LA VUELTA DE PATTI SMITH: BUSH SUFRIRA EL JUICIO DE LA HISTORIA

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Es un mito del rock y el underground neoyorquino. Poetisa y compositora de renombre mundial, Patti Smith impactó al mundo en 1975 con su disco “Horses”. Con su trabajo agregó una nueva dimensión poética, punk y feminista al rock y rompió los esquemas –por temáticas, por actitudes– de lo que significaba ser una cantante mujer. Ahora está de regreso con un nuevo material –“Twelve”– que, a lo largo de sus doce canciones, pretende espantar el miedo de la era Bush. Casi tan crítica y politizada como siempre, Patti Smith habla del Tíbet, de su apoyo a Ralph Nader, de su adhesión a la causa palestina y de las desventajas del bipartidismo.

Texto: Diego A. Manrique y Luciana De Luca / Fotos: AP / AFP

US Punk Rock Star Patti Smith  Shows Exhibition Of Art Work

Imágenes inquietas. Smith presentó en el festival de Glasgow una muestra de fotos y dibujos sobre su trayectoria.

Tac, tac, tac. Repiquetean sus botas y todas las miradas se vuelven hacia ella. Desgarbada y esquelética, es imposible no fijarse en Patti Smith. En el lobby del sobrio hotel londinense además choca su aspecto: desgastados pantalones militares, una chaqueta oscura y una masa de pelo grisáceo. Ni rastros de maquillaje en su cara; a corta distancia se aprecia un tenue bigotillo. Patti Smith es una bohemia en un establecimiento donde abundan los turistas de carteras repletas. “Me gusta este hotel por la situación: está junto a las librerías de Charing Cross Road. Un amigo tiene aquí cerca una, Red Snapper, especializada en la beat generation. Primeras ediciones, editoriales pequeñas… una maravilla. Cada vez que voy allí quemo la tarjeta de crédito”, dice. Pero hoy es día de trabajo, no de compras. Su discográfica ha alquilado un salón del hotel para atender a la prensa. Su último trabajo se titula Twelve y, efectivamente, son 12 versiones de clásicos del rock. Dado que Patti conquistó al gran público con arrebatadas recreaciones de temas como Hey Joe o Gloria, tiene toda la lógica. Aunque algunos esperábamos a otra Patti, la que enarbola pancartas incómodas. Quizá un poco menos revulsiva que antes, y producto de los cambios generacionales que parecen haber dejado los reclamos sociales en el arcón de los recuerdos, la cantante se muestra más mesurada. Pero, como siempre, dispuesta a hablar.

ALMA MAGAZINE: El pasado año estrenó en directo canciones políticas. Una sobre la violencia israelí en Líbano, otra sobre los presos de Guantánamo… ¿Le sugirieron que no eran oportunas?

PATTI SMITH: ¡Qué tontería! Mi simpatía por la causa palestina no es nada nuevo. Yo crecí en la posguerra y cualquiera con un poco de cabeza percibía los disparates que hicieron Stalin, Roosevelt y Churchill. ¿Qué era eso de devolver Vietnam a Francia? ¡Vietnam no era de nadie, excepto de los propios vietnamitas! Lo mismo que quitar tierra a los árabes para dársela a los judíos. Que conste que tengo infinidad de amigos judíos, pero creo que aquello fue un error terrible. He visitado Jerusalén y creo que, al ser una ciudad santa para tres religiones, debería tener un carácter internacional: un lugar para el arte, la filosofía y el encuentro de culturas.

AM: Sin embargo, en Estados Unidos están aliados los fundamentalistas cristianos con los sionistas.

P.S.: Olvidamos que muchos de nuestros padres fundadores eran considerados terroristas por las autoridades británicas. Y no exageraban: nuestros héroes usaban tácticas terroristas contra los monárquicos y el sistema colonial. Pero el desconocer nuestra propia historia nos lleva a cometer injusticias crueles. Es aterrador pensar en los billones de dólares que hemos entregado a Israel y que se han transformado en poder militar, contra el que no puede enfrentarse ninguno de los Estados árabes. Muchos lo viven como una injusticia y se rebelan. Volvemos a la historia de David y Goliat: se responde con el terrorismo.

AM: ¿Y el caso de Guantánamo?

P.S.: En algún momento, sé que la administración de Bush sufrirá el juicio de la historia y será tratada con tanto desprecio como el que ahora nos merece la Inquisición. Lo penoso es pensar que nosotros, los que vivimos esta época, también pagaremos por haber permitido, de una u otra manera, tanta injusticia. Cuando viajo y veo la CNN, que tampoco es muy explícita, me aterra lo que estamos haciendo en nombre de la “guerra contra el terror”.

