KEROUAC Y LA GENERACION BEAT: EL REY DE LOS BEATNIKS

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El libro Kerouac y la generación beat es una indagación sobre la vida de Jack Kerouac, el escritor al que toda una generación erigió en portavoz a pesar suyo. El autor de una novela fundacional, On the Road, de cuyo éxito terminó siendo víctima. El texto del escritor y periodista suizo Jean-François Duval va en busca de los protagonistas de la leyenda beat para plasmar su testimonio: el poeta Allen Ginsberg; Carolyn Cassady, mujer de Neal Cassady (el mítico Dean Moriarty) y amante de Kerouac; Joyce Johnson, que mantenía una relación sentimental con el escritor cuando le llegó la fama; Timothy Leary, gurú de la psicodelia en los años 70; y Ken Kesey, personaje central de la contracultura norteamericana. Compartimos la introducción del libro que viene a desmentir una serie de estereotipos aún hoy vigentes sobre aquella época.

Texto: Jean-François Duval / Fotos: Gentileza Editorial Anagrama

Verano de 1956, estado de Washington, extremo noroeste de los Estados Unidos. Al descender de Desolation Peak, donde ha vivido durante dos meses en una cabaña de rangers como bombero forestal –una experiencia aceptablemente depresiva, solo ante el Vacío–, Kerouac, todavía un desconocido a pesar de tener diez manuscritos en espera desde hace seis años en diversas editoriales, encuentra el éxito.
Dejando tras de sí la hoguera nocturna y los viejos zapatos agrietados, abandona la cima con las tablas de la ley beat en la cabeza, igual que Buda, con quien se divierte comparándose con ironía entre ensoñaciones: “Nos han dicho que encontraríamos a Buda en la cumbre de este monte; llevamos recorridos muchos países, durante muchos años, para llegar hasta aquí, ¿estás solo aquí? ‘Sí.’ Entonces tú eres Buda” (Angeles de desolación). En su obra, Buda no está nunca muy lejos de Dios. Sobre esta misma experiencia, Kerouac escribe en el mismo tono:

Se me había ocurrido […]: “Cuando llegue a la cumbre del Pico de la Desolación y todos se vayan en mulas y me quede solo, me encontraré frente a frente ante Dios o Tathagata y descubriré de una vez para siempre cuál es el sentido de toda esta existencia y sufrimiento, y de ir de acá para allá en vano.” (Angeles de desolación)

Jack Kerouac On The Radio

El libro es el resultado de veinte años de investigación en la búsqueda de los últimos testimonios de esa época lejana.

