LA PRESION MUSULMANA: EL MIEDO EUROPEO

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Algunos barrios de Londres, París o Frankfurt han perdido su identidad y ya tienen un aspecto oriental que hace recordar a Marrakesh o El Cairo. Las mujeres vistiendo el chador y los hombres la chilaba al estilo afgano forman parte del paisaje cotidiano, en una inquietante mezcla de orgullo religioso y reto cultural. La proliferación de mezquitas, el auge de las conversiones al islamismo, la aparición de miles de “centros de oración” y madrasas –escuelas coránicas, por lo general integristas– al margen de toda autoridad eclesial o política, han logrado erizar la piel de la vieja Europa.

Texto: Agustín Atir / Fotos: AFP y AP

Robert Redeker

Redeker dejó su casa, tras ser sentenciado a muerte por un predicador islámico.

Desde fines de septiembre, el filósofo francés Robert Redeker tuvo que suspender su trabajo de profesor, abandonó su domicilio, duerme cada noche en una casa distinta y vive bajo la protección permanente de un comando antiterrorista de los servicios secretos. Ese intelectual, de 52 años, ingresó en esa pesadilla de terror desde que fue objeto de una fatwa pronunciada por el predicador islámico Yussef Al Qaradawi a través de la cadena de televisión Al Yazira. Junto con esa sentencia de muerte –similar a la que fue lanzada en 1989 por el ayatolá Ruhollah Jomeiny contra el escritor indio-británico Salman Rushdie, por su libro Versículos satánicos–, varios foros yihadistas en inglés calificaron al ensayista de “cerdo” y comenzaron a difundir por internet su foto, su dirección y el plano para ubicar su casa en el sur de Francia. Los primeros e-mails con amenazas llegaron a fines de septiembre, después de que publicó en el diario Le Figaro un artículo titulado “¿Qué debe hacer el mundo libre frente a las intimidaciones islamistas?”. En ese comentario afirmaba que la religión musulmana “exalta la violencia y el odio”. Frente a esa situación, un grupo de intelectuales –entre los cuales figuraban los filósofos André Glucksmann, Bernard-Henri Lévy y el Premio Nobel de la Paz Elie Wiesel– pidió a los líderes europeos demostrar “más firmeza” frente a las intimidaciones de los islamistas radicales. Pero sólo recogieron un rotundo silencio. Ese episodio ilustra claramente la sensación de asedio y de temor que experimentan los intelectuales, y la sociedad en general, frente a la creciente presión política y moral que ejercen los musulmanes radicales que viven en Europa. Se estima que entre 15 y 18 millones de pobladores de origen árabe viven en Europa. Algunos cálculos suponen que esa cifra asciende, en realidad, a 25 millones de personas y probablemente se duplicará en un plazo de 25 años. Pero son estimaciones necesariamente imprecisas, debido a la cantidad de inmigrantes ilegales que no aparecen en los registros oficiales. En todo caso, 3,5% de los 455 millones de personas que habitan en los 27 países de la Unión Europea proviene de países de cultura islámica, principalmente del norte de Africa (Egipto, Argelia, Túnez y Marruecos), Turquía y el subcontinente indio. Las estadísticas son difíciles de interpretar porque tampoco permiten distinguir entre practicantes, integristas de la religión y simples creyentes que sólo acuden esporádicamente a la plegaria del viernes. En todo caso, desde hace dos o tres años, la población europea siente un escalofrío frente a la proliferación de mezquitas, la cantidad de mujeres que caminan por la calle cubiertas con chador y los hombres de barba vestidos a la moda afgana con chilaba (pantalón), túnica y gorro tejido de hilo blanco. Algunos barrios de Londres, París, Amsterdam o Frankfort perdieron su identidad original y tienen un aspecto oriental que recuerdan las calles de Marrakesh, El Cairo o Estambul.

El Parlamento holandés votó en octubre un proyecto para que el gobierno prohíba el uso de la burqa, la túnica femenina de origen afgano que va de la cabeza a los pies. “Esa vestimenta es incompatible con una sociedad donde la gente se mira a los ojos”, reconoció la ministra de la Integración, Rita Verdonk.

