LA VIGENCIA DEL ABSURDO

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En los comienzos de este año eleccionario y con los candidatos acelerando a fondo de cara a los primeros caucus en Iowa y New Hampshire, la realidad nos muestra un escenario que parece el reino del absurdo. Por el lado del Partido Republicano todos los pronósticos, fuertemente avalados por el sentido común, indicaban que a esta altura Donald Trump sería sólo un mal recuerdo y estaría ubicado muy por debajo de algún candidato que enarbolara la bandera del pragmatismo con un discurso que pudiera llegar más allá del ala ultraconservadora de las filas republicanas. Y digo esto porque en mi lógica pueril, entiendo que el fin último de un precandidato es aspirar realmente a llegar a convertirse en el presidente número 45 de Estados Unidos. Pero no. Donald Trump sigue cómodo liderando las encuestas y su único competidor de peso hoy es Ted Cruz, tanto o más radical que él.

Con discursos perfectamente diseñados para movilizar el miedo y la codicia del electorado, ambos candidatos cosechan una aprobación mayoritaria desde una posición que se ubica en la periferia ideológica del Partido Republicano. Hoy, 20 de enero, los sondeos colocan a Trump y Cruz como favoritos para las primarias de Iowa, el 1 de febrero, y a Trump, en New Hampshire, el 9 de febrero. En elecciones anteriores, los republicanos han acabado eligiendo candidatos más o menos pragmáticos, capaces de pelear el voto centrista e independiente en las elecciones generales. Fue el caso de los Bush, padre e hijo, de John McCain en 2008 o de Mitt Romney en 2012.

Con excepción de Jeb Bush, ningún precandidato se ha atrevido a desenmascarar a Trump. Y si lo han hecho, como Cruz en el debate de Charleston (Carolina del Sur), no ha sido para cuestionar sus delirantes y demagógicas propuestas –como el cierre de las fronteras a los musulmanes–, sino para acusarle de ser demasiado neoyorquino. Es decir, ¡demasiado progresista! Jeb Bush, hijo y hermano de presidentes, ha sido el único que se ha atrevido a enfrentar la estupidez reclamando seriedad a una serie de debates que parecen extraídos de un reality show de la peor cosecha. Sin embargo, los números le pegaron un fuerte revés, casi confirmando un escenario que perpetúa el reino del absurdo.

Trump, con su demagogia y su retórica xenófoba, ha definido el campo de batalla: el de la ira contra Washington, la frustración por los percances económicos de las clases medias, el terror a ataques terroristas y la preocupación de muchos blancos anglosajones por un país en proceso de cambio demográfico acelerado. La reciente reaparición de Sarah Palin dando su apoyo a Trump y metiéndose de lleno en la campaña avala este camino hacia la consagración de la ignorancia. La que fuera reina sin corona del ultraconservador Tea Party, tuvo durante su fugaz e incomprensible momento de gloria un estilo similar al que pone en escena cada día el multimillonario de Nueva York: orgullo por la precariedad intelectual, culto a la personalidad y el discurso de la antipolítica.

Del lado del Partido Demócrata, tampoco se vislumbra un derroche de lucidez. Hillary Clinton ha comenzado a sentir el rigor de su propia incompetencia. El repentino auge del senador Bernie Sanders en las encuestas ha obligado a la ex secretaria de Estado a enfrentar un combativo intercambio de opiniones en el último debate. Clinton, que hasta hace poco gozaba de una sólida ventaja en la carrera demócrata, revive ahora los fantasmas de su fallida candidatura en 2008.

Aunque a nivel nacional su superioridad sigue siendo amplia (un 51% frente a un 38%), varias encuestas muestran a ambos precandidatos casi igualados para las primarias en Iowa y New Hampshire. Tanto Sanders como Clinton transmiten convicción. “Estamos en el camino hacia la victoria”, dicen. Y sospecho que su convencimiento viene más de observar el absurdo en el Partido Republicano que por la cordura y sabiduría en su propio terreno. Porque el absurdo, aunque en dosis mas pequeñas, tampoco escapa a los demócratas.

Sanders, de 74 años, se define a sí mismo como socialista, un término casi prohibido en Estados Unidos. El se presenta como el único candidato capaz de promover cambios de fondo en el país mediante su llamada “revolución política”. ¿Socialismo y revolución? ¿En Estados Unidos? ¿En la boca de un precandidato a presidente? Este hombre tampoco parece estar muy convencido de querer ganar, a pesar de sus hermosas y utópicas ideas sobre acabar con el lobby, controlar los desmanes de Wall Street y trabajar por una verdadera política de la distribución de la riqueza. Un aporte más a la confusión general.

Nos quedan aún muchos meses de camino hasta llegar a la meta. Pero una cosa es cierta: los precandidatos a ocupar la Casa Blanca no parecen estar a la altura para dirigir los destinos del país más poderoso del mundo. A pesar de lo no hecho, a pesar de las críticas a lo que se hizo mal y más allá de algunas profundas y dolorosas decepciones, vamos a extrañar a Barack Obama.

Hasta la próxima,

Alex Gasquet


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