JOSEPHINE BAKER: LA VENUS DE EBANO

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Pobre y maltratada de niña, a los 19 años brilló en los más altos escenarios de París. Bailó como ninguna otra vedette antes, con los pechos desnudos y una sonrisa legendaria. Se enroló en la Resistencia francesa para luchar contra la ocupación nazi. Picasso, Hemingway y Gardel se enamoraron de ella. Tuvo seis maridos. Adoptó a doce huérfanos multirraciales. Vivió casi 69 años, orgullosa de ser afroamericana. Esta es su verdadera historia.

Texto: Raúl García Luna / Fotos: AP / AFP

LES MILANDES - J. BAKER, JO BOUILLON ET LEUR "TRIBU ARC-EN-CIEL"

Josephine fue la primera artista del mundo del espectáculo en construir una familia multirracial, hecho común hoy en día.

Nadie ha escrito toda la verdad acerca de Freda Josephine McDonald, alias Josephine Baker. Que de niña se moría de hambre. Que fue violada antes de los doce años. Que de sus padres muy poco se sabe. Que le molestaba ser llamada “mujer de color” y no “negra” a secas y con franco orgullo. Se prefirió describirla como a un fenómeno de circo aparecido por generación espontánea, cantando y bailando con graciosa orfandad por los bajos fondos de su Saint Louis de origen, donde había nacido el 3 de junio de 1906. Esta aclaración se debe a que en no pocas biografías de internet “La Venus de Ebano” aún fi gura como “artista francesa”, un disparate arraigado en la celebridad que alcanzó en el Follies Bergère de París durante los años 20. Pero ella era toda una afronorteamericana de Missouri, con resabios de esclavismo y opresión racial en su ADN cultural. Lo que de cualquier manera no dilucida el enigma de cómo se casó a los trece años, ni con quién, para debutar a los catorce en el vodevil del Cotton Club de Harlem, Nueva York. Allí ganó un multitudinario concurso de danza libre que luego, en octubre de 1925, le permitió consagrarse como estrella de la Revue Nègre en el music-hall de los Champs-Elysées, bailando un volcánico charleston casi desprovista de ropas y con plumas. Porque si alguien se atrevió al topless, esa fue Josephine Baker. Ella fue la primera mujer que exhibió sus pechos completamente desnudos en público, cubriendo apenas las partes inferiores de su oscura anatomía con un ornamento de púdicos plátanos y dejando que sus codiciadas piernas de tobillos y pies perfectos hicieran el resto: caldear las plateas, en un pandemonium sensual que su eterna sonrisa subrayaba con un leve dejo de ironía. Su irreverente sentido del humor, como su absoluta carencia de rencor o encono por la “explotación blanca”, fue tan legendario como su “joie de vivre” –su alegría de vivir, renovada en Europa–.

PARIS - JOSEPHINE BAKER

Había sido flexible como una gacela en los escenarios. Pero en 1970 se mostró dura en sus posturas a favor del American Black Power.

