LIBROS: JAIME BAYLY

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En su última novela, el inefable Jaime Bayly retrata, o más bien devela, el laberíntico mundo del periodismo televisivo, enfocando las flaquezas, las rivalidades, los arreglos y las deslealtades detrás de las cámaras, para contar la historia secreta de los grandes canales de la televisión peruana, desde sus inseguros inicios frente a la radio hasta su poderoso presente, en el que a menudo determinan el futuro de los políticos y del país. Aquí las primeras páginas de La lluvia del tiempo.

Texto: Jaime Bayly / Fotos: Gentileza Editorial Alfaguara

-Si de verdad eres un periodista independiente, invítame a tu programa.
La voz de una adolescente que decía llamarse Soraya Tudela sonó altiva, desafiante. Al otro lado del hilo telefónico, Juan Balaguer se impacientó:
-No soy un periodista independiente, soy dependiente del rating.
Soraya atacó sin vacilaciones:
-Pero tienes fama de ser adulón de Alcides Tudela.
Balaguer se defendió, irritado con esa adolescente que lo había llamado a su casa, despertándolo:
-No soy adulón de Tudela. Pienso votar por él, apoyo su candidatura, pero eso no me convierte en adulón.
-Entonces demuéstralo –dijo Soraya.
Balaguer se quedó en silencio.
-Invítame a tu programa, entrevístame –insistió Soraya–. Soy la hija de Alcides Tudela, él no me quiere reconocer y tengo derecho a decir mi verdad en televisión.
Balaguer pensó que estaba ante una mujer que parecía porfiada.
-¿Cómo puedo saber que no estás mintiendo? –preguntó.
-Te lo demostraré si me invitas a tu programa –lo retó Soraya.
Esta niña resabida me va a traer problemas, pensó Balaguer. Luego preguntó:
-¿Qué edad tienes?
-Catorce años.
-Eres menor de edad. No puedes salir en televisión atacando a un candidato presidencial. Es ilegal que una niña sea usada para fines políticos, ¿no te das cuenta?
Soraya se rio de modo condescendiente.
-Tienes miedo –dijo–. No te preocupes, Juan, mi mamá me va a acompañar; nos entrevistarías a las dos.
No puedo hacerlo, pensó Balaguer. Si saco a esta niña y a su madre en mi programa, Alcides Tudela perderá las elecciones y yo tendré la culpa. No puedo correr ese riesgo, tengo que pedirle permiso al dueño del canal.
-¿Se puede saber quién te dio el número de teléfono de mi casa? –preguntó, irritado.
-Lo conseguí en la guía telefónica –respondió Soraya.
-Eso es imposible. Mi teléfono no está en la guía, es privado.
-Estás mal. Mira la guía de este año y verás que tu número aparece. No sólo tu número, Juan Balaguer, también tu dirección, por si acaso.
-Siempre me pasa lo mismo. Estos de la compañía de teléfonos son unos incompetentes.
Se hizo un silencio.
-¿Quieres hablar con mi mamá? –preguntó Soraya.
-No, todavía no –se apresuró en responder Balaguer–. ¿Cómo se llama tu mamá?
-Lourdes. Lourdes Osorio. ¿Te la paso? Está acá a mi lado.
-No, no -se asustó Balaguer-. Déjame tu número, yo haré unas consultas y te llamaré. Lo mejor sería reunirnos los tres en privado y que me cuenten todo antes de tomar una decisión.
-¿Con quién vas a consultar? –preguntó Soraya, suspicaz.
-¿Con quién crees? –preguntó Balaguer.
-¿Con Alcides Tudela?
-No, no te pases, no soy mayordomo de Tudela. Tengo que consultarlo con Gustavo Parker, el dueño del canal.
-Entonces no me vas a entrevistar.
-¿Por qué estás tan segura?
-Porque Gustavo Parker apoya a Alcides Tudela más que tú; no te va a dar permiso para que me entrevistes, ¿no te das cuenta?
-¿Qué sabes tú de Gustavo Parker? –volvió a enfadarse Balaguer–. Gustavo Parker es mi amigo y es un gran empresario, y sí, él apoya a Alcides Tudela como lo apoyo yo, pero él respeta mi independencia periodística, y si yo decido entrevistarte, sólo tengo que informarle, él no me va a prohibir nada.
-Veremos –sentenció secamente Soraya.
-Sí, veremos. Tampoco me puedes obligar a entrevistarte, ¿comprendes?
-Yo no te obligo, Juan Balaguer. Tu conciencia debería obligarte.
De nuevo, la voz de Soraya pareció impregnada de cierta superioridad moral, o de la firmeza de quien cree que no miente. Balaguer tomó nota del teléfono que le dictó la adolescente.
-Te llamaré por la noche –dijo.
-Sí, claro –acotó ella, en tono desconfiado.
-No te pases de lista, Soraya. Te llamaré y nos reuniremos acá en mi casa.
-¿Con mi mamá, no?
-Obviamente, con tu mamá.
-Ya. Entonces espero tu llamada.
-Saludos a tu mamá. Te llamo por la noche.
Juan Balaguer colgó el teléfono. ¿Y ahora qué carajo hago?, pensó. Esta niña no parece estar mintiendo, seguro que el pingaloca de Alcides Tudela es su papá, el muy pendejo tiene pinta de tener diez hijas no reconocidas. Ya me cagué. Si no la entrevisto, irá a otro programa o a un periódico y contará que yo tuve la oportunidad de entrevistarla y no lo hice, y quedaré como un lameculos de Alcides Tudela y mi credibilidad se irá al suelo. Estoy jodido, tengo que entrevistarla. ¿Por qué carajo esta niña relamida tenía que llamarme a mí y no a otro periodista? ¿Por qué tenía que venir a joderme cuando sólo faltan cuatro semanas para las elecciones presidenciales y es un hecho que Alcides Tudela las ganará? Tengo que avisarle a Alcides ahora mismo, después de todo es mi amigo y es íntimo de Gustavo Parker, y no sé si esta niña está diciendo la verdad o está inventándose todo para joder la candidatura de Tudela.
Balaguer marcó el celular de Alcides Tudela.
Contestó su secretario de prensa, Luis Reyes.

