LA TRAGEDIA DE WILLIAM BURROUGHS EN MEXICO: HISTORIA DE EXILIO Y MUERTE

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Célebre por asesinar a su esposa durante su estancia de tres años en México, el escritor beatnik William Serward Burroughs II (1914-1997) encontrará en la antigua Tenochtitlán el lado oscuro y revelador de su existencia. Y escuchará la llamada de los dioses en un país que celebra la muerte. Un recorrido por las calles, esquinas y rincones en los que Burroughs pasó sus días de exilio y donde cometió el homicidio de su esposa.

Texto: Samuel Mesinas Fotos: Juan Carlos Reynoso

Fue esa muerte rufiana, festiva y tenebrosa a la vez, la que le reveló su destino, segundos después de disparar contra su compañera en un macabro juego a lo Guillermo Tell: ser un escritor maldito. Así, por azar o por su naturaleza mítica, la ciudad de México fue testigo del nacimiento de un pilar de la literatura contemporánea estadounidense. Sucedió a finales de los años ’40 en la colonia Roma, la zona más afrancesada de la capital mexicana, donde un Burroughs ensimismado, ajeno a la realidad exterior, decidió escribir sus dos novelas, Junky y Queer, mientras buscaba amantes en cantinas de la zona, recorriendo las céntricas calles del D. F. con las bolsas del pantalón repletas de balas y las venas atascadas de heroína. Y fue en el departamento de la calle de Monterrey 122-10 donde decide despabilar su rutina yonky jugando al Guillermo Tell enfebrecido. Joan Vollmer, madre de su único hijo, esposa autodestructiva, alcohólica, predestinada a ser una princesa de la oscuridad, retadora y entre risas, colocó sobre su cabeza un vaso con ginebra y esperó que Bill dispare, mientras, irónicamente, esgrimió: “Cierro los ojos porque me da miedo la sangre”. Después, el silencio. Más tarde, la prensa y sus sangrientas fotografías; la corrupción para sacarlo de la cárcel en tan sólo 13 días, y la literatura como forma piadosa de liberar el frenesí.

VIAJE BEAT

La primer morada de Burroughs y familia

Cerrada de Medellín 37: la primer morada de Burroughs y familia, tras huir de sus problemas legales en Estados Unidos.

Corría la década de 1950 cuando una singular y descarnada literatura emergió de las húmedas calles de New York, y de la cálida costa de San Francisco. Los llamados beats inauguraban géneros, estilos literarios, pero sobre todo eran testimonios, vivos y punzantes, de los cambios que convulsionaron el siglo XX, sobre todo entre las clases medias educadas. Se trataba de una pandilla de jóvenes talentosos, homosexuales y bisexuales, heroinómanos e ilustrados, que se encontraban en New York a finales de 1943. Eran los años de la posguerra en los Estados Unidos cuando estos jóvenes intercambiabn experiencias, lecturas, jeringas y viajes. Corrían por las carreteras de Norteamérica en busca de la muerte por los carriles de máxima velocidad, la adicción y la facilidad de meterse en problemas legales. Allen Ginbsger y Jack Kerouac estaban en este grupo, al lado de Burroughs, Joan Vollmer y Neal Cassady, inspiración y amor platónico de los dos poetas beats más importantes. Todos ellos visitaron, bebieron, y se drogaron en México, cuando su profeta decidió salir de los Estados Unidos, harto de los arrestos. Agazapado detrás de esa facha de empleado bancario, William Burroughs, estudiante de letras inglesas en Harvard, nieto de quien inventara la máquina de sumar, se convertiría en la encarnación perfecta de la generación beat. No era el ambiente semiurbano que imperaba en los ‘50 en el D. F. o el mundo intelectual de Octavio Paz y Diego Rivera lo que atrajo a Burroughs a tierra azteca. Lo que le preocupaba era más básico: escapar del último juicio por el que era procesado en su país natal, por posesión de drogas. También la facilidad para conseguir opiáceos y portar armas en México lo convencieron de que es adonde debía mudarse.

LAS CALLES DE LA ROMA

La ventana del apartamento de Monterrey Burroughs

La ventana del apartamento de Monterrey 122-10, donde William Burroughs asesinó de un disparo a su esposa, Joan Vollmer.