En ese momento, al volver a un mundo en que, según sus propias palabras, “todos holgazanean” e “incluso los ángeles se pelean”, constata con sorpresa que San Francisco se encuentra en plena efervescencia literaria. Emprende inmediatamente la redacción de Angeles de desolación, que no se publicará hasta ocho años más tarde, pero que ofrece el mejor retablo de lo que era la generación beat en esa época, en 1956, con sus lecturas en los cafés de North Beach, sus parties y sus protagonistas míticos: Neal Cassady, Allen Ginsberg, Gregory Corso, Gary Snyder, Philip Whalen, Michael McClure, Lawrence Ferlinghetti, Lew Welch, Philip Lamantia…
Y, sobre todo, está a punto de salir publicado en City Lights Aullido (Howl), poema del que todo el mundo ha oído hablar por la lectura explosiva ofrecida por Allen Ginsberg en la Six Gallery de San Francisco y del que en octubre de 1956 se ha hecho una primera edición relativamente confidencial (el 25 de marzo de 1957, la segunda edición, impresa en Gran Bretaña, es secuestrada por las autoridades aduaneras norteamericanas, tras lo cual se celebrará un juicio por obscenidad contra su editor, Lawrence Ferlinghetti, y, de rebote, el poema ganará notoriedad).
Se presiente: los “beats”, que han aparecido muy ocasionalmente en los medios desde 1952, van a irrumpir en la escena pública. La revista Mademoiselle se apresura a dedicarles un importante reportaje. En una memorable sesión fotográfica organizada para la ocasión, el joven poeta Gregory Corso despeina a su camarada Jack (deliberadamente mal afeitado por consejo de sus amigos) y le saca por encima de la camisa una cruz plateada que le acaba de colgar al cuello. Esta fotografía del autor de On the Road causará una profunda impresión y fijará la imagen de Kerouac para siempre. Con el rostro salvaje y la basta camisa de cuadros, Kerouac transmite a la perfección ese aire de vagabundo con cara de ángel que forjará su leyenda y que, en su famoso artículo del New York Times de septiembre de 1957, Gilbert Millstein comparará a un nuevo Hemingway.
Entretanto, durante los primeros meses de ese año clave (entre enero y septiembre de 1957), Kerouac aún tendrá ocasión de entablar un idilio con la joven “Joycey”, de embarcarse hacia Tánger, donde ayudará a William Burroughs a corregir y volver a mecanografiar El almuerzo desnudo, de marcharse a París y Londres, de pasar una temporada en México, de montarse con su madre en un autobús de línea para llevarla de Orlando a San Francisco, de acompañarla enseguida de vuelta porque no, decididamente la mujer se negaba a instalarse en la ciudad, antes de volver a Nueva York, a casa de Joycey, la víspera de la publicación de En el camino, el 5 de septiembre de 1957.
Jack Kerouac se hace famoso de la noche a la mañana. Joyce Johnson cuenta en este libro los efectos de aquella gloria repentina (el tímido Jack es uno de los primeros escritores que se enfrenta a los platós de televisión), y lo hace con la autoridad que le confiere haber vivido aquellas semanas de locura al lado de Jack. Al instante asistimos a la consagración de un hombre que, como se hace evidente, todo el mundo toma por otro. Se confunde al narrador con el escritor. Peor aún, se asume que ese autor-narrador y el personaje que pone en escena, el protagonista del libro, Dean Moriarty (Neal Cassady en la vida real), son una y la misma cosa.
En resumen, desde el primer momento, y a pesar del artículo elogioso de Millstein (al fin y al cabo, ¿qué valor tienen las palabras de un periodista?), no se trata tanto de un acontecimiento literario como de un fenómeno sociológico. En el camino aparece en el instante preciso para hacer cristalizar las aspiraciones de toda una juventud nacida durante la Segunda Guerra Mundial (o justo antes), una juventud empujada por el irresistible impulso de los Treinta Gloriosos recién inaugurados y los cambios que éstos traen consigo: el crecimiento exponencial del consumo, los avances tecnológicos (transistores, televisión) y culturales (libros de bolsillo, discos de 45 revoluciones), la liberación progresiva de las costumbres, el desmoronamiento de las barreras sociales y raciales (sobre todo a través de la música rock y pop) y muchos otros fenómenos ligados a la aparición de una nueva población, la de los teenagers, que quiere vivir, mucho más que las generaciones anteriores, según un precepto conocido desde Marco Aurelio: el único tiempo que vivimos es el presente, que no es más que un mero instante; todo lo demás es pasado o incertidumbre.
Cuando se publica En el camino, Bob Dylan y Joan Baez tienen dieciséis años, y John Lennon, diecisiete. Como muchos de sus contemporáneos, se han visto sacudidos, transformados, por la oleada de frescor del rock and roll, que, como afirmarán ellos mismos, les ha cambiado radicalmente la perspectiva de su propia vida. A través del show de Ed Sullivan, Elvis Presley irrumpe en la escena nacional e internacional en 1956. Chuck Berry, Little Richard y muchos otros ya han sembrado el germen de aquella revolución en 1955. También el cine es un reflejo de esa juventud en movimiento: el Actor’s Studio trastorna por completo la forma de interpretar de los actores; Marlon Brando (Salvaje) y James Dean (Rebelde sin causa) iluminan la pantalla. (En Francia, está Brigitte Bardot en Y Dios creó a la mujer, Laurent Terzieff y Pascale Petit en Les Tricheurs, y muy pronto Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo en Al final de la escapada). Multitud de películas de serie B, como Go, Johnny, Go!, High School Confidential! o Untamed Youth, destinadas exclusivamente a los adolescentes, llenan las salas. Semilla de maldad (Blackboard Jungle) propulsa la canción Rock Around the Clock, de Bill Haley, alrededor del planeta (compuesta en 1952, se utiliza un fragmento como banda sonora de la película, que se estrena en 1955). En 1960, Ray Charles graba Hit the Road, Jack, cuyo ritmo hipnótico marca el compás de la década que empieza.
Dicho de otro modo, la aparición de En el camino se produce en un contexto muy determinado, que no se corresponde en nada (o casi nada) con el de la redacción del libro, esbozado en 1948 y prácticamente terminado en 1951. En el camino es una granada cebada al principio de los años 50 a la que otros quitaron la espoleta cinco o seis años más tarde. Puesta en perspectiva desconcertante: William Burroughs nace en 1914, al principio de la Primera Guerra Mundial, Kerouac en 1922, Neal Cassady y Allen Ginsberg en 1926, es decir, durante el decenio posterior al conflicto. En cierto modo, son hombres surgidos de un mundo anterior, que han crecido al son de las claquetas, viendo pasar a las flappers (chicas con peinado al estilo de Louise Brooks) y riendo ante las obras de arte todavía nuevas que Chaplin aportaba al cine. En 1961, al principio de Big Sur, Kerouac ironiza sobre este desfase temporal:

