LA DOBLE VIDA DE AUDREY HEPBURN

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MURIO A LOS DOS MESES DE NACER, Y VOLVIO A LA VIDA. CRECIO ENTRE GUERRAS Y HAMBRUNAS, AGOBIADA POR EL NAZISMO. CAMBIO DE NOMBRE UNA Y OTRA VEZ, Y EMIGRO A ESTADOS UNIDOS PARA SER MODELO Y ACTRIZ. HERMOSA, FINA, JOVIAL Y SOLIDARIA, PRIMERO CONQUISTO HOLLYWOOD Y DESPUES, COMO EMBAJADORA ESPECIAL DE UNICEF, SE DEDICO A AYUDAR A LOS NIÑOS DESAMPARADOS DEL MUNDO. DOS VECES TRIUNFO EN LA VIDA, Y FUE DOBLEMENTE ADMIRADA.

Texto: Valentina Tossi Fotos: AP/AFP

AUDREYUNICEF

Audrey Hepburn, en 1992, durante una conferencia de prensa, a su regreso de una misión en Somalia como Embajadora de UNICEF.

Si tuviera que escribir mi biografía, comenzaría así: ‘Nací en Bruselas, Bélgica, el 4 de mayo de 1929… y morí seis semanas después’”. Audrey apenas tenía dos meses de vida. Un severo ataque de tos le azuló el breve cuerpo y su pequeño corazón, herido por el esfuerzo, dejó de latir. Su desesperada madre, Ella Van Heemstra, rezó y le golpeó la espalda. Ese brutal renacimiento fue una segunda oportunidad para Audrey Kathleen Ruston. Había llegado al mundo en un hogar de alcurnia: su padre era un banquero inglés y su madre, una baronesa alemana. Sobre su “sangre azul”, años después reflexionaría: “No es algo diferente, excepto que mi madre nació en 1900 y tenía una educación muy estricta, victoriana. Era muy exigente con mis hermanos y conmigo. ‘Ustedes deben ser siempre amables’, solía decirnos”. De su padre nunca habló. “Hace unos años, mi madre me dijo: ‘Considerando que no tienes ningún talento, es extraordinario a dónde has llegado’. Me lo dijo en mitad de mi éxito. No estaba criticándome, sino reconociendo lo afortunada que yo era”. Tras el divorcio de sus padres, Audrey y su madre se mudaron de Holanda a Inglaterra. En Londres, la niña ingresó a una escuela privada para señoritas. Luego, en Holanda, durante la Segunda Guerra, la baronesa decidió cambiarle el nombre por Edda, pues temía que Audrey denunciara sus raíces bautismal y británica. De vuelta en la Holanda ocupada por Alemania, nada era más temible que el confinamiento en guetos o la deportación sin esperanzas de retorno. Años duros para Edda, mordida por la pobreza y el espanto. La violencia del régimen nazi causaba estragos ciudadanos, y Audrey sufrió de depresión y desnutrición.

“Audrey no asistió a escuelas de actuación, ni escuchó jamás la palabra Strasberg, ni ensayó gestos frente a un espejo. Ella nació con esa cualidad, y sencillamente la hizo ver. Digamos que Dios la besó en la mejilla, y ya está”. (Billy Wilder, director de Sabrina)

AUDREY HEPBURN Y GARY COOPER

Junto a la estrella del cine Gary Cooper, en una escena de Love in the Afternoon, de 1957.

De adulta, su mítica languidez sería vinculada con esos dos fantasmas de la infancia. Audrey nunca superó las 103 libras de peso, excepto durante sus dos embarazos. Y ya en su adolescencia comenzó a experimentar inclinaciones de sincera solidaridad con los menos afortunados. Fue en esos años de racismo y genocidio cuando se ofreció como enfermera voluntaria en un hospital alemán que atendía a soldados aliados heridos. Y la extraña trama del destino hizo que a Audrey le tocara curar a un joven paracaidista inglés. Se llamaba Terence Young y, gracias a ella, él superó sus dolores de combate. Veinte años después, ese ex paracaidista sería director de cine y elegiría a Audrey –¿devolución de favores?– para protagonizar su drama Sola en la oscuridad. Además de su empleo como enfermera, Audrey se unió al grupo Dutch Underground, que ofrecía espectáculos de ballet para recaudar fondos destinados a solventar boicots antinazis. Y al terminar la guerra, su identidad cambió otra vez: su lejano padre, Joseph Victor Anthony Ruston, insistió en denominarla –legalmente– Audrey Kathleen Hepburn-Ruston. Renovado doble apellido del que sólo se salvaría el primero, perdiéndose el segundo en la oscuridad de un inocuo orgullo ancestral.

AUDREY PORTRAIT

ESE DON DE GENTES

WALKING A. HEPBURN

Una jovencísima Audrey Hepburn posa, en 1958, frente a su hogar en Beverly Hills.