Así, sin proponérselo, se encaminaba hacia un epicentro de visionarios: D. H. Lawrence, Antonin Artaud, Malcolm Lowry –aficionado al mezcal y a la lúgubre atmósfera mexicana– fueron otros que plasmaron su paso por México. En septiembre de 1949, William Burroughs conoce por primera vez el D. F. En octubre del mismo año se traslada allí con toda la familia: Bill III, quien morirá en 1981, antes que su padre, por excesos de alcohol y drogas; Joan Vollmer, y la hija de su anterior matrimonio, Julie, quien desaparecerá de la vida de Burroughs después de la escena trágica de su madre, para ser educada por sus abuelos maternos. La primera parada que hace la familia Burrouhgs es en el departamento de Cerrada de Medellín 37, frente a la casa de un importante compositor mexicano: Felipe Bermejo. Poco ha cambiado el lugar desde que aquella pareja de gringos habitaron el pequeño departamento de este edificio de dos niveles, pintado de blanco, que se encuentra en medio del estrecho callejón, cercado por dos ejes y un mall en donde, por las noches, se observa un cielo neónico iluminado por toda clase de anuncios. Seguir el rastro de William Burroughs en este extremo de la colonia Roma provoca la sensación de perseguir la sombra de un fantasma en una casona embrujada. La Roma Norte tiene un tufo afrancesado, sus camellones amplios, sus fuentes, esculturas, y casas de amplios jardines, del Art Déco a los modernos edificios minimalistas que han aparecido en los últimos años, muestran el otrora esplendor porfirista en el que vivió la burguesía mexicana de finales del siglo XIX. La zona sur de esta colonia, por mucho, dista de parecerse al otro extremo. La Roma Sur, donde vivió Burrouhgs, pertenece al México de la segunda mitad del siglo XX, y a una ciudad que nunca imaginó hacinar a 22 millones de capitalinos en un espacio tan reducido. Y las diferencias aún perduran. Aquí no hay trolebuses que funcionan como galerías de arte y talleres para los niños que acuden al parque. Tampoco cafeterías sobre las aceras, librerías y restaurantes de comida internacional. La Roma del sur es lúgubre; sus calles, oscuras, sus edificios de fachadas deslavadas, su panorámica llena de construcciones abandonadas. Por todas partes sobreviven viviendas de damnificados del gran terremoto que cimbró a la capital mexicana en 1985, ya que la Roma sur fue una de las zonas más afectadas al venirse abajo decenas de vecindades. Es la zona donde abundan las cantinas y los giros negros, los puestos ambulantes, los antros gays en contraesquina con la Iglesia Universal del Reino de Dios. “Todo lo que he visto, cada vez me gusta más. Algunos ejemplos: unos borrachos duermen justo en la acera de una calle principal. Ningún policía los molesta; cualquiera que lo desee puede traer armas. He leído en varias ocasiones cómo algunos policías armados que disparaban en algún bar fueron a su vez baleados por civiles armados a quienes les importaba una mierda hacerlo. Todos los oficiales son corruptibles”, le escribió Burroughs a Jack Kerouac sobre lo que observaba del entorno en el que viviría de 1949 a 1952. Por invitación de Burroughs, en distintas temporadas, llegaría Jack Kerouac, quien escribió algunos de sus textos en tierra azteca, como Dr. Sax, en el que al final del manuscrito puntualizará: “Written in México, Tenochtitlan, 1952. Ancient Capital Aztec”. Además de Kerouac, por allí pasaron el mítico Neal Cassady, Allen Ginsberg, y demás acompañantes de aquella comuna neoyorquina, que terminaron por convertir a la colonia Roma en el Hotel Beat parisino del tercer mundo. En esta atmósfera, a principios de 1950, a la edad de 36 años, nació el Burroughs escritor.

PRINCIPE DE LA OSCURIDAD

Jorge Garcia Robles, el unico periodista mexicano que investigo la intimidad de Burroughs

Jorge García Robles, el único periodista mexicano que investigó la intimidad de Burroughs en el D.F. De esa experiencia nació el libro La bala perdida.

