LA NOCHE COOL DE NEW YORK

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La noche neoyorquina esconde sus atributos en el entramado urbano de Manhattan y cada lugar ofrece algo distinto y particular. Recorrer los bares, lounges y clubes de la ciudad es una aventura misteriosa con múltiples finales. La noche es sinónimo de licencias; todo puede suceder. Pero antes de enfrentarla hay que saber dónde encontrar lo que se quiere. Aquí, una guía para las criaturas nocturnas.

Texto y Fotos: Silvina Sterin Pensel

Tenjune

La pista en trance del Cielo Club.

La aguja del Empire State penetra en el oscuro cielo neoyorquino y hace oídos sordos a lo que ocurre a sus pies. Allí, en espacios únicamente visibles para los connaisseurs, las distintas tribus urbanas hacen de la noche un ritual y del exceso un culto. En rincones, sótanos y lofts; en elitistas clubes y fábricas recicladas, Nueva York se vuelve, en las horas oscuras, más eufórica y descontrolada. La fauna nocturna es variada: elegante o excéntrica; sofisticada o bohemia; heterosexual, gay o travesti. Pero el factor común es el derroche, la locura y la desmesura. Carcajadas eufóricas rebotan en las paredes de un callejón, una rubia de largas piernas se baja de una limusina; los bouncers salen a escena y con guiones monosilábicos –no, sí, i.d.– cumplen su rol de cancerberos en la entrada de exclusivos lugares. Las fronteras de la noche están delimitadas por sogas de terciopelo. Misteriosa, maliciosa y escurridiza, la noche se abre paso por las calles adoquinadas del Meatpacking District, por la bohemia y encantadora suciedad del Lower East Side, por los desérticos rincones del Flatiron District una vez que los burócratas abandonan sus oficinas. La noche neoyorquina libera. Traza surcos de rímel y juega al ula ula con aros de humo. Huele a alcohol y al perfume de las tiendas de Madison Avenue. Bendita es esta noche que algunas veces se hace la difícil y otras se entrega a quien se anime a recorrerla como se debe. ALMA MAGAZINE se animó.

Meatpacking District

Cielo Club

Chic y celebridades en Tenjune.

Buddha Bar, 25 Little West 12th Street (entre 9th Ave. & Washington Street) La versión neoyorquina de este mítico bar y lounge que comenzó en París en 1996 tiene menos de un año en Manhattan, pero ya se ha convertido en el lugar para comenzar la noche. Una dramática entrada circular tenuemente iluminada es la antesala al magnífico Buddha de épicas proporciones que todo lo observa levitando. Como batiéndose en duelo con él, enfrentándolo desde el otro extremo del lounge, está el DJ Sam Popat, que refleja en su música etno house sus raíces de Madagascar. Es con su mezcla de tambores del Medio Oriente que definitivamente elimina todo rastro de cordura del lugar, y hasta quienes miraban echados en las camas de opio con brocatos dorados optan por bailar. Algunas parejas prefieren chillout en el bar, decorado también con espectacularidad y en clave asiática. Los tragos –Black Buddha, Le Dragon y Buddha’s Lemonade– se deslizan por la barra. Recomendamos el primero; una fusión de vodkas de passion fruit y mango combinada con zumo de piña y granada. Consejo: si se quiere alabar al Buddha junto a genuinos newyorkers, evitar los viernes y sábados cuando el lugar es frecuentado por turistas.

Fiestas de APT

Looks alternativos en las exclusivas fiestas de APT.

Cielo Club,18 Little West 12th Street (entre 9th Ave. & Washington Street) Ingresar es una operación relativamente rápida, siempre y cuando se salude apropiadamente a Gregory Lewis, el “San Pedro” del Cielo en la Tierra. Una vez adentro todo es herejía. Cientos de adoradores ofrendan su frenética danza a una masiva esfera disco que pende del techo. Central, celestial y magnánima –dos metros de diámetro–, la bola ilumina la pista y alternativamente irradia rayos a cada una de las paredes del local. El perímetro del dance floor es una acolchonada secuencia de sillones y todo el lugar semeja un amplio salón VIP. Cielo es el paraíso del dancing fuerte; un lugar no apto para quienes buscan charla, e ideal para los mayores de 30 que buscan sustraerse por unas horas del mundo terrenal y perderse en la vibraciones electrónicas de la música de Kevin Hedge, el DJ residente. Con un diseño despojado y de líneas futuristas, todos los recursos de este lugar se han enfocado en lograr que la gente entre en trance. Un impecable sistema de sonido envolvente –incluidos dos megaparlantes– hace que el house se sienta retumbar en las entrañas y la única opción sea dejarse llevar.

