LOS MOSUO: EL ULTIMO MATRIARCADO

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La comunidad Mosuo, que habita la provincia de Yunnan en el sudoeste de China, cerca de la frontera con el Tíbet, es uno de los últimos reinos de la mujeres que quedan en el mundo. Allí, con sus coloridas vestimentas, ellas mandan, dan el apellido a sus hijos, organizan el trabajo, heredan por línea femenina y cultivan el “axeo”, una forma de amor libre y sin compromisos. Un periodista convivió con ellos y cuenta su experiencia para ALMA MAGAZINE.

Texto y Fotos: Ricardo Coler

Hombres - Los Mosuo

Ademas de las costumbres y la legislación, las mujeres marcan el matriarcado con un trato autoritario hacia los hombres.

En la sociedad matriarcal las mujeres están al mando. Así de simple. La comunidad lo acepta, las leyes las protegen y no hay nada ni nadie que las condicione. En el paraíso del movimiento feminista es imposible reclamarle a un hombre algo que ellas no puedan obtener por sí mismas con mayor facilidad. Tampoco tiene sentido protestar porque la educación es machista, por desigualdad de oportunidades o por falta de reconocimiento. Nada de eso. En la sociedad matriarcal las reglas están dadas vueltas y son ellas las que deciden qué es lo que se hace, cómo se lo hace y cuál es el momento adecuado.

De todas las comunidades matriarcales, la Mosuo es la más pura.

Pertenece a la provincia de Yunnan en el sudoeste de China, cerca de la frontera con el Tíbet. Sus integrantes viven en las cercanías de un lago de montaña, el Lugo, son un matriarcado desde que tienen conciencia de su historia. Para convivir con ellos viajé hasta Beijing. De ahí en más tuve que cruzar toda China a lo ancho para llegar a Lijiang. A medida que me iba acercando, los aeropuertos y los aviones se volvían cada vez más chicos. Lijiang parece ambientada en una vieja película de artes marciales y es el primer enclave urbano para muchas de las comunidades de la zona. Incluso, como las etnias que la visitan eligen hacerlo utilizando el atuendo tradicional, recrean aún más un ambiente cinematográfico. El viaje de Lijiang al lago Lugo tomó diez horas de camino de cornisa. Salí temprano por la mañana y llegué antes de la puesta del sol. Había estado con ellos hacía menos de un año y cuando me despedí sabía que iba a volver. En la sociedad Mosuo se ve a las claras qué pasa cuando las  mujeres mandan. ¿Por qué digo que es la más pura? Porque a diferencia de otras comunidades matriarcales, además de las costumbres y la legislación que las respaldan, las mujeres tienen otra actitud. Cuando le hablan a un hombre lo hacen levantando la voz con una postura que se parece bastante a sacar pecho. Tienen un trato autoritario y consideran al sexo masculino como no muy dotado de ideas. Por eso, entender sus costumbres puso en jaque lo que hasta ese momento había sido para mí lo lógico, lo deseable y el orden natural de las cosas. ¿Pensar que el hombre subyuga? No en esta aldea. ¿Que es propio de la condición de mujer querer casarse? Menos. ¿Que el padre debe ser respetado? Aquí el padre no existe.

Ser seductoras - Mosuos

Ser seductoras es tan importante como en las sociedades patriarcales.

Entre los Mosuo sólo se usa el apellido de la madre.

Los hombres no tienen propiedades a su nombre ni disponen de efectivo. Si ganan algo trabajando fuera del clan se lo entregan, completo, a la jefa de la familia. Tengan la edad que tengan. La matriarca de la casa en la que logré alojarme era una mujer joven, con mucho carácter y sumamente bella. Incluso para la idea –si hubiera alguna– de lo que es la belleza para un occidental. A diferencia de lo que me había imaginado, puro prejuicio, es muy femenina. No usa el traje tradicional –pollera blanca hasta el piso y casaca de color fuerte–, lleva puesto un pantalón negro ceñido, una blusa al tono, el pelo recogido, tirante y rematado en una cola de caballo que mueve con gracia cada vez que gira la cabeza. Se olvidó de mí apenas se aseguró de que estaba ubicado, pero yo la recordé cada mañana de mi estancia en el lago Lugo, en especial cuando me despertaba, muy temprano, con sus gritos. Ponía la casa a trabajar y les ordenaba a sus hermanos y primos qué era lo que debían hacer durante la jornada. Había que moverlos. Noté que cuando concluían lo que la matriarca les había indicado volvían al mismo lugar del patio y no hacían absolutamente nada hasta que ella no les ordenaba alguna nueva tarea. Los varones de la casa carecían de iniciativa.

