LAS KUMARI DE NEPAL: DIOSA VIVIENTE

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En Nepal, el convulsionado reino enclavado entre China y la India, dos niñas vírgenes son diosas vivientes, seguidas y adoradas por millones de fieles. Una tiene su templo en Katmandú y la otra en Patán. Como armonía entre dos culturas milenarias, la tradición asegura que una diosa hindú se encarna en una niña de origen budista. Las eligen a los dos años, pero esa potestad sólo permanece hasta que una herida o la llegada de la pubertad provoquen una pérdida de sangre, por mínima que sea. El cronista estuvo cara a cara con la Kumari de Patán, que sólo tiene diez años. Un relato que muestra cómo en las altas cumbres de la espiritualidad, la Barbie, profana y global, también puede encontrar su lugar.

Texto y Fotos: Ricardo Coler

1 ¿Cuánto hace que Dios no viene por la Tierra? Dos mil años para algunos, casi seis mil para otros. Según los escritos de la época, antes nos visitaba con frecuencia, hablaba con los hombres, les daba indicaciones, se enojaba, se apiadaba y hasta les prestaba ayuda. Si no era El, era alguno de los ángeles. Su presencia permitía que los humanos no tuvieran la menor duda sobre lo que decía, sobre sus intenciones o sobre qué esperaba de ellos. No era una cuestión de fe; Dios se presentaba. La gente seguía a los profetas, a los santos y a todos aquellos con los que Dios se contactaba en forma directa. Pero un día algo cambió. Y Dios no vino más. Es cierto, para llegar a Dios basta con buscarlo dentro de uno. Pero seamos sinceros, no es lo mismo encontrarlo en nuestro interior que verlo con nuestros propios ojos y escucharlo con nuestros oídos. El Dios que se contacta con el rezo es una especie de premio consuelo comparado con el Dios de la época bíblica. La Kumari de Nepal es una diosa viva. La adoran millones de fieles, tiene una historia que la sustenta, milagros que se le adjudican y una cantidad de sacerdotes que la validan. Además es una mujer. Conocer a la diosa es lo más parecido, en nuestro tiempo, a ser contemporáneo de las escrituras.

De todas las niñas que se presentan entre los dos y tres años se selecciona a las que cumplen con las “treinta y dos características físicas”. Algunas de éstas son ojos negros, tez clara, piel aterciopelada, poros pequeños, pies proporcionados y, en especial, ausencia de cicatrices o de evidencia alguna de haber sangrado. Luego de una primera evaluación, las que son aprobadas por los sacerdotes enfrentan la prueba de la bravura.

2 Entre China e India se acomoda el reino de Nepal. Veintiocho millones de habitantes ocupan ciento cuarenta mil kilómetros cuadrados. Una extensión parecida a la de Grecia con el triple de población. La capital del reino es Katmandú. Nepal tiene tres localidades antiguas, importantes y vecinas: la propia Katmandú, Patán y Bhaktapur. Hay dos diosas vivientes y en actividad, la de Katmandú y la de Patán. La diosa que vive en Katmandú es la más conocida, la llaman la diosa real, es la diosa que el rey visita al menos una vez al año durante el Kumari Jatra, el festival en su honor. Pero, para los que viven en Patán, la diosa es la diosa local.

¡OH, DIOSAS!

La Diosa solo ve la calle durante las festividades

La Diosa sólo ve la calle durante las festividades que preside. Llevada en andas, no puede tocar el suelo con los pies.

