LA INVENCION DEL PARAISO: LIVING THEATRE

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¿Influye de alguna manera el arte sobre el ser humano? ¿Transforma su conciencia? ¿Cambia su vida? En la apasionante historia cultural del siglo XX nadie intentó responder estas preguntas con tanto empeño como el Living Theatre. Eslabón entre la vanguardia europea, la generación beat, el hippismo y el tercermundismo, el legendario grupo de teatro experimental liderado por Judith Malina y Julian Beck se planteó un ambicioso objetivo: primero quisieron revolucionar la sociedad estadounidense con sus obras, en especial con Paradise Now, y luego liberar a los brasileros sometidos por la dictadura militar del general Médici con otra de sus creaciones, El legado de Caín, inspirada en las turbulentas novelas de Sacher-Masoch. Lanzaron una revolución cultural en una democracia y meses después en una dictadura. ¿Cuáles fueron los resultados de esas dos batallas? ¿Logró el Living Theatre cambiar la realidad? Compartimos las primeras páginas de La invención del paraíso, del antropólogo colombiano Carlos Granés, un ensayo ideal para entender el papel del teatro experimental en el avance de la sociedad a través de sus propuestas políticas y de una suerte de utopía comunitaria.

Texto: Carlos Granés / Fotos: Gentileza editorial Taurus

  1. Dos viejos hippies hacen el amor sobre la avenida Broadway

Empecemos por el final. En los diarios que Judith Malina escribió en los años setenta, hay una entrada, la del 6 de septiembre de 1971, que cuenta una escena similar a esas fotografías emblemáticas capaces de fijar un momento de la historia. No es como ese marine que besa a una desprevenida enfermera en Times Square al enterarse de que la guerra ha acabado, ni como ese grupo de obreros que almuerza colgando de la viga de un rascacielos. Carece de la fuerza de esas imágenes, pero de alguna forma sí guarda un remoto parecido con ellas. Habla del final de algo, no exactamente de una guerra; quizá sí de una revolución o al menos de un intento de revolución. Además, también transcurre en las turbadoras alturas de un edificio de Manhattan.

Judith Malina, su esposo Julian Beck y otros miembros de su compañía de teatro, el Living Theatre, llevaban dos días en Nueva York después de haber pasado trece meses en Brasil, los dos últimos en una cárcel de Belo Horizonte. Habían logrado salir de aquel país porque Emílio Garrastazu Médici, el dictadorzuelo de turno –el más terrorífico entre los que tuvieron que soportar los brasileros durante los veintiún años de control militar–, estaba literalmente harto de ellos. Harto del Living Theatre y de todas las luminarias de la cultura occidental que habían emprendido una formidable ofensiva, con telegramas, cartas y comunicados, denunciando el arresto al que habían sido sometidos los actores. Bob Dylan, Jane Fonda, Yoko Ono, Marlon Brando, Susan Sontag, Marshall McLuhan: ellos y muchos otros protestaron, denunciaron e hicieron tanto ruido que Médici prefirió redactar una orden de expulsión del país a soportar la campaña internacional de desprestigio. Como tantos otros tiranuelos latinoamericanos, Médici dependía de la aprobación del gobierno estadounidense y sabía que un titular del New York Times era más peligroso que las acciones subversivas del MR–8, VPR, ALN, VAR–Palmares o las demás guerrillas que actuaban por esos años en las ciudades brasileras. El decreto de expulsión, en el que se acusaba al Living Theatre de ser una presencia “absolutamente perniciosa para los intereses nacionales”, era una confesión en voz baja de que la dictadura había sufrido una derrota. Al menos esta vez, la cultura le había torcido la mano a la política.

La foto habla del final de algo, no exactamente de una guerra; quizá sí de una revolución o al menos de un intento de revolución.

Para Granés, “en aquel momento, Nueva York era el nuevo París: un centro de atención deslumbrante para jóvenes de izquierdas”.

Para Granés, “en aquel momento, Nueva York era el nuevo París: un centro de atención deslumbrante para jóvenes de izquierdas”.

