LAS TRES VIDAS DE MALCOM X

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A los 8 años, Malcolm Little había perdido a sus padres y sufrido al Ku Klux Klan. Proxeneta, traficante, pasador de juego, terminó encarcelado por robo. En prisión adhirió a los musulmanes negros, y se transformó en un líder carismático y aguerrido que predicaba el “segregacionismo blanco”. Siendo ya Malcolm X, peregrinó a La Meca y se convirtió en un luchador por la igualdad de los hombres, por encima de todo credo y color de piel. Compañero de ruta de Martin Luther King, amigo de Cassius Clay, lo balearon en un acto público el 21 de febrero de 1965. Sus ex colegas de la Nación del Islam, la mafia, los carteles de la droga, el FBI y la CIA lo consideraban un hombre peligroso.

Texto: Vicente Battista Fotos: AP/AFP

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Betty Shabazz, viuda de Malcolm X, murió en 1997 tras el incendio de su departamento.

Los vio llegar de noche. Cabalgaban bajo la luna llena y así, tal como se los veía, tenían mucho de heroico. Sin embargo, esos jinetes estaban lejos de la dignidad del héroe. Por el contrario, eran lo más cercano a la cobardía, a lo canallesco, a lo criminal, ¿de qué otra manera se podía nombrar a esos miserables que sin desmontar se habían detenido ante la puerta de su casa? Esa noche Malcolm Little, con apenas dos años, supo qué era el Ku Klux Klan. Ahí estaban, escondidos debajo de unas capuchas y unas túnicas blancas, amenazando a Earl Little, su padre. –¡Acaba con tus sermones, mono negro, o pronto acabaremos contigo y con toda tu familia! –gritó una de esas máscaras. En 1929, en Nebraska, como en el resto de los Estados Unidos, era un riesgo ser negro y, además, predicador. El padre de Malcolm Little era un pastor protestante que con palabras claras y discurso encendido hablaba del orgullo de su raza y de la necesidad de mostrar minuto a minuto la razón de ese orgullo. Ahora era un buen momento para demostrarlo. Detrás de Earl Little, de ese cuerpo que superaba el metro noventa de altura, se refugiaban sus cuatro hijos; junto a él: Louise, su esposa. Unos metros frente a él: los cinco jinetes. Earl Little casi no alzó la voz, pero sus palabras sonaron con la fuerza de un latigazo. –¡Quien oculta su rostro no merece mi respeto! –dijo y levantó la mano derecha: sostenía un Colt y quedaba claro que estaba dispuesto a utilizarlo. Las máscaras ocultaron el terror que se habrá dibujado en las caras de los miembros del Ku Klux Klan. Hicieron retroceder sus caballos y huyeron a galope tendido. –Ratas cobardes –musitó Louise–, ¿por qué no les disparaste? –No era necesario. Lo pensarán dos veces antes de regresar –dijo Earl. Louise era una mujer bella que repudiaba su condición de mulata: su madre había sido violada por un blanco; Louise era el fruto de esa violación. Nada quería saber con los blancos y a la hora de casarse eligió a Earl, el más negro de todos sus pretendientes. Con él ya había tenido cuatro hijos y, antes de que lo asesinaran, tendría otros dos. Ninguno de ellos salió mulato, todos negros puros. Dos años después de aquella amenaza, la familia se trasladó a Michigan. Earl Little pensaba continuar con sus prédicas en Lansing, no imaginaba que el largo brazo del Ku Klux Klan llegaría hasta allí. En esta ocasión prescindieron de las amenazas. Desde las sombras le asestaron un golpe traicionero: un martillazo en la espalda. Semiinconsciente, lo acostaron en las vías de un tren. El rápido de las 3.45 de la mañana lo destrozó. Entonces Malcolm tenía seis años, y comprendió hasta el fondo de sus huesos en qué consistía el poder blanco. Louise, de apenas 34 años, debía hacerse cargo de sus seis hijos. En vano denunció a los asesinos de su marido. El caso estaba caratulado “suicidio”: un negro, vaya a saberse por qué motivos, se había arrojado a las vías, no había nada que discutir. Poco importó que en la espalda de ese “negro suicida” hubiesen quedado las huellas del martillo que lo había matado. La corte de justicia resolvió que se trataba de un suicidio y la familia Little ni siquiera tuvo la oportunidad de cobrar el seguro de vida. Una de las cláusulas lo dejaba muy claro: si la muerte fuera producto de un suicidio, la compañía aseguradora no pagaría un solo dólar. Louise se había convertido en la viuda de un negro revoltoso. En esas condiciones no era fácil conseguir trabajo. Un típico caso para la Asistencia Social y para las sociedades de beneficencia. De inmediato decidieron que esa mujer no estaba en condiciones de criar a sus hijos. Los distribuyeron entre diferentes familias sustitutas y quebraron definitivamente a la familia Little: un gesto típico para con los esclavos del siglo XIX se repetía a mediados del XX. A Malcolm le tocó ir a la casa de la familia Gohanna. Louise sobrevivió un tiempo y luego cayó en un agudo cuadro de depresión; fue internada en el Hospital Psiquiátrico de Kalamazoo, y allí murió.

