LA BATALLA DE CALDERON

0

Para sacar fuerzas de su debilidad y unir al pueblo en su respaldo, el nuevo presidente mexicano, Felipe Calderón, ya eligió su enemigo: el narcotráfico y la violencia criminal que los cárteles de la droga diseminaron por el país. Aunque sea una guerra difícil de ganar, la estrategia podría obligar a los Estados Unidos a acudir en su apoyo, como lo hizo en Colombia.

Texto: Luis E. González O’Donnell / Fotos: AP y AFP

FELIPE CALDERON

Para sacar fuerzas de su debilidad y unir al pueblo en su respaldo, el nuevo presidente mexicano, Felipe Calderón, ya eligió su enemigo: el narcotráfico y la violencia criminal que los cárteles de la droga diseminaron por el país.

Hay muchas maneras de ganar la lotería. La peor es invertir en billetes más de lo que vale el premio. Un triunfo tan costoso se llamaría en español “victoria pírrica”, por alusión al infortunado Pirro, rey de Epiro. Pero en México se llama “sacarse la rifa del tigre”: el ganador debe cargar con la fiera, alimentarla, cuidarla y tratar de domesticarla. En julio pasado, Felipe Calderón ganó su propio tigre, la presidencia de México, con tres promesas que pocos creen posibles de cumplir: reducir la pobreza a menos de la mitad, duplicar el ritmo de creación de empleos, y acabar en menos de un año con la ola de criminalidad más furiosa en la historia de este país. En las elecciones, Calderón obtuvo una ventaja de apenas medio punto porcentual sobre su rival más peligroso. Después de contar los votos tres veces, la mayoría calderonista en el Congreso resultó tan exigua (un tercio del total de parlamentarios) que, para permitirle alcanzar la tribuna y prestar juramento, sus fieles, empezando por una docena de aguerridas diputadas y senadoras, tuvieron que abrirle paso a codazos, pisotones y puntapiés. Durante sus primeros 10 días en la silla presidencial, la posición del presidente parecía tan endeble que nadie se atrevía a predecir por dónde intentaría el mandatario empezar a gobernar.

Un seguidor de Lopez Obrador

Un seguidor de López Obrador, el candidato presidencial que perdió por el 0,5% de los votos.

El día 11 Calderón dejó atónito a medio mundo: anunció que una fuerza de 8.000 efectivos policiales y militares habían iniciado la invasión del estado de Michoacán, convertido desde un año atrás en campo de batalla de los tres principales cárteles mexicanos del narcotráfico. Con serranías siempre verdes, lagos más azules que el cielo, cerrados bosques de coníferas y kilómetros de playas vírgenes, Michoacán parece una versión tercermundista del paraíso terrenal: muy al estilo del oeste de Canadá, pero sin supercarreteras, superaeropuertos ni superferrocarriles y con un clima tan benigno que los pinares son el refugio predilecto de las mariposas monarca, que llegan cada año a pasar el invierno. Sin embargo, no fue el paisaje lo que primero atrajo a los cárteles, sino la fertilidad de los valles escondidos en las sierras, tan inaccesibles como Shangri-La, donde los lugareños cultivaban desde tiempos inmemoriales marihuana y amapola en cantidades tan modestas que no espantaban a nadie. Los primeros empresarios del narcotráfico, aún pequeños por comparación con los cárteles de hoy, empezaron a llegar a Michoacán en los ’80, ahuyentados del vecino estado de Guerrero por las incursiones del ejército mexicano, que en esos años cazaba guerrilleros en aquella comarca y, de paso, arrasaba los sembradíos de la legendaria Acapulco Gold, alguna vez cotizada como la mejor marihuana del mundo. La Acapulco Gold nunca se aclimató en las sierras michoacanas (en cambio sí lo hizo la Panamá Red), pero, con visión empresarial, los narcos de los ’80 y ’90 pronto descubrieron que las verdaderas oportunidades del bello Michoacán no se ocultaban en los vallecitos donde los lugareños lograban sus magras cosechas, sino en la costa deshabitada, en el laberinto de caletas secretas que la marina de México, con menos de un centenar de lanchas patrulleras repartidas a lo largo de 9.330 kilómetros de costas sobre dos océanos, jamás podría vigilar. En los ’90, por lo menos una decena de recovecos del litoral michoacano (más de 210 kilómetros sobre el Pacífico) se volvieron los mejores puntos de desembarco para los cargamentos de cocaína procedentes de Colombia, sobre todo cuando Estados Unidos intensificó los patrullajes en el Caribe y el Golfo de México.

