JOSE SARAMAGO: CON OJOS DE NIÑO

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El Premio Nobel portugués, reconocido mundialmente, solidario y severo en su ideología, acaba de presentar su último libro, “Las pequeñas memorias”, una biografía de su infancia que parece a trasmano de toda su obra anterior. José Saramago habla de aquellos recuerdos en esta nota inusual. Desnuda la intimidad de su familia, recuerda Azinhaga, la aldea donde nació, rescata del olvido a sus abuelos campesinos, y exorciza la pobreza que lo rodeó.

Texto: Oscar Lopez / Fotos: APF/AP

Tiene 84 años y, como corresponde a un tipo sensato y luchador, no va de niño por la vida. A diferencia de otros, que creen haber encontrado en la literatura el elixir de la eterna juventud como si el paso del tiempo no fuera con ellos. Con más pasado que presente, este escritor que se las ha visto literariamente con cavernas, archivos y evangelios, se enfrenta ahora a uno de los retos más duros de su carrera: la infancia. Y para esa lucha intensa y breve, de poco más de 150 páginas, el autor abordó sus recuerdos, sin ornamentos ni ficciones. Su último libro no es una novela, sino una crónica desnuda, directa, y en ocasiones descarnada, de esa época que marca inexorablemente nuestra existencia. Con la certeza de que Las pequeñas memorias es una rara avis en su carrera profesional, nos encontramos con el escritor en un hotel de Barcelona, para descubrir a aquel niño que caminaba descalzo por Azinhaga, la aldea portuguesa donde nació y donde se forjó la personalidad de este Premio Nobel.

ALMA MAGAZINE: ¿Su último libro demuestra que siempre permanecemos ligados a nuestra infancia?

JOSE SARAMAGO

Escritor Jose Saramago.

JOSE SARAMAGO: Sí, pero hay que matizarlo. Mi pueblo ha cambiado muchísimo y ya quedan pocas personas vivas de mi generación. Por eso me atrevo a decir que a lo que estoy ligado es a la memoria de todo eso. Los recuerdos de mi niñez los he mantenido siempre muy vivos; los buenos y los malos.

AM: ¿La escritura le resultó feliz o infeliz?

J.S.: No creo que en general la escritura sea feliz. Lo que da placer es la lectura.

AM: ¿Ha encontrado algún recuerdo nuevo al bucear en su memoria?

J.S.: Sí, los he encontrado. Hace años que tenía la idea de escribir este libro, y he descubierto que nuestra memoria guarda mucho más de lo que creemos.

AM: ¿Cómo ha llevado el tema del pudor? Lo digo porque cita posibles infidelidades de su padre e incluso un maltrato físico a su madre, que le llevó a escribir: “Por eso, jamás he levantado la mano contra una mujer”.

J.S.: Yo he querido ser sincero. Pero es evidente que ciertos pasajes relacionados con la vida doméstica, concretamente con mis padres, me han generado dudas. Me pregunté si tenía derecho a decir que mi padre maltrataba a mi madre, pero inmediatamente dejé de dudar y me dije: “¿Por qué no, si era cierto?”. He tratado de ser lo más discreto que podía, pero si yo siempre denuncio que la violencia doméstica es una lacra y un problema que debe resolver el hombre, no podía callarme.

AM: En el terreno sexual se muestra usted mucho más prudente. Aunque haya un affaire con Dimitilia, una niña de siete u ocho años…

J.S.: Hablamos de la infancia y todo es muy ingenuo. Nunca se consumó nada, era pura curiosidad. Lo pasé muy bien escribiendo esta parte. AM: No se le ve muy seductor en el libro.

J.S.: ¿Qué quiere? ¡Si en el fondo sólo era un niño, pero lo fui más tarde…! ¡Ja, ja!

AM: De la aldea de su infancia queda poco.

J.S.: Ha cambiado, pero tampoco de una forma extraordinaria. Hay un barrio nuevo, pero lo que más ha cambiado y más me ha dolido es el hecho de que arrancaran todos los olivos y los sustituyeran por cereales. Desapareció todo el paisaje de mi niñez.

AM: ¿Y la gente?

J.S.: Eso sí que permanece. En mi reciente visita pude disfrutar de todo su cariño. Allí viven dos mil personas, y la mayoría organizó una fiesta en mi honor. Fue muy emocionante.

AM: ¿Queda algo de aquel niño que caminaba descalzo por el pueblo?

J.S.: Mire, aunque suene a exageración, yo sigo siendo un campesino. Claro que no lo soy con este traje que llevo y con mi forma de hablar, pero el recuerdo de mi infancia es tan intenso que tengo que reconocer que la persona que soy, no el escritor, sino la persona, tiene sus raíces ahí, en ese sitio, en esos años y en ese hogar.

AM: La fecha real de su nacimiento no se ajusta con la administrativa, y encima un funcionario borracho convierte en nombre legal el apelativo familiar de los Saramago.

