JUAN CRUZ RUIZ: ESPECIES EN EXTINCION

0

El periodista y escritor español evoca en Especies en extinción su pasión por dos oficios, el de periodista y el de editor, que conoce a fondo y que hoy atraviesan tiempos convulsos. De los años en que dirigió la prestigiosa editorial Alfaguara, rememora un modo de entender la relación con los autores, de acompañarlos en sus miedos y sus vanidades, pero también en su amor incondicional por la palabra escrita, capaz de crear universos más reales que el mundo real. Tras su paso por la industria de la edición, su retorno al periodismo en 2005 le permite a Juan Cruz Ruiz ahondar en las enseñanzas de grandes editores, como Michael Korda y Peter Mayer, y grandes periodistas, como Jean Daniel o Eugenio Scalfari, acerca de su oficio, de cómo lo han practicado ellos y qué futuro le auguran, ahora que tantos agoreros predicen la pronta desaparición de los libros y periódicos en papel. Aquí compartimos el comienzo del libro.

Texto: Juan Cruz Ruiz / Fotos: Gentileza Editorial Tusquets

Siempre que avanzo en un libro se lo envío a dos personas, Amaya Elezcano, que fue mi compañera en Alfaguara, y Manuel Longares, el autor de Romanticismo. Amaya me dijo, ante los primeros avances que le envié, que había en este libro una historia familiar, cercana, de mi propia autobiografía, y eso le interesaba. Y añadió que todo lo que se escribe aquí acerca del mundo literario, sus paranoias y sus celos, sus egos revueltos y sus platos chinos, eso le alcanzaba de lejos. Ella había dejado ya su puesto de editora, y seguramente eso afectaba a la explicación de su juicio; ella quería vida, no quería que le recordara aquella vida.
Manuel Longares, por su parte, me explicó que esa historia familiar que cuento (los primeros años de mi hija Eva, el primer llanto feroz que le recuerdo, la noticia del nacimiento de su hijo Oliver, los primeros llantos de éste cuando ya tuvo capacidad para la rabia, sus primeros juguetes, etcétera), y que a Amaya le resultó por lo menos atrayente, se salía un poco de lo que el libro quería contar, de modo que, o la explicaba bien, o la atenuaba o embridaba, o la retiraba del texto y la usaba para otra cosa.
Así que ambas sugerencias me pusieron en un dilema, pues cuando un autor pide consejo, lo que busca, en realidad, es que corroboren lo que está haciendo. Los despachos de los editores están llenos de historias parecidas: viene un autor a buscar del editor un juicio sobre el manuscrito que ha entregado hace unas semanas o unos días, a veces el día anterior incluso, y quiere, dice, una opinión sincera, es decir, una opinión que se parezca en lo máximo a la suya propia. Así que si la opinión que le da el editor es el producto de una reflexión profesional sobre el manuscrito, y la tal reflexión cae sobre algún aspecto que el editor ha considerado defectuoso, el autor rápidamente sostiene, silencioso hasta entonces pero muy nervioso en su silla, que aquel a quien le acaba de pedir una opinión sincera es en realidad un tipo que no ha sabido entender su obra.
Y aunque el escritor asegure en sus palabras que agradece la franqueza, que tendrá en cuenta esas consideraciones, se irá de allí maldiciendo el día en que pidió ese juicio a un inepto que no ha sabido leer el manuscrito o que lo ha leído como no es debido. Se irá de allí y probablemente se irá de la editorial. A no ser que haya recibido ya el anticipo, y éste sea tan sustancioso como habían soñado él y su agente.
Esta es una circunstancia que viví como editor muchas veces. Encontré en mi tiempo en ese oficio, que no fue largo pero sí muy intenso, a pocos autores que amoldaran su ego a las exigencias del trabajo editorial, que consideraran la sinceridad, o la franqueza, o, simplemente, el sentido común profesional, partes centrales del oficio que uno debía desempeñar.
En ese tiempo escribí algunos libros breves, de pensamientos o de sucesos que tenían que ver con mi vida, algunos breviarios que se me ocurrieron mientras viajaba en pos de autores, de sus premios y de sus castigos, de sus egos, bregando siempre, detrás de ellos, a favor de sus múltiples corrientes, pues el autor necesita que tú vayas en su corriente para no ahogarse solo, si es que se ahoga, o para que celebres su éxito, si sale a flote. Escribí libros breves; había una mano, como la mano de la que hablaba Juan Carlos Onetti, la mano que avisa; esa mano que me golpeaba cada vez que abordaba un libro grande. Eh, tú, que ése no es tu oficio ahora, ahora te debes ocupar del oficio de los otros.
En ese tiempo fui, pues, como un sonámbulo editorial, y fui también, me parece, como aquel niño de pelo verde que protagonizaba una película yugoslava (de la antigua Yugoslavia) que se titulaba Viva la República: el chico estaba en todas partes, no había suceso en el que no participara, mirando, mirando, siempre allí con su pelo verde.
En esos tiempos en que fui editor, siempre en Alfaguara, multipliqué mi actividad por mil, viví un periodo de ansiedad y de trabajo como nunca antes en mi vida, y seguramente fue porque huía de algo, quizá de un mal recuerdo, de la claridad del día, de la frustración de dejar el periodismo, que fue, desde chico, mi alimento y mi pasión…, en todo caso corría, siempre corría, de noche y de día; hasta que acababan el día y la noche ahí estaba mi sombra persiguiendo a mi sombra.
Fui el chico del pelo verde, y, como me decían Manuel Vicent y Arturo Pérez-Reverte, el editor de los platos chinos, siempre manejando en lo alto la obra o los nombres de mis autores, como el chino de los platos en la feria, haciéndolos girar incesantemente… Vicent dice que los platos más altos eran los de Pérez-Reverte y los de Vargas Llosa. No es verdad: el suyo también estaba en lo máximo de la cucaña. Pero él quería más, todos queremos más…

