me sentaba bien; es una comunidad bastante civilizada y refinada. No hay nada igual en Nueva Jersey, incluso me atrevería a decir que en el resto de Estados Unidos. Tiene ambos estilos: el inglés y el sureño. Hay grandes mansiones coloniales, casas de clase media con terrazas que rodean la vivienda, un vecindario humilde de negros con tendederos que ondean como si fueran banderas internacionales y, por supuesto, la Universidad de Princeton, que lo observa todo desde sus estremecedoras torres góticas y que descansa majestuosamente detrás de sus puertas como si se tratara del palacio de Buckingham. En el centro de la ciudad, frente a la calle Nassau, hay un precioso espacio cubierto de césped con viejos árboles, flores y muchos bancos. Se llama plaza Palmer y se encuentra entre la oficina de correos art déco y el hotel centenario, Nassau Inn. Normalmente terminaba en uno de los bancos de la plaza Palmer cuando me cansaba de caminar. Debido a la escena espontánea y autodestructiva del sostén que me había costado mi querido trabajo, me vi a mí mismo como alguien enfermo y desequilibrado. Además, había empezado a leer La montaña mágica de Thomas Mann y me sentía identificado con el personaje principal, Hans Castorp, un joven profundamente confundido que durante siete años se interna en un sanatorio en los Alpes suizos donde sigue un tratamiento para la tuberculosis aunque ni siquiera está enfermo. Así que empecé a pensar que mis paseos eran una especie de cura y, al igual que Hans, siempre llevaba un abrigo ligero. Empecé a ver Princeton como un sanatorio gigante y a los que estaban sentados en los bancos de la plaza Palmer como antiguos pacientes, algo que era verdad. Por alguna razón, Princeton había atraído a un gran número de centros de reinserción social que se encargan de diferentes desórdenes mentales y muchos de los residentes se acercaban a la plaza Palmer. 19 Nos sentábamos en los bancos, esperando, en diferentes estados de desesperación. Dos de los asiduos a los bancos eran antiguos profesores que habían perdido la cabeza. No obstante, admiraba la manera en que todavía atinaban a vestirse, ¡eran tan elegantes! Junto a los que tenían problemas mentales había algunos pensionistas, hombres y mujeres, que no estaban locos pero se sentían muy solos. Era peligroso hablar con algunos de ellos: la única forma de retirarse era levantándose rápidamente, despedirse de manera educada y marcharse dejándolos con la palabra en la boca. Por esta razón no tenía amigos íntimos entre los compañeros de bancos, sólo conocidos. La única persona que podría haber entrado en esa categoría era Paul, un estudiante del Seminario Teológico de Princeton que se había ido de la ciudad unos meses antes de aceptar el sacerdocio presbiteriano en Adelaide, Australia. Mi único consuelo, además de caminar, era beber café helado y leer todo lo que podía. Un día de finales de agosto estaba sentado en mi banco preferido frente a la oficina de correos y aturdido por el calor y la atmósfera del centro de Jersey, donde la humedad en verano puede ser prácticamente amazónica. Esa sensación la había empeorado al pavonearme como un idiota vanidoso con una chaqueta de sirsaca a rayas grises, que puedes llevar en verano en la mayoría de sitios como los Alpes suizos o incluso el sur de Francia, pero no en el condado de Mercer. Por desgracia, ya había terminado La montaña mágica y ahora tenía entre manos Washington Square de Henry James, pero me sentía tan deprimido que no tenía ánimos ni para leer. Mi ejemplar era viejo y en la cubierta había una acuarela del arco de Washington de la Quinta Avenida y me encontraba observándola en un estado de depresión y deshidratación cuando, de repente, supe lo que debía de hacer: ¡irme a vivir a Nueva York! Visualicé un simple plan: encontrar una habitación barata y un trabajo. Como había sido estudiante de filología inglesa en el programa de honores académicos de Rutgers, pensé que podría buscar trabajo en el mundo publicitario o periodístico. Pero el primer paso era encontrar una habitación, una base de operaciones. La idea de vivir en un hotel me parecía muy romántica. Me gustaba imaginar que era un joven caballero y que tenía un amable recepcionista de hotel que tomaba nota de los mensajes que dejaban 20 para mí y me decía adiós todas las mañanas cuando salía vestido con chaqueta y corbata. Al día siguiente cogí el tren a Nueva York. Utilicé la sección de clasificados de The Village Voice como guía y busqué hoteles que se anunciaban bajo el título de «Habitaciones amuebladas en alquiler». Fue fácil encontrarlos ya que me orientaba bastante bien en Manhattan. Crecí en el norte de Nueva Jersey, a unos ochenta kilómetros del puente George Washington, y durante toda mi vida había ido a Nueva York a visitar museos, a ver obras de teatro y a realizar otras misiones extrañas. Pero hasta que observé la portada del libro de Henry James, no había pensado en irme a vivir a Nueva York. El primer recuerdo que conservo de la ciudad es la manera en que aparece desde la cima de las montañas Ramapo, en