Bill decide narrar su experiencia con los venenos sintéticos que le han acompañado a lo largo de su vida. Junky será el primer relato profesional que le publican y que se convertirá en la Biblia de esa estirpe de outsiders que atraviesan el purgatorio de los excesos y los placeres. Allí hablaba de las experiencias de su cuerpo al ser dosificado por una serie de sustancias prohibidas, adictivas y placenteras, que ayudaban a sedar su ímpetu. Meses más tarde se traslada a unas siete cuadras de su primer domicilio, que quedaba a orillas de la Roma, para internarse de lleno en una zona de vecindades, parecidas a las que en esa época Luis Buñuel y Gabriel Figueroa retratarán en esa obra maestra de la cinematografía hispana titulada “Los olvidados”. Orizaba 210-8 es el sitio donde William Burroughs escuchó la voz de los espíritus que le incitaron a los excesos y las mayores tropelías humanas: sexo, muerte… De aquella vivienda no queda rastro alguno: los sismos del ’85 la arrancaron de cuajo desde sus cimientos. Ahora allí se encuentra una vecindad de unos cuatro pisos, construida por el gobierno federal, que está convertida en un pequeño ghetto sobre una calle amplia, solitaria y rodeado de otras casas de aspecto también tétrico. El D. F. de los años ’50 era una urbe premoderna, donde florecían cabarets, cines y teatros con marquesinas llenas de luces multicolores, con una población emigrada del campo, que se debatía entre sus costumbres pueblerinas y adoptar el american way of life que la mayoría de los capitalinos veía como símbolo de progreso. “México es muy barato. Una persona sola puede vivir con dos dólares diarios incluida la bebida… Hay fabulosos burdeles y restaurantes. Una gran colonia de extranjeros. Peleas de gallos, corridas de toros, toda clase de diversiones. Te insto fuertemente a venir. No cometerías un error visitando México, uno de los pocos lugares del mundo en donde se puede vivir realmente como príncipe…”, de nuevo le señala Burroughs a Jack Kerouac, en una de las detalladas cartas que intercambiaba con él, las cuales han sido transcritas al español por el periodista y escritor mexicano Jorge García Robles. El es el único periodista mexicano que ha documentado el periplo de Burroughs en tierra mexicana, misma que hasta hace poco sólo se sostenía de rumores. En algunos círculos intelectuales se tenía un vago conocimiento, nutrido por los informes de la prensa sobre el homicidio, así como por esos mitos urbanos que siempre se generan en torno de personajes oscuros como el escritor beat. A mitad de la década de 1990, Jorge García Robles escribió La bala perdida (Ediciones del Milenio, 1996), en el que arrojó datos, fechas, direcciones y personajes que estuvieron en esa puesta en escena en la que resultó el trascendental paso de “Bill” en este país.

EL TESTIGO

La bala perdida es un libro de géneros mixturados: ensayo libre, crónica periodística, biografía novelada, aunados a la agilidad, fluidez y desenfado para contar la experiencia del autor de Almuerzo desnudo, que fue reconocido con el premio literario de ensayo Malcow Lowry, por la calidad de la investigación, así como por la sobriedad para entrar en un mundo complejo, oscuro y denso como lo era el de William Burroughs, y develar sombras de quien hasta entonces era su superhéroe. “La primera vez que lo conocí fue en 1990. Cuando nos vimos nos drogamos, emborrachamos; inyectamos heroína, morfina. Fue un encuentro de ponerse hasta atrás todo el tiempo y estar discutiendo sobre autores. Pero Burroughs no hablaba sobre México. No le gustaba, lo esquivaba”, rememora García Robles sobre aquella estancia de ocho meses en Kansas, donde conoció el rostro del hombre detrás del mito, aquel viejo Bill dedicado a pintar y continuar con su afición por el tiro al blanco y a las drogas. “Tenía una vida disciplinada, a pesar de todo. Trabajaba en las mañanas de manera empeñosa, sin beber ni nada, pero después de comer se inyectaba y otra vez en la tarde volvía a escribir. Vivía en una casa chica, austera, con muebles de segundo uso; su cuarto parecía de sirvienta, de lo oscuro y pobre”. Ya en la Roma, William Burroughs vivió en su propia burbuja con los 200 dólares que le enviaba su familia y una beca de la Mexico City College, la cual obtuvo porque, sin haber ido a la guerra pero por haberse enrolado en el ejército, era un veterano a quien le habían cambiado el frente de combate por un hospital psiquiátrico. El campo de batalla de Bill pertenecía a otra esfera. El periplo por la Roma fue el de un ser solitario, ausente, con el aspecto del gringo taciturno, extremadamente delgado, que aunque buscaba pasar desapercibido no lo lograba, y que con facilidad se involucraría con personajes del bajo mundo. Bernabé Jurado fue uno de ellos. Su lema: “Ganar a huevo, comprar jueces, sobornar testigos”, asegura García Robles sobre este abogado corrupto que aplicó esos principios para liberar a Burroughs en tan sólo 13 días de la cárcel de Lecumberri tras el homicidio de Joan.

LA BALA PERDIDA

El crimen en la prensa Burroughs

El crimen en la prensa: Burroughs negó que se hubiera tratado del macabro juego de Guillermo Tell.