Hasta que apareció un dios único, que sin necesidad de nada ni de nadie se bastó solo para la creación, buena parte de la humanidad estuvo convencida de que para que las plantas, los animales y los humanos existieran al menos eran necesarios dos dioses. No importaba lo potente que fuera el que representaba a lo masculino: a la fecundidad siempre la encarnaba una diosa. A veces asociadas a la tierra, otras a la luna y casi siempre a la capacidad de procrear, las diosas tuvieron un lugar de poder en los cielos. Aunque se las solía asociar a la maternidad y difícilmente escapaban de su condición de mujeres, sus campos de acción resultaron múltiples. Ishtar, deidad mesopotámica de la vida, fue capaz de amar lo suficiente como para descender al infierno y rescatar a su marido. Adorada durante dos mil quinientos años, tuvo tiempo para una vida de pasión. Y claro que la vivió, pero no con su pareja. Fueron muchos sus amantes. Debutaba con cada uno pues tenía la capacidad de recuperar la virginidad bañándose en un lago sagrado. Cibeles, rodeada de leones y en compañía de su amante, contaba en Grecia y Roma con sacerdotes provenientes del Asia Menor que se castraban a sí mismos, usaban el cabello largo, ropa femenina y marchaban alegres en procesión tocando la flauta y bailando al ritmo de las panderetas. Isis, la egipcia, buscó desesperada a Osiris, su consorte. Era tal su llanto que alcanzaban sus lágrimas para que desbordaran las aguas del Nilo. A su amado lo habían raptado y cortado en pedazos. Con paciencia recuperó cada parte salvo una, los genitales. Para evitar idealizaciones, a las diosas se las relacionaba con el amor y la vida, pero también eran iracundas y, salvo las propias, respetaban pocas reglas. Los amantes de Ishtar y Cibeles, como los de tantas otras, fueron sus propios hijos. El amor sensual y militante de Isis tuvo como coprotagonista a Osiris dejando pasar por alto un detalle: era su hermano. No todas tuvieron una vida fácil. Hera, diosa de la fidelidad y el matrimonio, padeció el tormento de los celos. Zeus le era infiel. Es cierto, fueron muchos años de casados, un poco más de dos mil. Pero ya después de los primeros trescientos, lo que duró la luna de miel, el dios comenzó a mostrarse como alguien de gustos amplios y poco adepto a la rutina. Hera se dedicó a perseguir a las mujeres de Zeus y a castigar a los hijos extramatrimoniales. A Sedna, diosa esquimal del mar, le hubiera convenido ser huérfana. Como era una chica difícil, su padre la obligó a casarse con el primero que pasara y pidiera por ella. El que llegó se la llevó en una barca a una isla lejana y recién le mostró el rostro cuando se instalaron en el nuevo y helado hogar. Resultó ser un pájaro grande que además tenía mal trato con las mujeres. Casi un pajarón. Arrepentido, el padre de Sedna fue a buscarla. La cargó en su bote y emprendió el regreso. Pero como el ave los perseguía, se asustó y tiró a su hija por la borda. Sedna nadó y logró volver a aferrarse a la embarcación. Ante el riesgo de irse a pique, el padre le cortó los dedos de las manos. Cumplió así con darle a su hija una carrera: la de diosa de las profundidades. Frigga, la germánica, de todos conocía el destino pero no podía revelarlo bajo ninguna circunstancia. Pensándolo bien, saber tantos cuentos y no poder contárselo a nadie era un poder un tanto inútil. Aunque era la diosa del matrimonio solía ser infiel hasta con los menos indicados: los parientes de su marido. Llama la atención que Atenea, siendo la diosa de la sabiduría, haya decidido mantenerse virgen. Fue la más patriarcal de todas. Ni siquiera tuvo madre, nació desprendiéndose de la cabeza de su padre. Como se la consideraba la deidad de la guerra era muy solicitada en tiempos de conflicto. Atenea era una superpotencia. Conseguir su apoyo era decisivo para salir victorioso. Fue aliada de Perseo para cortarle la cabeza a la Medusa; de Hércules para terminar los doce trabajos; de Aquiles en la guerra de Troya; de Jasón para recuperar el vellocino de oro; de Ulises para regresar a Itaca; y también de Orestes, el que mató a su propia madre. Artemisa (Diana para los romanos) amadrinaba la caza y también a las parturientas. Era la defensora de las mujeres atacadas, pero tenía sus deslices. Asesinaba a las más íntimas si perdían la virginidad, y si alguna de ellas alardeaba de ser superior, se lo cobraba con la vida de sus hijas. Nadie tuvo un número tan alto de relaciones sexuales como Afrodita. Nunca se ubicó en el papel de víctima, ni como estrategia ni porque le fuera grato. Les correspondió a quienes la desearon y hacía que todo el mundo se enamorara, lo que podía resultar, en algunas circunstancias, bastante desprolijo. Su nacimiento fue, además de original, irrepetible. El dios Cronos castró a su padre y luego arrojó los genitales al océano. De la mezcla del semen divino y el agua salada del océano surgió la diosa del amor. Un comienzo insalubre para algo tan adorable. Para casarse, Venus eligió a Vulcano. Un dios contrahecho pero bueno y dedicado. Durante el matrimonio tuvo tres hijos, ninguno con su marido. La diosa del amor no era para nada amorosa. Dicen que el padre de las criaturas fue Marte, dios de la guerra. Y que los varones se llamaron Fobos –el miedo– y Deimos –el espanto–. A la niña le pusieron de nombre Armonía. Fobos y Deimos fueron para griegos y romanos los escuderos del dios de la guerra. Hoy para los astrónomos son las lunas de Marte. A diferencia de sus dos hermanos, Armonía nunca tuvo un lugar en la batalla. Tampoco en los cielos. Mucho menos en la Tierra. Vulcano podía ser buena gente o, mejor dicho, buen dios, pero eso jamás alcanzó para enamorar al amor. Cuando se enteró de que Afrodita le era infiel le tendió una trampa. Confeccionó una malla de metal como sólo él podía hacerla y mediante engaños la atrapó con su amante en plena intimidad. Así la expuso a la mirada de otros dioses. Ya probada la infidelidad no hizo nada de lo que hacen los hombres en situaciones similares: desesperarse, ponerse violentos o simplemente llorar a mares. Tampoco se apuró a decir que la perdonaba. Lo único que hizo fue exigir que le devolvieran el dinero que había pagado como dote. De toda la escena, eso fue lo más bochornoso.

