JORGE LUIS BORGES: EL INMORTAL

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Durante este año se conmemora el trigésimo aniversario de la muerte del autor de Historia universal de la infamia y Ficciones, por nombrar un puñado de sus libros fundamentales. Junto a su última esposa y apoderada María Kodama, Buenos Aires, Madrid, París, Ginebra y Nueva York preparan una variada serie de homenajes con exposiciones, encuentros, conferencias, recitales, mesas redondas, proyecciones de películas basadas en sus textos y eventos especiales celebrando la vigencia y la innegable relevancia de su obra.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Francisco León / Nicolás Garamona / Miguel Laguna / Olivier Hien / Mariano Aguirre / Carlos Brisco / Rafael Albornoz

“Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía”

Jorge Luis Borges

Mi Palermo querido. En este barrio porteño vivió sobre la calle Serrano al 2100, rebautizada Jorge Luis Borges en su honor.

Mi Palermo querido. En este barrio porteño vivió sobre la calle Serrano al 2100, rebautizada Jorge Luis Borges en su honor.

Me perdí, como era de esperarse, en el mismísimo laberinto de su obra, que fue su vida. Me perdí en su inmensidad. Me perdí, supongo, porque mi exploración partía de una falacia: Jorge Luis Borges ha muerto. Claro que me perdí, rastreando retazos de una existencia de trascendencia infinita. Tratando de reducir a una cronología los sucesos de la vida de un hombre que descreía del tiempo. “Cada instante es autónomo. Ni la venganza ni el perdón ni las cárceles ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado. No menos vanos me parecen la esperanza y el miedo, que siempre se refieren a hechos futuros; es decir, a hechos que no nos ocurrirán a nosotros, que somos el minucioso presente. Me dicen que el presente, el specious present de los psicólogos, dura entre unos segundos y una minúscula fracción de segundo; eso dura la historia del universo”, decía en el ensayo “Nueva refutación del tiempo” que integra su libro Otras inquisiciones, editado en 1952.

En cada lector que alguna vez sostuvo entre sus dedos la llave que abre la puerta que conduce al manantial de su obra, Jorge Luis Borges está vivo. Y en el vasto mundo de sus ficciones, sus ensayos, sus poemas, sus discusiones, sus pensamientos, Borges sigue indicándonos el camino hacia la exploración del absoluto misterio que es la vida y de la incógnita que somos, inclusive y sobre todo, para nosotros mismos. “¿Es usted Borges por casualidad?”, le preguntó el taxista camino de la Biblioteca Nacional argentina allá por los años 70. “Bueno, eso creo”, respondió. Y años más tarde, en Conversaciones con Jorge Luis Borges de Richard Burgin confesaría: “Sé que hay personas en este mundo que desean seriamente conocerme mejor. Durante setenta años, sin demasiado esfuerzo, he estado trabajando con el mismo fin. Ya lo dijo Walt Whitman: ‘Creo saber poco o nada de mi vida real’”.

Borges fue víctima de un accidente que estuvo cerca de costarle la vida.

En mi devenir por las páginas de su vida, mi interpretación de sus palabras me condujo a una conclusión ineludible: si él mismo se consideraba incapaz de contar su historia, cómo iba yo a afrontar esta empresa. Encerrada entre las paredes que yo misma había construido, de pronto una brisa de aire fresco me alcanzó, indicándome un camino viable: el propio. Mi eterno amor con Jorge Luis Borges comenzó el día que llegó a mis manos Ficciones. Fue un regalo de cumpleaños. Fue un regalo de la vida.

Era el año 1994. Para ese entonces, Borges habría cumplido 105 años, de no haber fallecido en Ginebra el 24 de junio de 1986. Según la prensa europea, por culpa de un enfisema pulmonar; según su apoderado en Argentina, de cáncer de hígado. Sin embargo, para mí acababa de nacer, y su existencia cambiaría la mía para siempre. Cuentos como “Las ruinas circulares”, “La Biblioteca de Babel” y “El jardín de los senderos que se bifurcan” hablaban con un lenguaje nuevo y bellísimo del misterio de la vida, del tiempo, del espacio, de la divinidad, del infinito… y estimulaban fantasías inesperadas que sin Borges jamás hubieran existido, ni para mí ni para el mundo entero que continúa celebrándolo a 30 años de su muerte. O, como insinuaría la filosofía budista con la que Borges se identificaba, aquel momento en el que finalmente pudo liberarse de las ataduras de la realidad física para transcender a una dimensión de evolución espiritual que seguramente lo merece más que nosotros, los simples mortales.