Tal vez sin comprenderlo, él mismo se convertía en un racista y acaso por eso su fama crecía sin descanso. Pronunciaba conferencias en distintas universidades, fundaba o ayudaba a fundar mezquitas, participaba en actos públicos, daba entrevistas para la televisión, la radio y la prensa.

MALCOM X

En 1961, Elijah Muhammad, líder del NOI, presenta a su nuevo predicador en Chicago.

Antes de cumplir los ocho años, Malcolm había perdido a sus padres y mostraba serios problemas de convivencia; su conducta en el colegio era la mejor prueba de ello, y luego de repetidos incidentes, lo expulsaron. Un juez cortó por lo sano: lo separó de los Gohanna y lo remitió a un reformatorio de Michigan. Allí su conducta mejoraría notablemente, a punto tal que la directora del reformatorio resolvió enviarlo a un instituto privado. Era el único negro entre todos los internos. En el instituto, Malcolm logró muy buenas calificaciones, incluso lo eligieron delegado de la clase. Sin embargo, eso no bastó. Lo supo la tarde en que se encontró con su tutor con el fin de decidir cuál sería su futuro. –Quiero estudiar Derecho –dijo Malcolm. Su tutor era una buena persona. Tal vez por eso a Malcolm le asombró la sonrisa irónica que se dibujó en la cara de ese hombre. –¿Abogado? –preguntó. –Abogado –confirmó Malcolm. Ahora la sonrisa del tutor se transformó en franca carcajada. –¡Por favor! –dijo–. Regresa a la Tierra. Sabes muy bien que nunca podrías ejercer. –Pero soy un buen alumno –dijo Malcolm–, el mejor. –Sin duda, y también eres un buen artesano –dijo el tutor–. ¿Por qué no carpintero? Es un oficio digno. Estoy seguro de que serías un buen carpintero. Malcolm iba a agregar algo, pero comprendió que la entrevista había terminado. Por el color de su piel, él jamás podría ejercer el derecho. Su destino eran los clavos y el martillo. A su padre lo habían asesinado de un martillazo. Ni abogado ni carpintero, se dijo y decidió viajar a Nueva York. La Segunda Guerra Mundial estaba en pleno apogeo y Estados Unidos se disponía a participar en la contienda. Los jóvenes comenzaron a alistarse como voluntarios con el propósito de defender a su país. Malcolm consideraba que esa guerra era un asunto de blancos, y a él en esos momentos sólo le interesaban las blancas. Las mujeres blancas, por otra parte, se interesaban mucho por él. Era tiempo de hacer verdad el mito de que los negros, además de grandes músicos, son grandes amantes. Aún no había cumplido los 18 años y Malcolm ya contaba con amantes blancas, de ojos azules. Se había convertido en un proxeneta, traficaba con drogas y pasaba juego. Ni abogado ni carpintero, todo un delincuente.