La entrada al templo de Taleju.

La entrada al templo de Taleju, la deidad hindú que encarna la Kumarei.

3 Después de una hora de tráfico endemoniado llego hasta la casa-templo de la Kumari de Patán. En la puerta de calle hay un cartel: Living Goddess. Nos recibe la madre, una mujer menuda vestida con un sari oscuro y sumamente simpática. Indra, mi guía, le recuerda quién soy. La madre de la diosa había tardado más de un mes en otorgarme un permiso para visitarla. Espero no se haya olvidado. Subo por una escalera desvencijada hasta una sala amplia ocupada por un trono de metal y madera. Domina el color rojo, símbolo de pureza. El humo del incienso inunda la escena. Estoy en la morada de la Kumari de Patán, la deidad primordial de sus doscientos mil habitantes. Sentado en el suelo, descalzo y sin muchas explicaciones, debo aguardar. Antes de iniciar la entrevista, la madre de la Kumari me pone al tanto de la leyenda. En los viejos tiempos Taleju, una diosa hindú acostumbraba ir de visita a lo del rey Trilokya. Como se consideraba a sí misma una deidad discreta, elegía hacerlo durante la noche y al amparo que le daba la intimidad de la alcoba real. Sin embargo, cuando quedaban a solas, la relación se limitaba a los placeres de la conversación y al juego de dados. Eso era todo. Aunque Taleju, diosa al fin, eligiera para esos momentos presentarse bajo la forma de una mujer de singular belleza. Una noche el rey sintió que ya había tenido suficiente de juegos de azar e intentó poseerla. Error. Semejante falta de tacto le resultó a Taleju insoportable. Sintiéndose incomprendida, huyó. Una vez a salvo, la diosa pudo reflexionar y se dio cuenta de que estaba muy ofendida pero, así y todo, quería seguir hablando. A la noche siguiente se presentó en los sueños del monarca para avisarle que regresaría pronto, pero que lo haría en el cuerpo de una niña virgen, budista de religión y de casta baja. Tres obstáculos insalvables para su majestad. Taleju había encontrado una forma de ser escuchada y, de paso, con divina ironía, mantener al soberano a distancia. Pregunto qué edad tiene la diosa. –Diez años –me contesta la madre. Según la tradición, Taleju permanecerá en el cuerpo de la niña hasta que una lastimadura, la caída de un diente o la llegada de la pubertad provoque, por mínima que sea, alguna pérdida de sangre. Ese será el momento en el que la abandonará. Si sangra se vuelve impura y es tiempo de ir en busca de otra pequeña. Me resulta extraño. Que una divinidad hindú habitara el cuerpo de una niña proveniente de una familia budista sería equivalente a que el Espíritu Santo se alojara en una joven judía practicante. De todas las niñas que se presentan entre los dos y tres años se selecciona a las que cumplen con las “treinta y dos características físicas”. Algunas de éstas son ojos negros, tez clara, piel aterciopelada, poros pequeños, pies proporcionados y, en especial, ausencia de cicatrices o de evidencia alguna de haber sangrado. Luego de una primera evaluación, las que son aprobadas por los sacerdotes enfrentan la prueba de la bravura. Ciento ocho búfalos son degollados. Las cabezas desparramadas en una sala oscura con velas entre los cuernos esperan la llegada de las postulantes. Las candidatas deben mantener la calma durante toda una noche. Eso demuestra que están respaldadas por una fuerza superior. Es evidente que para ser una diosa, primero hay que habérselas visto con el horror. Pregunto si ella fue la única que resistió. La madre me contesta que habían quedado tres y la resolución terminó en manos de los reyes. Nepal es una monarquía constitucional. La reina las puso en fila y les dijo: “Ven, Kumari, ven”. Una se quedó dormida, otra buscó a la madre y la diosa actual fue la única que caminó directo a sus brazos. No cabía duda, Taleju había decidido.

