LA CASA DE ERNEST HEMINGWAY EN CUBA: EL VIEJO Y EL MAR

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Aquí vivió durante veintidós años. Escribió El Viejo y el Mar. Ganó el Premio Nobel en 1954. Se llama Finca Vigía. Es una imponente mansión rodeada de vegetación tropical. Es el lugar que Ernest Hemingway eligió para vivir en Cuba. Viajó, buscó aventuras, fue de pesca y de caza, pero siempre regresó. Vivía con su mujer, Martha Gelhorn, cuatro perros y 57 gatos. Tras su suicidio, en 1961, el gobierno convirtió el lugar en el Museo Hemingway. Recorrerlo es descubrir la intimidad de un hombre apasionante.

Texto: César Litvak Fotos: Aldo Abaca/Archivo Atlántida 

ERNEST HEMINGWAY

El luminoso living era su lugar preferido. En esos sillones el escritor se sentaba por las tardes a leer, observado por las cabezas inertes de los ciervos.

Cuando Ernest Miller Hemingway –nacido en Oak Park, Chicago, el 21 de julio de 1899– llegó a Cuba por primera vez, no era un gran escritor. Por lo menos aún no lo había demostrado. En abril de 1928 el buque Orita, que lo lleva- ba a Estados Unidos, hizo escala en La Habana. Hemingway apenas había publicado dos libros: Three Stories and Ten Poems y Fiesta. Más eran sus experiencias límite: corresponsal de guerra, chofer de ambulancias de la Cruz Roja en la Primera Guerra Mundial. Divorciado de su primera mujer –Hardley Richardson–, se había casado con Pauline Pfeiffer, con la que tomaron una de las habitaciones del hotel Ambos Mundos, de La Habana Vieja. En ese cuarto terminó de escribir la primera de sus grandes novelas: Adiós a las armas. Cuando volvió a la isla, en 1939, decidió quedarse. “Tiene el clima ideal para escribir”, dijo. Además, en pocos minutos podía lanzarse a una de sus grandes pasiones: pescar en la Corriente del Golfo. Lo acompañaba su amante, Martha Gelhorn (quien se transformaría en su esposa el 21 de noviembre de 1940). Ella descubrió el lugar ideal para instalar su residencia. Finca Vigía es una imponente casa rodeada de exuberante vegetación tropical. Está en el pueblo de San Francisco de Paula, a 9 millas de La Habana. Primero la alquiló por un año, y en 1940 la compró por 18.000 dólares al contado. Ese fue su cuartel general y al que siempre volvió después de sus viajes de aventuras, durante los últimos 20 años de su vida. Cuando se suicidó, en 1961, el gobierno cubano convirtió la casa en el Museo Ernest Hemingway.

“No sé cómo un artista puede escribir con tantas cabezas de animales muertos alrededor”, dijo Graham Greene.

LIVINGHEMINGWAYTodo está como él lo dejó. En cada habitación hay un hombre apasionado por la caza, la literatura, la pesca y las corridas de toros. La entrada lleva a la amplia sala, inundada por la luz que dejan pasar los ventanales. Ese era su sitio preferido. Allí, en ese sillón junto a la pared, se sentaba después de la siesta para leer casi obsesivamente. Una mesa-bar guarda las bebidas con las que preparaba sus tragos. De su círculo íntimo de amigos cubanos, el único que lo sobrevivió largamente, hasta 1995, fue José Luis Herrera Sotolongo, su médico personal. “Con Ernesto nos conocimos en las trincheras de la Guerra Civil Española”, recordaba a los 78 años. “No era un alcohólico como muchos piensan. FINCAFIGIAEn más de veinte años, sólo una o dos veces lo he visto borracho. El sabía tomar”. Hay una sensación extraña a medida que se recorre la sala, el comedor, la biblioteca y el dormitorio de Hemingway. Uno se siente observado por los doce trofeos de caza, doce cabezas de animales –ciervos, un búfalo, dos leones y un leopardo–, recuerdos de sus safaris africanos. “No sé cómo un artista puede escribir con tantas cabezas de animales muertos alrededor”, dijo Graham Greene cuando visitó la Finca Vigía. Parte de la decoración, además de los cuadros con motivos de toreo y un plato original tallado por Picasso, son los libros. Un total de 9.000, que recubren todas las habita- ciones. En aquellos días no se separaba de sus cuatro perros –sus lápidas bordean la piscina de la casa– y sus 57 gatos.