Universal y latinoamericano

Derrocado el peronismo en 1955, y mientras avanzaba su ceguera, Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional.

Derrocado el peronismo en 1955, y mientras avanzaba su ceguera, Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional.

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges tenía 45 años cuando publicó Ficciones, en 1944. Vivía en Buenos Aires, y acababa de mudarse con su madre, Leonor Acevedo Suárez, a un apartamento ubicado en la calle Maipú al 900. Su padre, Jorge Guillermo Borges, que al igual que su progenitora pertenecía al linaje patricio de los próceres de la independencia argentina, había fallecido el 24 de febrero de 1938. El mismo año en el que, en Nochebuena, Borges fue víctima de un accidente que estuvo cerca de costarle la vida y que aceleraría el proceso de pérdida de la visión que sabía inevitable.

Habían sido los problemas de la vista de su padre los que, en 1914, habían decidido el traslado de la familia a Europa, en busca de un tratamiento oftalmológico especial. Así fue como, a 15 años de aquel 24 de agosto de 1899 que lo había visto nacer, Borges abandonó el desdén del barrio de Palermo, en el que había vivido desde la infancia, por el abrazo comprensivo de Ginebra. Borges había comenzado la primaria en cuarto grado, en una escuela pública de la calle Thames, muy cerca de su Serrano 2135, tras años de educación privada recibida de la mano de su abuela paterna Frances “Fanny” Haslam, nacida en Gran Bretaña, y de la institutriz inglesa Miss Tink.

En aquella época, según cuenta su biografía oficial, “Palermo era un barrio marginal de inmigrantes y cuchilleros. Borges ingresa en la primaria, donde soporta las burlas de sus compañeros debido a sus lentes y el cuello y la corbata estilo Eton con que lo enviaban a clase”. Tal vez porque las amistades más sinceras son las que surgen en momentos adversos, la que Borges gestó en aquellas aulas con el poeta Roberto Godel fue la más extensa de su vida. Con él intercambiaría correspondencia durante su estadía europea.

Las amistades de Borges de una u otra manera pertenecían al mundo de la literatura.

Fue el 3 de febrero de 1914, junto con la abuela materna Leonor Suárez de Acevedo, que los Borges partieron en el vapor alemán Sierra Nevada. Tras llegar a Lisboa y pasar brevemente por París, se instalaron en Ginebra. Allí, Borges cursó la secundaria en el colegio Calvino, donde se inició en la lectura de los filósofos alemanes Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, del filósofo escocés Thomas Carlyle, del escritor inglés G .K. Chesterton y, gracias a su amistad con el abogado, escritor y poeta Maurice Abramowicz, a quien le dedicaría más tarde una página en el libro Los Conjurados (1985), descubrió al poeta francés Arthur Rimbaud.

Tras un paso por España, al término de la Primera Guerra Mundial, durante el cual conocería a Rafael Cansinos Assens –el escritor español creador del movimiento ultraísta, al que Borges se uniría primero y del que renegaría más tarde–, en 1921 la familia Borges regresó a Argentina. Jorge Luis tenía 22 años cuando, por primera vez, fue capaz de apreciar el misterio de la ciudad que lo había visto nacer y la belleza que lo habitaba. Quedó infinitamente prendado de ella. Años más tarde, en 1971, en un encuentro con el periodista de la revista Time y del periódico The New York Times Israel Shenker expresó: “Amo a Buenos Aires. De hecho, la amo tanto que no me gusta que le guste a otras personas. Alguien me dijo el otro día que estaba pensando en ir a Sudamérica. Le dije: ‘Bueno, creo que deberías ir a Colombia. Es un muy lindo país’”.

A 30 años de su muerte, se le recuerda por ser considerado una de las grandes figuras de la literatura en lengua española del siglo XX.

A 30 años de su muerte, se le recuerda por ser considerado una de las grandes figuras de la literatura en lengua española del siglo XX.