Esperaba verla aparecer con una corona, pero claro, no es una reina, es una diosa. Hace unos meses cumplió diez años. Fue elegida cuando tenía apenas dos. Usa un vestido rojo brillante, bordado con hilos dorados. En la frente lleva dibujado el tercer ojo con el que puede ver mucho más de lo que los mortales alcanzamos a distinguir sólo con dos.

Rashmila Shakya ex diosa

Rashmila Shakya fue diosa durante 8 años. Hoy estudia informática.

4 Con pasos suaves, la Kumari entra en la habitación y ocupa su trono. Tiene la mirada dirigida hacia un punto distante. Cuando llegamos me habían advertido que no se le permitía reír o hablar demasiado. Permanece sentada casi sin moverse. A su lado, sobre el suelo, hay una bandeja de plata. Allí se está acabando el incienso que alguien puso a quemar. La miro. Tiene la cara redonda y la piel sin defectos. No logro percibir ni un mínimo detalle que me permita saber algo acerca de su estado de ánimo. No sé si le intriga verme, si está cansada, si tiene miedo, si está de mal humor o si simplemente está aburrida de los mortales y nos considera una tarea insalubre. Los dedos de los pies son largos y lleva las uñas pintadas de rojo. Los extiende como cuando tratamos de librarnos de la tensión excesiva. La pared que se levanta a sus espaldas está entelada de rojo al igual que los manteles y el tapizado del trono. Los cuadros son fotografías de ella misma, de cuando era más chica. En la mayoría se la ve sentada en el trono, tal como la veo ahora. En las otras tomas está rodeada de creyentes. Siguen a la carroza en la que viaja la Kumari, una sola vez al año, rumbo al templo de Taleju. Esperaba verla aparecer con una corona, pero claro, no es una reina, es una diosa. Hace unos meses cumplió diez años. Fue elegida cuando tenía apenas dos. Usa un vestido rojo brillante, bordado con hilos dorados. En la frente lleva dibujado el tercer ojo con el que puede ver mucho más de lo que los mortales alcanzamos a distinguir sólo con dos. Poco importa el significado filosófico del más allá, hay que ser prácticos; a la hora de la verdad, cuando se trata de espantar malos espíritus, el tercer ojo es sumamente útil. Pulseras, collares y brazaletes cumplen la misma función en la lucha contra la oscuridad, de la que siempre regresa victoriosa. Sobre una bandeja con ofrendas, apoya sus pies descalzos empolvados en rojo. A un costado, seguramente como una concesión para que la Kumari no llore, hay una muñeca vestida del mismo color que ella. Es una Barbie. Les pregunto por los creyentes, quería saber quiénes son los que vienen a verla. –La gente de Patán. Los estudiantes antes de rendir sus exámenes, los que quieren mejorar su situación económica y en especial madres que traen hijos con problemas. El comportamiento que muestre la Kumari cuando es visitada se interpreta hasta en el menor de sus detalles. Taleju, la diosa que habita su cuerpo, les envía a sus fieles por ese medio, noticias de sus destinos. Si tose o se molesta, hay que estar preparado para la mala suerte; si todo se desarrolla con normalidad,el futuro puede ser promisorio.