A lo largo y ancho de los Estados Unidos, los colegiales y universitarios se imaginan que Jack Duluoz tiene veintiséis años y continúa en la carretera, haciendo autostop; pero estoy aquí, a mis cuarenta años, o casi, extenuado y abrumado de aburrimiento, en la litera de un coche cama, bordeando el Gran Lago Salado a toda máquina.

beat generation

Generación beat. Un puñado de jóvenes locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo.

Hoy, la doxa asume que el impulso provocado por cinco o seis muchachos que se conocieron a finales de 1944 en el West End Bar de Manhattan y formaron el núcleo original de lo que se llamaría “generación beat” desembocó en la rebelión de la juventud del baby boom ante las convenciones de una sociedad rígida, paralizada por el terror a la guerra fría, pacata, materialista y alienante. Aún a riesgo de parecer provocador, también se puede defender la tesis contraria: ¿acaso los beats originales no deben mucho a los cambios sociales de mediados de los años 50 que acabamos de evocar? Un poco de la misma manera como, a mediados de los 60, la obra de Hermann Hesse, de Siddharta a El lobo estepario pasando por El juego de los abalorios, fue rescatada del olvido por las generaciones beatnik y hippie, como nos recuerda Timothy Leary más adelante en este libro. En cuyo caso, como ocurre a menudo en la historia de la cultura, el movimiento beat original habría sido exhumado, es decir, creado en todos sus aspectos, en 1957, a la manera de un mito inventado –como todos los mitos llamados “fundacionales”– a posteriori. De sobra lo sabemos: la publicación de En el camino en ese año clave se debe en gran parte al hecho de que las editoriales descubren de pronto la existencia de un mercado eminentemente prometedor, surgido de una sociedad menos “agarrotada”. De repente creen que puede ser rentable publicar los manuscritos de Kerouac, hasta entonces considerados confusos e ilegibles. Así pues, asistimos ante todo a la creación de un mito que responde a las expectativas del momento y a la consagración de un personaje emblemático a pesar suyo. Cuando se publica En el camino, la gente lo compra y en algunos casos lo lee porque, bajo la etiqueta “beat”, el libro cristaliza la magia de la época presente (que, insistamos, ya no es la que se evoca en la novela). Tras un largo período de latencia, una serie de valores toman al fin cuerpo y trastornan por completo el rostro de los Estados Unidos.
En 1957, la sobrecubierta de la edición original de On the Road, publicada por Viking, es de una austeridad considerable, adornada sólo con un pequeño dibujo abstracto. Sin embargo, muy pronto se suceden las ediciones de bolsillo con portadas chillonas –chicas guapas de pechos provocativos y golfos salidos de una imaginería bad guys– que rodean la obra de Kerouac de un aura engañosa y desvirtúan por completo su sentido. Por otro lado, en el terreno estrictamente literario, el libro es mal recibido. La crítica académica, cuando no permanece en silencio, corre a desmarcarse de los elogios vertidos por Millstein en el New York Times Magazine. Y la prensa, considerada en su conjunto, está muy lejos de compartir la visión de Millstein cuando ve en Kerouac a un nuevo Hemingway (quien por esa época trazaba su propio camino a través del océano escribiendo El viejo y el mar). Es sabido que Truman Capote, en concreto, dedicó una acogida muy fría a los escritos de Jack: “That’s not writing, that’s typing” (“Eso no es escribir, es teclear”). El paso de los años no suaviza ni un ápice las críticas. Cuando aparece Angeles de desolación en 1965 (ocho años después de En el camino), Nelson Algren, el amante norteamericano de Simone de Beauvoir, se despacha con este comentario: “La prosa de Kerouac no es prosa, es autoindulgencia”.
