JULIO BOCCA: EL LARGO ADIOS

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Fue primera figura del American Ballet, ganó el respeto de la crítica y reconocimiento mundial, cautivó a Baryshnikov, y voló por los escenarios más importantes del planeta. Pero al argentino Julio Bocca todavía le resta uno de los mayores desafíos en su carrera: el retiro. Una trayectoria que comenzó a los cuatro años y, a fuerza de talento y expresividad corporal, fue recorriendo distintos países de América latina para consagrarse en Moscú y Nueva York. A pocos meses de cumplir 40 años, prepara el estreno de sus últimas obras como bailarín y sus proyectos para dedicarse a la enseñanza. En esta entrevista con ALMA MAGAZINE, Bocca cuenta por qué después de tanto bailar, finalmente dejará los pies sobre el suelo.

Texto: Fernando Amdan Fotos: María Antolini / AFP

VENEZUELA-DANCER-BOCCA

“En ballet los latinos somos más improvisadores, no tan estudiosos como el estadounidense.”

La idea es simple. Hasta diciembre de 2007 –fecha en la que programó su retiro– recalará en cada escenario que lo sintió flotar, ante cada público que lo ovacionó, para despedirse. Y será un largo adiós. Con más de 25 años de carrera, al argentino Julio Bocca le han quedado amigos, colegas, maestros y admiradores en la Opera de París, el Covent Garden en Londres, la Scala de Milán, el Bolshoi de Moscú, Broadway, entre otros míticos lugares del mundo donde presentó un sinnúmero de obras y personajes aclamados desde las butacas y la crítica, como su ya célebre Romeo, de Romeo y Julieta. Cordial, amable, Bocca recibe a ALMA MAGAZINE en un living improvisado del Teatro Maipo como si fuera su casa. Y lo es, de hecho. Ubicado en el centro de Buenos Aires, el Maipo, que vio cantar a Carlos Gardel décadas atrás y cumplirá un siglo de vida en 2008, es regenteado hace 12 años por Bocca. Decenas de fotos y trajes que el bailarín utilizó en distintas obras decoran el restaurante del legendario teatro, clima ideal y disparador sin excusas para hablar de lo que a Bocca más le gusta: el ballet. Los ojos se le llenan de brillo cuando, pecho inflado, comienza a hablar de la proyección internacional de algunos de sus alumnos, las dificultades de sus comienzos, en países ajenos, y la importancia de la danza latinoamericana en el escenario mundial. Tal vez sea una de las voces más autorizadas. Julio Bocca no sólo llevó adelante una cruzada para extender el ballet a lo largo y ancho de su país y el continente, sino que llevó su nombre y al arte latino a lo más alto; a compartir una constelación en la danza junto a leyendas como Mikhail Baryshnikov y el diseñador Alexandre Vassiliev, con quienes incluso compartió escenario. Aunque confiesa que el hecho de ser latino impone fuertes obstáculos a los jóvenes talentos de hoy, Bocca no pone límites a sus ambiciones y proyecta a futuro, cuando las piernas ya no lo acompañen sobre el escenario. La difusión del Ballet Argentino, compañía que encabeza en distintas giras mundiales, y el rol de maestro en el American Ballet serán dos de las actividades que ocuparán su tiempo en esta nueva etapa con fecha de inicio en diciembre del año próximo. Pero fue en 1990, con solo 23 años, que Bocca comenzó a probarse el traje de maestro con mayor asiduidad. Junto a la bailarina Eleonora Cassano fundó ese año el Ballet Argentino, la compañía con la que comenzaría a difundir la danza de su país en Estados Unidos y Europa, a la vez que fue el cuerpo de baile que ayudó a popularizar este arte en lugares alejados de las grandes capitales. La formación de nuevos talentos argentinos también formará parte de la agenda de Bocca, aún luego del retiro. “Educar me da una satisfacción maravillosa –se entusiasma–. Además de bailar, sé que hice un montón de cosas que seguiré disfrutando después: ver cómo crecen los chicos, como Hernán Cornejo, que hoy es primera figura del American Ballet, y cuando lo tomé y lo fui formando tenía catorce años…”. Aún en clases, entrenándose físicamente, el bailarín argentino confiesa que “a los veinticinco años empecé a hacerme viejo: supe que ya no podía llegar más lejos, técnicamente”. Las vísperas de los cuarenta lo encuentran sereno, pero también satisfecho arriba y abajo de las tablas. A poco de estrenar Adiós hermano cruel y Manon, dos de las últimas obras que lo tendrán como protagonista, Bocca cumplirá con las giras pendientes en cada continente, para luego dedicarse a la enseñanza. Todo, eso sí, luego de un período sabático.