La vida de William Burroughs en la Roma trazó una especie de figura escalena, con tres puntos de encuentro fundamentales: Medellín 37, Orizaba 210 y Monterrey 122-10. Esa fue la cartografía en la que el escritor beatnik dejó su huella: en cantinas, departamentos, calles y escuelas. Inestable y cambiante, en 1951 Burroughs emprendió un viaje por Sudamérica con su joven amante en busca del yagué, la planta amazónica que creía le traerá la armonía a su vida atascada en el alcohol, la morfina y en un profundo distanciamiento sexual y emotivo con Joan, cada vez más deteriorada después de algunos ingresos a hospitales psiquiátricos. La aventura de William Burroughs por conquistar a su amante furtivo y conocer el yagué mágico fue un fracaso, igual que su incursión en el ritual del peyote y los hongos alucinógenos mexicanos: los demonios vegetales le niegan el acceso a los idílicos universos psicodélicos a este escritor. A su regreso, despotrica contra México: “No es sencillo ni idílico. Es un país oriental que refleja dos mil años de pobreza, degradación, esclavitud, brutalidad. México es siniestro, tétrico y caótico, con el especial caos de un sueño”, le detalla a Kerouac. En este estado alterado es en el que, el mediodía del jueves 6 de septiembre de 1951, fue tocado por el “espíritu maligno”, como bautizó el pintor suizo Brion Gysin a la energía que –según Burroughs– se posesionó de la Star.380 de Burrouhgs cuando falló en el disparo. Esa declaración consta en el acta magisterial, donde el escritor justificó, por recomendaciones del abogado Jurado, la bala incrustrada en el centro del cráneo de Joan. Un accidente al estar revisando el arma fue el dictamen sobre lo que sucedió esa fatal tarde. La posesión del arma se justificó con el argumento de que la vendería, cuando era conocida su excéntrica y clásica costumbre americana por poseer pistolas. Así cuenta el hecho García Robles en su libro: el 6 de septiembre Burroughs escuchó afuera de su casa el silbido de un afilador ambulante de cuchillos. Como tenía un cuchillo tipo scout, decidió alcanzarlo. “El afilador lanzaba un silbido y tenía una ruta establecida, y mientras yo caminaba por la calle detrás de él, un sentimiento de pérdida y tristeza que había padecido todo el día me impidió respirar al grado de que las lágrimas resbalaron por mi cara. ‘¿Qué diablos está mal?’, me pregunté”, presagió Burroughs en el prólogo de Queer, la única novela que, se puede decir, tiene un marcado acento mexicano. En esta novela relata sus andadas homosexuales y es el mismo libro que, 35 años después de la muerte de su esposa, sale del cajón del recuerdo para develar ese pasaje que marcaría para siempre su ondulante vida. Alrededor de las 3 p.m. de ese fátidico día, señala García Robles, Burroughs salió con Joan –después de dejar a los niños encargados con vecinos– hacia el departamento 122-10 de la calle de Monterrey, adonde vivía un par de amigos. El edificio quedaba en una pequeña cuchilla muy cerca de la avenida Insurgentes. Al parecer, Burrouhgs imantaba con su personalidad los sitios que visitaba, porque ahora este edificio conserva ese aspecto solemne, silencioso, donde el hermano de la portera se limita a decir que la historia de lo que sucedió en el departamento 10 (“cuando unos gringos locos jugaron al tiro al blanco con sus viejas”, según recuerda el fotorreportero Enrique Metinides, sobre aquella noticia que escuchó en la radio de la ambulancia en la que se dirigía a un incendio), solamente la conoce su hermana, que vive en otro estado, “y ya está muy viejita, ya ni se ha de acordar”, entredice, desapareciendo detrás del portón de entrada. Otra vez en la escena de la tragedia. Burroughs llevaba su Star.380, como siempre, al igual que aquella otra noche cuando, en un bar, le sacó el arma a un policía que ya le había embotado con una plática absurda. Después de varios tragos de ginebra, el escritor comentó a sus compañeros que deseaba abandonar México para vivir cerca de un río en Sudámerica. “Pues de hacerlo nos moriríamos de hambre; eres demasiado vacilante como para dispararle a alguien”, le espetó, retadora, Joan. “Te voy a probar lo contrario”, respondió Burroughs. “Es hora de hacer nuestro acto de Guillermo Tell, vamos a probarles a los muchachos lo buen tirador que soy”. García Robles detalla la escena. “Y levantándose de la silla extendió su mano y cogió de la mesa su pistola. Sin más, Joan se incorporó del sofá, tomó su vaso –que era pequeño– a medio llenar y lo colocó en su cabeza. Al hacerlo cerró los ojos, rió ahogadamente y dijo: ‘No puedo mirar la sangre’. Entonces Burrouhgs se puso a tres metros de distancia de ella. Se fijó en sus ojos cerrados. Levantó el arma. Apuntó al vaso y apretó el gatillo. En ese momento –como lo describiría años después– la adicción por la escritura penetró en su cuerpo”.


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