A los pocos días de que se les notificara la decisión de Médici, Julian, Judith y once miembros más del Living Theatre fueron embarcados en un avión con destino a Nueva York. No todos los actores tuvieron la misma suerte. Los extranjeros que hacían parte de la troupe –Hans Schano, austriaco; Pamela Badyk, australiana; Sérgio Godinho, portugués; Birgit Knabe, alemana; Vicente Segura, peruano; Sheila Mary Charlesworth, canadiense– no contaban con el efectivo servicio consular estadounidense y su salida de Brasil fue más lenta y complicada. En cuanto a Ilion Troya, Ivanildo, Silvino de Araújo, Carlos Bellonzi, Paulo Augusto y los demás brasileros que se habían unido a la tropa en Ouro Preto y São Paulo, es fácil imaginar que corrieron con bastante menos suerte.

El regreso a Estados Unidos fue duro. Judith se había enamorado de Brasil y sabía que esa orden de expulsión le impediría volver. Su detención había sido arbitraria, producto de una confusa maniobra policial con la que intentaban desprestigiarlos y callarlos, pero que en realidad dejaba ver el flanco débil de la dictadura. Bajo un régimen conservador y autoritario, una comuna de anarquistas contraculturales que vivían su vida como les daba la gana, ignorando el guion moral impuesto por los militares, se convertía en una amenaza de agitación y entropía intolerable.

De regreso en Nueva York, Judith y Julian querían denunciar lo ocurrido. Sabían, sin embargo, que debían ser prudentes. Si un comentario iracundo proferido desde la seguridad de Nueva York podía transformarse en golpes y torturas en las cárceles de Brasil, lo mejor era callar hasta que sus compañeros estuvieran a salvo. A ellos los habían acogido como presos VIP en una cárcel dirigida por un militar formado en Estados Unidos y con aspecto de galán de telenovela, pero a los demás, y en especial a los latinoamericanos, los arrojaron en una colonia penitenciaria donde pudieron palpar en carne propia el tratamiento que una dictadura les daba a sus contradictores. Vicente Segura fue golpeado y a Ivanildo Silvino de Araújo lo sometieron al pau de arara, la más infame contribución brasilera al vituperable arte de la tortura corporal.

Pasar por el pau de arara debía ser una experiencia muy poco grata. Pau de arara significa palo del loro, y, como su nombre indica, suponía amarrar a los presos a una barra como si fueran cotorras, con la cabeza descolgada hacia atrás, la espalda horizontal sobre el aire, las extremidades convertidas en un nudo sobre la barra y los genitales totalmente expuestos. Esa postura no sólo era dolorosamente incómoda para quien la sufría. También permitía a los torturadores conectar cables de electricidad a los testículos y al ano para violar de forma aséptica a los jóvenes que se oponían a la dictadura.

En esa entrada del 6 de septiembre, cuando apenas llevaban unas cuantas horas en Nueva York y toda esta experiencia brasilera seguía a flor de piel, Judith cuenta que el periodista Bob Fass los recogió a ella y a Julian en su apartamento de West End Avenue y los llevó, a lo largo de la luminosa avenida Broadway, hasta el apartamento de Abbie Hoffman, el famoso líder revolucionario. Hoffman acababa de publicar Steal this Book, una especie de manual con soluciones prácticas para la vida del hippie (en realidad, un inventario de trucos para obtener de forma gratuita todo lo necesario para la supervivencia urbana), que se había convertido en un best seller y ratificaba la imagen de Hoffman como el más popular de los líderes contraculturales.

Hoffman ya era famoso –y mucho– desde que formó con Jerry Rubin el Youth International Party, una organización de hippies politizados, conocida como los yippies, con la que montaron una serie de acciones públicas muy mediáticas –como asaltar la Bolsa de Nueva York y rodear el Pentágono para exorcizarlo– inspiradas en el teatro de guerrillas que hacían grupos como los Diggers de San Francisco o el mismo Living Theatre.

El regreso a Estados Unidos fue duro. Judith se había enamorado de Brasil y sabía que esa orden de expulsión le impediría volver.