ALMA MAGAZINE: ¿Considera un logro personal haber popularizado el ballet?

JULIO BOCCA: Soy consciente del trabajo que hice, pero no fue solamente mío. Fue importante quizás en esta época, porque en otros tiempos el ballet salía de gira por el interior del país muchas más veces de las que salen ahora. El ballet ya estaba en escenarios importantes antes de que yo apareciera, no es que inventé algo. Lo que hice fue volver a eso y tratar de mantenerlo y hacerlo crecer. Yo quiero que la danza siga manteniéndose en el nivel que está ahora, por el público que lleva y la cantidad de compañías pequeñas que existen.

AM: ¿En los últimos viajes se ha encontrado con valores nuevos en el ballet latinoamericano, alguna promesa, algún próximo Julio Bocca?

J.B.: Hay muchos. En Argentina tenés a Iñaki Urlezaga. Está Cornejo, en el American Ballet. Tenés chicos cubanos, también. Hay talentos muy buenos en la región, y siempre vas a ver argentinos o brasileños trabajando en diferentes compañías. El problema es que en nuestros países no son prioridad la cultura, la educación, la salud. Si no hay apoyo, lo que se hace es a pulmón.

AM: ¿Ve que se aproxime alguna bisagra en ballet?

J.B.: Creo que sí, tiene que haber un cambio. Los talentos están, aunque quizá no tienen la posibilidad de trabajar con grandes coreógrafos. O pasa también que los coreógrafos cobran y no tienen muchas ideas, porque casi todo ya está hecho. Es un momento de chatura creativa. Para que cambie va a pasar un tiempo.

CIUDAD NUEVA

Julio Bocca bailarin Teatro Colon

“Los cuarenta es una edad justa para el retiro de un bailarín”.

El reconocimiento llegó más rápido de lo usual. El mismísimo Baryshnikov, su ídolo, su referente en la danza, notó su talento y lo llevó a Nueva York como primera figura del American Ballet. Julio Bocca tenía tan solo 19 años.

AM: ¿Cómo fue la integración en Nueva York al llegar por primera vez, tan joven y sin el respaldo de la trayectoria actual?

J.B.: Entré como estrella a trabajar. No es que fui a probar. A mí el American Ballet me contrató como primer bailarín y empecé a trabajar con ellos. La misma persona que cuidó domésticamente a Baryshnikov, cuando él se fue me cuidó a mí. No tuve que pelearla como la mayoría que va. Digamos que entré por la puerta principal, me abrieron los brazos, me recibieron muy bien, y por eso estuve veinte años. Por supuesto que mi nombre fue creciendo, pero yo había entrado como primera figura. Llegué y empezamos una gira por el interior de los Estados Unidos.

AM: ¿Es cierto que Baryshnikov le hizo un desplante al llegar a Nueva York, que no aparecía en los ensayos?

J.B.: No, ningún desplante. Eso lo dije hace muchos años, como adolescente que dice cualquier cosa. Yo quería que él estuviera ensayando, pero bueno, él también tenía que dirigir, estaba en Broadway, haciendo películas, bailaba, así que no iba a tener tiempo para ir a ver mis ensayos. Digamos, estuve trabajando con él, pero a mí, caprichoso, me hubiese gustado que estuviera todos los días para mí. Somos buenos amigos. El año pasado pasé mis vacaciones en su casa de Santo Domingo.