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En sus prédicas por New York, exhibe a la multitud un ejemplar de Muhammad Speaks, el diario que fundó.

Una noche tuvo la mala fortuna de conectarse con un taxi-boy. Al tercer whisky le había contado acerca de un viejo de buena plata al que él solía atender. Le dijo que el viejo tenía el sueño pesado; desvalijar su casa sería cosa de niños. A Malcolm le entusiasmó la idea. Junto a otro negro, compañero de correrías, entraron a la casa. El taxi-boy no se había equivocado: la vaciaron sin que el viejo dejara de roncar. Al mediodía siguiente, la policía golpeó la puerta de Malcolm y de su amigo. Habían presionado al taxi-boy y éste se había ido de boca. Fue un juicio sumarísimo y una condena severa: diez años de encierro en la prisión de Charlstown. Muchos, para un par de jóvenes que no registraban ninguna entrada en la policía ni tenían antecedentes penales. Los estaban condenando por ser negros y, sobre todo, por tener amantes blancas, algo que en 1946 no se admitía de ninguna manera. Así, mientras Estados Unidos recogía los frutos por haber participado en la Segunda Guerra Mundial, un negro traficante de drogas, proxeneta y ladrón ingresaba a una cárcel de máxima seguridad. Entonces nadie imaginaba que detrás de las rejas se iba a producir una inquietante metamorfosis. Hasta ese momento, Malcolm sólo era un negro prepotente, soberbio, dispuesto a no someterse a las leyes de la prisión. No le inquietaron tanto el encierro y la ausencia de mujeres como la falta de drogas. Una mañana que se retorcía de dolor, oyó una voz. –Bebe esto –dijo la voz y de pronto Malcolm se encontró con una jarra de plástico en sus manos. –¿Qué es? –preguntó. –Agua con nuez moscada –dijo la voz, y le aclaró que si bien tenía un sabor asqueroso, resultaba el mejor remedio para esos ataques. Malcolm la bebió de un trago y a partir de aquel momento nació una relación de amistad que se prolongaría hasta el último día que estuvo preso y se cimentaría luego de recobrar la libertad. Quien le había dado el brebaje salvador era Baines, destacado miembro de los Musulmanes Negros. Fue él quien lo introdujo en la enseñanza del Corán y en la lectura de la Biblia. Malcolm comprendió que ése era el camino. Por primera vez se sentía orgulloso del color de su piel. Se hizo un devoto de la fe musulmana, comenzó a estudiar por correspondencia y bajo la supervisión de Baines tomó contacto con la Nación del Islam (NOI), el movimiento religioso musulmán liderado por Elijah Muhammad, autoproclamado “el profeta de Alá en la Tierra”. Muhammad consideraba a los negros el pueblo favorito de Alá, y a los blancos la personificación del diablo. En 1952, aquel negro ladrón, drogadicto y proxeneta que siete años antes había ingresado en la cárcel, abandonó el establecimiento como ministro de la Nación del Islam, convencido de que todos los blancos, sin excepción, eran la viva imagen de la maldad.

En 1952, aquel negro ladrón, drogadicto y proxeneta que siete años antes había ingresado en la cárcel, abandonó el establecimiento como ministro de la Nación del Islam, convencido de que todos los blancos, sin excepción, eran la viva imagen de la maldad.

MALCOLM X AND KING

El FBI y la CIA temían una alianza entre Malcolm X y Martin Luther King Jr.