La mayor parte de los hogares bordean el lago.

Los techos tienen el estilo pagoda con los extremos afilados y rizados hacia arriba. La vivienda en la que me alojé tenía un portón que daba a la calle y era dos veces el tamaño de un hombre. Había un gran patio central en el que confluían las habitaciones. Algunas eran contiguas, otras estaban más alejadas. El ala de construcción más vieja era lo que ellos llaman la casa tradicional. Allí, en el centro de una sala amplia, arden a toda hora algunos troncos sobre el piso. El lugar del brasero es, en toda vivienda Mosuo, de capital importancia. Alrededor del fuego las paredes están tiznadas. Es la zona donde el calor está asegurado y donde se cocina en enormes ollas de hierro y también donde se come. Del techo cuelgan piezas enteras de jamón sostenidas por ganchos. Cerca del fuego, en el sector de privilegio, dos tarimas están cubiertas con cueros de oveja. Parecen más blandas que las demás. Sobre ellas duermen las mujeres mayores de la casa. Encima de un mueble oscuro, un Buda rodeado de ofrendas está dispuesto a recibir la oración. La sala hace las veces de cocina, comedor, altar y dormitorio. Es el sitio obligado de reunión, donde transcurre la mayor parte de la vida cotidiana y el lugar donde se recibe al visitante con una taza de té de manteca, una bebida tradicional que suelen consumir varias veces al día. En la sociedad matriarcal, la responsabilidad de mantener la llama ardiendo no se comparte. La mujer es la encargada de que el fuego del hogar nunca se apague. En el ala contraria se levantan las viviendas de las mujeres adultas. La familia Mosuo está compuesta por la matriarca y sus hijos e hijas. También sus hermanos y hermanas y los hijos de las mujeres. Todos tienen entre sí un lazo sanguíneo. Los Mosuo nunca se casan. No existen las mujeres que quieran tener un hombre para toda la vida y con el que deseen compartir amor, techo y familia. El matrimonio, tal como lo conocemos, consiste en que un miembro de una familia se va a vivir con un miembro de otra familia. Para los Mosuo, eso es inconcebible y les parece una costumbre que nunca llega a buen puerto.

Ellos viven con sus madres donde tienen asignados cuartos de uso común. Las mujeres, en cambio, cuentan con un sitio reservado, un lugar donde pueden estar a solas. Entrará exclusivamente quienes ellas quieran y cuando ellas quieran. En la puerta del cuarto hay un gancho de madera. Es donde cuelga la gorra el compañero que ella elige para que la visite esa noche. Le avisa a cualquier otro que venga a probar suerte que la mujer está ocupada y no desea que la molesten.

El precio del reinado Mosuo.

Las mujeres trabajan mucho mas que los hombres. El precio del reinado.

Al vínculo amoroso lo llaman “axia” o matrimonio andante, y se parece muy poco a lo que en Occidente se entiende por matrimonio.

Cada uno vive en su casa y por la noche el hombre visita el cuarto de la mujer con la que haya arreglado una cita. A pesar de que todo el mundo lo sabe, las visitas se efectúan con la mayor discreción. Hay que evitar que los parientes se enteren, especialmente la rama masculina de la familia. Bajo ningún aspecto deben tener la menor referencia, alusión o indicio de la sexualidad de las mujeres de la propiedad. Por eso las visitas ocurren tarde, cuando los mayores ya han caído en un sueño condescendiente y reparador. La mujer elige con quién va a pasar la noche y cambia de compañero con bastante frecuencia. Después de la cena y hasta la medianoche, los hombres se reúnen a la orilla del lago. Es la hora en la que parten en busca de sus amantes. La mujer siempre es la que recibe, el hombre debe ir por ella, a la casa de ella. Lo contrario es tabú.

Mantener este tipo de relación no implica ningún vínculo.