Delgadísima, dotada de una belleza a contracara de la voluptuosidad “pin up” de la época, Audrey dejó atrás los espectros bélicos y, siempre optimista, ingresó a una escuela de ballet gracias a una beca. Y su elegancia y garbo resultaron tan cautivantes que muy pronto la llamaron para trabajar como modelo. Esa frágil bailarina que interpretaba la música como si la contuviera naturalmente en su cuerpo, estaba a punto de ser descubierta como actriz. En 1948 la convocaron para hacer un pequeño papel en el film Nederlands in 7 Lessen. Poco después, obtuvo sendos roles –con parlamento– en películas menores (Jóvenes esposas y Oro en barras, 1951). Experiencias de tal importancia que Audrey, que ya buscaba un trampolín hacia el cine americano, probó suerte en Estados Unidos. Y la “puerta grande” se le abrió de par en par: la industria hollywoodense pasaba por un gran momento, y eso le permitió destacarse como “una belleza conservadora”. Y la primera comedia popular en la que intervino (Vacaciones en Roma, 1953) fue todo  un suceso. Un insólito relanzamiento que terminó premiado con el Oscar a la Mejor Actriz. Aquella jovencita destilaba “clase”: desprovista de curvas vertiginosas y erotismo asegurado, era amable pero firme  como un junco. Vivaz, de agudo humor y prestancia “a la europea”, sobresalía por su frescura y su leve acento extranjero ante las cámaras. Pero también era encantadora para sus pares, algo harto inusual entre estrellas del cine. Todos estaban fascinados con su glamour y su refinamiento. “No soy hermosa. Mi madre me llamó alguna vez ‘patito feo’. Pero, enumeradas separadamente, tengo buenas características”, decía Audrey de sí misma, aun cuando –contra su voluntad– estaba convirtiéndose en un modelo a imitar. “Jamás pienso en mí misma como un ícono pop. Lo que hay en la mente de los demás no es lo que hay en la mía. Yo sólo hago lo que tengo que hacer”. En 1954 fue nominada al Oscar por Sabrina, junto al gran Humphrey Bogart, que ni siquiera la besó en el The End. Se dice que, en sus contratos, los besos figuraban como “pocos y mesurados”. Y a los 30 años alcanzó uno de los puntos más altos de su profesión, cuando compuso a la hermana Gabrielle Van Der Mal (Historia de una monja, 1959). Otra nominación al Oscar, y una premonición: su personaje realizaba tareas como misionera en el Congo. Y en 1961, Audrey encarnó a la inolvidable Holly Golightly en la versión cinematográfica de la novela de Truman Capote, Desayuno en Tiffany’s, dirigida por Blake Edwards. La película se transformó en un clásico: la vida social de New York, las fiestas “locas”, el pasado de una joven provinciana y el súbito amor por un gigoló con veleidades de escritor simbolizaban la vida de la metrópolis, a base de un libreto doméstico y sentimental. Audrey era graciosa, pero también imponía sesgos dramáticos. Incluso familiares. “Hace unos años, mi madre me dijo: ‘Considerando que no tienes ningún talento, es extraordinario a dónde has llegado’. Me lo dijo en mitad de mi éxito. No estaba criticándome, sino reconociendo lo afortunada que yo era”, admitió. Claro: nunca estudió teatro, pero tenía eso que los franceses llaman “je ne sais quoi”, una chispa, un don innato pleno de coraje e intuición para desenvolverse ante cámaras. Billy Wilder, director de Sabrina, tenía su explicación: “Audrey no asistió a escuelas de actuación, ni escuchó jamás la palabra Strasberg, ni ensayó gestos frente a un espejo. Ella  simplemente nació con esa cualidad, y sencillamente la hizo ver. Digamos que Dios la besó en la mejilla, y ya está”.

LA MUSA DE GIVENCHY

PREMIODAVIDOFDONATELLO

En 1962, recibiendo el premio David of Donatello – en Italia- por su actuación en Desayuno en Tiffany’s.