La guerra en danza

Julio Bocca danza clasicaSi Buenos Aires es la ciudad que Julio Bocca eligió para vivir, Nueva York es su segundo hogar. Paseos por Manhattan, tomar el metro, caminar por Broadway es lo que suele disfrutar en el anonimato que le regala la Gran Manzana. En esa ciudad comparte varios meses al año con amigos del American Ballet, alumnos, colegas. El lazo emocional no le permite quedar ajeno en las noticias sobre lo que sucede en los Estados Unidos. AM: Viviendo tanto tiempo en los Estados Unidos, ¿tiene alguna apreciación sobre lo político, las guerras en Medio Oriente? J.B.: Uno no es ajeno a lo que va pasando. Más con toda la información que llega constantemente. En Nueva York todo el tiempo está en “alerta naranja”, “alerta verde”. Pero no soy de meterme en eso, trato de estar al margen. Me parece ridículo que sigan las guerras. No se entiende: si hay tanto dinero para armas, habría que ponerla para la gente que se muere de hambre, o los chicos que no pueden hacer tantas cosas. AM: ¿Estaba en Nueva York en septiembre de 2001? J.B.: No, estaba en Buenos Aires, pero habíamos trabajado en febrero en las torres. Meses de diferencia. Fue muy shockeante, porque uno ama ese lugar, tiene gente amiga. Yo me sentía parte de eso. Ahí te das cuenta de que hay que disfrutar el día a día, tratar de respetar al de al lado, hacer tu vida, pasarla bien. Lamentablemente no les tocó a ellos solos. También pasó en Madrid. No entiendo que siga ocurriendo, que en esta época no le encuentren una solución.

AM: Cuando se bajaba del escenario, ¿cómo era la experiencia en un país nuevo?

J.B.: Todo lo que conozco de Estados Unidos lo conozco a partir de las giras con el American Ballet. Me la paso trabajando, sin mucho tiempo libre. En Miami, por ejemplo, me dieron las llaves de la ciudad, tengo las manos en el Paseo de la Fama, pusieron un día con mi nombre. Tengo una relación muy fuerte, muy grande, con Estados Unidos. Siempre que vamos de gira llevo al Ballet Argentino, y hacemos algo totalmente diferente. Ya hace varios años que vamos, y siempre llenamos todos los lugares, hasta en Alaska. Es un buen público, y la crítica nos respeta mucho. Hay un cariño mutuo. Por eso no me voy a desconectar, porque a mí también me gusta estar allá. Puedo tomar el bus tranquilamente, tomar el metro, ir caminando, un montón de cosas que en Argentina me cuestan.

AM: ¿Se imagina de vacaciones por los Estados Unidos?

J.B.: Sí… Nueva York es Nueva York. Es como Buenos Aires para mí. Son lugares donde vas y la podés pasar bien. Tenés espectáculos, podés salir y siempre ver algo diferente. Es una vida rica, de día y de noche. Para mí Nueva York es como estar en Buenos Aires. Con la diferencia de que allá estoy más tranquilo. Tranquilo en el buen sentido, no quiere decir que la gente me moleste, pero te saludan, te miran…

DIARIO DE UN BAILARIN

Julio Bocca y  Eleonora Cassano

Junto a la bailarina Cassano en una escena de Adiós Hermano Cruel.

Para Julio Bocca, el descanso llegará a los cuarenta. Algo temprano para casi cualquier oficio, pero no para un bailarín. Más aún para alguien que en su infancia en el barrio de Munro, en los suburbios de Buenos Aires, cuando bajaba de los árboles a los que le gustaba trepar, jugaba con la música y el baile. Ya empezaban a asomar las primeras palabras, y también la vocación por la danza. El legado materno tuvo mucho que ver. Nancy Bocca, profesora de ballet, le inculcó el amor por las artes y la danza. A los ocho años, Julio quiso ingresar en la escuela de danza del Teatro Colón de Buenos Aires, y allí debutó seis años después, con los encendidos aplausos que serían moneda corriente en cada presentación. Pronto dejó atrás la presión de ser promesa en el ballet: lo contrataron de Venezuela, donde vivió ocho meses, y luego pasó a bailar en Brasil. Pero la proyección mundial llegaría tiempo después, en 1985, cuando se quedó con la medalla de oro en el V Concurso Internacional de Danza de Moscú. Un futuro de éxitos ya era evidente, y el propio ego, un nuevo desafío con el que lidiar: “Hice bastante terapia para saber dónde estaba parado. Creo que también es un aprendizaje de vida, de ir creciendo con la carrera”, cuenta.