“Fueron años muy intensos que me ayudaron a conocer más de cerca la vida de los otros.”

Fueron años muy intensos que me ayudaron a conocer más de cerca la vida de los otros, siendo esta vida la de creadores muy conspicuos que se exigían a sí mismos pureza literaria, la ambición justa o injusta que anida en todos los seres humanos pero que en ellos se manifiesta a flor de piel… Gente común con una enorme inseguridad que el editor está obligado a mitigar.
Como periodista había conocido a muchos de ellos, viejos y jóvenes, y aquéllos se fueron yendo, o envejeciendo más, y éstos fueron envejeciendo convenientemente, o no tanto, adquiriendo las manías de los mayores y siendo ellos mismos personas mayores, y por tanto más distantes, menos frecuentes en el trato, también porque en un momento determinado dejé el oficio, regresé al periodismo, y ya vi, otra vez, las cosas de distinta manera, y a los escritores a los que agasajé los vi en otros lugares o en sitiales distintos, y seguramente ellos ya me vieron a mí, o quizá no, como parte prescindible de la propia memoria.
Le pregunté a Jaime Salinas, el editor que hizo de la Alfaguara que habían fundado los Cela Trulock en 1964 la mejor Alfaguara de todos los tiempos, algunos años después de su jubilación como editor, hasta cuándo un escritor quiere a su editor. Y Salinas me respondió en una línea: “Hasta que ya no es su editor”.
En todo caso, esas dos vidas son las que he querido contar, la propia y la ajena como si fuera propia, de modo que a medias les hice caso a los dos, a Amaya y a Manuel; hice, como ellos saben bien, lo que cualquier autor hace: simula hacer caso, pero busca un subterfugio para hacer lo que le da la gana. Un libro, al fin y al cabo, es el producto de un sentimiento. Mientras escribí éste tuve encima, siempre, el fantasma del tiempo, la sentencia que pende sobre nosotros hasta en los momentos más gozosos, cuando eres feliz y el porvenir te hace temblar de satisfacción; siempre aparece, en ese momento, el punto oscuro, el recuerdo de la muerte de los otros, la terrible esencia de la vida, que te paraliza y te pone ante ti mismo en la desnudez más absoluta.
De modo que mientras escribí esta memoria, esa sombra apareció muchas veces, y es la razón por la que la vida que ha ido hacia delante, la vida editorial, la vida literaria, la vida que me ha dado el oficio de periodista, ha buscado insistentemente el contrapeso de la vida que viene detrás, la hija, el nieto, Eva, Oliver.
Esa combinación, quise decirle a Manuel Longares, a Amaya Elezcano, y quiero decirles ahora a quienes quieran leerme, es la que explica la presencia aquí de ambos mundos; todos venimos de un mundo raro, pero no venimos de un solo mundo raro, y mi vida es la mezcla, a veces atosigante y otras veces muy feliz, de múltiples mundos raros que he tratado de contar aquí usando los materiales de los que están hechas la soledad y la compañía.
Antes de seguir. Le pasé este libro, también, cuando ya estaba casi acabado, a Soledad Gallego-Díaz, mi compañera de El País; cuando ella era directora adjunta del periódico, en 1990, me envió a Mónaco, a hacer la crónica de la muerte, en accidente, de Stefano Casiraghi. Me dijo:
–Mira, escucha y haz una historia.
Había dejado de ser redactor jefe de Cultura, así que era un peso amortizado del diario en busca de destino, y en esas circunstancias nadie sabe cuánto se agradece un encargo, cualquier encargo, pues, en periodismo, como en la vida, recibir un encargo es una señal de confianza, una especie de certificado de que estás vivo. Aquél fue el primer encargo que me hicieron. Luego, al cabo de un tiempo, Juan Luis Cebrián, que había sido nuestro director en el periódico, me encargó que dirigiera Alfaguara. De eso trata esta historia, pero quería que constara aquí lo que supuso para mí que Soledad me pusiera a mirar y a escribir.