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Seguidores del clérigo Abu Hamza al-Masri rezan hacia la Meca en las afueras de Londres. La fuerte custodia policial es notoria.

“Europa tiene miedo del Islam”, admitió un informe de 118 páginas difundido a mediados de diciembre en Viena por el Observatorio sobre el Nazismo y la Xenofobia. Ese organismo oficial de la Unión Europea reconoce que desde hace algunos años se percibe un creciente fenómeno de “islamofobia” en la región. En sentido inverso, algunos sectores denuncian, por su parte, una “invasión demográfica”, la “intolerancia religiosa” y la “arrogancia cultural” de una comunidad que rehúsa integrarse y no respeta las costumbres ni las tradiciones de Europa. Hasta hace poco tiempo, ese tipo de discurso provenía exclusivamente de la extrema derecha. Sin embargo, ahora esos argumentos son evocados también por políticos moderados e intelectuales de izquierda. El recelo comenzó a agudizarse después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Y se agravó con los atentados en Madrid y Londres, cometidos –en ciertos casos– por jóvenes nacidos en Europa y que parecían perfectamente integrados. En un primer momento, los europeos evitaron hacer una analogía entre Islam y terrorismo. En un continente donde aún no cicatrizó por completo el recuerdo de las Cruzadas contra el Islam, y que más tarde se desangró con las guerras entre católicos y protestantes, los temas de religión suelen abordarse con mucha cautela. Quizá porque no quieren volver a caer en esos excesos, los europeos privilegian la tolerancia, el debate y la libertad de pensamiento y de expresión, principios que se reflejan en la célebre frase acuñada por Voltaire en el siglo XVIII: “Aun si no coincido con lo que dice, estoy dispuesto a dar mi vida para que usted pueda defender sus ideas”. Esos antecedentes explican el estupor que causó la reacción del mundo árabe por las 12 caricaturas de Mahoma publicadas por el diario danés Jyllands Posten, en septiembre de 2005. La ola de protestas que se extendió por todo el mundo islámico dejó las calles cubiertas de sangre, originó incendios de embajadas y comercios europeos, provocó la ruptura de contratos comerciales y, sobre todo, agrandó la distancia que existe entre los musulmanes y Occidente. Para los europeos, las marchas de protesta realizadas en las calles de Londres, París, Berlín y Amsterdam demostraron que los musulmanes radicales, a pesar de su contacto con los valores occidentales, nunca suscribieron realmente a los principios de tolerancia y respeto de las libertades individuales.

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Las caricaturas de Mahoma publicadas por el diario danés Jyllands Posten, en 2005, enfurecieron a musulmanes de todo el mundo.