NADER VS. GORE Poco tiempo atrás, Al Gore estuvo presente en todos los medios por el triunfo en los Oscar de su documental ecologista, An inconvenient truth. Recordemos que Gore perdió las elecciones de 2000 ante George W. Bush, unos dicen que por los subterfugios contables en el Estado de Florida, y otros, de visión más panorámica, por los casi tres millones de votos que le robó el candidato de los verdes, Ralph Nader. Patti Smith fue una de las más entusiastas propagandistas de Nader, y la pregunta es obvia.

“Mi simpatía por la causa palestina no es nada nuevo. Yo crecí en la posguerra y cualquiera con un poco de cabeza percibía los disparates que hicieron Stalin, Roosevelt y Churchill”.

AM: Visto el horror de Irak, ¿se arrepiente de no haber apoyado a Al Gore?

P.S.: ¡No! Gore puede ser muy brillante, pero se cavó su propia tumba. Resultaba imposible respaldar a su candidato a vicepresidente, Joe Lieberman. Joe es un tipo tan derechista como Bush; suele votar con los republicanos en cuestiones de política exterior. El año pasado, los demócratas lo rechazaron como candidato al Senado por Connecticut y rompió la disciplina de partido, se presentó como independiente y ganó. Con todo esto, creo que hice lo correcto al implicarme con Nader.

AM: Nader es famoso por afirmar en 1980 que era mejor que Ronald Reagan derrotara a Jimmy Carter, ya que así se aceleraría el descontento popular y el cambio radical. Aparte de su fallo como profeta, se parece a la praxis de muchos grupos extremistas: “Es preferible que todo vaya peor”.

P.S.: Esa es una opinión sacada de contexto. Lo que piensa Nader es que los partidos mayoritarios en Estados Unidos no sirven. Representan a los ricos y a los muy ricos. El bipartidismo ha generado tal corrupción, que un observador imparcial podría confundirnos con una república bananera. Está claro que el país necesita a un independiente lúcido, igual que Abraham Lincoln, que terminó fundando el Partido Republicano… aunque hoy no lo reconocería.

AM: Quizás el mundo no sepa muy bien lo que representa Ralph Nader.

SMITH GEMAELDE

En escena. La singular cantante celebra su inclusión en el Hall de la Fama del Rock & Roll de New York.

P.S.: Es un personaje formidable. Mi padre le tenía una admiración ilimitada y, cuando lo traté, yo también me convertí en una adoradora: es el hombre más compasivo, inteligente e instruido que haya conocido. Comunica con naturalidad todo lo que sabe, y nunca para. Lo llamé para su cumpleaños y estaba trabajando como un día normal. Es decir, doce horas o más. En los años sesenta, prácticamente en solitario, Ralph se enfrentó a las grandes empresas automovilísticas y ¡las venció! En aquel tiempo morían muchos niños en accidentes, y él logró que se instalaran los cinturones de seguridad, los asientos para bebés, los airbags: literalmente, centenares de miles de personas le deben la vida.

AM: Cierto, pero hay distancia entre ejercer de defensor de los derechos de los consumidores y pretender ser presidente.

P.S.: ¿Usted cree? Finalmente, se trata de derechos humanos. Fue el único candidato que explicó la realidad de cualquier guerra moderna: por cada soldado estadounidense caído mueren docenas de civiles del país invadido. Nader es de origen libanés y entiende las complejidades del mundo. Y no se rinde. Gore pudo luchar contra el pucherazo de Florida, pero prefirió renunciar a la presidencia antes que alterar el statu quo. Nader es todo lo contrario: piensa que el país necesita tres, cuatro, cinco, seis grandes partidos.

AM: ¿Va a involucrarse en la próxima campaña presidencial?

P.S.: Involucrada estaré: siempre voto. Si me pregunta por poner mi música al servicio de alguien, lo decidiré leyendo sus propuestas. Me lo tomo muy en serio, no lo considero como una opción profesional: “Oh, quedaré bien si me apunto a la campaña de Hillary”.

OTRAS VOCES, OTROS AMBITOS

AM: Parece tener un afecto especial por los candidatos y los asuntos difíciles. Otra de sus batallas es el Tíbet.