¿Cómo podía escapar Jack a las redes de una gloria ambigua en todos los aspectos? Socialmente, literariamente, es un hombre perdido. Durante doce años –es decir, de 1957, año de publicación de En el camino, hasta su muerte, deseada por él mismo (“I’m sick of myself”, declarará en 1967 a la televisión italiana)–, el heraldo, “el bardo de los beatniks”, vivirá, o más bien se sobrevivirá a sí mismo, con el sentimiento de haberlo dado todo, de haberlo dicho todo, de haberlo escrito todo hace ya tiempo. En vano. Vaciado de su sustancia, ectoplasma quemado por las llamas de la celebridad, ahogado en el alcohol, no le queda más remedio que dejarse sumergir lentamente en el fracaso, en un vivo descenso de la cruz, hasta la hemorragia que le resultará fatal un día de octubre de 1969.
En la prensa francesa, su muerte apenas llena un suelto. Todo un signo; tres meses antes, en verano de 1969, los Beatles, a punto de separarse, graban su último disco, cuyo título, como On the Road, tiene tres sílabas: Abbey Road (de nuevo el tema de la road, la carretera, la calle, el camino…). No hace falta recordar que el mismo nombre de los Beatles es en buena parte un homenaje deliberado a los beats (al tiempo que a The Crickets, la formación de Buddy Holly, a quien Paul y John veneraban). Aquella palabra que se volvió rápidamente mágica, “Beatles”, procedía de la interrelación sintomática de tres períodos socioculturales sucesivos, que condensaba y agrupaba: el fin de los años 40, los años 50 y los años 60. Los Beatles, a través de los beatniks, reemplazaban a los beats, quienes nunca existieron fuera de la ficción; aunque, al fin y al cabo, ¿no es éste el terreno más fértil para engendrar otras mitologías?
En efecto, la generación beat, como movimiento literario, no ha existido nunca. Sin embargo, esta inexistencia –¿es que no procede todo del Gran Vacío?, se preguntaba Kerouac– ha permitido la construcción de una ficción verdadera, que hoy llamamos convencionalmente “generación beat” y cuyos actores, lejos de formar un “núcleo”, como se ha dicho, nunca han representado sino una nebulosa muy dispersa: desde un punto de vista literario, no se distingue a primera vista qué pueden tener en común un Ginsberg, un Burroughs, un Kerouac, un Corso, un Snyder, un Ferlinghetti, etcétera. Al contrario, cada una de sus obras muestra tal singularidad y tal originalidad que no se pueden englobar todas en una única denominación. Tienen un sólo punto en común: por muy diversas que sean, todas ellas proceden de la fuerte afirmación de una individualidad que se permite expresarse como tal, lejos de los cánones literarios del momento. La característica principal del “movimiento beat”, si existiera, sería su sorprendente disparidad. Es, de hecho, la marca de los nuevos tiempos, pues ya nadie desea para sí el conformismo que modelaba al individuo en las sociedades anteriores.
En este punto, vale la pena destacar un aspecto: la leyenda beat, tal como la representan Jack Kerouac y Neal Cassady, y a pesar de sus momentos de exaltación, es una leyenda triste. Ninguno de los dos términos de la famosa disyuntiva suscitada por Virginia Woolf –vivir o crear– ofrece salvación alguna. Por un lado, tenemos el éxito de una obra preñada de ritmos, sonidos y correspondencias, gloriosa porque se quiere tal. Por otro, la realización de un hombre de carne y hueso, capaz, a fuerza de magnetismo, de escribir su vida a cada momento como se escribe un libro, de elaborar magníficamente su propia ficción, en una emanación permanente de espontaneidad. Y, sin embargo, a fin de cuentas, al final de cada una de estas trayectorias, el camino no tiene salida y el fracaso es absoluto, inscrito en la propia lógica suscitada por la empresa. Fracaso de la vida, fracaso del arte. Fausto, de nuevo y siempre.