J.S.: Lo de la fecha era habitual entonces, ya que existía un plazo de 30 días para registrar los nacimientos. Lo otro es más gracioso. Por eso digo que, probablemente, es de las pocas veces en la historia de la humanidad que un hijo le da nombre al padre. Yo me llamo José de Sousa, como él, pero mi familia era conocida con el apodo Saramago. Gracias a ese funcionario pasé a llamarme José de Sousa Saramago, y años después, mi padre tuvo que asumirlo también en su documentación, muy a su pesar. Lo cierto es que esta anécdota me permitió no tener que inventar un seudónimo para mi carrera literaria, ya que lo es mi propio nombre.

“Es de las pocas veces en la historia de la humanidad que un hijo le da nombre al padre. Yo me llamo José de Sousa, como él, pero mi familia era conocida con el apodo Saramago. Gracias a ese funcionario pasé a llamarme José de Sousa Saramago, y años después, mi padre tuvo que asumirlo también en su documentación…”.

AM: Fue un alumno brillante.

J.S.: No era aplicado, pero es cierto que aprendía con mucha facilidad. En casa no estudiaba, tenía suficiente con lo que estudiaba en la escuela.

AM: Se describe como un niño triste, contemplativo, melancólico…

J.S.: Son rasgos que han permanecido toda mi vida. Y yo mismo no entiendo por qué me ocurren cosas, como que si estoy en una fiesta me pongo triste. No es que la alegría de los demás me moleste, sino que cuando la gente se divierte a mi alrededor yo me pregunto: “¿Qué hago aquí?”. Y créame, no es por ningún sentimiento de superioridad, tiene que ver con mi incapacidad para integrarme.

AM: ¿Le gustaría estar solo en esos instantes?

J.S.: Sí. Incluso cenando entre amigos hay ocasiones en que necesito aislarme. No lo puedo evitar. Puedo estar dando una conferencia ante dos mil personas y no tengo ningún problema. Pero no ocurre lo mismo si estoy con dos o tres.

AM: ¿Sigue temiendo a los perros y a las sombras que trae la oscuridad?

J.S.: Lo de los perros lo llevo mejor, sobre todo desde que tengo varios en mi casa de Lanzarote. Y lo del terror a la oscuridad se acabó en uno de los múltiples viajes que hice de niño en Lisboa. Un día desapareció, así, de repente.

EL PASADO HUMILDE

AM: Su padre era policía en Lisboa, pero sin embargo siempre tuvo que vivir en habitaciones realquiladas o compartiendo piso.

J.S.: Mi familia era muy humilde. Que mi padre fuera un funcionario público no significaba que ganara un buen sueldo. Lo más importante para él era su uniforme de policía y que la gente lo mirara con respeto. Hasta los 14 años no pudimos tener un pequeño apartamento para nosotros tres.

AM: Pero ni entonces pudo tener su propia habitación. Cuenta que incluso llegó a dormir en el suelo junto a la cama de sus padres, mientras las cucarachas le pasaban por encima.

J.S.: No tuve una habitación propia hasta que me casé a los 22 años. Y es cierto el episodio de las cucarachas. Y no lo cuento para dar lástima.

PORTUGAL-LITERATURE-JOSE SARAMAGO

De la mano de su esposa, la periodista española Pilar del Río.

AM: Y su madre iba a empeñar las mantas apenas se iba el frío para recuperarlas tiempo después.

J.S.: Era una época muy difícil y dura.

AM: Soy sincero, como lector tengo la sensación de que habla con más cariño de sus abuelos maternos, los que viven en la aldea, que de sus propios padres.

J.S.: Lo puedo entender, pero no era así. A lo mejor es porque la vida en la ciudad, la que se refiere a mis padres, no tenía tanto encanto como cuando pasaba el verano con mis abuelos. En Lisboa no podía andar por las calles, pero mi pueblo era el universo entero. Mis abuelos me querían mucho, pero a la manera campesina, es decir, nada de muchos abrazos y besos. En el pueblo no tenía ningún problema. En la ciudad sí, y entre mis padres había conflictos. Pero no tengo ninguna duda de que mis padres me querían.

AM: Probablemente tuvo que afectar el episodio de la muerte de su hermano, a los cuatro años y dos mayor que usted.

J.S.: A mi madre le afectó muchísimo. Y es posible que no quisiera atarse demasiado al hijo vivo para no tener que pasar por un trance similar si a éste le ocurriera algo. Además, y según parece, era un niño encantador. Le voy a confesar algo que no cuento en el libro. Cuando mi madre se refería a él como a un niño muy guapo, sonrosado y tan buen chico, a mí me dolía. Porque yo era un chico triste y pálido. Y cada vez que le pedía un beso, se lo tenía que rogar muchas veces, y cuando me lo daba era así, rápido, seco.

“Me pregunté si tenía derecho a decir que mi padre maltrataba a mi madre, pero inmediatamente dejé de dudar y me dije: ‘¿Por qué no, si era cierto?’. He tratado de ser lo más discreto que podía, pero si yo siempre denuncio que la violencia doméstica es una lacra y un problema que debe resolver el hombre, no podía callarme”.

AM: ¿Y su padre?

