LA SOCIEDAD DEL RENDIMIENTO: LA DICTADURA DEL TIEMPO

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Confucio escribió que el tiempo pasa como un río. No digo nada nuevo si recurro a esa imagen que muchas veces vivimos al llegar la noche, cuando bajamos las cortinas de la jornada laboral: no sólo estamos persuadidos de que nos quedan cosas pendientes, sino que aún contamos con fuerzas… para preguntarnos por el tiempo, por la falta de tiempo, por todo lo que haríamos si tuviésemos un poco más de tiempo. ¿Para qué? ¿Por qué? No sólo no recurrimos a poner en conflicto el empleo del tiempo, sino que nos ponemos mal cuando ante la dictadura del tiempo, sentimos que hemos desautorizado su palabra.

¿Somos una sociedad del rendimiento? En palabras del dueño del concepto, el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han: “La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento. Tampoco sus habitantes se llaman ya ‘sujetos de obediencia’, sino ‘sujetos de rendimiento’. Estos sujetos son emprendedores de sí mismos. Aquellos muros de las instituciones disciplinarias, que delimitaban el espacio entre lo normal y lo anormal, tienen un efecto arcaico. El análisis de Foucault sobre el poder no es capaz de describir los cambios psíquicos y patológicos que han surgido con la transformación de la sociedad disciplinaria en la del rendimiento”.

Esta cita pertenece a La sociedad del cansancio, uno de los libros que ha proyectado a la galaxia de las voces imprescindibles de la actualidad a Byung-Chul Han, algo similar a lo que ocurría con cada publicación del sociólogo polaco Zygmunt Bauman años atrás. Releía el texto esa tarde de viernes 13 de noviembre en una camilla de un centro de salud. Estaba allí porque un desgarro de menisco en mi rodilla derecha me tenía a maltraer y el traumatólogo me prescribió diez sesiones de fisioterapia para que pueda reestablecer esa zona dolorida.

Una vez me asusté cuando abrí el teléfono móvil en una visita al baño, por eso siempre que tengo un minuto fuera de la pantalla de mi notebook, poso mis ojos en todo lo que sea lectura en papel, si puede ser un libro, mejor. Cuestión que estuve esa hora en el centro de salud, de esa tarde de viernes 13, leyendo La sociedad del cansancio, fuera del mundo online, fuera de mi avistaje serial de portales de noticias. Después de allí me iba a dirigir a la casa de unos amigos, donde entre ricos tragos y sabrosos platos, nos pondríamos al día de nuestras vidas. Nada del otro mundo. Continué leyendo: “El sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o la libre obligación de maximizar su rendimiento. El exceso de trabajo se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad”.

Uno de los puntos álgidos y centrales del libro de Byung-Chul Han se relaciona con ciertas enfermedades que estarían marcando un cambio de paradigma de esta época. Las enfermedades neuronales, la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, el trastorno límite de la personalidad o el síndrome de desgaste ocupacional, entre otras, se han vuelto el mayor problema de salud de nuestro tiempo, con índices que deben ser entendidos como los de una gran pandemia global.

Cerré el libro, era el turno de que el especialista me masajeara la rodilla. Como se trataba de mi cuarta sesión, cierta familiaridad se había establecido entre ambos. Nomás posó su mano en la zona dañada, me dijo: “No sé si lo sabes, pero hubo varios ataques terroristas en París. Dicen que hay 60 muertos y 100 rehenes. Atacaron un local de música”. Lo miré y no entendía de qué me hablaba. “Sí, arde París. Los yihadistas lo han hecho de vuelta”. Yo no salía de mi asombro. Una vez que apagaba el móvil y me borraba del mundo por una hora, noticias de un calibre sanguinario y angustiante se bamboleaban sin recato allá afuera…

Ya cambiado y con el libro en el bolso, prendí mi móvil y me rendí a la sociedad del rendimiento. Mi wasap explotaba. No iba a ser un viernes común.

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez


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