Hoy son incontables las obras que tratan de la epopeya beat. Todo un corpus que nos permite hacernos una idea del nacimiento de una mitología y del camino recorrido por su figura más eminente, Jack Kerouac, aunque no nos aclara demasiado el misterio de este ser tan singular, hasta el punto de que, como subraya Carolyn Cassady en este libro, su personalidad se presta admirablemente a todas las interpretaciones posibles e imaginables. De hecho, Kerouac se revela tan huidizo como la gran ballena blanca. Al hilo de los centenares de obras que constituyen la bibliografía beat, sus “fans” gozan de toda la libertad para ampliar sus conocimientos sobre los múltiples aspectos de la vida y la obra del personaje en una letanía cautivadora…
La infancia católica de Ti Jean (apodo, procedente del francés “petit Jean”, con que su madre se refería a él) entre los canuck, una comunidad francocanadiense de Lowell (Massachusetts); su incertidumbre identitaria (hijo del impresor Léo Kéroak, Jack, traicionado por la ortografía burocrática, es bautizado como Jean-Louis Kirouac); la búsqueda un tanto delirante de sus orígenes (¿no será Isolda una Kerouac raptada por Tristán de Cornualles?); la muerte traumática de Gerard, el hermano mayor, a los nueve años; el hecho de hablar el francés (o más bien el joual, el habla quebequesa de las capas populares) hasta los cinco años y las dificultades con el inglés hasta los quince; la carrera de atleta y de jugador de fútbol americano truncada por una fractura de tibia; la lectura de Thomas Wolfe, Stendhal y Dostoievski; el inicio de la guerra… Jack enrolado en la marina, simulando estar loco para escapar a la disciplina militar; Jack de vuelta en Manhattan, involucrado en el asesinato de David Kammerer a manos de su amigo Lucien Carr (Jack lo ayuda a ocultar el arma del crimen); Jack casándose deprisa y corriendo con Edie Parker (supuestamente embarazada de él) para no ir a la cárcel… El momento en que conoce a William Burroughs y Allen Ginsberg; la redacción de una primera novela, La ciudad y el campo, que se publica pero que representa para Jack lo que Jean Santeuil representa para Proust…; la transfiguración por efecto de la carretera gracias a la amistad con Neal Cassady, personaje de culto de los beats, gran ladrón de coches, fornicador furioso y lector insaciable, cuyas cartas transforman (tanto como En busca del tiempo perdido o las improvisaciones de Charlie Parker) la concepción de la escritura de Jack, que lo convertirá en el protagonista de En el camino…
Como suele decirse, la vida de Jack está llena de furor y movimiento: todo se funde para desembocar, no necesariamente en un libro bello, pero sí en algo que será literatura pura (hasta el punto de que Kerouac se burla de que, en su discurrir, su prosa arrastra algunas impurezas, naturales al fin y al cabo). Los beats no han experimentado nunca la necesidad de disociar vida y escritura, ¡al contrario! Para ellos, se puede vivir perfectamente la una sin estar muerto para la otra. De este modo, la obra de Jack (siempre con una libreta de apuntes en el bolsillo; véase su Libro de esbozos) está en todo momento estrechamente ligada a una existencia que, imbuida de jazz hasta el extremo, sometida a una tensión constante, se canaliza en forma de literatura.
En el fondo, ¿qué tiene de particular su obra? ¿En qué marca la historia de la literatura? Literalmente, desconcierta. Aún hoy no es seguro que el gran público, y ni siquiera los amantes de la verdadera literatura, la lean más que la de Joyce. Por mucho que Kerouac nos lleve a la carretera, ella resiste; no se revela fácilmente accesible, sino rica en recodos y rodeos, no retrocede ante los pasajes arduos y sinuosos, ni ante las elevaciones. Manda la cronología a freír espárragos y se adapta tan bien a los accidentes del terreno que al lector corriente a veces le cuesta seguir el hilo y pierde el aliento, si es que no se ha cansado al cabo de unas pocas páginas. Y es que el lector actual quiere acción, psicología, una trama que mantenga la intriga. Las novelas de Kerouac no nos ofrecen nada de todo eso. De hecho, ¿son realmente novelas, un género que, en esa misma época, se intentaba reavivar a la desesperada en Francia bajo el apelativo de nouveau roman?

Traducción: Francesc Rovira

 


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