Los egos y los platillos
En Egos revueltos recorrí una experiencia doble, mi vida con escritores y mi vida como periodista. Por este último oficio, que empecé a ejercer hace medio siglo, conocí a muchísima gente de aquel otro oficio sobrevenido, el de editor. Y este trabajo de editor me permitió entender de otra manera el carácter de los periodistas. El editor, por decirlo rápido, es un personaje acostumbrado a escuchar para alimentar el ego desalentado de los escritores. Y el periodista está educado para desconfiar de lo que le cuentan. Son dos figuras contrapuestas cuya conjunción produjo en mí la esquizofrenia que aquí, de un modo u otro, se narra. El periodista culpa, por así decirlo, y el editor es culpable.
El periodista es un ojo sobre la sociedad. El editor es un ojo, y punto. De la calidad de su ojo (y de su olfato, y de su tacto, como dice Josep Maria Castellet) depende el resultado de su esfuerzo. El periodista está para contar y para juzgar, el editor está para abrirle el camino a los que quieren contar. Ambos, el editor y el periodista, buscan al público. Y a esos dos oficios dediqué gran parte de la energía que aquí trato de convertir en el relato de una experiencia.
No es lo mismo tratar a un escritor cuando eres un periodista que tratarlo cuando eres un editor. Y el escritor no habla igual con un periodista que con su editor. El periodista trata al escritor como si éste fuera una página (¡o un suelto!) del día siguiente, y querrá que el autor le resuma su vida. Y el escritor le cuenta su vida (o la vida de otros) al editor. El editor ha de ser paciente, el periodista trabaja a impulsos y tiene poco tiempo. Lo que tiene (o ha de tener) el editor es tiempo. El tiempo de los otros (la suma del tiempo de los otros) es el tiempo del editor. Y mientras ejerce esa paciencia de escuchar ha de ser (como dice el ya citado Castellet) un tipo muy bien educado, casi un monje que confiesa.
Egos revueltos trataba sobre todo de los autores en estado puro, de cómo los veía como periodista o como editor, sus impaciencias y sus vanidades, su rico anecdotario de soledad y de ilusiones frustradas, su arrogancia y también su fracaso. En Egos revueltos mezclo ambos oficios, la edición y el periodismo. En un momento dado consideré que editar exigía una paciencia y algunas otras actitudes con las que yo ya no me sentía demasiado a gusto; estaba en exceso presente la urgencia de regresar al periodismo como para que sintiera que siendo editor estaba siendo yo mismo. Para ser editor has de estar plenamente en forma, no puedes tener tu cabeza en un oficio y en otro a la vez, y yo ya daba muestras, ante mí mismo principalmente, de las consecuencias de esa esquizofrenia. Fue entonces cuando empecé a notar que tenía mi cuerpo y mi alma alquilados, viviendo en un lugar en el que empezaba a hacer mucho frío, o mucho calor, según lo mires.
Entonces, en 2005, decidí volver al periodismo, después de un periodo de siete años entre una cosa y la otra, pues cuando dejé Alfaguara, en 1998, Jesús Polanco, entonces presidente de PRISA y por tanto de Santillana, consideró que en lugar de regresar directamente a El País me ocupara de crear una oficina que él mismo bautizó, la Oficina del Autor, para ocuparme de aquellos autores que requirieran mimo mientras escribían sus libros. Para ocuparse de ellos cuando iban a publicar, o cuando publicaban, estaban las editoriales; Polanco creía que “en el entretanto” sería útil que les organizáramos circunstancias que les alegraran la bolsa y la vida.
Pero eso era parecido a lo que hacía, poner a danzar los platos chinos. No es que fuera cansado o frustrante, aunque también era cansado o frustrante, porque en el mundo editorial, y eso lo he aprendido luego, el papel del editor es el mejor. Mirar desde lejos, aunque mires desde arriba, que no era el caso, es extremadamente aburrido, pues la mayor satisfacción que siente quien publica a otros es el proceso de publicación de un libro, hasta el final y más allá. Lo otro son aditamentos cosméticos que te dejan bien en las fotos, pero no es editar. Es acompañar al editor, y a éste suelen molestarle las sombras. Con toda la razón.