Resultado inevitable de aquel amor fue su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Una selección de poemas que, según escribía el mismo Borges en el prólogo de la reedición de la obra, en 1969, “prefigura todo lo que haría después”. En ese mismo texto, asumía que “en aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad”. El Borges de los años 60 era ya el Borges celebrado por el mundo entero. Era el Borges que ejercía el cargo de director de la Biblioteca Nacional de su país y era catedrático de la Universidad de Buenos Aires.

Era el Borges que en 1961 obtenía el Premio Formentor otorgado por el Congreso Internacional de Editores, que compartió con el hacedor de Esperando a Godot, el irlandés Samuel Beckett. El Borges que, en orden cronológico, condecoraban los gobiernos de Italia, Francia, Perú y Gran Bretaña. El Borges que recibía el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes en su país, el título de doctor honoris causa de la Universidad de los Andes de Colombia, la medalla de oro del IX Premio de Poesía de la ciudad de Florencia, el Premio de Jerusalén, el Premio Internacional Madonnina de la comuna de Milán, el Premio Interamericano de Literatura Matarazzo Sobrinho de la Fundación Bienal de San Pablo.

Pero, al no ser correspondido, el entusiasmo inicial dio lugar a una resignada amistad.

Era el Borges al que la prestigiosa revista francesa Cahiers de l’Herne le dedicaba un número especial monográfico de homenaje. El Borges que se convertía en profesor de poesía de la Universidad de Harvard, en miembro de la Academy of Motion Picture Arts and Sciences y de la Sociedad Hispánica de América de Nueva York, en doctor honoris causa de la Universidad de Columbia y de la Universidad de Oxford y en Ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires, entre muchos otros honores, que lo ubicaban en un sendero de grandeza que el chileno Pablo Neruda describía con las siguientes palabras: “Todos los pueblos de habla española están muy orgullosos de que Borges exista. Y los latinoamericanos en particular, porque antes de Borges tuvimos muy pocos escritores comparables con los europeos. Hemos tenido grandes escritores, pero uno que sea universal, como Borges, es una rareza en nuestros países”.

Amores y amistades

También durante la década de 1960, en 1967 precisamente, y después de una larga sucesión de amores no correspondidos o truncos, como el de su juventud con Concepción Guerrero, a quien le dedicaría el poema “Sábado” de Fervor de Buenos Aires, Borges contrajo matrimonio con Elsa Astete Millán, una ex novia de su juventud de la que se divorciaría tres años más tarde. “Borges vivió siempre en estado de enamoramiento ideal, pero casi todas las mujeres lo abandonaron”, escribió en Borges: esplendor y derrota María Esther Vázquez, uno de sus amores imposibles y autora de la biografía oficial. La única que parecía no defraudarlo jamás era Buenos Aires, cuya mitología inspiró también otra de sus obras fundamentales, Historia universal de la infamia. Editado por primera vez en 1935, algunos de los cuentos ya habían sido publicados, entre 1933 y 1934, en el suplemento literario que dirigía junto a Ulyses Petit de Murat “Revista Multicolor de los Sábados” del vespertino porteño Crítica.

A 30 años de su muerte, se le recuerda por ser considerado una de las grandes figuras de la literatura en lengua española del siglo XX.

A 30 años de su muerte, se le recuerda por ser considerado una de las grandes figuras de la literatura en lengua española del siglo XX.

Para ese entonces, Borges también colaboraba con la revista Sur. Publicó allí sus cuentos y ensayos más importantes y gran cantidad de críticas cinematográficas. Sur, considerada como la más importante revista latinoamericana, había sido fundada en 1931 por Victoria Ocampo, con quien lo unía una amistad que, para 1935, ya contaba con una década de historia.

Borges había conocido a quien sería considerada su mecenas en 1925. La ensayista argentina, miembro de la Academia Argentina de Letras y autora de, entre otras obras, De Francesca A Beatrice, fue la primera en advertir la importancia de los escritos de Borges, al punto de instalar la idea de “literatura fantástica” y convertirla definitivamente en un nuevo género de la lengua española. Borges la definía como “la mujer más argentina” que había conocido.

Las amistades de Borges de una u otra manera pertenecían al mundo de la literatura. Como la biblioteca colmada de libros en inglés, que fue el punto de partida de su literatura y el lugar de encuentro con su hermana Norah, con quien leía en inglés e imaginaba juegos que anticipaban su universo narrativo, los primeros amigos también los heredaría de su padre. Tal fue el caso de Evaristo Carriego, quien según Borges le hizo descubrir la poesía, durante los recitados que éste hacía de los poemas de Pedro Bonifacio Palacios, mejor conocido como Almafuerte.