Apenas recuperó la libertad tuvo el privilegio de conocer a Elijah Muhammad. Estaba frente al hombre que con sus escritos le había señalado el sendero. Elijah Muhammad de inmediato comprendió que Malcolm era dueño de un carisma especial. Bien podía ser su mejor vocero; lo nombró ministro y le ordenó difundir la doctrina. En primer lugar, Malcolm desistió de su apellido. A su abuelo africano se lo había impuesto el amo: era la marca de su esclavitud. Desde ese momento eligió una simple X; de ese modo aludía al apellido desconocido de los esclavos de quienes Malcolm descendía. Dispuesto a propalar la enseñanza de Elijah Muhammad, recorrió con su prédica las calles de Detroit, Boston y Filadelfia. A sus hermanos negros les explicaba que debían renegar del país en que habían nacido. –Tú no eres norteamericano –repetía–, estás sentado a la mesa junto a los norteamericanos, pero tu plato está vacío. No puedes ser un comensal si no te permiten comer. En poco tiempo se convirtió en un líder absoluto. Sus palabras y su imagen comenzaron a difundirse de estado en estado. Su discurso no admitía clemencias ni hacía concesiones: “Estabas en el fango y has salido, todos pueden salir. Es la lucha por la memoria y la reconquista de la dignidad. George Washington intercambió su esclavo por un barril de melaza, pero tu abuelo no era un barril de melaza. Tu abuelo era Nat Turner. Tu abuelo era Toussaint L’Ouverture. Tu abuelo era ‘el negro del campo’ que pensaba fugarse y matar a su patrón. Tu abuelo es el que no se inclina”. Malcolm X trabajaba sin descanso; ya era el responsable de la NOI en Nueva York y había fundado Muhammad Speaks, el periódico que los representaba. La consigna era regresar al Africa, la cuna de todos los afroamericanos que habitaban los Estados Unidos de América. Se hacía necesario abandonar ese país que a lo largo de cuatro siglos los había esclavizado. –¿Cuándo emprenderás ese viaje? –preguntó Betty Shabazz. Enfermera de profesión y fiel seguidora de la doctrina islámica, Betty era una atractiva hermana musulmana que en los últimos meses había estado colaborando en la mezquita. Malcolm X de inmediato comprendió que ésa iba a ser la mujer de su vida. Distinta de las muchas mujeres que había conocido, la hermana Betty destilaba paz y ternura. Se casaron el 14 de enero de 1958. Casi no hubo luna de miel, se hacía esencial continuar con la prédica. Ya nadie dudaba del natural carisma de Malcolm X. Aquel ex presidiario convocaba multitudes. Su discurso crecía en intensidad y en agresividad: no había piedad para el blanco, por el sólo color de su piel se convertía en un demonio. El segregacionismo que el gobierno norteamericano practicaba con los negros, Malcolm X lo revertía hacia los blancos. Su argumento parecía claro: “¿Qué sentido tiene que el blanco pregunte al negro si lo odia? Es como si el violador o el lobo preguntasen a sus víctimas: ‘¿Me odias?’”. Tal vez sin comprenderlo, él mismo se convertía en un racista y acaso por eso su fama crecía sin descanso. Pronunciaba conferencias en distintas universidades, fundaba o ayudaba a fundar mezquitas, participaba en actos públicos, daba entrevistas para la televisión, la radio y la prensa. El vocero de Elijah Muhammad comenzaba a tener voz propia. Esto no era bien visto por los miembros de la NOI, tampoco por Elijah Muhammad. Las cosas se complicaron cuando el asesinato de John F. Kennedy. Elijah Muhammad consciente de la popularidad del presidente muerto, les ordenó a los ministros de la NOI que no realizaran ningún comentario en torno de ese episodio. Pero Malcolm X no se calló. Días después del atentado, publicó un artículo con un título definitivo: “El que las hace, las paga”. Elijah Muhammad le prohibió que dijera una sola palabra en los