Primero a mano, después a máquina

ESCRITORIO HEMINGWAY

Un sector del que nadie puede dudar quién era su dueño: libros, proyectiles de caza sobre el escritorio, y los trofeos.

Pápa, como acentúan los cubanos su apodo, madrugaba -se levantaba a las 5.30 de la mañana- y comenzaba a escribir a mano. Una vez que el material lo conformaba, ya sin correcciones, él mismo lo pasaba en su máquina Royal que apoyaba sobre un diccionario, ya que prefería mecanografiar de pie. A las 8 se detenía para desayunar y retomaba la escritura hasta el mediodía. A esa hora se iba a la piscina, tomaba el primer trago del día -su bebida preferida era whisky Johnny Walker etiqueta negra- y leía diarios y revistas norteamericanos y cubanos. Después, el almuerzo, en el que solía consumir una botella de vino chileno o español, para luego dormir una siesta de dos horas. Así pasaba la primera mitad de cada jornada. Por la tarde ocupaba la gran sala, su lugar preferido en la Finca Vigía. Se sentaba invariablemente a leer literatura. En ese mismo ambiente, cuando recibía a sus amigos cubanos, hacía funcionar la radio portátil de largo alcance que todavía se conserva. En todos los cuartos de la casa tenía una biblioteca. Hasta en el baño privado de su habitación, había dispuesto un pequeño librero para emergencias literarias.

HABITACIONHEMINGWAY

Muy cerca del living está la habitación. Sobre el librero, su máquina Royal, con la que mecanografió todos sus manuscritos.

“Yo creo que lo mató la CIA”, decía Herrera con un tono entre risueño y malicioso. “No lo puedo probar, pero estoy convencido. Es cierto que se suicidó, pero ellos lo empujaron a ese final: lo terminaron en la Clínica Mayo, lo dejaron hecho un muñeco a fuerza de electroshocks. Cuando salió de allí ya no tenía lucidez mental, y entonces decidió matarse de la misma forma que tantas veces bromeaba aquí mismo, en el living. Se sentaba en su sillón, se ponía la escopeta en la boca y disparaba el gatillo con el pie. ¿Y sabe por qué lo mataron?”, pregunta y responde a la vez: “Porque Ernesto apoyaba la Revolución y tenía decidido quedarse a vivir en Cuba”. La teoría conspirativa de Herrera suena a fantasiosa. Lo que la historia confirma es que en la mañana del 2 de julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho, cargó su escopeta de doble caño y disparó por última vez.

El cubano que mejor lo conoció

ERNEST HEMINGWAY PESCA

Hemingway era un pasionado por la pesca del marlín (pez espada). Con su barco El Pilar recorría las aguas durante horas.

GREGORIOFUENTES

Gregorio Fuentes, el capitán del barco de Hemingway, poco antes de morir. El Pilar, testigo de solitarias aventuras, descansa también en la Finca Vigía.