Un impacto similar había provocado antes el asesinato del cineasta holandés Theo Van Gogh, en 2004, perpetrado en un país de legendaria tolerancia con las minorías y uno de los que más hicieron por la integración de inmigrantes musulmanes. El asesino, Mohamed Buyeri, había nacido y estudiado en Holanda. Desde entonces, en forma casi imperceptible, en Holanda comenzaron a aparecer indicios de intolerancia frente a los signos religiosos visibles. El Parlamento votó en octubre un proyecto para que el gobierno prohíba el uso de la burqa, la túnica femenina de origen afgano que va de la cabeza a los pies. “Esa vestimenta es incompatible con una sociedad donde la gente se mira a los ojos”, reconoció la ministra de la Integración, Rita Verdonk. Una medida similar fue adoptada en 2004 en la región flamenca de Bélgica. La misma polémica estalló en Alemania cuando varias personalidades de origen turco exhortaron a las mujeres a “sacarse el velo” para integrarse por completo a la sociedad. “Vive en el mundo actual. Unete a Alemania, que es el país donde estás viviendo”, proclamó la diputada verde Ekin Deligöz. Francia es uno de los pocos países europeos que en 2004 aprobaron una ley que prohíbe el uso de “signos religiosos ostensibles” en las escuelas públicas, un espacio donde imperan los principios laicos de la República. El debate se extendió rápidamente a Italia, Suecia y Dinamarca. El primer ministro italiano Romano Prodi tuvo que pronunciarse para decir que “es posible usar velo”, pero que el sentido común sugería llevar el rostro descubierto. El escándalo se agravó cuando un imán fundamentalista trató de “infiel” a la diputada Daniela Santanché, del partido de extrema derecha Alianza Nacional, por haber dicho que el uso del velo “no es una prescripción del Corán”. Dinamarca, en donde todavía no se apaciguaron las tensiones por las caricaturas de Mahoma, la televisión estatal DR2 aceptó que el programa de debates Adán y Asmaa fuera presentado por una locutora vestida con burqa. “Quiero mostrar que las mujeres musulmanas no son oprimidas por el simple hecho de usar velo”, argumenta Asmaa Abdol Hamid, de 24 años, danesa de origen palestino. Pero es en Gran Bretaña donde la situación llegó a límites explosivos en octubre de 2006, después de que una maestra de 24 años, Aishah Azmi, fue suspendida por haberse negado a sacarse el niqab, velo que sólo deja visibles los ojos. La situación se agravó cuando el actual líder de la Cámara de los Comunes, Jack Straw, pidió a las musulmanas que acuden a su oficina que se despojaran del velo. Para calmar esa tormenta que amenazaba con reabrir las cicatrices que dejaron los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres, el primer ministro Tony Blair sugirió a los miembros de su gobierno que actuaran con mesura en la controversia.

Otro aspecto inquietante es que en las mezquitas informales también funcionan clandestinamente algunas madrasas, esas escuelas coránicas donde enseñan imanes integristas que –por lo general– son profetas de la violencia. En Francia se calcula que hay 50.000 niños que siguen cursos de árabe y de religión en estructuras que escapan a todo control.

Como había ocurrido en Francia con el caso del filósofo Redeker, a su turno los alemanes conocieron en septiembre el gusto amargo del escándalo religioso, debido a una versión iconoclasta de la ópera Idomeneo, de Mozart, que mostraba decapitados a Mahoma, Buda y Jesucristo. Finalmente, la directora de la Deutsche Oper de Berlin, Kirsten Harms, capituló frente a las presiones y amenazas de los integristas y decidió levantar el espectáculo antes de su estreno. Los europeos también interpretaron como un signo de peligrosa intolerancia la reciente actitud del Ministerio de Educación turco, que ordenó censurar los libros escolares que tuvieran una reproducción de “La Libertad guiando al pueblo”. Ese célebre cuadro del pintor francés Eugène Delacroix (1798-1863) recrea una escena de la Revolución de 1830, donde una representación de la Libertad –con los senos desnudos– marcha a la cabeza de un grupo de manifestantes. “¿Qué va a ocurrir cuando Turquía ingrese a la Unión Europea, como pretende?”, se escandalizaron algunos diputados del Parlamento de la Unión Europea en Estrasburgo. Las aspiraciones turcas dependerán, en gran medida, del impacto que produzca ese tipo de gestos. A pesar de ser un país oficialmente laico, Turquía tiene una actitud complaciente con el integrismo musulmán desde que el partido islamista AKP ganó las elecciones de 2003 y ungió a Recep Tayyip Erdogan como primer ministro. La opinión pública europea frunció el ceño cuando supo que la esposa de Erdogan vivía enclaustrada en su casa, vestida con túnica larga y velo en la cabeza, y que sus hijas no estudiaban en la universidad porque no se les permitía usar chador. Desde hace algunos años, los comedores escolares de Francia dejaron de servir cerdo y chacinados para no discriminar a los niños musulmanes. Ahora se abrió un nuevo foco de tensión, debido a la exigencia de la jerarquía religiosa islámica de servir únicamente carne de animales sacrificados según el rito halal. “No es posible marginar a los niños franceses, que son mayoritarios, para complacer a los árabes”, protestó el líder derechista Philippe de Villiers. Otro episodio que sobrecogió a los franceses se produjo a fines de octubre, cuando un musulmán golpeó violentamente al profesor Jean-François Oury, que se aprestaba a auscultar a una mujer que acababa de sufrir un parto difícil. Para evitar ese tipo de incidentes, Holanda proyecta construir en Rotterdam un hospital islámico que tendrá pabellones separados para hombres y mujeres, médicos y enfermeros de ambos sexos, mezquita, alimentación halal, guardia permanente de imanes. “Es un sistema de appartheid que representa un retorno a la Edad Media”, desaprobó Ronald Buijt, consejero municipal por el partido de derecha populista Leefbar Rotterdam. Pero lo que más atemoriza a los europeos es la proliferación de mezquitas, donde algunos imanes predican una versión integrista del Corán que –según algunos especialistas– siembra la semilla del fanatismo.