siguientes tres meses. A lo largo de ese tiempo, debía abstenerse de pronunciar discursos, contestar reportajes y publicar notas. Algo casi imposible para una personalidad como la de Malcolm X. Fue su íntimo amigo Cassius Clay, quien le tendió una mano: lo invitó, junto con su familia, a pasar unas vacaciones en Miami. El descanso resultó positivo, pero las cartas que mostraban la ruptura con la NOI ya estaban echadas. Al regresar a Nueva York, Malcolm X supo que en el interior de la NOI se estaba gestando un complot para asesinarlo. También confirmó que su venerado maestro Elijah Muhammad no era tan puro como él imaginara. Se demostró, con pruebas concluyentes, que el anciano líder mantenía relaciones sexuales con más de una jovencita militante de la NOI. Incluso, dos de esas chicas habían quedado embarazadas. Elijah Muhammad negó su paternidad y las expulsó del movimiento. Por entonces, Malcolm X contaba con un impresionante número de seguidores. El 12 de marzo de 1964 convocó a una conferencia de prensa y anunció que a partir de ese momento dejaba de hablar por Elijah Muhammad y comenzaba a hablar por sí mismo. Esto significaba apartarse de la NOI. –No tienen de qué preocuparse –dijo–, quien quiera seguirme que me siga, ya tenemos nuestra propia organización, con un nuevo templo, la Mezquita Musulmana, que se levantará en pleno Harlem. Un mes después, cumpliendo con el precepto de peregrinar a La Meca, común a todo musulmán, Malcolm X viajó a Oriente. Años antes, en la prisión de Charlstown, se había consumado su primera gran transformación. Aquella vez había ingresado un delincuente y había egresado un predicador. Ahora, en los países árabes, se produciría su segunda y definitiva transformación. Allí reinterpretó el credo islámico. Aquel exaltado fundamentalista se convertía en un exaltado defensor de los derechos humanos y de la igualdad de los hombres por encima de toda raza, credo o color. Una de las muchas cartas que desde Oriente le envió a Betty, testimonia ese cambio: “Durante los once días que he pasado aquí en el mundo musulmán, he comido en el mismo plato, bebido en el mismo vaso, dormido en la misma cama (o sobre la misma alfombra), he rezado al mismo Dios que mis correligionarios de ojos azules, cabellos rubios y piel blanca como el más blanco de los blancos. Los musulmanes blancos son tan sinceros en sus palabras y en sus actos como los musulmanes negros de Nigeria, de Sudán y de Ghana. Somos verdaderamente hermanos. Porque la creencia en un solo Dios ha desterrado toda consideración de raza en nuestro espíritu, actos y conducta. Deduzco de ello que, si los blancos de Estados Unidos llegasen a aceptar la idea de un solo Dios, quizás ese día también aceptarían –en la práctica– que el hombre es igualmente uno solo. Entonces cesarían de juzgar a los demás por el color de piel y de herirlos en consecuencia”. La carta de inmediato tomó estado público, la reprodujeron diferentes periódicos. Quedaba claro el cambio en Malcolm X quien, incluso, había cambiado su nombre; ahora firmaba: El-Hajj Malik El-Shabazz. No bien regresó a los Estados Unidos de América se abocó al armado de una nueva organización negra nacionalista: la Organización para la Unidad Afro- Norteamericana. A través de ella intentaba combatir la violencia y el racismo, sin que importase que fuera de blancos hacia negros o de negros hacia blancos. Proponía: “Trabajen juntamente con nosotros, pero cada uno con los de su propia raza. Mientras tanto, nosotros seguiremos trabajando entre los nuestros, mostrando y enseñando a los hombres negros lo que sólo otros hombres negros saben: que el hombre negro tiene que luchar por sí solo. Trabajando por separado, los blancos sinceros y los negros sinceros estarán trabajando unidos”.