Para Hubert de Givenchy, creador de la gran casa de moda que lleva su nombre, haber conocido a Audrey fue uno de los momentos claves de su vida. La relación entre ambos fue íntima y extensa. La primera vez que se conocieron, Givenchy estaba preparando una nueva colección en su atelier parisiense. Cuando le anunciaron que miss Hepburn deseaba saludarlo, pensó que se trataba de Katharine Hepburn. “Cuando fui a su encuentro, me vi frente a una joven vestida como un gondolero”, recordaba. Su sorpresa aumentó cuando Hepburn le pidió que creara los atuendos para su próxima película, Sabrina. La agenda del diseñador estaba demasiado ajustada, pero los modales y la simpatía de la actriz fueron tan efectivos que finalmente le sugirió que escogiera entre las prendas de su colección. A partir de allí, Givenchy fue el encargado de preparar el vestuario para todas sus siguientes películas, incluyendo Desayuno en Tiffany’s y Charada. Givenchy y Audrey creaban juntos, jugando e intercambiando ideas. ¿Cuáles eran las cualidades que, según Givenchy, distinguían a Audrey como “una mujer magnífica”? Además de su elegancia y su peculiar charme, esa capacidad de conquistar la admiración en hombres y mujeres por igual. Su imagen era única, algo que pocas actrices pudieron lograr por sí mismas. El carácter de Audrey, preciso y profesional, y su comportamiento modesto, resultaban por demás seductores. Ella sabía cómo darle forma exterior a su compleja personalidad. Cuando se vestía, sabía cómo agregarle toques personales a la ropa. Tenía en claro de qué modo realzar su aspecto y su distinción de manera sencilla. Ella misma era la responsable del “look Hepburn”, que aún hoy se toma como referencia de clase y elegancia. La actriz fue el rostro que el diseñador eligió para promocionar una nueva fragancia, a la que bautizó Interdit. Cuando Audrey murió, Givenchy quedó desolado. No sólo perdía a su musa inspiradora, sino además a una de sus más grandes amigas. “Extraño sus llamadas telefónicas. Incluso durante sus últimos años, cuando viajaba constantemente como embajadora de la UNICEF, solía sorprenderme con sus llamadas a deshoras. Algunas veces, sólo para decirme: ‘Te quiero, Hubert’”.

HOLLYGOLIGHTLY

Audrey Hepburn como Holly Golightly, la adorable protagonista de Breakfast at Tiffany’s (1961).

En 1964 encaró un rol espectacular: My fair lady, junto a Rex Harrison. Ese año acababa su matrimonio con el actor y productor Mel Ferrer, con quien había estado casada de 1954 a 1968. Con él tuvo a su primer hijo, Sean. Fin de una unión amorosa y creativa: trabajaron juntos en la versión cinematográfica de la novela de León Tolstoi (La guerra y la paz, 1956) y en 1967, con producción de Ferrer, Audrey brilló en Sola en la oscuridad –como una aterrada mujer ciega– y recibió otra nominación al Oscar a la Mejor Actriz del año. Audrey volvió a casarse en 1969, con el psiquiatra italiano Andrea Dotti, que le daría otro hijo. Y comenzó a planificar su retiro. En 1976 filmó Robin & Marian, junto a Sean Connery, pero las pausas entre rodajes iban haciéndose más y más extensas. Audrey ironizaba: “Lo más importante es envejecer con gracia. Y no puedes hacerlo desde la tapa de una revista para fans”. 1989 marcó el adiós escénico: curiosamente, su último film se llamó Para siempre. Y entonces nació otra Audrey Hepburn.

LA DAMA EN CUESTION

“Conozco a UNICEF desde la Segunda Guerra, cuando auxilió a miles de niños como yo, víctimas hambreadas de los cinco años de ocupación nazifascista de Holanda. Fuimos reducidos a la miseria absoluta –como está sucediendo hoy en el mundo–, y esa pobreza es la raíz del peor sufrimiento”, supo decir Audrey. Su pasado no le daba respiro moral, y su inquietud por la indigencia infantil la llamaba a la acción directa. Y en 1988, UNICEF la declaró Embajadora Especial. Audrey tomó ese nombramiento como un compromiso y se sumergió a fondo en ese flamante rol. Y durante cinco años trabajó de lleno con el fotógrafo John Isaac, ofreciendo al mundo una pavorosa visión de las condiciones de vida infantiles en las regiones más conflictivas del planeta. Fueron 50 viajes alrededor del mundo, en los que estudió y se preparó para ser una verdadera portavoz de los desplazados. Sus trabajos fueron el fruto maduro que le permitió presentarse ante las Naciones Unidas, la prensa y los parlamentos de diversos países, para explicar el hambre y el olvido con la autoridad del testigo presencial de la barbarie occidental.

“Hay una ciencia de la guerra, pero… ¡qué raro que no haya una ciencia de la paz! Tengo el corazón roto. No puedo entender que dos millones de personas estén en riesgo inminente de morir de hambre, muchos de ellos niños, y no porque no haya toneladas de comida depositadas. ¡Es que no puede ser distribuida!”.

PELICULA SABRINA

Mientras filmaba la película Sabrina, de 1954.