La visita dura lo que la noche, y no significa volver a verse. Si los encuentros no se acordaron previamente, sólo el hombre sabe en busca de quién irá. A la que aguarda en el cuarto le queda el interrogante de saber cuál de ellos será el que golpee su puerta. Tanto los miembros de otras aldeas como los viajeros pueden tener axia con las mujeres Mosuo. En especial en esos casos, ellas se cuidan de franquearles la entrada a los que son de trato poco amable o gustan de expresarse con términos poco educados. Si los visitantes vienen de lejos, la mujer se siente orgullosa de cómo se extendieron las noticias de su belleza. Es una sociedad de mujeres fuertes, dominantes y con carácter. Pero ser atractiva, mantener la capacidad de seducción y ser considerada bella es tan importante como en las sociedades patriarcales. Las damas disponen  además de otro privilegio. Cuando lo prefieren, cierran la puerta. Las habitaciones individuales son sitios exclusivos para las que alcanzaron la pubertad. Luego de la ceremonia de iniciación, toda mujer de la aldea tiene acceso a un cuarto propio. Esta es una diferencia marcada con los hombres. Ellos viven con sus madres, donde tienen asignados cuartos de uso común. Las mujeres, en cambio, cuentan con un sitio reservado, un lugar donde pueden estar a solas, velar sus detalles y volverse íntimas. Entrarán exclusivamente quienes ellas quieran y cuando ellas quieran.

En la puerta del cuarto hay un gancho de madera.

En Mosuo, no existen las mujeres que quieran casarse.

En Mosuo, no existen las mujeres que quieran casarse y formar un hogar

Es donde cuelga la gorra el compañero que ella elige para que la visite esa noche. La gorra en la puerta es una señal, le avisa a cualquier otro que venga a probar suerte que la mujer está ocupada y no desea que la molesten. Cuando se enamoran, y el amor hace lo suyo en cualquier punto del planeta, la mujer recibe a un solo hombre y éste visita a una sola mujer. El vínculo dura lo que el amor dura. Como no los une ninguna otra cosa (no viven juntos, no tienen economía en común, no pertenecen a la misma familia), cuando se separan el duelo, aunque doloroso, es mucho más corto. Y otro detalle, en la comunidad Mosuo se desconoce la figura de mujer abandonada con hijos. Los hijos siempre se crían en casa de la madre y la mujer es la única que tiene el dinero. Cuando se separan, lo único que pierden es a su pareja. Durante la revolución cultural, en la época de Mao, el nuevo régimen se puso incómodo con la manera en que los Mosuo se relacionaban entre ellos. Por eso envió a una unidad del ejército para imponer el fin del matriarcado e iniciar a las familias en el sentido tradicional. Padre, madre e hijos bajo un mismo techo. El resultado fue que nadie sabía con quién tenía que casarse y los que iniciaron convivencia se sintieron perdidos. Todos querían volver con sus madres.

Los hombres en la sociedad matriarcal no la pasan nada mal. Durante mi estadía, por las tardes, solía visitar el embarcadero. Había una veintena de canoas capaces de transportar entre ocho y diez pasajeros cada una. Por unos pocos yuanes, el dueño del bote lleva al pasajero. Algunos van al templo que queda en la mitad del lago, otros prefieren navegar hasta una aldea vecina, y otros a casa de un amigo que vive lejos. La navegación ahorra una caminata prolongada. Es uno de los pocos trabajos de la villa fuera de la agricultura o de la cría de animales. Como produce efectivo a diario, se distribuye, equitativamente, entre las familias de la zona. Cada una debe enviar a uno de sus integrantes y fabricar un bote. Tienen turnos de seis horas y las mismas oportunidades de captar pasajeros. La paga se acumula en un pozo común que luego se divide en partes iguales. Esto evita las peleas por conseguir un viaje y el malestar entre vecinos. Las mujeres son las primeras en partir con pasajeros a bordo, y cuando están amarradas hacen mantenimiento del bote o se ocupan de mejorar el lugar en donde atracan. Otros botes están en manos de varones. El contraste entre quietud y movimiento es llamativo. En uno de ellos su tripulante dormía tirado sobre los asientos, con el sombrero tapándole los ojos y los brazos cruzados sobre el pecho. Hacía rato que se había librado de sus botas y en las piernas cruzadas brillaba el azul eléctrico de las medias. Dormía sin importarle que alguien necesitara de sus servicios. Perpendicular a él, en otro bote, su compañero ocupaba el puesto siguiente. Si por alguna preferencia alguien hubiera decidido utilizar esa embarcación, habría tenido que introducirse unos metros en el lago. Hace rato que el remero se había alejado de la orilla y que parecía disfrutar el movimiento del bote en el agua. Pero él no estaba dormido, leía una revista. A la entrada del embarcadero, promediando la tarde era común ver a seis hombres en cuclillas, uno al lado del otro. Parecían idénticos: la misma edad, la misma complexión, la misma ropa y la misma postura corporal. Una serie de hombres con sombrero y cigarrillo en la mano. Armaban una serie tan simétrica que parecía producto de espejos enfrentados repitiendo hasta el cansancio una misma imagen. Es increíble, los seis miraban sin inmutarse cómo trabajaban las mujeres. Mientras tanto, ellos fumaban.