P.S.: Si lo dice así, parece una frivolidad mía. Yo era una adolescente en 1959, cuando los chinos invadieron Tíbet, y recuerdo haber escrito cartas de protesta. Nuestra impotencia respecto de China deriva de nuestra codicia. Nos hemos endeudado con ellos, hemos trasladado allí nuestras fábricas para aprovechar que allí se pagan sueldos de esclavos. Y ahora estamos aterrados ante China. Me dio mucho coraje cuando el Dalai Lama visitó Washington y Bill Clinton no fue capaz de recibirlo. Su santidad lo aceptó resignadamente. Yo he hablado con él y me ha explicado que la independencia del Tíbet no es tan prioritaria como la preservación del planeta.

“Yo quería iluminar el momento que vivimos. Esa canción habla del terrorismo, de la vigilancia con cámaras, de amenazas que creíamos propias de otros países y que ahora sufrimos en nuestra carne”.

¿Su santidad? Esta no es la inflamada Patti Smith de los setenta: en los últimos tiempos ha depurado su imagen, eliminando aspectos polémicos. Por ejemplo, se negó a participar en Por favor, mátame, la historia coral del punk rock de Nueva York. Tal vez eso explique que en el libro sea tratada como una arribista y –con cierta admiración– como infalible seductora de chicos bonitos, desde Tom Verlaine a Jim Carroll.

AM: ¿Ha leído Por favor, mátame?

P.S.: No tengo mucha simpatía por ese libro. Conozco a los autores (Legs McNeil y Gillian McCain) e imaginé que no estaban interesados en una historia cultural del Downtown neoyorquino. Se han conformado con una crónica de sexo y drogas. Es correcto, todo eso ocurría. Finalmente, me parece triste. Es como si hicieras una historia del París artístico y sólo contaras cuántas mujeres se llevó a la cama Picasso o lo que tomaba Modigliani.

AM: ¿Tenía conciencia de que aquellos años eran una edad de oro del rock?

P.S.: No, eso se piensa retrospectivamente. Me parece más impresionante haber conocido el Chelsea Hotel en 1969. Allí te cruzabas con Janis Joplin, Jimi Hendrix, Allen Ginsberg, William Burroughs, Leonard Cohen… Sam Sheppard y yo éramos los recién llegados, con ojos muy abiertos. Pero todos los escritores beats estaban en actividad y funcionaban como guías espirituales. Puede que esa cadena se rompiera con los punks, que no reconocían fácilmente predecesores fuera del rock de garaje. La excepción fue The Clash, donde había vocación política y una enorme cultura musical.

AM: Usted articulaba un rechazo de las religiones organizadas. Gloria comenzaba con una declaración demoledora: “Jesucristo murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”.

P.S.: ¡Oh, por favor! Eso era parte de un poema que escribí en 1970. No podía imaginarme que, casi cuarenta años después, tuviera que seguir definiéndome por esos versos. Ahora lo expresaría de otra manera, no quisiera ofender las creencias de los cristianos o la memoria de Jesucristo. Más que un rechazo de las religiones, era una proclama personal, una afirmación del deseo de crearme una vida fuera de las expectativas que nos legaron nuestros mayores.

AM: Usted también rompía esquemas sexuales. Aparte de su imagen andrógina, también hacía canciones lesbianas, tanto en su primer disco, Horses, como en las letras que escribía para Blue Öyster Cult. Es una temática que luego abandonó, pero que ha sido reivindicada por muchas rockeras militantes.

P.S.: Era una forma de provocación. Actuábamos en Nueva York, y el problema principal consistía en sacar al público de su impavidez cool. En realidad, no merezco ser modelo de las riot grrrls y movimientos similares: soy aburridamente heterosexual.

UNA DOCENA DE RAZONES

No está exagerando su normalidad. Smith nació en Chicago, en 1946. Los sucesos que siguieron la marcaron para siempre: dejó la universidad por causa de un embarazo no planificado y dio a ese bebé en adopción; trabajó en una fábrica, leyó a Rimbaud y salvó su vida gracias a los Beatniks y Bob Dylan. Hasta que en 1967 se mudó a Nueva York y conoció al fotógrafo Robert Mapplethorpe. Allí comenzarían su casi eterno rodar por el underground fecundo de la ciudad y su carrera como cantante, hasta que en 1980, sin siquiera una gira de despedida, Patti abandonó el mundo del rock. Se casó con Fred Sonic Smith, guitarrista de una banda antaño revolucionaria, MC5, y se retiraron a vivir anónimamente en Detroit, urbe en decadencia industrial. Durante 15 años no se supo prácticamente nada de ella, excepto por el disco Dream of life, de 1988, que resultó tan convencional en mensajes y sonidos que apenas parecía conectar con el pasado del matrimonio.