“Mi vida es la mezcla, a veces atosigante y otras veces muy feliz, de múltiples mundos raros.”

Y al cabo de unos años regresé a El País. En 2005 crucé otra vez esa puerta de Miguel Yuste que ha sido, y es, el lugar en el que he desarrollado mi oficio. Tres años más tarde, en Nueva York, mientras hacía una serie sobre el porvenir del periodismo, que ya era víctima de la peor crisis económica y por tanto, de consumo, de la historia, leí en la última página del New York Times una noticia que ponía los pelos de punta, teniendo en cuenta que un estornudo allí es una neumonía en el resto del mundo. La noticia decía que los grandes editores norteamericanos habían decidido prescindir de los lectores de manuscritos. Además, y en casos muy específicos, habían “despedido” a algunos de sus autores extranjeros que vendían poco. La crisis que evidenciaban esos datos se fue complicando en el mercado de las librerías y sumió al oficio (a España, sobre todo, llegó la pulmonía) en una incertidumbre que se igualó con la que ha vivido y vive el periodismo.
Así que los dos oficios, editar libros, publicar periódicos, transcurren ahora por las mismas sendas. Escribí aquella serie (está en un libro que se titula Periodismo, ¿vale la pena vivir para este oficio?), en Debolsillo y luego hice otra, para preguntar acerca del porvenir de la edición de libros (que publicó Ivory Press, con el título de Un oficio de locos), que aquel día de 2008 se presentaba ya aciago, realmente aciago y no sólo metafóricamente complicado. En ambos casos hablé con veteranos de los respectivos oficios, y todos fueron más optimistas que las noticias de los diarios y que las estadísticas de los distintos gremios: las nuevas tecnologías son ahora un reto, pero los libros y los periódicos se acomodarán en un futuro no lejano a la esencia de los oficios. Los editores seguirán existiendo, los periódicos seguirán publicándose, sobre todo porque habrá (seguirá habiendo) escritores (y lectores) que necesitarán a los editores y porque habrá gente que no pueda digerir la información si ésta no viene avalada por el orden que le imprime el buen periodismo.
Ahora, al escribir Especies en extinción, he entendido que si bien jamás me fui del todo del periodismo, tampoco me he ido en absoluto del mundo de la edición de libros. Y de eso, de la melancolía que produce no estar donde has estado, y la de estar donde no estás del todo, nace este libro, continuación de Egos revueltos. ¿Veo los egos de la misma manera? ¿Creo que son un peso muerto en la vida de los autores, que la vanidad los lleva hacia abajo o hacia arriba en un ejercicio ciclotímico que supone un martirio para los editores? Lo creo, pero también creo que si no hubiera ego no habría obra; esa dialéctica entre el mimo y la realidad (el otro me quiere más que tú) es la esencia del oficio en el que yo estuve casi como un enviado especial que ahora cuenta esta historia.
Este libro se iba a titular El diario de un día porque es también la respuesta que le debía a Toni López Lamadrid, que fue director general de Tusquets. Aquí, más adelante, se cuenta lo que ocurrió, pero lo adelanto para darle sentido de leitmotiv a esta referencia. Durante años, Toni, que murió en 2009, me preguntó con la insistencia con la que le quitaba hierro a sus preguntas, de dónde sacaba yo el tiempo para alternar unas cosas con otras, para ocuparme de tantas cosas a la vez.
El lo veía así, y así lo preguntaba. Un día, meses después de la muerte de este gran amigo, mientras buscaba entre libros, cayó de uno de los libros que él me enviaba una tarjeta suya en la que decía exactamente: “Acuérdate de que me debes el diario de un día”.
Manuel Vicent y Arturo Pérez-Reverte insistían en que este nuevo volumen se llamara Platos chinos. Es, en cierto modo, el diario de un día, si se entiende como una unidad el tiempo que cuenta, con sus obsesiones, sus esperanzas y sus entusiasmos defraudados. Es la crónica del fin de una época en la que las especies en peligro de extinción respiran como peces que están perdiendo el contacto con el agua. El diario de un día de las especies en extinción, podríamos decir.


Compartir.

Dejar un Comentario