Los discursos de Malcolm X se escuchaban de una a otra punta del país. El número de seguidores aumentaba a pasos agigantados. También aumentaron las amenazas que recibía su familia. Cada vez que Betty atendía el teléfono, desde el otro lado de la línea escuchaba que la iban a matar a ella, a Malcolm y a las cuatro hijas de ambos.

MALCOM X

Fue asesinado en febrero de 1965, antes de que comenzara su discurso en Harlem.

Comenzaba a convertirse en una figura realmente peligrosa. Había desterrado a aquel Malcolm X, intolerante defensor de la primacía negra, para reemplazarlo por este El-Hajj Malik El-Shabazz, la imagen de un genuino humanista. Hizo un nuevo viaje al Africa y a los países árabes, tuvo reuniones con Nasser, con Nyerere, con Nkrumah y con Kenyatta e incorporó a su discurso la lucha contra el imperialismo norteamericano. No disimulaba su admiración por el Che Guevara y por Fidel Castro; al líder cubano lo había conocido en la visita a Harlem que éste hiciera en 1959. Los discursos de Malcolm X se escuchaban de una a otra punta del país. El número de seguidores aumentaba a pasos agigantados. También aumentaron las amenazas que recibía su familia. Cada vez que Betty atendía el teléfono, desde el otro lado de la línea escuchaba que la iban a matar a ella, a Malcolm y a las cuatro hijas de ambos. Sabía muy bien de dónde partían esas amenazas; no las formulaban los miembros del Ku Klux Klan, sino sus propios hermanos de raza. Malcolm le había dicho que los ministros del NOI pretendían amedrentarlo, pero que no lo conseguirían. –Piensa en Atila, en Kubila, en Ilysah y en Amilah –pidió Betty–, temo por ellas. –A las niñas no les sucederá nada –vaticinó Malcolm. Una predicción que se cumplió a medias. El 14 de febrero de 1965, con la ayuda de algunas bombas molotov, manos anónimas incendiaron la casa de Malcolm. Muchos años antes, los miembros del Ku Klux Klan habían quemado la casa de sus padres. En esta oportunidad el atentado no era obra del Ku Klux Klan. Malcolm sabía que los responsables de esas llamas eran los ministros de la NOI, con el propio Elijah Muhammad a la cabeza. Lo habían amenazado de muerte y parecían dispuestos a cumplir con la amenaza. ¿Unicamente los miembros de la NOI querían quitar del medio a ese negro revolucionario? A la mafia y a los carteles de la droga tampoco les favorecía la prédica de Malcolm X, ya que alentaba a las comunidades negras a que abandonasen el consumo de drogas. Había un tercer elemento digno de tenerse en cuenta: el FBI y la CIA. Ambos organismos no disimulaban su antipatía hacia Malcolm X. En la ONU había acusado al gobierno de los Estados Unidos por la violación de los derechos humanos de los afroamericanos. Temían que se forjara una alianza entre Malcolm X y Martin Luther King Jr. El FBI y la CIA tenían más de una razón para encender el fósforo. La NOI, la mafia, el FBI y la CIA podían constituir una diabólica sociedad con el sólo propósito de asesinarlo. Malcolm decidió no transmitirle estas inquietudes a Betty; sólo le pidió que no acudiera al mitin que se celebraría el 21 febrero de 1965 en el teatro del Audubom Hall, de Harlem. Betty se negó. Como era costumbre estaría en la primera fila, junto a sus cuatro hijas y al quinto hijo que gestaba en su vientre. La sala estaba colmada, más de cuatrocientas personas aguardaban las palabras de Malcolm X. Apareció, se situó en el podio, pidió paz para todos, y no alcanzó a decir una sola palabra más: tres individuos aparecieron de pronto y descargaron sus armas sobre su cuerpo indefenso. El resto fue caos, desesperación, gritos y angustia. Malcolm X murió camino al hospital. Más de seis mil personas formaron el cortejo fúnebre que desfiló por las calles de Harlem. Hoy nadie acude a su tumba. Es comprensible, señalan sus seguidores: “Una sepultura guarda muertos. El hermano Malcolm X continúa vivo junto a nosotros”.


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