MOVILIZADA

NADER

Smith se convirtió en la mayor propagandista del candidato verde Ralph Nader. En la elección de 2000, le arrebataron 3 millones de votos a Gore.

Dicen que entre decir y hacer hay una distancia enorme. Patti Smith ha tomado como propias muchas causas a lo largo de su vida. Y el siglo XXI y las nuevas guerras no la han encontrado desmovilizada. En su página de internet (www.pattismith.net) la cantante hace pública su adhesión a dos casos que conmueven por sus implicancias políticas. Uno es el de Murat Kurnaz, un ciudadano turco que pasó cuatro años detenido en Guantánamo, sometido a abusos y torturas indecibles, por el sólo hecho de ser sospechoso de participar en un grupo terrorista. Patti Smith escribió la canción Without chains en respuesta a su liberación y como forma de mantener viva la necesidad de que el gobierno de los Estados Unidos asuma la responsabilidad por la odisea de Kurnaz. La otra causa reclama la liberación de John Walker Lindh, condenado a pasar 20 años en una prisión federal por brindar asistencia a grupos talibanes y participar en una guerra civil ajena entre mayo y noviembre de 2001. Las acusaciones sin pruebas y la confusa suma y resta de cargos en su contra lo convirtieron en una nueva víctima de la guerra en Irak y de la política del presidente Bush y sus funcionarios.

AM: Cuesta pensar que no había un plan maestro en su retiro a Detroit.

P.S.: (Risa sarcástica). Sí, el plan maestro era formar una familia. Me pareció más importante que mantener la fantasía de ser una estrella del rock and roll. Había vivido todo lo que me podía ofrecer la música. Empecé recitando con un guitarrista, en pequeñas librerías del Downtown, y terminé actuando en grandes estadios. Tener dos hijos me resultó mucho más estimulante que lograr discos de platino. ¡No fue un sacrificio! Bueno, sí en algunos aspectos: no teníamos mucho dinero, no teníamos asistentes o chofer.

AM: Quiero decir, había probado otras formas de expresión antes de llegar al rock: poesía, pintura, periodismo, teatro. Pero lo dejó de la noche a la mañana.

P.S.: Eso es inexacto. En Detroit mejoré mi técnica con la voz, la guitarra, el clarinete. Fred también me impulsó a componer sin ideas preconcebidas. No dejé el rock. Esencialmente, el rock es expresión, no un estilo de vida estereotipado. Puedes hacer rock sin salir del sótano de tu casa. Fred y yo éramos dos ciudadanos más, con un pasado interesante, pero con vidas tranquilas.

Pero de pronto, el castillo se derrumbó. Fallecieron su amante (el fotógrafo Robert Mapplethorpe), su tecladista (Richard Sohl), su marido y su hermano Todd. Tras pasar por tratamiento psicológico, hizo las maletas y se volvió a instalar en Nueva York, donde retomó la carrera musical.

AM: ¿Cómo se sintió al regresar a su ciudad adoptiva?

P.S.: Decepcionada. (El alcalde) Giuliani estaba convirtiendo Manhattan en un parque temático para turistas. Económicamente estaba echando a los artistas fuera de la isla. Ahora, en Manhattan sólo pueden vivir decentemente los millonarios. Y les gusta presumir de que son los amos. Creo que una ciudad creativa necesita la convivencia de todas las clases, como en Europa.

AM: ¿Cómo confeccionó la lista de las canciones que terminaron en Twelve?

P.S.: Cuando intentas hacer un disco de versiones, quieres cubrir diferentes necesidades. Rendir tributo a tus maestros, desde luego, y situarte respecto de ellos. En mi caso, también quería tratar del presente, que es la guerra de Irak. Luego, están las coincidencias. Yo suelo soñar con canciones. Una noche soñé que estaba escuchando a The Doors tocando Soul kitchen. Al día siguiente me crucé con un camión enorme y en la cabina estaba sonando Soul kitchen. Durante una semana la escuché en muchos lugares. Así que miré hacia arriba y dije: “De acuerdo, Jim Morrison, ya entiendo tu sugerencia”.

AM: Es curioso: en Por favor, mátame se habla del punk rock como algo que pretendía acabar con las canciones de Paul Simon y ese civilizado pop que parece pensado para lectores de The New Yorker y espectadores de Woody Allen. Y aquí llega usted con un tema de Paul Simon, The boy in the bubble…

P.S.: Yo quería iluminar el momento que vivimos. Esa canción habla del terrorismo, de la vigilancia con cámaras, de amenazas que creíamos propias de otros países y que ahora sufrimos en nuestra carne.


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