LOS INFORMES DE LA CIA: EL SECRETO PEOR GUARDADO

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Desde su creación en 1947, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) construyó una imagen plagada de sombras y pocos límites a su accionar. Ahora con la desclasificación de cientos de documentos referidos a operaciones durante plena Guerra Fría se corrobora lo ya sabido. Historias en las que la ficción más vil se vuelve realidad.

Texto: Federico Lisica / Fotos: AFP / AP

BUSH  GOSS

George W. Bush en la CIA.

Miércoles. Mediados de agosto de 2007. La computadora, con la que me dispongo a rastrear información para escribir un artículo sobre la reciente desclasificación de operaciones encubiertas por parte de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), falla constantemente. Lo sé. Es un desperfecto eléctrico, nada para alarmarse. Los buscadores y tags de distintas páginas web funcionan con rapidez y justeza: “Family Jewels”, “Skeletons”; “Los documentos ofrecen una ojeada de tiempos muy diferentes y una agencia muy distinta”; “Castro”; “LSD”; “Curas tercermundistas”; “Golpe de estado”; “Espionaje a periodistas”; “Torturas”. No hace falta indagar más. Las palabras, como un rompecabezas con sus piezas sin unir, sirven para armar una imagen conocida de antemano. Es el momento de guardar las notas. Lo era. La computadora se apaga. Quedo mirando la pantalla a oscuras. Todo el trabajo se ha perdido para siempre. ¿Una simple falla técnica, como es de lógica suposición; o los lazos de la taciturna “Agencia” operando como sería de lógica suposición? Tiempo atrás solían verse ciertas camisetas con la estampa “KGB… Still watching you?”. La evocación adviene como recordatorio y certeza: mejor realizar el artículo en una computadora que no sea la propia. No sea cuestión de volver a estar en problemas.

Dentro de estos informes, que comprenden casi un cuarto de siglo de acciones secretas –desde marzo de 1949 hasta mayo de 1973–, hay dos casos paradigmáticos y que revelan el particular modus operandi de la CIA; abonando, por otro lado, la fascinación y sensación de abandono frente a este pulpo silencioso. Uno de ellos es el de Frank Olson, un experto en guerras bacteriológicas que se suicidó en 1953 al saltar desde la ventana de un hotel. El otro es el de Yuri Nosenko, un desertor de la KGB, que decidió entregarse al gobierno y vivir su “American Dream”.

JOYAS Y ESQUELETOS

MARITA ILONA LORENZ

Obra inconclusa. Matar a Fidel Castro fue siempre una prioridad en la CIA. Entre otros planes, infiltró a una amante del Comandante.

Al referirse a la CIA, el juego invita a la paranoia, más aún cuando un nuevo capítulo acredita sus mitos más conspicuos. Aunque en ese mismo instante deja de ser juego para volverse evidencia de algo oscuro. Sobre la forma que la democracia estadounidense –la más antigua del planeta, por si hace falta recordarlo– minó los valores y cimientos morales que llama defender, por el funcionamiento de su mayor servicio de inteligencia. Sucedió en junio último, cuando el director de la agencia, Michael Hayden, anunció la desclasificación de documentos ante un foro de historiadores, a quienes explicó que esos papeles “constituyen la historia de la CIA”. La médula espinal de una forma de construir la seguridad, si pensamos que esas 693 páginas se refieren a actividades realizadas durante las décadas en las que la bipolaridad de la Guerra Fría determinó el presente del mundo. El nombre no deja lugar a suspicacias: las “joyas de la familia”. Operaciones encubiertas, muchas de ellas ilegales y sendas violaciones a la propia carta constitucional de la CIA, llevadas a cabo dentro y fuera de Estados Unidos. La mayoría de los informes se elaboraron a partir de las memorias de los agentes de alto rango aún activos en 1973. William Colby, su director en aquellos días –quien continuó la labor de James R. Schlesinger, el ofi cial que encomendó la realización de los documentos– se refería a los mismos como “esqueletos en el armario”. El caso Watergate había minado la reputación de los servicios de inteligencia, lo que provocó que se plantearan nuevas reglas de funcionamiento para la CIA y el FBI, entre ellos una comisión permanente en el Congreso. Desde entonces los “huesos” se filtraron en la prensa. Ya en 1974, el periodista Seymour Hersh escribió para el New York Times una serie de artículos sobre los documentos, de lo que se deduce que gran parte de su contenido había salido a la luz mediante filtraciones, o mediante los testimonios ante el Congreso. Los “trapos sucios” incluyen experimentos sobre ciudadanos con drogas; grabaciones a periodistas; espionaje a fi guras que promovían los derechos civiles y a quienes estuviesen públicamente en contra la guerra de Vietnam –entre ellas Jane Fonda, o “Hanoi Jane” como se le decía por entonces a la actriz que visitó el país asiático del otro lado de la trinchera–. Aún hay más: cómo la CIA se dedicaba a abrir todas las cartas que se enviaran entre EE. UU. y Rusia o China, o incluso asaltos a los domicilios de ex agentes de la agencia o a personajes considerados sospechosos.