Algo similar fue el caso del filósofo, novelista y poeta argentino Macedonio Fernández, con quien Borges hijo solía reunirse los sábados en la confitería La Perla del Once para discutir cuestiones metafísicas y junto a quien fundaría, en 1922, la segunda época de la revista Proa, uno de los órganos de expresión de la literatura vanguardista argentina asociada al grupo de Florida. Integrado, entre otros, por Oliverio Girondo, Norah Lange, Leopoldo Marechal y Conrado Nalé Roxlo, el grupo de Florida promovía una estética vanguardista, que se contraponía con la visión realista y social del grupo de Boedo, en el que participaban, entre otros, Roberto Mariani, Leónidas Barletta, Elías Castelnuovo, Enrique Amorim, Lorenzo Stanchina y Alvaro Yunque.

Otra de las grandes amistades literarias fue la que sostuvo por años con el escritor argentino ganador del Premio Cervantes Adolfo Bioy Casares, primero, y luego con él y su esposa, Silvina Ocampo, hermana de Victoria, a quien Borges estimaba como la mejor cuentista argentina. Con Bioy se conocieron en 1930 e iniciaron un vínculo de colaboración literaria del cual nacieron, por ejemplo, el guión cinematográfico Los orilleros, libros como Crónicas de Bustos Domecq y varias antologías. Borges, además, prologó la obra maestra de Bioy, La invención de Morel, y junto con Silvina Ocampo compilaron las Antología de la literatura fantástica y Antología poética argentina.

Clásico. Borges es hoy en día uno de los escritores más famosos del mundo e incluso uno de los que más traducciones ha tenido.

Clásico. Borges es hoy en día uno de los escritores más famosos del mundo e incluso uno de los que más traducciones ha tenido.

La escritora y traductora argentina Estela Canto y Borges se conocieron en la casa de Bioy Casares, en 1944, el año en que Ficciones recibía el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Fiel a su condición de romántico inevitable, a la que aludía anteriormente su biógrafa María Esther Vázquez, Borges se enamoró de Estela. Pero, al no ser correspondido, el entusiasmo inicial dio lugar a una resignada amistad que se extendería durante unos pocos años. Fueron suficientes para que Borges le dedicara El Aleph, su cuento más emblemático, que a su vez da nombre a la que es considerada casi por unanimidad como su mejor colección de relatos fantásticos, editada en 1949.

El escritor argentino Manuel Mujica Láinez y el genial artista plástico escritor, poeta, místico e inventor de idiomas Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari, conocido como Xul Solar, fueron también sus entrañables amigos, con quienes lo unía una mutua admiración. Por otro lado, aunque contemporáneos, y por un tiempo amigos, con el autor de El túnel y Sobre héroes y tumbas Ernesto Sábato lo aunaba sus desencuentros políticos, que durante demasiado tiempo empañaron el verdadero sentido del valor de ambos como representantes de las letras argentinas.

Es el precioso e infinito valor de su obra literaria el que lo ha convertido en inmortal.

Respecto de la política, Borges decía: “Yo descreo de la política, no de la ética. Nunca la política intervino en mi obra literaria, aunque no dudo que este tipo de creencias puedan engrandecer una obra. Vean, si no, a Whitman, que creyó en la democracia y así pudo escribir Leaves of Grass, o a Neruda, a quien el comunismo convirtió en un gran poeta épico. Yo creo en el individuo, descreo del Estado. Quizá yo no sea más que un pacífico y silencioso anarquista que sueña con la desaparición de los gobiernos. La idea de un máximo de individuo y de un mínimo de Estado es lo que desearía hoy”.

Es precisamente el precioso e infinito valor de su obra literaria el que lo ha convertido en inmortal. En palabras del académico de la Universidad de Yale y crítico literario estadounidense Harold Bloom: “Borges emerge claramente como el único autor del siglo XX que resulta más emblemático de los valores estéticos aún esenciales para la supervivencia de la literatura canónica universal. Ocupa esta posición, no sólo con respecto a las letras hispanoamericanas, sino a toda la literatura occidental y quizás, incluso, a la literatura mundial”.


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