El traje tradicional Mosuo

El traje tradicional Mosuo pollera blanca hasta el piso y casaca de colores fuertes.

HOMBRES NO No son muchas las comunidades que tienen estas características. Suelen quedar en sitios aislados, de difícil acceso y sin demasiado contacto con el exterior. Encontrar una que no sea una leyenda de viajeros, no fue tarea fácil. Tardé varios años. En el camino descubrí que frente a Papua Nueva Guinea, en la isla de Bouganville, viven los Nagovisi. Las mujeres Nagovisi son las únicas que cuentan con medios para procurarse el sustento. Los hombres dependen de los recursos de ellas. El concepto de matrimonio se refiere básicamente a que el varón, además de compartir el lecho, ayuda en la finca de la mujer. Jamás se convertirá en propietario y toda su vida trabajará para su esposa. Si una pareja se pelea, ella tiene todo el derecho de prohibirle al hombre que tome lo que necesita para alimentarse. Y si la situación se prolonga no queda otra salida que el divorcio o la inanición. Para los Minangkabau de Sumatra, ser madre es la mayor jerarquía en una familia. Las mujeres son las responsables de proveer alimento, techo y educación a sus hijos. Por eso son las que tienen la única llave del sitio en que se guardan los bienes. Todos entienden que ellas son las administradoras más sensatas y que se merecen ese privilegio. En el noreste de la India, cerca de Pakistán, Bhután y Birmania, los Khasi son un poco más de dos millones. Diferentes al resto de sus compatriotas tienen otros rasgos, otro idioma y otras creencias. Cuentan con un rey propio que mientras no se oponga a la política del gobierno y se mantenga dentro de las leyes puede gobernar con el beneplácito de sus súbditos. Los Khasi son gente amable y de buen humor (si hay algo que las comunidades matriarcales tienen en común es el buen humor). En ellos se ven algunas de las características más importantes de este tipo de sociedades. El apellido que se lleva es el de la madre. Si se casan eligen para vivir donde vive la mujer y además, sólo heredan las hijas. Si la familia es de bajos recursos y no alcanza para que todos puedan estudiar, son los varones los que se quedan sin educación. Las mujeres acostumbran a tener todos los hijos que sean necesarios hasta lograr que por fin nazca una niña. Esa es la única forma en que no se pierde el apellido y que el clan pueda perpetuarse. Tanto para los Nagovisi como para los Khasi, el cuerpo femenino merece un especial respeto. Es la encarnación de la naturaleza, la vida misma en su capacidad de procrear. Se las identifica con el sol, por el calor que genera el deseo. El noreste hindú, es el único sitio del planeta que alberga un movimiento de emancipación masculina: La Sociedad del Nuevo Corazón. Son los varones que se sienten excluidos, cansados de vivir en una comunidad feminista donde los desprecian. Se ven faltos de oportunidades y humillados delante de sus hijos. Tienen sede propia, movilizaciones periódicas y un objetivo: tomar el poder en la familia

Mujeres trabajando, hombres descansando. Mujeres apuradas, hombres jugando a los naipes. Mujeres mandando, hombres obedeciendo. Son escenas comunes. Sin embargo, en todas las comunidades matriarcales, el jefe político de la aldea es siempre un hombre. No tiene el mismo poder que en cualquier otro lado y es más una función administrativa. Además, las matriarcas suelen mostrar desdén ante tanta jerarquía. En definitiva, ¿qué cambia en una sociedad matriarcal? Poder y dinero tienen otro valor, para decirlo con todas las letras, menos valor. