LAS MUJERES DE KLIMT

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El pintor austríaco Gustav Klimt (1862- 1918) se ha vuelto a reír de ciertos críticos historicistas que restaban valor a su obra. Su “Retrato de Adele Bloch-Bauer I” rompió todos los records en Christie’s de Londres. A partir de sus comienzos como artista-decorador, el autor de “El beso” –su obra más conocida y reproducida– llegó a ser una celebridad, vivía como tal y no se privaba de los placeres de la vida. Hizo del cuerpo femenino un tema recurrente y un harén lo rodeaba en su taller vienés. Por su despliegue barroco de formas y colores, muchos lo consideran el padre del Art Noveau.

Texto: Alejandro Margullis / Fotos: APF y Archivo ALMA MAGAZINE

Retrato de Adele Bloch-Bauer I

El más caro: Retrato de Adele Bloch-Bauer I, de 1907. Fue vendido en U$ 135 millones.

El 19 de junio pasado, el “Retrato de Adele Bloch-Bauer I”, pintado por el austríaco Gustav Klimt en 1907, cuando tenía cuarenta y cinco años, se vendió en 135 millones de dólares en la casa de subastas Christie’s de Londres. La venta se realizó en secreto y, según dicen, por teléfono. Tuvo como comprador al magnate estadounidense de los cosméticos Ronald Lauder, quien en ese breve instante superó en 31 millones de dólares el precio que se había pagado por el “Garçon a la pipe”, de Pablo Picasso, en 2004. Lauder convirtió así a la obra de Klimt en la mejor paga de la historia del arte. Y a Ferdinand Bloch- Bauer, el ostentoso marido de la modelo que la encargó, en una víctima pública de la infidelidad conyugal. Adquirido por Lauder para prestigiar las paredes de su Neue Galerie de Nueva York (86 y 104 St., Central Park West), donde será exhibida hasta el 18 de septiembre, el lienzo al óleo de 153 x 133 centímetros –resuelto con la algarabía de formas, el escándalo de panes de oro y plata, y la mezcla de motivos bizantinos, egipcios, micénicos y naturalistas que dieron cauce al Art Noveau– realza el rostro y la escueta figura de la esposa de Bloch, director del Banco Mercantil de la capital austríaca, que había hecho su fortuna invirtiendo en la industria del azúcar y del papel a principios del siglo XX. No lo querían mucho al industrial, pero tampoco era cuestión de enemistarse abiertamente. La insidia se escurrió sobre él como un hilo de pintura fresca por un lienzo en preparación: “Es más latón que Bloch”, se decía del sobrecargado retrato de Adele en los tugurios vieneses haciendo un triple juego de palabras: entre el significado literal de su apellido y las cantidades inmensas de pátina que casi ahogan la figura humana, pero también poniendo en duda la decencia de la mujer. La obra multimillonaria, forma parte de un lote de cinco lienzos de Klimt que María Altmann, tras largo litigio judicial, logró rescatar para su familia. La mujer de 90 años, sobrina de Ferdinand Bloch- Bauer, demostró ante los magistrados austríacos que los cuadros les habían sido confiscados por los nazis. Las otras cuatro obras – “Adele Bloch-Bauer II” (1912), “Casas en Unterach en el lago Atte” (1916), “Apple tree 1” (1911 o 1912), y “Birch Word” (1903) – también serán expuestas en la Neue Galerie de Lauder especializada en pintura austríaca y alemana, e irán a subasta privada pero, se anticipa, a un precio sensiblemente menor.

1901 Judit I

De 1901, Judit I sería un retrato anterior a Adele Bloch-Bauer.

Vivía en su taller con un auténtico harén de jovencitas y mujeres maduras que se pasaban las horas jugueteando entre sí semidesnudas, acariciándose o dormitando, siempre dispuestas a responder a los raptos de inspiración del maestro. Klimt, alternativamente, las bosquejaba a grafito limpio en sus cuadernos de apuntes o les hacía el amor.

Pintar por encargo

Lauder adquirio el cuadro

Lauder adquirió el cuadro para su Neue Galerie de Nueva York.