‘‘Lo conocí en el año ́20. Yo estaba empleado en un barco de una empresa pesquera, y en una de las rutinarias salidas que hacíamos nos sorprende un ciclón en el Golfo. Entramos al último cayo que tiene La Florida, el cayo Tortugas, y de pronto nos topamos con un botecito a la deriva con dos personas. Eran americanos, pero se hacían entender en español. El tiempo los había sorprendido. Entonces le ofrecí mi barco y los llevé hasta el muelle. Yo no sabía quién era, no señor. Cuando nos despedimos me dice: ‘Adiós, en Cuba nos veremos’”. Gregorio Fuentes, cuando tuvimos este encuentro, tenía 93 años que su memoria refutaba cuando recordaba: “Recién nos volvimos a encontrar en 1935, quince años después. Yo estaba como todos los días en la terraza de Cojimar, tomando algo, se me apersona alguien y dice: ‘¿Te acuerdas de mí?’. ‘Cómo no, señor’. Y me dice: ‘Yo me voy a venir a vivir a Cuba y me han dicho que tú conoces como nadie las aguas del Golfo. Quiero que te hagas cargo de mi barco, El Pilar’. Y así empecé a trabajar para el señor Jemingüey…”. Gregorio Fuentes fue un hombre de mar desde pequeño, desde que a los siete años dejó las Islas Canarias –donde nació– para desembarcar en Cuba. Vivió de recuerdos hasta su muerte. “Como él quería que yo hiciera de todo –navegar, cuidar, limpiar y cocinar–, me pagaba 250 dólares al mes, más que cuatro o cinco salarios juntos. Cada vez que quería salir a pescar, dos o tres veces al mes, me llamaba por teléfono desde Finca Vigía y ahí nomás partíamos. Más que la pesca, lo que a Pápa le gustaba era la aventura”, decía acentuando en cubano el apodo del escritor. “Por eso, incluso, se ofreció a artillar El Pilar durante la Segunda Guerra Mundial… ¡sí señor!”. No sólo ocupaba el barco para ir a pescar el pez aguja, como le dicen al marlín, contaba Gregorio. “Cuando la finca se llenaba de amigos, entonces me llamaba para escribir mar adentro. ‘Acá no puede sonar el timbre’, decía. Me hacía anclar en Cayo Paraíso, su lugar preferido, y allí hacía sus cosas. En El Pilar tenía una mesita-bar, donde ponía todos sus tragos, sobre todo whisky. Cuando oscurecía, a eso de las nueve, encendía un farol a petróleo (así no gastábamos la energía de los motores) y se quedaba toda la noche escribiendo en unos cuadernos mientras la señora Mary y yo nos íbamos a dormir”. Hemingway ya había publicado Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas, pero la fama definitiva le llegó tras la aparición de El Viejo y el Mar, novela por la que ganó el Premio Nobel en 1954. La historia nació a bordo de El Pilar. Gregorio recordaba muy bien la escena. “Estábamos navegando y habíamos visto un bote pequeño a la deriva y un viejo que luchaba desesperadamente tirando del sedal. Regresando a la costa, después de varias horas, volvimos a encontrar al viejo, que seguía aferrado a la caña con todas sus fuerzas. Entonces el señor Jemingüey me dice: ‘Acércate, necesita ayuda’. Cuando el viejo nos vio empezó a insultarnos. Nos echaba. Le dejamos un saco con víveres y nos fuimos. ‘Con esto voy a hacer un libro’, me dijo Pápa. Mucho tiempo después, cuando ya había terminado la Segunda Guerra, un día encontró unos borradores en un cofre del barco. Al tiempo me dice: ‘Lo terminé, pero no sé qué nombre ponerle, Gregorio’. ‘Pero señor Jemingüey, ¿cómo no sabe?’, le digo. ‘¿Qué fue lo que nos llamó la atención aquel día? ¿Y dónde estábamos cuando vimos al viejo?’. BARCOHEMINGWAY‘Tienes razón, ya sé cómo se va a llamar…’”. El rostro con piel de pergamino salpicado por pequeñas manchas marrón-violáceas, un habano permanente en su boca. Gregorio Fuentes seguía recordando. No le interesaba que de pronto la curiosidad fotográfica de los turistas lo congelara por unos momentos. Al contrario: era una oportunidad para decir lo que repetía desde 1960: “Cuídate y cuida a mi Pilar, como tú lo has sabido cuidar”, me dijo la última vez que nos vimos”. El 21 de julio pasado se cumplieron 106 años del nacimiento de Hemingway. Cada vez que llegaba esa fecha, Gregorio Fuentes se acercaba a un busto del escritor en el puerto Cojimar. Llevaba en sus manos una botella de Johnny Walker etiqueta negra y dos vasos. Los llenaba, se tomaba uno y derramaba el otro sobre la cara de bronce de Hemingway. Y siempre decía lo mismo: “Salud, Pápa”.

 


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