En junio último, el director de la agencia, Michael Hayden, anunció la desclasificación de documentos ante un foro de historiadores, a quienes explicó que esos papeles “constituyen la historia de la CIA”. La médula espinal de una forma de construir la seguridad, si pensamos que esas 693 páginas se refi eren a actividades realizadas durante las décadas en las que la bipolaridad de la Guerra Fría determinó el presente del mundo. El nombre no deja lugar a suspicacias: las “joyas de la familia”.

Air Force Dedicates Memorial At Arlington

El director de la agencia, Michael Hayden, es fiel exponente de todas las capacidades que deben tener los auténticos James Bond.

Dentro de estos informes, que comprenden casi un cuarto de siglo de acciones secretas –desde marzo de 1949 hasta mayo de 1973–, hay dos casos paradigmáticos y que revelan el particular modus operandi de la CIA; abonando, por otro lado, la fascinación y sensación de abandono frente a este pulpo silencioso. Uno de ellos es el de Frank Olson, un experto en guerras bacteriológicas que se suicidó en 1953 al saltar desde la ventana de un hotel, algunos días después de que un agente le administrase un tipo de LSD en su bebida. Dos décadas más tarde el presidente Gerald Ford se disculpó ante su familia y la indemnizó con 750 mil dólares. El otro es el de Yuri Nosenko, un desertor de la KGB, que decidió entregarse al gobierno y vivir su “American Dream”. Desde 1964 a 1967 la CIA lo mantuvo “detenido” en una cárcel especialmente construida para él en un lugar aún hoy desconocido donde fue sometido a “interrogatorios”. Finalmente lo dejaron en libertad, le dieron un alias y una casa. “Terminó siendo uno de los desertores más valiosos que tuvo la agencia”, señala uno de los documentos. En el terreno internacional se niega participación alguna en la muerte de Patrice Lumumba (líder anticolonialista del Congo). Y se menciona la colaboración “tenue” en el homicidio del dictador dominicano Leónidas Trujillo; así como en el intento de asesinato de Fidel Castro con la venia de Robert Kennedy –por ese entonces fiscal general de la Nación–, además de los contactos que éste realizó con la mafia para llevarlo a cabo. Sin dudas, éste fue el informe que mayor curiosidad despertó en la prensa internacional. Latinoamérica y el Caribe son fi guras repetidas en la desclasifi cación. Algunos documentos pueden entenderse como la antesala de lo que sería la aceitada cooperación entre la CIA con los gobiernos dictatoriales –o las fuerzas de contrainsurgencia– que sembraron el terrorismo de Estado en todo el hemisferio sur desde la década del 60 hasta mediados de los 80. “Su compromiso con la justicia social es probable que impida los programas económicos actuales y, por lo tanto, que contribuya a crear una mayor inestabilidad política y económica”, extracto de un paper elaborado por “la compañía” (así se le llama a la CIA) sobre el movimiento de curas tercermundistas. El interés manifi esto por el contexto hispanoamericano lo evidencia un dato concreto. Durante la intervención militar de Estados Unidos a República Dominicana en abril de 1965, la oficina de la CIA en la isla era la segunda más grande del mundo después de la de Saigón en Vietnam. Así anunció Bernardo Vega, historiador y ex embajador de ese país en Washington.