J.S.: La influencia de la vida en la ciudad, en cuestiones relacionadas con su trabajo, su conducta sexual, etcétera, hacía que el ambiente en casa no fuera sano.

AM: En cambio a su abuelo lo describe de una forma muy poética, como a un filósofo analfabeto. Eso no lo hace con su padre.

J.S.: Mi relación con ellos era distinta, ni más ni menos intensa. Mis abuelos eran muy buena gente pero muy sencillos, nada extraordinario. Eran campesinos analfabetos. Lo describo como filósofo porque para mí era una figura trascendente, una persona alta, erguida, y yo me parezco mucho a él.

AM: Su abuela le dijo a los 90 años que la vida era muy bonita y que le daría pena morirse.

J.S.: Pues eso mi madre era incapaz de decirlo. ¿Sabe dónde radicaba la diferencia? En que mis padres eran campesinos que habían perdido sus raíces en la ciudad sin llegar a integrarse a ella, y mis abuelos estaban muy enraizados a su aldea.

AM: Hasta el punto de que su abuelo se abraza a los árboles de la finca uno a uno para despedirse de ellos cuando ve que va a morir.

J.S.: Y lo hizo llorando. Se estaba despidiendo. Cuando has vivido cosas como ésta, o ver que tus abuelos metían en la cama los lechones para ayudarles a sobrevivir con el calor de sus cuerpos, es lógico que todo eso te influya. Y no me refiero al escritor, al Premio Nobel de Literatura, hablo de la persona, de la forma de entender el mundo.

SARAMAGO BASICO

Poeta, dramaturgo y narrador, José Saramago recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998. La lengua portuguesa no fue obstáculo para que sus libros fueran reconocidos en todo el mundo. Sólo su bibliografía básica incluiría Tierra de Pecado (1947); Memorial del convento (1982); El año de la muerte de Ricardo Reis (1984); El evangelio según Jesucristo (1991); Cuadernos de Lanzarote (1997-2002); Ensayo sobre la ceguera (1995); La caverna (2001); El hombre duplicado (2003) y Las pequeñas memorias (2006).

AM: ¿Me definiría a sus familiares con un rasgo?

J.S.: De mis abuelos paternos no hablo porque no tuve ninguna relación. De los maternos, mi abuelo era la seriedad. Mi abuela la alegría. Con mis padres es más difícil. Los dos se volvieron más cariñosos con la edad. Sobre todo mi madre. Pero la presencia de mi hermano se interpuso entre ella y yo.

AM: ¿Ha buscado en esa infancia algún momento donde se vislumbre que usted sería escritor?

MARQUEZ SARAMAGO BETANCOUR

Junto a sus colegas Gabriel García Márquez y Belisario Betancour.

J.S.: No sabría decirlo. Nunca he sido ese niño precoz que escribió una novela a los 6 años. Ya he contado que mis primeros libros los compré a los 19 años, y hasta entonces iba a la biblioteca a leer. Así que no puedo decir que estaba predestinado. Sin embargo, recuerdo que a los 18 o 19, conversando con mis amigos, se me ocurrió decir que sería escritor. Nadie hizo ninguna observación. Y añadí: “Lo que tenga que ser mío, a mis manos llegará”. Como si yo no tuviera que hacer ningún esfuerzo, como si todo dependiera de una especie de determinismo o fatalismo. Pero luego ya sabe lo que ocurrió, publiqué a los 24 años Tierra de pecado, luego escribí otra titulada Claraboya, que no se publicó ni se publicará nunca. Llegaron más novelas, pasé 20 años sin editar nada, en fin, que quiero decirle que mi carrera literaria aún hoy me sorprende. He trabajado como mecánico, como funcionario de la Seguridad Social, y publico Memorial del convento con 60 años, una edad en la que muchos autores ya tienen su carrera hecha. No he sido ambicioso, he vivido al día. Lo dije en la Feria de Frankfurt cuando me comunicaron que había ganado el Premio Nobel de Literatura: “No he nacido para esto, pero lo tengo”. He tenido suerte por tener una vida larga, ya que me ha permitido hacer en pocos años lo que no pude o supe hacer antes. Y no dejo de preguntarme por qué ha ocurrido así.

AM: ¿Qué pensarían sus padres, sus abuelos, si lo vieran ahora? ¿Con alguno en especial le gustaría charlar sobre todo lo vivido?

J.S.: Quizá como una pequeña venganza, y aunque me querían mucho, me gustaría que mis padres me vieran. Ahora les diría: “¿Me recuerdan?”. Aunque sé que estarían muy orgullosos. De hecho, cuando publiqué por primera vez mi padre aún estaba vivo y, aunque no lo quiso reconocer, estaba feliz. Pero a quien me gustaría ver de verdad sería a mi abuelo. El se murió a los setenta y pico de años. Y yo, su nieto, ya tengo 84. Cuando era un niño, nuestro mundo era el mismo, pero ahora, ¿de qué hablaría con él? No lo sé, y tampoco me preocupa. Me conformo con saber que me gustaría mucho poder hacerlo.

Copyright ALMA MAGAZINE y El País, de Madrid.


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