cuya base está ubicada mi ciudad natal: Ramapo. Las Ramapos no forman una imponente sierra —en otros estados serían consideradas grandes colinas— pero cuando era pequeño creía que eran preciosas y desde allí podías ver Nueva York. De día sólo se podían apreciar las partes superiores de los edificios que surgían de entre la niebla gris y la polución. Y por la noche, mi padre a veces nos llevaba a mi madre y a mí a un pico de una de las Ramapos, en un camino que se llamaba Skyline Drive, y decía: «¡Mirad, ahí está Nueva York!». Se sentía muy orgulloso de haberse mudado de Brooklyn a un lugar con esas vistas. Era prácticamente como si lo hubiese descubierto él. Y era espectacular: edificios perfectamente delineados por luces de un modo que los hacía parecer naves especiales; toda la ciudad brillaba como una corona, como el lejano mundo de Oz. De alguna manera, todavía no había dejado atrás ese miedo y respeto que sentía por Nueva York, esa sensación de que no era lugar donde una persona como yo podría vivir. Pero tras perder el trabajo en el Pretty Brook y crear una fantasía en la que era un joven caballero en la ciudad, me deshice de mis viejos miedos y me dirigí a los hoteles de Manhattan. Desafortunadamente descubrí que un joven-caballero-con-escasos-recursos-económicos significa que no se puede quedar en hoteles. Incluso los lugares más baratos costaban quinientos dólares al mes y ofrecían habitaciones sórdidas y deprimentes. Las camas eran plegables y estaban manchadas, todas las ventanas daban a conductos de aire y, para colmo, tenías que compartir el baño con todos 21 los de la misma planta. Además, los huéspedes que alcancé a ver parecían adictos al crack o a la heroína. Sólo hablé con una persona, una muchacha. Estaba saliendo del hotel Riverview en la calle Jane del Village mientras yo subía las escaleras. La chica llevaba una funda de guitarra y me dije: «Tal vez aquí viven los artistas. Este hotel podría estar bien». Así que decidí ser sociable y le dije, con una sonrisa: —Perdone, no soy de la ciudad y me estaba preguntando si este lugar está bien. Me miró con miedo y, después de echarle un vistazo más de cerca, me di cuenta de que tenía el pelo mugriento y grasiento y se le marcaban bajo los ojos unas bolsas violetas. La muchacha salió corriendo escaleras abajo y, por un momento, me imaginé que era una cantante de folk que había caído en desgracia. Observé cómo caminaba rápidamente por la acera y me percaté de que la funda de la guitarra estaba rota por un lado y no había ningún instrumento. No había esperado hospedarme en lugares increíbles pero el ambiente de esos hoteles era mucho peor de lo que había imaginado y los recepcionistas no eran ni de lejos como había soñado. Era imposible que se interesaran por mí o que me desearan un buen día cuando me fuera al trabajo. Todos me atendieron desde ventanillas a prueba de balas e incluso con orificios para hablar a través de los cuales era complicado entender lo que decían. Al final de este primer día de mi nueva vida acabé en una cafetería griega. Me tomé una taza de café y volví a sentir la desesperación que me había acompañado todo el verano. Mi vida obviamente era un asco y me sentía un idiota por haber perseguido el anticuado sueño de vivir en Nueva York. Quería darme por vencido pero tampoco tenía muchas opciones en Princeton, así que volví a abrir mi arrugado Village Voice. Leí la sección «Apartamentos en alquiler» pero todo era demasiado caro. Sin embargo, bajo el título «Se buscan compañeros de piso» había un anuncio que captó mi atención. Decía lo siguiente: «Escritor busca hombre responsable para compartir apartamento. No llame por la mañana. Puede llamar de madrugada. 210 dólares al mes. 555-3264». El anuncio era extraño y el teléfono de contacto antiguo, pero también era el más barato de todo el Village Voice, y además, la idea 22 de vivir con un escritor me parecía romántica. Me volví a entusiasmar e inmediatamente llamé al número desde el teléfono público de la cafetería. —H. Harrison —contestó la voz de un hombre mayor. —Llamo por la habitación… —¿Puedes pagar el alquiler? —Sí, eso creo. —¿A qué se dedica? —Soy profesor… —¿Puede venir ahora mismo? No quiero hablar por teléfono. No soporto todas estas llamadas. Su actitud fue cortante pero era comprensible si se tenía en cuenta toda la gente que debía de haberle llamado por la misma razón. Le dije que iría a verle enseguida. Me dio la dirección y la anoté en una servilleta. Parecía demasiada suerte haberle encontrado. Vivía en el Upper East Side y su nombre completo era Henry Harrison. Le dije que me llamaba Louis Ives. Nos despedimos, pagué el café y salí rápidamente de la cafetería con la corazonada de que esta vez iba a salir bien. Ese tal Henry Harrison sonaba muy prometedor. PROHIBIDO FORNICAR Cogí el tren número 6 que va hacia el norte y observé mi reflejo en la oscura ventanilla del tren. El cabello, que se me había empezado a caer, parecía espeso y eso fortalecía mi seguridad y me daba ánimos. Me bajé en la estación de la calle Noventa y seis y bajé