Klimt nació en Baumgarten, un caserío de las afueras de Viena, el 14 de julio de 1862. Su padre, orfebre y grabador con ambición de ser cantante lírico, a duras penas conseguía alimentar a sus seis hijos. De modo que a poco de cumplir los veinte años, Gustav convenció a su hermano menor, Ernst, y a un condiscípulo llamado Franz Matsch para que formaran una pequeña empresa que se dedicaría a pintar por encargo; era hora de trabajar a tiempo completo para un patrón que les garantizase el sustento. El negocio nació con suerte y al poco tiempo la Kungstlercompagnie (compañía de artistas) recibió su primer trabajo: los vitrales de la Iglesia Votiva de la ciudad. Los pedidos para decorar teatros, museos e iglesias fueron en aumento y hasta un editor les encargó una serie de alegorías. La decoración del patio del Kunshistorisches Museum o de los techos del Palacio Sturnany en Viena, y del balneario Carlsbad en Checoslovaquia los alentaron a continuar. La cosa anduvo tan bien que mientras estaban decorando el teatro municipal de Reichemberg, el propio rey de Rumania les encargó una galería de sus antepasados en la escalera del castillo de Peles: Gustav copió el retrato de Isabella d’Este de Tiziano. Así siguieron acumulando encargos sin apartarse demasiado de los cánones historicistas y alegóricos. Para cuando murió su padre, en 1892, Gustav estaba consagrado como decorador y empezaba a cotizarse, a espaldas del gusto de los críticos, como retratista de las señoras burguesas en Viena. Bloch le hizo el encargo a Klimt en 1903, cuando ya la figura del artista provocaba tanto escándalo como admiración entre el público, los coleccionistas y la cofradía de artistas jóvenes de Viena, como Egon Schiele, su discípulo predilecto, que lo veneraban por su talento y su estilo de vida. Pero Klimt era desdeñado por algunos críticos, que llegaron a ser feroces con él. Pasados los cuarenta, había logrado ignorar esos comentarios para convertirse en una celebridad. Bon vivant, adinerado, hedonista, vivía en su taller con un auténtico harén de jovencitas y mujeres maduras que se pasaban las horas jugueteando entre sí semidesnudas, acariciándose o dormitando, siempre dispuestas a responder a los raptos de inspiración del maestro. Klimt, alternativamente, las bosquejaba a grafito limpio en sus cuadernos de apuntes o les hacía el amor. Como a la bella Adele, su modelo para la Judith (Salomé), de 1901.  El vínculo que mantenía con sus modelos era particularmente cariñoso. Desde sus primeras, todavía cándidas pinturas de bellas jovencitas sin ropas, cabellos sujetos pulcramente y pubis infantiles a la page, el cuerpo femenino fue su objeto predilecto de representación. Contra la tendencia impuesta por algunos artistas románticos de fines del siglo XIX, obsesionados en manifestar su propia interioridad, desde los comienzos de su carrera el tema de Klimt fue el otro. “No me interesa un autorretrato como tema de mis obras, me interesan los demás, especialmente las mujeres”, dijo cuando lo asediaron con preguntas al respecto. “Klimt había creado un modelo femenino ideal a partir de las mujeres vienesas: modernas, con frecuencia infantiles…”, consideró mucho después su amiga Berta Zuckerkandl. Las figuras de las jóvenes, mujeres adultas y hasta ancianas que él iba retratando pronto dejaron de responder a los cánones de inocencia requeridos. En los veloces años que transcurrieron desde que recibió una beca para estudiar en la Kunstgewerbeschule (una de las dos escuelas de artes y oficios de Viena), cuando tenía precoces catorce años, y los de sus primeros encargos importantes, como pintor de decoraciones arquitectónicas, su reputación técnica fue avanzando tanto como su fama de escandaloso.

Las amigas (1916)

Las amigas (1916) se quemó en el Castillo Immendorf, en 1945.

Klimt desarrolló como ningún otro artista antes o después el arte del ocultamiento: su obra entera es un continuo cubrir los cuerpos femeninos con vestidos de decoración bizantina y egipcia, en un barroquismo pasmoso. Siempre dibuja la figura femenina sin ropa antes de “vestirla” en la tela definitiva, prueba de lo cual son los más de 1.000 dibujos a lápiz que fueron encontrados en su estudio cuando murió.