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-Pásame con tu jefe. Es urgente.
-No puede atenderte –dijo Reyes–. Está con el kitchen cabinet.
-Pásame con Tudela –insistió Balaguer.
-Voy a ver si lo puedo interrumpir –se ofreció Reyes.
Balaguer escuchó una voz atronadora, imperiosa, de resaca añeja, del que ya sabe que ganará la presidencia y da órdenes: su amigo Alcides Tudela quejándose porque había bajado dos puntos en las encuestas y amonestando en tono mandón a sus subordinados.
-No me interrumpas, carajo –le dijo a Reyes, y Balaguer pudo escucharlo perfectamente–. Estoy con mi kitchen cabinet –rugió Alcides Tudela, y dijo esas dos últimas palabras en el decoroso inglés que había aprendido en la Universidad de San Francisco.
-Don Alcides, es Juan Balaguer –se disculpó el secretario Reyes, haciendo una venia.
-¡Dile que después lo llamamos! –gritó Tudela–. ¡Estoy en mi trinchera combatiendo por la democracia, no me jodan, carajo! –levantó más la voz, y golpeó la mesa, y su vaso de whisky salpicó unas gotas.
De inmediato, Alcides Tudela se agachó sobre la mesa y lamió las gotas de whisky.
-Pásame con Balaguer –se replegó, y cogió el celular y lo acercó a su oreja, mientras sus apandillados lo miraban con aire reverente, sumiso.
-Alcides, soy Juan Balaguer.
-¿Qué pasa, hermano? –preguntó Tudela, en tono arrogante, como si ya fuera presidente electo–. ¿En qué te puedo servir?
-Estamos jodidos –dijo Balaguer.
Tudela se rió, burlón.
-Tú estarás jodido, porque tu rating en Panorama ha bajado el domingo pasado –dijo–. Yo no estoy jodido porque voy primero en las encuestas y le llevo quince puntos a la estreñida de Lola Figari.
-Estamos jodidos, Alcides -–dijo Balaguer.
-¿Qué pasa? –preguntó Tudela, que de pronto parecía advertir que la cosa no era una frivolidad o un capricho de su amigo.
-Me ha llamado una chica de catorce años que dice llamarse Soraya Tudela y asegura ser tu hija.
Alcides Tudela quedó en silencio.
-Quiere venir con su mamá este domingo a mi programa.
Tudela no dijo una palabra, era consciente de que ocho o diez personas estaban escuchándolo alrededor de la mesa que presidía.
-Yo no quiero joderte, Alcides, pero tenemos que hacer algo con esta niña. Si yo no la entrevisto, irá a otro programa. Y me parece que no miente –dijo Balaguer.
-¿Dónde estás? –preguntó Tudela, ya con otra voz, delatando preocupación.
-En mi casa.
-No te muevas. Voy para allá.
-Acá te espero.
-Y no llames a nadie ni le cuentes esto a nadie, Juan.
-A nadie, tranquilo, a nadie.
-Absolutamente a nadie. Ni siquiera a Gustavo.
-No llamaré a Gustavo, no te preocupes.
-Espérame, voy para allá.
Colgaron. Juan Balaguer marcó el teléfono privado de Gustavo Parker, el dueño del canal de televisión que emitía Panorama, el programa de Balaguer, los domingos por la noche. Gustavo Parker contestó:
-¿Qué hay de nuevo?
-La cagada –dijo Balaguer–. El cholo Tudela la cagó.

Juan Balaguer nació en Lima, en el barrio de Miraflores. Su padre, Juan, había estudiado Economía en la Universidad de Chicago y era gerente general del Banco Popular; su madre, Dora, había sido profesora de inglés en el colegio Villa María y no trabajaba desde que nació Juan, su único hijo, quien se llamaba así por su padre y por su abuelo y su bisabuelo paternos, todos llamados Juan Balaguer. En el colegio Santa María, donde habían estudiado su padre y su abuelo, Juan fue un alumno sobresaliente, siempre o casi siempre el primero de la clase, destacando tanto en matemáticas como en artes y letras, haciendo gala de una memoria superior a la de sus compañeros. Era, sin embargo, un niño tímido, renuente a participar de los juegos del recreo y de las competencias atléticas, y sus únicas calificaciones pobres eran las de deportes, o educación física, como llamaban en el colegio Santa María al curso de deportes. En ese tiempo, Juan quería ser actor. No se lo decía a sus padres, pero cuando actuaba en los festivales de teatro del colegio o cuando hacía imitaciones humorísticas de personajes famosos, sentía una gran alegría al provocar risas en sus compañeros y escuchar los aplausos que premiaban su versatilidad histriónica, su osadía en el escenario y su desparpajo para el humor. A sus padres les mentía, les decía lo que ellos querían escuchar, que terminando el colegio sería economista o médico, nunca la verdad, que su pasión era actuar, que los momentos de mayor felicidad eran las películas que una vez al mes veía con su madre en el cine Pacífico o en el cine Colina de Miraflores. Tenía una relación más cercana con su madre; a su padre lo veía muy rara vez, se dedicaba por completo al Banco Popular y los fines de semana jugaba golf en el club de San Isidro y pasaba poco tiempo con él. La relación con su madre era una de amistad y confidencias, el papel de Balaguer era el de escucharla, acompañarla con sus silencios y su sonrisa, reírse con ella, darle ánimos cuando la veía abatida, tomarla de la mano y besarla en la mejilla y decirle cuánto la quería.


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