Pensemos en aquel continente en 1925. El mariscal Von Hindenburg llegó a presidente alemán por sufragio popular. Se publicaban las novelas The Great Gatsby, de Scott Fitzgerald, El proceso, de Kafka, y el ensayo La deshumanización del arte, de Ortega y Gasset. Se realizaba la conferencia internacional para ratifi car el Tratado de Versalles entre Gran Bretaña, Francia, Italia, Bélgica y Alemania. El director de cine Sergei Eisenstein conmemoraba el 20º aniversario de la frustrada revolución rusa de 1905 con El acorazado Potemkin. La vanguardia intelectual estaba en su plenitud. Y a la Ciudad Luz llegaba para interpretar la primera revista musical “de color” y de entreguerras una tal Josephine Baker, con 19 años. Quien ya en 1927 diría: “¿Soy célebre? Mi cabeza y mis piernas están en todas partes, y admito que el Cielo me ha dado ‘muslos inteligentes’. Sí, yo cumplo con mi contrato escénico, pero, ¿cumplo con el de la vida, ese que, en alguna parte de mí, me fue asignado como ser humano? Esta pregunta me estruja el N corazón”. Es que ella intuía que algo larvario pero amenazante, llamado nacional-socialismo, hería ya la presunta autosuficiencia cultural de ese licencioso ambiente social y político. Y se refugiaba en sus fragmentarios recuerdos. Malquerida por su madre y abandonada por su padre, dos artistas de mala muerte, Josephine narraba un improbable pasado que divertía a sus admiradores, entre ellos, artistas bohemios como Pablo Picasso: su padre como “un sastre judío”, “un bailarín andaluz”, ”un mestizo de Nueva Orleans” o un “carapálida” que su madre habría conocido en un burdel. Y una infancia como sirvienta en casa ajena, hasta que en 1916 un charlatán de feria improvisó un concurso de baile que, a los diez años, Josephine ganó junto al primer dólar propio de toda su vida. Ya a los quince, rebautizada “Mrs. Baker” por el apellido de su efímero segundo marido –porque del primero había huido tras una feroz golpiza–, empezó a tocar el trombón y a cantar ragtimes en un improvisado show callejero en el que ejecutaba ágiles pasos de una ignota danza tribal, revoleando los ojos y haciendo reír a los peatones como si fuese un clown de circo. Ese inesperado desenfreno ocular se convertiría en su más famosa “marca personal”, porque nunca antes una vedette había hecho reír: se suponía que el erotismo y la comicidad no podían coexistir. Y mucho menos la excitación extra de un peligro que, en París, se llamó Chiquita, una leopardo con collar de diamantes que solía escaparse de escena saltando a la fosa de la orquesta y aterrando a los músicos y al público. Pero su fórmula –escándalo y extravagancia– no se limitaba al teatro, sino que se extendía a su vida cotidiana. Su lujosa suite de “grand-hotel” era casi un zoológico de mascotas varias: un loro, un conejo, una serpiente y hasta un cerdo apodado Albert, al que perfumaba con la tan fi na como costosa esencia Je Reviens, de Worth. En 1931, lanzó su provocativo hit J’ai deux amours (Yo tengo dos amores), arrebatándole el centro de “musa de las artes” a la diva francesa Mistinguette, y media Europa sucumbió a sus encantos. Posó para los pintores Van Dongen, Foujita y para el ya mencionado Picasso. Popes de las finanzas besaron sus pies, y se publicó que, eventualmente, muchos conocieron su cama. Georges Simenon, el creador del Inspector Maigret y autor de 400 novelas, se ufanaba de haberse acostado con más de mil mujeres… y con Josephine, de la que habría sido su secretario privado. La lista continuó. A Carlos Gardel lo frecuentó en 1929, cuando él cantó junto a ella, Mistinguette y Maurice Chevalier en el teatro Opera de París, bajo la batuta de otro argentino: Osvaldo Fresedo con su gran orquesta de tango. ¿Gardel con la Baker? Las taquillas y los periódicos ardieron. Después apareció en películas como La Sirène des tropiques (1933), Zouzou (1934) y Princesse Tam Tam (1935), y muy pronto le llegó la hora de demostrar en los hechos que no mentía al manifestar su compromiso con la libertad.

Si alguien se atrevió al topless, esa fue Josephine Baker. Ella fue la primera mujer que exhibió sus pechos completamente desnudos en público, cubriendo apenas las partes inferiores de su oscura anatomía con un ornamento de púdicos plátanos; y dejando que sus codiciadas piernas de tobillos y pies perfectos hicieran el resto: caldear las plateas.

PARIS - MUSIC-HALL - LA CREOLE

A los 14 años debutó en el Cotton Club de Harlem, Nueva York.

Durante toda la Segunda Guerra Mundial fue miembro activo de la Resistencia francesa, con el grado de teniente, mérito que le sería recompensado con la Legión de Honor y la Cruz de Lorena, otorgadas por el general De Gaulle en persona una vez liberada París. Símbolo del feminismo racial, su preocupación cívica no fue el producto de una revancha individual, sino acaso de una conciencia solidaria y colectiva. Sin excluir de sus consecuencias políticas una “molestia” del FBI en 1951, cuando el periodista Walter Winchell, alcahuete de esa agencia de investigaciones, le dijo por carta a su director: “He descubierto a la Baker en Leningrado en 1936. Fue a la URSS con un grupo de ‘rojos’ franceses, quienes habrían sido recompensados por el Politburó comunista por su labor como espías durante las elecciones francesas de ese mismo año. Viaje pagado por la URSS como huéspedes de honor de la Unión Soviética”.

FRANCE JOSEPHINE BAKER

Josephine Baker.