Rashmila Shakya aceptó recibirnos. La eligieron cuando tenía cuatro años y fue la diosa real de Katmandú hasta los doce. Hoy, con veinticinco, estudia tecnología informática. No es muy elocuente pero habla de su carrera, de las condiciones del instituto y de los compañeros. A los pocos minutos de iniciada la entrevista me pregunta si en mi país hay libros avanzados de computación. Para Rashmila es más importante ser estudiante que haber sido diosa.

La ciudad de Patán

La ciudad de Patán, una de las más antiguas de Nepal.

5 Para poder ser una diosa hay que pagar un precio alto. La familia debe evitar que la Kumari llore o se enoje, y eso implica conformarla y cuidar cada detalle. Recibe regalos de sus fieles y es mirada con veneración, pero le está prohibido salir de su casa-templo. Sólo durante las festividades que preside se la ve en la calle. Lo hace sobre un trono que sus seguidores cargan al hombro, para que sus pies no toquen el suelo, y el único camino que recorre es hacia el santuario consagrado a su honor. No va al colegio y casi no tiene contacto con otros chicos. Le están prohibidos los juegos en donde corra el riesgo de lastimarse, por lo que pasa muchas horas delante del televisor. La mínima raspadura acaba con su reinado, con lo que le donan sus fieles y con la pensión que recibe del estado. Sigue una dieta estricta y recibe un cuidado especial para que sus dientes de leche sólo caigan cuando los definitivos estén bien desarrollados. Al observar la expresión del rostro de la diosa había algo que era indudable; la niña estaba aburrida.

–¿Puedo preguntarle algo a ella? Sin estar convencidos me concedieron el permiso.

–¿Qué hace la Kumari todo el día?

–Me levanto y tengo que purificarme, para eso vienen los sacerdotes, luego miro la televisión y juego con las muñecas.

Le pregunto por los amigos, pero la soledad es uno de los precios que se pagan por ser una diosa. Juega con sus muñecas y sueña con ser maestra y tener a su cargo muchos alumnos de su edad.

–¿Qué te explicaron acerca de lo que significa ser una diosa?

La Kumari se encoge de hombros y hace un gesto de no importarle.

Los sacerdotes

Los sacerdotes ponen pruebas para seleccionar a las candidatas a ser diosa.

6 No es sencillo entender el significado de los dioses hindúes. No todas las versiones coinciden y hay una diferencia importante entre lo que está escrito y lo que los devotos adoran. Pero Taleju, la diosa que tengo frente a mí en el cuerpo de la niña Kumari, es una diosa particular. Shiva es uno de los dioses más importantes y a su energía femenina se la llama Shakti. Es su parte mujer. Esta energía se representa como su esposa, la diosa Parvati, consorte sumisa y deidad de la fertilidad. Pero Parvati, aunque pareciera estar para atenderlo, tiene otros aspectos. De eso Shiva se dio cuenta de la peor forma, cuando tuvieron entre ellos una mala noche. Parvati se desesperó. No pudo más. Y en el momento de mayor exasperación, Shiva vio cómo su mujer se dividía en muchas. Las mismas que antes estaban adentro ahora se mostraban afuera. La más conocida era Kali, la diosa negra que mantiene constantemente su lengua fuera de la boca. De pésimo carácter, ávida de sangre y de una fiereza de temer, es sumamente eficaz contra sus enemigos. La diosa Durga, otro de los aspectos femeninos, está emparentada con Kali. El mayor festival de Nepal es el Dasein, dura nueve días y es en honor de la diosa Durga. En las noches negras del Dasein se degüellan animales en su nombre. Lo hacen para calmarla. Taleju forma parte, junto con Kali y Durga, del grupo de las diosas complicadas. Por eso en su templo hay postes de madera clavados en el piso. Es donde quedan atados bueyes y cabras esperando ser sacrificados. Me pregunto, ¿cómo una diosa de este tipo termina en el cuerpo de una niña virgen?