GENERAL MANUEL GARCIA RUIZ

El General Manuel García Ruiz es el nuevo “zar” del gobierno contra el narcotráfico.

La DEA calcula que, por indolencia, indiferencia y corrupción de los sucesivos gobiernos mexicanos, entre mediados de los ’80 y fines de los ’90 se duplicó el tráfico de cocaína a través de México. Pero no hubo guerra abierta entre los cárteles, porque los gobiernos aplicaron la política de conceder ventajas al grupo que parecía más poderoso, a cambio de ayuda para mantener a cada pandilla en su territorio, usando cada cártel sus propias rutas de tráfico y evitando que la rivalidad entre competidores acabara en masacre. Era un método de control muy probado en todo el mundo: por décadas, el gobierno italiano toleró y aun respaldó el dominio de la mafia de Palermo, que se encargó de mantener la paz no sólo en Sicilia, sino en todo el sur de Italia; y en Estados Unidos a lo largo de un cuarto de siglo después de concluida la Segunda Guerra Mundial, la cosa nostra prosperó y dejó prosperar al país mientras un consejo supremo o un capo di tutti capi se encargó de imponer y hacer cumplir las leyes del hampa. En México, la vieja clase política, corrupta pero experimentada, aconsejó a sucesivos gobiernos aplicar una estrategia similar para no sólo convivir, sino lucrar discretamente con el auge del narcotráfico. Durante el gobierno de Miguel de la Madrid (1982-88), el propio secretario de Gobernación (ministro del Interior) y un par de gobernadores de estados cuyos territorios eran utilizados por el tráfico, se encargaron de negociar con el cártel de Juárez y ayudarlo a dominar el mercado, aunque en el esfuerzo hubiera que sacrificar a algún entrometido, como sucedió con el famoso agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar, asesinado en 1985. El gobierno siguiente (Carlos Salinas de Gortari; 1988-94) confió la tarea al hermano mayor del presidente, Raúl Salinas de Gortari, quien a cambio de sólo 300 millones de dólares (100 de los cuales acabarían congelados en cuentas suizas) ayudó a crecer al cártel del Golfo y le facilitó pleno respaldo del gobierno para someter a sus rivales a una especie de pax romana, que sólo se quebró cuando un nuevo presidente, Ernesto Zedillo (1994-2000), intentó romper con la tradición, mandó encarcelar a Raúl Salinas de Gortari y, con la bendición de la DEA, nombró “zar antidrogas” mexicano al general Jesús Gutiérrez Rebollo, que tenía fama de implacable e incorruptible.

OPERATIVO MICHOACAN

Uno de los operativos ordenados por Calderón, en Michoacán.