Hoffman no sólo contaba con un increíble talento histriónico y un aura dadaísta e iconoclasta que conectaba muy bien con la juventud, también era un hábil demagogo que asimiló muy bien los cambios sociales de los sesenta. Al igual que Andy Warhol –y a diferencia de toda la izquierda de aquellos años–, Hoffman amaba la televisión. Sabía que la caja tonta era mucho más que un entretenimiento barato para las víctimas propiciatorias de la sociedad del espectáculo. Antes que eso, la televisión era un pasadizo por el que un hábil comunicador podía colarse en el mundo de fantasías de los telespectadores. Quien se apoderaba de las pantallas se apoderaba de la imaginación de millones de jóvenes que pasaban más tiempo frente a sus rayos luminosos que frente a sus padres. Bastaba con perpetrar ese asalto para que cualquier mensaje, incluso uno tan antisistema, infantil y disparatado como el de los yippies, empezara a sonar tan legítimo como el de cualquier político. El paso de Hoffman por los platós de televisión dejó una valiosa enseñanza a futuros populistas: no importa si lo que se dice carece de sentido, lo importante es decirlo en horario de máxima audiencia.

Esa noche de septiembre de 1971, Hoffman les abrió la puerta del edificio a sus invitados y los llevó a la última planta, donde tenía un confortable apartamento. Su segunda esposa, Anita Kushner, no se encontraba bien. Sufría de mastitis y estaba en cama, de manera que el grupo salió a la azotea. Afuera los esperaba un fabuloso espectáculo: la luna llena compitiendo con las luces del majestuoso edificio de la compañía de energía Consolidated Edison, además de los avisos luminosos y el perenne tráfico de la avenida Broadway. No dejaba de ser paradójico que Judith y Julian estuvieran allí, quince plantas por encima de la avenida que concentraba los teatros que siempre se negaron a pisar. Ni siquiera en su peor momento, cuando no tenían dinero ni para comer, aceptaron el tentador ofrecimiento de actuar en el circuito comercial de Manhattan. Menos extraño me resulta que Hoffman viviera en ese edificio de Broadway. Aunque se consideraba un revolucionario, su espacio natural eran los grandes escenarios y las audiencias masivas. Hoffman pudo haber sido un gran entertainer o un fabuloso publicista (y la verdad es que en cierto sentido lo fue). Gracias a él, muchos televidentes, empresarios del show business y vendedores de mercancías entendieron una de las claves de su tiempo: si querían hacer negocio, debían ser tan revolucionarios y escandalosos como los yippies.

Judith, Julian y Hoffman no llevaban mucho en la azotea cuando recibieron una llamada de Carl Einhorn, antiguo miembro del Living Theatre y ex amante de Judith. Como era comprensible, Carl quería ver a los recién llegados para enterarse de primera mano de todos los sucesos que había estado siguiendo a través de los medios. La noticia de que Carl iría a verlos alteró a Judith. En su cabeza se confundían las escenas de Brasil y los recuerdos del tormentoso vínculo que la había unido a su amante. Durante la gira de Paradise Now por las universidades, entre 1968 y 1969, la paulatina radicalización de Carl y su alejamiento de las tesis pacifistas, el pilar inamovible de Judith, habían viciado la relación hasta convertirla en un campo minado.

A cada paso que daban estallaba una carga que hacía imposible la convivencia. Carl quería una lucha más directa contra el gobierno. Acciones que sacudieran a la sociedad y la hicieran consciente del dolor de los vietnamitas rociados con napalm o bombardeados en las selvas del sudeste asiático. Pero eso suponía cruzar la única línea roja de Judith. Ella podía tolerar cualquier cosa, lo que fuera, menos la violencia. Tuvo la mala suerte de enamorarse en 1961 de ese joven, quince años menor, en el que reverberaban un marxismo impetuoso y la urgencia de vengar los crímenes cometidos por su país en el Tercer Mundo. Al ver que no lograba moderar sus inclinaciones, Judith comprobó que su relación no tenía futuro. Después de actuar Paradise Now por última vez, Carl se marchó con una italiana y a Judith se le rompió el corazón.

Como era lógico, el recibimiento de Judith en la azotea de Hoffman fue frío y cauteloso. Carl y ella hablaron del pasado, de Brasil, de la situación política del momento, del futuro. No era el mejor escenario ni la mejor circunstancia para un reencuentro. Hoffman no paraba de bromear ni de hacer payasadas. Judith lo conocía y sabía que esa era su manera de estar en el mundo. Siempre se comportaba así y en eso residía su encanto, aunque en ocasiones, como aquella noche, resultaba irritante.

A Julian Beck y Judith Malina les costó entender que “la cultura no podía hacer nada contra las estructuras de poder”.