Le traen compañeros para jugar. Esperan en una sala contigua hasta que la Kumari los llame. Como la diosa no va al colegio, en los horarios de clase está sola. Un maestro le da lecciones pero, como no puede imponerle disciplina, con suerte logra que estudie una hora por día. Puede llegar a esperarla durante toda la mañana para que lo reciba. A la Kumari nunca se le pone un límite, a lo máximo que se puede aspirar es a calmarla.

Los habitantes de Patán

Los habitantes de Patán veneran y visitan a Kumari buscando bendiciones y milagros.

7 Unos días más tarde Indra pasa a buscarme. Rashmila Shakya aceptó recibirnos. La eligieron cuando tenía cuatro años y fue la diosa real de Katmandú hasta los doce. Hoy, con veinticinco, estudia tecnología informática. No es muy elocuente pero habla de su carrera, de las condiciones del instituto y de los compañeros. A los pocos minutos de iniciada la entrevista me pregunta si en mi país hay libros avanzados de computación. Para Rashmila es más importante ser estudiante que haber sido diosa. –¿Qué es lo que hace una diosa todo el día? A la Kumari nunca la despiertan. El día comienza cuando abre los ojos. Como nadie se atreve a perturbarle el sueño, las horas transcurren como si tuviera un tiempo propio. Parece un detalle, pero no miden las horas porque no necesitan arreglar horarios con nadie. Una costumbre reservada a las diosas y a quienes piensan que se les asemejan. Entrenarla para que los demás la esperen es una buena manera de convencerla de que es importante. Nunca le sacuden el hombro para que se levante, ni la miran con mala cara porque llegó tarde, ni le piden que se apure. En el momento que aparece, en ese momento y no en otro, todos los relojes se ponen en hora. Cuando Taleju le toma el cuerpo y la niña se convierte en Kumari abandona el hogar de sus padres y la recibe otra familia. Una que se dedica a cuidar diosas. Cada vez que quise contactarlos me rechazaron. No están dispuestos a revelarles sus secretos a los extranjeros. Pero hablar con Rashmila supera el inconveniente con creces. Por más que la familia sustituta sea una familia creyente, no es lo mismo adorar que querer. Cuando se adora se pide poco a cambio. El adorado se deja adorar sin necesidad de querer a nadie. Querer, en cambio, es un sentimiento menos puro. Aunque en distintas dosis, incluye la preocupación, la bronca y el deseo de que te quieran. Algo fuera de lugar para pedirle a una diosa. Le traen compañeros para jugar. Esperan en una sala contigua hasta que la Kumari los llame. Como la diosa no va al colegio, en los horarios de clase está sola. Un maestro le da lecciones pero, como no puede imponerle disciplina, con suerte logra que estudie una hora por día. Puede llegar a esperarla durante toda la mañana para que lo reciba. Hay una leyenda sobre los maestros de Kumaris. Es una leyenda breve: se mueren enseguida. Apuesto a que es cierta. Los sacerdotes buscan gente con experiencia, prestigio y mucha paciencia. Por eso eligen ancianos. Cuando los nombran maestros de diosas quedan sometidos, tras una larga vida dedicada a la docencia, a un trabajo todavía más insalubre. El resultado es invariable. Pero esa es apenas una de las explicaciones. Si se quiere la más científica. Hay otra. Mueren por pretenciosos. Por creer que pueden enseñarle algo a una diosa. No hay nada que una diosa no sepa. Ella tiene el derecho a señalarle, aun al más sabio, que es un ignorante. –¿Es divertido ser una diosa? Rashmila recuerda que lo que más le gustaba eran los días de festival, el Kumari Jatra. Era cuando podía salir a la calle y recorrer, a bordo de una carroza, las inmediaciones de Durbar Square. Saludaba a la gente que la esperaba en la plaza, en los balcones y en las puertas de los hogares. Duraba nada más que unas horas, pero era maravilloso. Ese era su único contacto con la gente. Princesas en Europa, divas en América, diosas en Nepal. Todas pagan puntualmente el precio del lugar que ocupan: vivir en otro mundo, no tener semejantes.


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