Por fortuna el chisme de Winchell quedó archivado apenas “Mrs. Baker” visitó Estados Unidos… con sus medallas antinazis en el pecho. Aun anclada en Francia, apoyó decididamente los movimientos de derechos civiles norteamericanos de los 50 y en 1963, compartió estrados con Martin Luther King en la célebre marcha de Washington. Josephine protestó contra el racismo en su peculiar estilo: adoptando a doce huérfanos de distintos colores, razas y religiones a los que llamó su “Tribu del Arco Iris”, con cuartel general en el fastuoso castillo Les Milandes, en la Dordoña, donde vivió con sus hijos y Jo Bouillon, su marido durante una década –a partir de 1947–. Ese estilo de vida terminó costándole caro, ya que estuvo a punto de perder sus propiedades y ahorros al caer en bancarrota. Pero la salvó otra mujer de excepción: la princesa Grace Kelly de Mónaco, leal compatriota, también expatriada y siempre dada a las acciones benéfi cas. Más aún, en 1975, protagonizó un show retrospectivo en el Club Bobino de París, celebrando sus 50 años en el music-hall. Críticas extraordinarias, y el 12 de abril, a sólo una semana del estreno, una hemorragia cerebral terminaba con sus sueños de amplia tolerancia y amor sin prejuicios de ninguna especie. Tenía sesenta y ocho años y fue la primera norteamericana que recibió honores militares franceses en su funeral, acompañado in situ por más de 20 mil admiradores y autoridades de medio planeta. Su pequeño “cuerpo de ébano y marfi l” reposa hoy en el cementerio monegasco, según previo acuerdo rubricado con su querida amiga Grace. Entre sus fans se contaron Diana Vreeland, árbitro de la moda hipersensible al estilo Baker, tanto vestida por Dior, Balmain o Vionnet como luciendo sus raros atuendos informales por las calles de Nueva York, y Ernest Hemingway, que decía que Josephine era la mujer más “sensacional” que había besado. Éxitos sociales promovidos por su agente Giussepe “Pepito” Abatino, un astuto ex albañil siciliano que se inventó una personalidad de conde meridional y, con ella, sedujo al “tout Paris”. No obstante sus raíces, en Estados Unidos su carisma nunca tuvo la misma trascendencia que en Francia. Y en 1936, tras protagonizar aquí una fallida versión de Ziegfeld Follies y ser reemplazada por Gipsy Rose Lee, reina del striptease y el burlesque, en 1937 se nacionalizó francesa. Décadas difíciles, con requiebros económicos y un total de seis matrimonios, legales o no, más un deseo que se le cumpliría muchos años después: actuar en Carnegie Hall, ganándose la ovación consagratoria de su propia “tribu”.

A los quince años empezó a cantar ragtimes en un improvisado show callejero en el que ejecutaba ágiles pasos de una ignota danza tribal, revoleando los ojos. Ese inesperado desenfreno ocular se convertiría en su más famosa “marca personal”, porque nunca antes una vedette había hecho reír: se suponía que el erotismo y la comicidad no podían coexistir.

Josephine Baker en situacion de calle

Desesperación. En 1969, se quedó junto con todos sus hijos adoptivos en la calle.

De su paso por Latinoamérica, se destacan sus tres visitas a Buenos Aires, Argentina. La primera en 1928, en una gira organizada por el inefable manager-marido Pepito Abatino. Al desembarcar, le irritó que la policía porteña le tomara las impresiones digitales, novedad ideada por el argentino Juan Vucetich. La ciudad estaba empapelada con afi ches que decían: “La escandalosa Josephine” o “Llegó la morena fatal”. En una de sus no pocas autobiografías, Josephine cuenta que durante una de esas giras, a bordo del crucero Lutetia, conoció al famoso arquitecto Le Corbusier… quien en un baile de disfraces se tiznó la cara y las manos, y se vistió igual que ella, plumas incluidas. Le dijo que se veía gracioso y punto. “Pero en los años 50, otra vez en la Argentina, el gran arquitecto le preguntó al ministro de Salud, el ‘morocho’ (moreno) Ramón Carrillo: ‘Escucha, ¿y dónde están los negros en este país?’”, apunta Josephine, a la que el racismo no le gustaba ni en broma, “y el eminente médico respondió: ‘En este momento, sólo hay dos: ella y yo’.” En Buenos Aires, Josephine debutó en el auditorio de Radio Belgrano, y bailó y cantó en un importante teatro de la céntrica Avenida Corrientes, haciendo el musical Nouvelle Eve. Otro “morocho” argentino que la había acompañado en guitarra desde los años 30, en la Ciudad Luz, fue el jazzman Oscar Alemán. Lo cierto es que, en los 60, Buenos Aires ya era el segundo hogar del matrimonio Baker-Bouillon y sus doce hijos, tanto que Jo abrió con claro suceso el restaurant Le Bistró, en el antiguo barrio porteño de Palermo. Iban y volvían una y otra vez con su enorme familia a cuestas, en los intervalos de sus presentaciones en Europa y Estados Unidos, tratando de recolectar dinero para salvar del derrumbe financiero aquel amado castillo francés que los había cobijado en días más desahogados, y que finalmente terminaría subastado. Dijo Josephine en la década del 70, poco antes de despedirse de este mundo: “Toda mi vida traté de trabajar en favor de la fraternidad universal, y así como representé a lo salvaje en el escenario, siempre intenté ser civilizada en la vida real. ¿Lo habré conseguido?” Sin duda que lo hizo.


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