Tenjune, 26 Little West 12 Street (entre 9th Ave & Washington Street) Eugene Remm y Mark Birnbaum –los jóvenes socios detrás de Tenjune– nacieron ambos un 10 de junio, de ahí el nombre de este ultrachic club, donde señoritas vestidas con lo mejor imploran ser admitidas a un inconmovible personal de seguridad. Bajo un impresionante candelabro blanco y la leyenda “We are all stumbling human beings”, una escalera descendente conduce a este ex garaje devenido en sofisticado nightclub. Lindos, jóvenes y famosos toman la pista en forma de herradura mientras camareras de diminutos vestidos riegan champagne en las mesas que así lo soliciten. Descalzas, bailando sobre taburetes de piel de cebra y levantando los delgados brazos hacia un ondulante techo de madera, un grupo se bambolea con rock and roll y música de los 80’s y 90’s. A pesar de ser la elección de celebridades –Penélope Cruz, Jessica Simpson, Sean “Diddy” Combs– y espigadas modelos, el ambiente es lúdico y hasta relajado. La multitud se energiza cantando los estribillos de temas de Nirvana, Lenny Kravitz y Outkast que el DJ Chachi mezcla con sabiduría.

APT (Apartment) 419 West 13th St (esquina con 9th Ave.) Hasta hace poco preservado del público general y rodeado de cierto misticismo –sus dueños no revelaban la dirección ni el teléfono–, este bar/club que conserva los ambientes y la distribución de un apartamento se convirtió ahora en el secreto a voces del Meatpacking District. Para ingresar, basta tocar el timbre e intercambiar unas palabras amables con Joie Polaroid, la exótica portera que, encaramada en tacos aguja, determina quién ingresa y quién no. Un corredor angosto forrado en psicodélico papel rayado termina en lo que sería el living. Para quienes apetezcan hacer una escala previa recomendamos sentarse en el pequeño diván del pasillo, frente al baño de hombres. Sólo unos minutos bastan para escanear atuendos de lo más alternativos: botas de polo, skinny jeans y botines de reptil, sacos de terciopelo, tiradores, cinturones con diamantes, sombreros de ala ancha y rosarios que hacen a la vez de colgantes. APT es escenario de glamorosas fiestas durante toda la semana. Los domingos, los anfitriones son Patrick Duffy y Juan Skinner, quienes con sendas copas se desplazan de la cocina –el bar del lugar– al living saludando a los invitados. Este lugar, que todavía se mantiene relativamente “fuera del radar”, ayuda a tomar coraje para empezar la semana y evitar el Monday blues.

Roxy

Patines más excentricidad, fórmula infalible de Roxy.

Roxy, 515 W 18th Street (esquina con 10th Avenue) Es la Meca del excentricismo; puede presentarse allí el cantante pop más popular en Israel y al otro día ser el lugar elegido por la senadora Hillary Clinton para recaudar fondos entre sus seguidores. También es, los sábados, el club gay más establecido de NY. Pero es lo que sucede allí cada miércoles lo que llama la atención. A mitad de semana, este only in New York nightclub es un imán para amantes del patín de cuatro ruedas que se deslizan al ritmo de Michael Jackson, Prince, Madonna, Billy Idol y lo mejor de la música disco. Afroamericanos, blancos, asiáticos y latinos de todas las edades y tamaños se rozan con gracia en la enorme pista de patinaje. No hay demasiados códigos más allá de patinar y bailar –sí, ambas cosas ocurren en simultáneo– en el sentido contrario a las agujas del reloj. La mayoría de los patinadores dominan su arte, pero son comprensivos y ofrecen una sonrisa a quienes claramente recién se están iniciando en la actividad. Los tragos del open bar ayudan a perder el miedo y soltarse.

Lower East Side

Purple, 14 Ave. B (entre Houston Street y 2nd Street) Less is More y Purple es la prueba de ello. Simples paredes purpúreas de ladrillo a la vista, una pista cuadrada de tamaño moderado sobre la que giran 5 pequeñas esferas plateadas y gente que valora el ambiente “laid-back” y distendido más que nada en esta vida. Sin histerias ni tácticas de seducción, cada cual atiende su juego mientras disfrutan del trago que define el lugar: vodka y seltzer. Difundir el dato con moderación para que Purple siga conservando su espíritu.

205

Lejos del jet-set, el ambiente más arty de 205.