Sin consultar siquiera con el presidente, en 1997 el ejército mexicano arrestó al “zar antidrogas” y lo sometió a corte marcial porque se descubrió que sólo perseguía a narcos menores por encargo de su verdadero patrón, Amado Carrillo, nuevo jefe de un resucitado y mucho más poderoso cártel de Juárez y a quien llamaban “el señor de los cielos”, porque contrabandeaba cocaína a Estados Unidos abordo de su propia flota de Boeing 727. El “señor de los cielos” acabó asesinado por sus médicos de confianza (le practicaban una liposucción) pocos meses después de la caída del “zar” Gutiérrez Rebollo; y desde entonces ningún nuevo capo fue tan poderoso y prudente como para restablecer la disciplina en el negocio del narcotráfico. A partir de 1997 empezó una escalada de violencia, todos contra todos, que ni el presidente Zedillo ni su sucesor, Vicente Fox (2000-2006), un demócrata tan sincero como poco eficaz, lograron contener. El año pasado y solamente en Michoacán, el total de ejecutados –muchos decapitados y sus cabezas exhibidas al público con amenazantes leyendas– fueron más de 600; y en todo el país las muertes por las guerras del narcotráfico superaron a las menos de 1.000 soportadas en el mismo lapso por las fuerzas militares de Estados Unidos en Irak. ¿Podrá triunfar Calderón donde fracasaron sus antecesores? Nadie pretende en México o Estados Unidos que el nuevo presidente mexicano acabe radicalmente con el narcotráfico en un país que es paso obligado hacia el mercado más rico y voraz del mundo. Lo único que en verdad se espera a ambos lados de la frontera mexicano-estadounidense es que la violencia criminal vuelva al redil que ocupaba en los años ’80, cuando los inocentes nacionales y extranjeros podían andar de día o de noche por las calles de este país con riesgo mínimo de verse atrapados en el fuego cruzado de ametralladoras, bazukas y granadas de fragmentación. Pero, admiten propios y extraños, restaurar la seguridad pública es tal vez el reto más difícil de los muchos que enfrenta Calderón. Lo que el equipo del presidente discutió encarnizadamente durante las semanas previas a la escandalosa ceremonia de juramento ante el Congreso, fue si el nuevo gobierno debía empezar por lo más difícil o por algún placebo anodino, como aumentar las pensiones de los jubilados o incrementar el subsidio a la electricidad, para evitar alzas de tarifas en el 2007. El día uno de su gobierno y tan pronto como pudo librarse del mal momento en el Congreso, lo primero que hizo Calderón fue, precisamente, anunciar alzas, pero no de pensiones o subsidios, sino de los sueldos de los soldados e infantes de marina, lo cual se tomó como un atisbo de lo que vendría. Para endulzar la píldora, el presidente también anunció recortes del 20% a los sueldos de los altos funcionarios del gobierno, empezando por el suyo.

MEXICO-ECONOMICS-CALDERON-CARSTENS

Agustín Carstens uno de los ministros con más influencia, pidió hacer foco en la reducción de la pobreza.

Pero en el cerrado equipo de jóvenes asesores cercanos a Calderón (edad promedio: 42 años; el presidente tiene 44), la discusión que se prolongó los primeros 10 días fue si había que empezar por la declaración de guerra al hampa o por medidas más contemporizadoras. Curiosamente, los secretarios de las fuerzas armadas recomendaban parsimonia, pie de plomo. En cambio el personaje menos exaltado del nuevo gobierno, Agustín Carstens, un economista de la escuela de Chicago que renunció al tercer cargo más importante en el organigrama del Fondo Monetario Internacional para convertirse en secretario de Hacienda de Calderón, recomendó la acción directa e inmediata. Carstens argumentó que el presidente no podrá reducir la pobreza en grado perceptible si primero no se multiplica la creación de empleos, tal como Calderón insiste en prometer; y los nuevos empleos no se crearán si no se multiplica la inversión nacional y extranjera; y la inversión no aumentará en un país que se ha vuelto el más peligroso de América latina, aún más que Colombia. Calderón adoptó el razonamiento de Carstens y lanzó sobre Michoacán una fuerza combinada de efectivos del ejército, la infantería de marina, la policía federal y aun la fuerza aérea, no sólo para impresionar al público e intimidar a los narcos, sino para explotar la rivalidad entre los servicios armados, hacer que se vigilen unos a otros y, en lo posible, alejarlos de la tentación de venderse al enemigo. Con parecida idea, el alto mando proyecta mover con rapidez y frecuencia estas brigadas de cazadores de narcos, alternando las incursiones en las diferentes áreas de acción del narcotráfico (al menos 13 de los 31 estados de la federación mexicana). Los especialistas en contrainsurgencia dicen que la extrema movilidad impide que los uniformados se “aclimaten” demasiado en tal o cual región y por ahí entablen relaciones peligrosas. Además, las sorpresivas incursiones provocan el llamado “efecto cucaracha”: al huir de un lado a otro, los narcotraficantes o guerrilleros (actúan de manera similar) revelan sus escondrijos, se exponen a la persecución y desbaratan su propia organización, en especial las redes de comunicaciones y logística. Lo que está en duda, admiten en privado los servicios de inteligencia, es el grado de preparación de las fuerzas armadas de este país para emprender el tipo más difícil de guerra, contra miles de pandilleros curtidos en el combate; a menudo mejor armados, motivados y entrenados que el ejército; conocedores a fondo del terreno; y que se funden miméticamente con la población civil, como hacía el Vietcong; con el agregado de disponer de un fondo para contingencia, calculado en más de 20.000 millones de dólares, tres veces el presupuesto anual de las fuerzas armadas mexicanas, para abrirse camino, reaprovisionarse, reclutar combatientes y comprar aliados.