Para muchos analistas, esta apertura se trata de un bluff ya que la mayoría de los documentos estaban disponibles al público en los archivos oficiales y ninguno era de mayor trascendencia. De hecho, los historiadores protestaron ya que hay más tachaduras que primicias en los mismos.

EL ICEBERG EN EL ARMARIO

Meet The Press

Lacónico. La expresión del ex director George Tenet lo dice todo: indica cuánto le interesa informar sobre el accionar de la CIA.

“La CIA comprende de lleno que tiene la obligación de proteger los secretos de la Nación, pero también tiene la responsabilidad de ser tan abierta como sea posible”, afirmó el director de la agencia en una entrevista que puede leerse en su página web (al igual que los archivos mencionados: www.cia.gov). “He hablado de manera frecuente acerca de nuestro contrato social con el pueblo norteamericano, y la desclasifi cación de documentos históricos es una parte importante de ese esfuerzo”, reforzó. En la misma línea de pensamiento se sitúa Thomas Blanton, director del Archivo de Seguridad Nacional, quien solicitó la publicación de estos informes apoyándose en la Ley de Libertad de Información. Según él, que estos papeles se hagan conocidos supone que “los altos mandos de la Agencia entren todos en el confesionario y digan ‘Perdóname padre, porque he pecado’”. No todos los analistas políticos piensan igual. Para muchos, esta apertura se trata de un bluff ya que la mayoría de los documentos estaban disponibles al público en los archivos ofi ciales y ninguno era de mayor trascendencia. De hecho, los historiadores protestaron ya que hay más tachaduras que primicias en los mismos. Cabe agregar que en el pasado Henry Kissinger le había relatado al presidente Ford, citando a Dick Helms (otro director de la CIA en los 60), que los hechos narrados en los documentos “son sólo la punta del iceberg” de las acciones llevadas a cabo por la agencia. Incluso, sobre el interruptus de Yuri Nosenko –el ex agente de la KGB– se hizo una película en 1986 para TV en la que trabajó Tommy Lee Jones. Acerca del bioquímico Frank Olson se escribieron varios libros y en el sitio Frankolsonproject.org (realizado por su hijo) hay hasta pinturas en homenaje al malogrado científi co. Entonces, más que un mea culpa sobre su pasado, la acción se percibe como un intento por mejorar la deteriorada imagen de la CIA en la actualidad. En el presente ocupa un lugar clave en la “guerra contra el terror” con varios centros de detención a su cargo fuera del país, como los que funcionaron en Afganistán, Tailandia, Polonia y Rumania. En este sentido, David M. Barrett, profesor de la Universidad Villanova y autor del libro The CIA and Congress declaró al New York Times: “No sabemos todo lo que pasa en la actualidad. Pero parece que ya hay sufi cientes pruebas como para afi rmar que hoy las cosas no son diferentes”. Desde su nacimiento a fi nales de 1947 –por orden expresa del presidente Harry Truman–, la imagen de la CIA ha sido una y uniforme: la de un águila detrás de un logo. No se ve nada más. No necesita verse mucho más. ¿Para que ver las garras? Las fi cciones que entregó últimamente Hollywood lo intentaron. En The Good Shepherd de Robert de Niro, y Confessions of a Dangerous Mind de George Clooney se deja entrever que los silencios en la CIA son tan peligrosos como los pasillos repletos de espectros. En su página web también. Sobre el logo reposan dos sombras. Aunque aquí ya no se trata de elucubrar una historia de fantasía para acercarse a “eso” que se desconoce, sino de la más cruda realidad. No es poco.


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