Vestir los cuerpos

Danae 1907

Con Danae, 1907 crece el erotismo.

Klimt desarrolló como ningún otro artista antes o después el arte del ocultamiento: su obra entera es un continuo cubrir los cuerpos femeninos con vestidos de decoración bizantina y egipcia, en un barroquismo pasmoso. Siempre dibuja la figura femenina sin ropa antes de “vestirla” en la tela definitiva, prueba de lo cual son los más de 1.000 dibujos a lápiz que fueron encontrados en su estudio cuando murió. La sexualidad aflora así, siempre discretamente: apenas las cabezas de los amantes besándose, con el cuerpo escondido en una especie de collage dorado; cabelleras negras o rojizas, siempre despeinadas; bocas entreabiertas, al borde de la invitación; párpados casi cerrados por completo, pero no lo suficiente como para eludir la picardía o la malicia. Y sobre todo, cuando se dejan ver, por lo general en los dibujos, flagrantes vulvas de oscuro pelo púbico, sin ninguna delicadeza ni contemplación. –¡Espantoso! Así, como el golpe de un látigo seco e inflexible, le llegó la primera respuesta del friso que estaba desarrollando en el edificio de la Secessión, en homenaje a Ludwig van Beethoven. El exabrupto lo lanzó un crítico de esos a quien cualquier otro pintor del momento habría hecho lo imposible por halagar. Cualquiera que no hubiese sido el enigmático Gustav Klimt –que por entonces ya había disuelto la compañía de artistas y trabajaba como “presidente” de la “Secesión”, un grupo ligado a las vanguardias francesas y alemanas del otro lado de las fronteras– se hubiera inquietado. Cuando Klimt escuchó al gemebundo periodista, sólo lo miró, sonriente, desde lo alto del andamio, y siguió adelante con su trabajo. “Estoy convencido de que no soy una persona interesante. No hay nada especial en mí. Soy pintor, alguien que pinta todos los días de la mañana a la noche. Figuras, paisajes; de vez en cuando, retratos. Las palabras, habladas o escritas, no me salen con facilidad, especialmente cuando tengo que decir algo sobre mí mismo o sobre mi trabajo. Si alguien quiere descubrir algo en mí puede contemplar atentamente mis pinturas y tratar de descubrir a través de ellas lo que soy y lo que quiero”, dijo Gustav Klimt en uno de los escasísimos textos autógrafos suyos que se conservan. La similitud entre la figura femenina de “Judith (Salomé)”, de 1901, y el “Retrato de Adele Bloch-Bauer I”, de 1907, es sofocante. Ambas modelos tienen el mismo pelo negro y los mismos labios ligeramente leporinos; las dos usan una gargantilla enorme, que fue un regalo que le hizo Ferdinand Bloch a Adele, cuando todavía eran novios. Y también las manos crispadas y dobladas por una especie de artritis, se presienten de la misma persona. Es tan evidente el parecido que resulta increíble que se haya mantenido silenciado durante 80 años, cuando el psiquiatra Salomón Grimberg lo develó en un estudio comparativo que aún hoy sigue siendo negado oficialmente. Según Grimberg, Klimt y Adele fueron amantes durante doce años. Poco después de que él muriera, el 6 de febrero de 1918, en el Hospital General de Viena, catorce ex modelos se presentaron ante los Tribunales de Justicia reclamando derechos de herencia para sus hijos, los hijos no reconocidos del padre del Art Noveau. Sólo se reconoció su paternidad en cuatro de esos casos. Su colección de dibujos y de obras no vendidas (particularmente los paisajes a los que se había dedicado los últimos años de su vida) fue repartida entre su amiga Emile Flöge y los hermanos que lo sobrevivieron.

La joven virgen (1913)

La joven virgen (1913) retrata la vida cotidiana en su taller, donde Klimt vivía con un harén de mujeres.

Klimt desarrolló como ningún otro artista antes o después el arte del ocultamiento: su obra entera es un continuo cubrir los cuerpos femeninos con vestidos de decoración bizantina y egipcia, en un barroquismo pasmoso. Siempre dibuja la figura femenina sin ropa antes de “vestirla” en la tela definitiva, prueba de lo cual son los más de 1.000 dibujos a lápiz que fueron encontrados en su estudio cuando murió.


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