En diciembre pasado el “gabinete cerrado” de Calderón trazó un estudio comparativo del poderío antinarco y antiguerrillero de México y Colombia, para ayudar al presidente en sus cavilaciones. Algunos datos: Las fuerzas de que dispone Colombia para su propia guerra contra el narcotráfico y las guerrillas –contando sólo a los combatientes del ejército, la policía militarizada, la infantería de marina y los helicopteristas, y dejando de lado a los no combatientes (elementos de apoyo, administración, sanidad, logística, y demás)– llegaron en 2006 a 300.000 y el gobierno espera duplicar ese total antes de 2008. El total de fuerzas mexicanas en pie de combate, en cambio, no llega a 150.000, incluida la policía federal, virtualmente militarizada, que en 2006 contaba con sólo 11.770 hombres y que Calderón acaba de engrosar con 10.000 elementos transferidos de la infantería de marina. Colombia cuenta con casi 500 helicópteros militares modernos. México sólo tiene un centenar, en su mayoría de modelo anticuado. En 2006, México destinó a sus fuerzas armadas (antes de los repentinos aumentos de sueldos decretados por Calderón) un presupuesto de 6.062 millones de dólares. El presupuesto colombiano para el mismo rubro fue de 6.300 millones de dólares. Pero la mayor diferencia está en el apoyo extranjero que Colombia recibe y del cual México no goza: el Plan Colombia lanzado en 1999 por el gobierno de Bill Clinton preveía un presupuesto inicial de 7.500 millones de dólares y el envío al país sudamericano de 500 militares y 300 contratistas civiles estadounidenses, para entrenar y asistir a los colombianos en tareas como la detección y erradicación de sembradíos de coca. Con George W. Bush las remesas de dinero se multiplicaron, se reforzó el personal militar y los contratistas civiles estadounidenses fueron autorizados en Colombia a portar y usar armamento de guerra. Antes de las crisis de Afganistán e Irak, Colombia llegó a ocupar el tercer puesto en la lista de ayuda militar norteamericana a países extranjeros. México no figura en dicha lista. Observadores mexicanos y extranjeros creen que, con supremo esfuerzo y gran sacrificio de vidas, el gobierno mexicano podría ganar algunas batallas, pero no la guerra. Y se mantiene latente el peligro de un violento contragolpe de los cárteles. Los encargados de proteger al presidente y su familia (los Calderón tienen tres hijos, de 8, 7 y 3 años) dicen tener la situación “blindada”, pero al día siguiente del inicio de la ofensiva en Michoacán, un primo de la esposa de Calderón, que se apellida igual y a quien solían tomar por hermano de ella, fue asesinado en plena calle, a plena luz del día. Las autoridades dicen que sólo fue un intento de robo, pero aconsejaron a la señora Calderón no asistir al entierro de su primo, por temor a un atentado o secuestro. Estadounidenses radicados en México y muy conocedores de este país sospechan que el verdadero propósito del equipo de Calderón es llevar las cosas a un extremo tan dramático que obligue a Estados Unidos a intervenir en su apoyo y forzar así a los recelosos mexicanos a aceptar una intromisión aún más flagrante que la instrumentada en Colombia. Mientras tanto, algo asombroso está pasando en México: nadie cree que el presidente pueda ganar la guerra en que se ha metido; pero tampoco nadie desea su derrota. Nadie, ni aun aquellos que el 1º de diciembre batallaron para impedirle jurar ante el Congreso. Es un primer éxito que pocos esperaban y nadie le regatea al presidente políticamente más débil del México moderno. Ahora, a Calderón sólo le falta domar al tigre que aún retoza en el jardín presidencial.


Compartir.

Dejar un Comentario