AM: ¿Las experiencias en Venezuela y Brasil le dieron un mejor panorama del ballet latinoamericano?

J.B.: A mí me sirvió mucho. A los catorce años vivía en Venezuela, y tenía que mantenerme solo, y era empezar a vivir como si fuera un chico de veintiún años, con todas las responsabilidades. Empecé a crecer, a incorporar en la danza todo lo que iba conociendo. Ahí tuve muy buenos maestros. Esa experiencia te ayuda a incorporarte a otra forma de vida, a otra forma de expresión que tienen ellos. A mí me gusta mucho la música latina, la salsa: es más alegre. Nosotros vivimos el tango, el drama. Es bueno mezclar las dos cosas.

AM: ¿Hay alguna particularidad que Latinoamérica aporte al ballet mundial?

J.B.: Creo que los latinos en cuanto al ballet somos un poco más improvisados, no tan estudiosos como el estadounidense o el europeo. El estadounidense es más metódico y el ruso más duro. A nosotros nos seduce esa cosa de improvisar, aunque no ocurra todo el tiempo. Hay excepciones, por supuesto, pero a la mayoría de los latinos no les gusta ensayar mucho. Les gusta estar arriba de un escenario, en una función, y no tanto en el trabajo previo.

AM: De gira por el mundo, ¿le ha costado integrar los ritmos latinos a sus espectáculos? ¿Hay apertura a la música latinoamericana?

J.B.: Nosotros tenemos la suerte de que, ya sea la función en Argentina o en la China, tenemos el tango. Gusta donde vayas, y es algo que a la gente siempre le interesa ver. Es una forma de expresión totalmente diferente y llamativa. Siempre hay una buena respuesta del público.

HASTA PRONTO

El cansancio comenzó a notarse. “Una obra clásica, como Don Quijote –explica–, ya me cuesta, cansa más que antes. Son ballets en los que tenés que estar casi tres horas, se hace largo”. El público no lo nota y le pide a Julio Bocca que siga, como si fuera inmortal. “La gente me dice que me ve muy bien; sí, yo me siento bien y lo sigo disfrutando, pero hay cosas que me cuestan. No quiero llegar al punto donde todo cueste y no pueda seguir disfrutando. Lo que pasa es que salís al escenario y esa magia es única, y la adrenalina sube…y no te duele nada y si te duele te olvidás”.

AM: ¿Nunca tuvo necesidad de hacer algo diferente de la danza?

J.B.: Nunca se me ocurrió. Al contrario, cuando iba creciendo siempre tenía posibilidades de ver otras cosas. Siempre me gustó bailar, sigo disfrutando arriba del escenario, sin obligaciones de nada. Sacrificios y un montón de cosas que uno fue haciendo, fue todo con placer.

AM: Tiempo atrás se tentó con ser actor…

J.B.: (Risas) Eso fue hace muchos años, y las personas cambian. No, por ahora no, estoy disfrutando esto. Quiero echar mano de las cosas que siempre quise hacer y nunca tuve tiempo. Levantarme a la mañana y decir: “Me quiero ir a la Antártida”. Y, bueno, vamos.

AM: ¿Y con el resto de la vida?

J.B.: No tengo ganas de tener planes. Yo empecé a estudiar a los cuatro años, y a los ocho hacía funciones. A los catorce empecé a trabajar en forma profesional. Es toda una vida que, hasta ahora, fue siempre de trabajo. De vacaciones una o, a veces, dos semanas al año. Nada más. A veces uno necesita estar en algo, pero estar en nada también es bueno, ¿no? Todo el mundo siempre busca estar haciendo algo, estar en movimiento, y a veces nos olvidamos de que un día podemos estar en casa. Yo sigo un año más con las giras de mi compañía. Después ya acordé con el American Ballet trabajar allá como maestro, pero a partir de 2009. El 2008 lo quiero para mí.

AM: ¿Por qué a los cuarenta?

J.B.: Porque considero que es una edad justa para el bailarín. Es una edad en la que se retiran en todas partes del mundo, en todas las compañías. Físicamente llega un punto donde tampoco das más.

AM: ¿Cómo se imagina en veinte años?

J.B.: No me imagino, ni quiero hacerlo… (risas).


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