Y así recaudó fondos, empeñada en ilustrar a los jerarcas del Primer Mundo acerca de las carencias y opresiones soportadas por las naciones más pobres. Su primer viaje oficial como Embajadora Especial fue a Etiopía, en 1988. En ese país africano, las guerras civiles y la desnutrición eran abrumadoras. En los campos de refugiados, hombres, mujeres y niños sufrían fatales epidemias, y los decesos se contaban de a miles. Audrey fue testigo del horror. Visitó un orfanato que albergaba a 500 niños –huérfanos por una gigantesca sequía en 1985– y el padre Chasade, director del orfanato, le suplicó ayuda en estos términos: “Si no puede enviarme comida para mis niños, señora, entonces consígame palas para cavar sus tumbas”.  UNICEF prefirió enviar alimentos. Conmocionada hasta los huesos por el drama etíope, Audrey reflexionaba: “Hay una ciencia de la guerra, pero… ¡qué raro que no haya una ciencia de la paz! Tengo el corazón roto. No puedo entender que dos millones de personas estén en riesgo inminente de morir de hambre, muchos de ellos niños, y no porque no haya toneladas de comida depositadas en el puerto norteño de Soha. ¡Es que no puede ser distribuida! La primavera pasada, trabajadores de la Cruz Roja y UNICEF fueron expulsados de las provincias del norte por culpa de dos guerras civiles simultáneas”

Audrey viajó a Turquía en 1988. La prioridad era la vacunación masiva de niños contra seis de las enfermedades más peligrosas: sarampión, tuberculosis, tétanos, tos ferina, difteria y polio. La intención era lograr la inmunización universal para 1990, lo que conseguiría salvar tres millones de vidas jóvenes por año. Coordinando esfuerzos entre el gobierno turco, las escuelas, la TV, los soldados y religiosos, en sólo diez días se logró el objetivo de inmunizar a toda la población.

AUDREY Y SU HIJO SEAN

Audrey y su primer hijo Sean, de tres años, fruto de su matrimonio con el actor Mel Ferrer.

Para Audrey, el término Tercer Mundo era inaceptable. “Somos un solo mundo” –decía–, y todos debemos ser conscientes de que hasta en países ricos como Estados Unidos hay gente que muere de hambre”. En 1988, Audrey viajó a Turquía, cuyos índices de mortalidad infantil eran extremadamente altos. La prioridad era la vacunación masiva de niños contra seis de las enfermedades más peligrosas: sarampión, tuberculosis, tétanos, tos ferina, difteria y polio. La intención de UNICEF y la OMS (Organización Mundial de la Salud) era lograr la inmunización universal para 1990, lo que conseguiría salvar tres millones de vidas jóvenes por año. Coordinando esfuerzos entre el gobierno turco, las escuelas, la TV, los soldados y religiosos, en sólo diez días se logró el objetivo de inmunizar a toda la población. Y hubo otras “misiones”: Sudamérica, Sudán, Bangladesh, Bangkok, Vietnam y, la última, Somalia en 1992. En todas ellas, Audrey convivió con los más desamparados, reclamó en foros y ante no pocos mandatarios, sumó esfuerzos de organizaciones civiles y resolvió algunas arduas urgencias. ¿Qué más pedirle?

HASTA SIEMPRE, AUDREY

unicef audrey

Audrey Hepburn fue, hasta su muerte, una abnegada defensora de los derechos de los niños y los necesitados del mundo.

Su vida estuvo llena de distinción y amor al prójimo. Vivió una vida intransferible y cayó demasiado pronto, el 20 de enero de 1993 en Tolochnaz, Suiza, abatida por una enfermedad tan oculta como su intimidad amorosa. La precedía una treintena de filmes, una huella en la moda y la cultura pop, y un ejemplo de humanismo poco vistos en su medio. “No soy una experta en educación, ni en economía, religión o política. Soy una madre”, dijo en una ocasión ante los representantes de la ONU. Tras su desaparición, su hijo Sean Ferrer, junto con algunos de sus colaboradores más cercanos, creó la Audrey Hepburn Memorial Fund, en homenaje a lo hecho por Audrey para UNICEF y como medio para continuar con lo por ella iniciado. Hasta la fecha, la fundación ha donado más de un millón de dólares para programas de ayuda a los niños en Eritrea, Etiopía, Ruanda, Sudán y Somalia. “¿Cómo podría resumir yo mi vida? Creo que he tenido una suerte particular. ¿Tendrá eso algo que ver con la fe? Mi madre solía decir: ‘Las cosas buenas no caen en tu falda. Dios es muy generoso, pero espera que tú hagas tu parte primero’. Entonces, tú tienes que hacer ese esfuerzo. Pero al final de los malos tiempos o del enorme esfuerzo, siempre he recibido –¿cómo decirlo?– un premio. Mi vida entera lo demuestra”. La niña que nació dos veces, la joven que cambió de identidad, la enfermera voluntaria, la actriz espontánea, la misionera sin hábito: esa Audrey Hepburn recóndita e irrepetible fue un regalo para este mundo, diría un poeta.


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