por Lexington a la Segunda Avenida. Era temprano, todavía no se había puesto el sol, y la brisa era agradable. La ciudad estaba en calma. El edificio del señor Harrison estaba en la Noventa y tres, entre la Segunda y la Primera Avenida. Era un viejo piso de ladrillos de cinco plantas —había unos doce a lo largo de la calle— y en el pequeño vestíbulo toqué el timbre adecuado. Su voz se escuchó por el portero automático; obviamente estaba gritando «¿ES EL PROFESOR?». Yo también le contesté gritando: —¡Sí, soy yo! 23 Me abrió la puerta y después de subir el primer tramo de escaleras, todavía estaba apretando el botón para permitir el acceso al edificio. Se estaba asegurando de que pudiera entrar. El apartamento estaba en la cuarta planta y, a pesar de mis paseos en Princeton, me había quedado sin aliento pero también me había vigorizado. Estaba nervioso y mi corazón latía con fuerza. Me sentía como un actor a punto de entrar a una audición. ¡Quería esa habitación que debía de ser la más barata de Nueva York! Llamé a la puerta y escuché a alguien que arrastraba los pies. La puerta se abrió y, debido a una brisa de aire que salía del interior, olí a Henry Harrison antes de verle. Era una mezcla de olores fuertes a camisas sucias y dulce colonia; era un olor entre salado y dulce. Después lo vi. La primera impresión fue una mezcla de belleza y decadencia, como una habitación elegante cuyo alto techo está amarillento y se está desprendiendo. Era mayor, rondaría los sesenta y muchos según mis cálculos, pero su cara todavía era sorprendentemente bella. Tenía una nariz bonita, regia y atractiva que acababa en una fina punta, sin manchas ni puntos. Su pelo era castaño oscuro, demasiado oscuro pero era espeso, más espeso que el mío, y lo llevaba peinado hacia atrás como los actores de los años 30. Tenía una barbilla que rebosaba seguridad y estaba bien afeitado pero se había dejado parte de un canoso bigote debajo la nariz. Además, había algo en las profundas líneas que rodeaban su boca y en la mirada salvaje y curiosa de sus ojos oscuros que recordaba a un viejo vagabundo borracho, aunque no olía a alcohol. —Pase, pase —dijo y cerró la puerta detrás de mí. Extendió la mano, la estrechó con la mía y nos volvimos a presentar para terminar con ese primer e incómodo momento—. Harrison, Henry. Henry Harrison. —Louis. Louis Ives —respondí dejando caer la mano. No era un hombre alto. Medía un metro setenta y cinco aproximadamente y llevaba un blazer azul desgastada, unos pantalones marrón claro y una camisa roja abotonada. El lado izquierdo del cuello de la camisa se había escapado de la solapa de la chaqueta y apuntaba como si fuera un dardo rojo. Yo llevaba prácticamente lo mismo; un blazer y unos pantalones caqui, pero mi ropa estaba en mucho mejor estado. No lo juzgué por su 24 raído atuendo: de inmediato pensé en su edad y me preocupé, aunque también me alegré, por que él viera que yo vestía de manera similar. —Esto es todo —dijo, moviendo el brazo con la intención de abarcar todo el apartamento—. Es horrible pero da la sensación de ser un lugar seguro y, al mismo tiempo, disparatadamente alegre. Estábamos de pie en la pequeña cocina del apartamento. Estaba abarrotada, cubierta de polvo e iluminada tenuemente por una lámpara de techo. La mesa de la cocina era una puerta que descansaba sobre dos archivadores. A mi derecha, un gran armario de platos sobresalía de la pared. Sobre el armario había un baúl y, encima de éste, varias maletas amontonadas hasta el techo. Me gustaba el baúl; me hacía pensar en cruceros por el océano. En la esquina de la cocina había un globo plateado de nochevieja que estaba arrugado como una pasa pero todavía flotaba y que, probablemente, era el motivo de esa sensación de disparatada alegría. En la pared izquierda de la cocina había un gran ventanal por el que se veía el salón. —Deja que te enseñe tu habitación —dijo—. Y si no puedes quedártela, no vamos a molestarnos en hacer una entrevista. Había un sendero serpenteante por el que se podía pasar a través del desorden de la cocina (botellas de vino, sillas de cocina unidas por alambre, una bicicleta estática, una bolsa de golf de metal, libros y periódicos). El señor Harrison recorrió ese sendero y me llevó hasta la puerta de la derecha. El camino estaba hecho de tiras de alfombra naranja manchada de al menos dos tonos distintos. El suelo que había debajo era viejo y de madera oscura y, aunque creía que era llamativo para un apartamento en Nueva York, la madera parecía podrida. Al seguir al señor Harrison me llegó su olor dulce y salado —en realidad invadía todo el apartamento— y me gustó: olía a vida. Cruzamos la cocina en unos cuatro pasos y entramos en la siguiente habitación. —Esta de aquí será su habitación —dijo—. Me temo que no es muy bonita. —Hablaba en un tono tan bajo que parecía avergonzado por la apariencia del apartamento pero enseguida regresó su seguridad y dijo—: Pero es difícil encontrar buenos inquilinos que cuiden el buen estado de las cosas.


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