A Julian Beck y Judith Malina les costó entender que “la cultura no podía hacer nada contra las estructuras de poder”.

Judith estaba de mal humor. Las niñerías de Hoffman le parecían frívolas y la amargura de Carl la atormentaba. Todo había ocurrido demasiado pronto: acababa de dejar a sus amigos en Brasil, volvía a ver a Carl, percibía algo extraño en el ambiente de la contracultura. Era como si en los trece meses que había estado en Brasil, el mundo –su mundo– hubiera cambiado notablemente. Ahora Hoffman consumía cocaína y cargaba una navaja. La sacaba de su bolsillo y se la enseñaba a sus invitados. Padecía de la misma paranoia que casi enloqueció a Carl durante la gira de Paradise Now. Judith recordaba esos últimos días que estuvieron juntos. Carl hablaba de conspiraciones de la CIA para acabar con las Panteras Negras, de infiltraciones, de seguimientos. La paranoia le había hecho perder la proporción de las cosas. A Carl y a muchos otros. Paranoia cuando navegaban desde Europa hacia Nueva York, paranoia mientras estaban de gira por las universidades, paranoia ahora que habían vuelto de Brasil. Se sentían perseguidos, acosados, víctimas de un complot del gobierno. Y Hoffman estaba igual. Algo le decía a Judith que debía alejarse de todo, de él, de Carl, “rechazar lo que es impuro, amar lo que es bueno, resistir a las tentaciones malévolas”, escribió en su diario.

Buscando unos minutos de soledad, caminó hasta el otro lado de la azotea. Hoffman buscó algún pretexto para seguirla. Continuó bromeando, aunque en otro tono. Ahora sus payasadas eran más íntimas, incluso candorosas, y por fin la hizo reír. Judith bajó sus defensas. La actitud infantil de Hoffman empezaba a gustarle. Veía en ella una particular manera de transmitir afecto. El lo notó y le susurró algo al oído. Judith accedió. Los dos descendieron por la escalera de incendios que recorría la fachada del edificio y, con medio cuerpo colgando en el vacío, observaron el esplendor de plástico y neón, de consumo e inautenticidad, de capitalismo y competencia que les ofrecía la majestuosa sociedad que tanto aborrecían. Se besaron. Judith lo disfrutó. Nunca había pasado nada entre ellos, pero desde hacía mucho Judith quería tener una aventura con Hoffman.

Los dos habían dedicado sus vidas a la lucha contracultural y a esas alturas ya no sabían si eran hippies.

Ahora intuía que también él la había estado seduciendo desde que entraron en el edificio, aunque el tema de Brasil y la llegada de Carl lo habían estropeado todo. El calor del verano aún no se había ido. Se podían quitar la ropa y seguir a gusto en las alturas. Hoffman se desabrochó el pantalón. Mientras se lo quitaba, la navaja, la maldita navaja con la que había estado jugando toda la noche, por poco cae al vacío.

–Me pasa cada vez que me acuesto con una pacifista –se rio–. Siempre estoy a punto de perder mi navaja.

El comentario molestó a Judith. Odiaba que se burlaran de su postura política. Odiaba que todos sus compañeros de lucha se mostraran cada vez más proclives a la violencia. Miró a Hoffman a los ojos. Se dio cuenta de que había consumido mucha cocaína. Quiso creer que eso explicaba sus comentarios estúpidos.

–Wow –le susurró Hoffman mientras hacían el amor–, ¿de verdad tienes cuarenta y cinco años? Eres la hippie más vieja que queda.

Judith siguió abrazada al cuerpo delgado y moreno de Hoffman.

–Ni siquiera estoy segura de ser una hippie –respondió.

–Desde luego que eres una hippie.

–Si tú lo dices. Tú eres la autoridad en ese tema.

–¿A qué te refieres? –le preguntó Hoffman–. Tú empezaste todo este asunto del hippismo.

–No –respondió Judith–, tú lo empezaste mucho antes que yo.

Sus cuerpos colgaban quince plantas por encima de Broadway. Estaban más cerca del cielo que del asfalto. La luna parecía hecha de cocaína; las palabras de Hoffman también. Los dos habían dedicado sus vidas a la lucha contracultural y a esas alturas ya no sabían si eran hippies o no, ni si había sido él o ella quien había empezado todo aquello.

Tampoco si tanto esfuerzo había servido de algo.


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