205, 205 Chrystie Street (esquina con Stanton) Enfrascados en chaquetas de cuero gastado, atractivos bouncers de ensortijados cabellos hablan en francés por sus celulares y handies. 205 es una fusión entre Parisian Chic y New Yorker Cool y el último capricho del empresario de la noche Serge Becker. El club está captando a un segmento de gente de 20 y tantos para arriba que prefiere mantenerse al margen de la frivolidad y no toparse con las personalidades del jet-set de turno. Concebido a imagen y semejanza de The Factory, el centro de experimentación de Andy Warhol en Nueva York durante los 60’s, 205 está pintado íntegramente de plateado y sus caños y tuberías de ventilación están forrados en papel de aluminio. En tono de parodia, una serigrafía de Paris Hilton evoca a aquellas que el padre del pop art realizó en 1967 de la blonda Marilyn Monroe. Sobre las paredes del subsuelo –que cuenta con su propio bar y DJ– se reproducen los avisos clasificados del popular website Craigslist, donde se solicitan compañeros para las más disparatadas aventuras sexuales.

Flatiron District

Happy Valley

Happy Valley, todos los sexos en comunión.

Happy Valley, 14 E. 27 th Street (entre 5th y Madison Avenues) Los martes el valle feliz es también el valle de la locura absoluta y el desparpajo. Travestis, drag queens, hombres vestidos de geishas, heterosexuales y gays andan y desandan los tres niveles del imponente club abriéndose paso entre una densa cortina de vapor. Un par de gigantescas piernas de mujer –abiertas y con medias de red–adornan el bar. A los costados de la barra, elevadas, hay jaulas donde bailan personas de sexo no identificado. A pesar de la poca luz y los tonos violáceos y verdosos de los reflectores, los atuendos y peinados de la gente son tan estrafalarios que se divisan aún en la casi total oscuridad. La madama de este imperdible circo montado frente al museo del sexo es Susanne Bartsch, una sexagenaria que ya es leyenda en el panorama nocturno de Gotham City. Alrededor de las 2:30 AM, ayudada por su peluquero, la señora Bartsch se sube a la barra y se regocija frente a la multitud que sólo ella sabe convocar. Hay de todo en el valle del Señor, de todo en Happy Valley.

Gallery District / West Chelsea

Guest House

Guest House, sexy y elitista, una gran opción.

Guest House, 532 West 27 th street (entre 10th y 11th avenues) No hay que cantar victoria cuando se logra distraer o persuadir a quienes tutelan la entrada de Guest House, sino una vez que se logró subir los cuatro pisos por escalera –empinadísima– hasta llegar donde está la acción. La buena noticia es que vale la pena. La atmósfera de este club con forma de “L” es sexy y elitista. El DJ VanJee –con varias temporadas de Ibiza a cuestas– logra hacer bailar a una multitud en cuanto espacio esté disponible: arriba de mesas, parlantes, sillones y banquetas. La extrema energía del house se ve repentinamente matizada por los acordes suaves de un saxo. Un juego de láser acentúa el tono hipnótico del lugar, y jóvenes asiáticas se aferran con apego a sus cocktails. Como salido de una novela de suspenso, un pasadizo conecta Guest House con Home, una disco de los mismos dueños, pero con una propuesta distinta: hip hop, rock y pop para gente que además de bailar busca algo de charla y un espacio para conocer a alguien. Los sillones Chesterfield y los candelabros rojos son un buen comienzo.

Cain

El kitsch cool y tribal de Cain.

Cain, 544 West 27th Street (Entre 10th y 11th Avenues) Una ventana al Africa en Manhattan con toques tan kitsch que pasan a ser cool. La cabeza de un ciervo de gran osamenta marca el puesto del DJ, cuya consola está protegida por una enorme piedra. Todo es verde, exuberante. Hay palmeras, cañas y un techo de paja bajo el que bailan hombres y mujeres impecablemente vestidos. Los más audaces ensayan contorsiones siguiendo el ritmo tribal de los bongoes que tamborilean empleados del lugar. Los menos atrevidos observan el paisaje y sacan conversación inspirados por gigantes fotografías de avestruces y reservas naturales colgadas en puntos estratégicos. El avistaje de ejemplares de la especie humana no cesa. Podría ser un atardecer desangrándose en el parque Ngoro-Ngoro; ése es el efecto que logra la potente luz anaranjada proyectada desde abajo sobre una pared lateral de Cain. Mientras, atractivas meseras de piernas eternas y con el uniforme safari de rigor caminan ágiles por entre la muchedumbre llevando exóticos tragos. El Tanzania que prepara el bartender jamaiquino Judaa es un deleite de passion fruit, naranjas trituradas, vodka, seltzer y un efímero splash de zumo de lima. Aunque el paladar lo pida, dos son suficientes. El lugar tiene tanto para ofrecer que es mejor aprovecharlo con los sentidos bien alertas.


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