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Dos niñas musulmanas asisten a clases en una escuela integrista de Berlín.

En Francia, la cantidad de “sitios de culto” pasaron de un centenar en los años ’70 a 1.600 en la actualidad, según un estudio dirigido por el investigador social Franck Fregosi. En Alemania hay unas 100 mezquitas y 2.000 “lugares de plegaria”; en España 12 templos y 600 sitios de oración –tres veces más de los que figuran en los registros del Ministerio del Interior–; en Italia 2 mezquitas y 155 sitios de culto; en Holanda 450 y en Gran Bretaña unos 1.600 templos. El problema con los “sitios de culto” o “lugares de plegaria” es que escapan por completo el control de la jerarquía religiosa del Islam y de la autoridad política. Una investigación realizada por el dirigente de extrema derecha Philippe De Villiers demostró que en la zona de carga del aeropuerto Charles de Gaulle, de París, funcionaban varias mezquitas clandestinas controladas por movimientos que orbitaban en la esfera de influencia de la red terrorista Al Qaeda. Un par de meses después de esa denuncia, el Ministerio del Interior retiró a unos 70 maleteros del aeropuerto las autorizaciones especiales que tenían para trabajar cerca de los aviones. Otro aspecto inquietante es que en esas mezquitas informales también funcionan clandestinamente algunas madrasas, esas escuelas coránicas donde enseñan imanes integristas que –por lo general– son profetas de la violencia. En Francia se calcula que hay 50.000 niños que siguen cursos de árabe y de religión en estructuras que escapan a todo control. Cifras similares existen en otros países de Europa. Los españoles, particularmente sensibles con el Islam por la fuerte corriente inmigratoria que reciben desde hace años y por los atentados del 11 de marzo de 2004, interpretaron como una provocación la actitud de los musulmanes, que desean poder orar en la antigua mezquita de Córdoba. Ese templo, construido por los emires y califas omeyas durante dos siglos (785-987), fue convertido en catedral cristiana después de la Reconquista de Al-Andalus en 1236. Ese acelerado crecimiento del Islam crea temores difíciles de controlar. También suscita desconfianza la ola de conversiones registradas en los últimos años, que abarca desde profesionales y universitarios hasta personalidades reconocidas, como los futbolistas Nicolás Anelka y Franck Ribery, el jugador de básquet de la NBA Olivier Saint-Jean –que adoptó el nombre Tariq Abdul Wahad– y el coreógrafo Maurice Béjart. En Francia se estima que en los últimos años hubo 60.000 conversiones. Por el momento, nadie se atreve a decir si la “invasión demográfica”, la “intolerancia religiosa” y la “arrogancia cultural” del Islam constituyen el primer paso de un acontecimiento más vasto. Frente a la magnitud que alcanza ese fenómeno, el francés Gilles Kepel –uno de los mejores especialistas del mundo árabe– sostiene que el “Islam del oeste” se debate actualmente entre dos opciones: un “aggiornamento” que podría servir de ejemplo al resto del mundo o convertirse en cabeza de puente de un proselitismo que marcaría la tercera invasión islámica sobre el continente europeo.


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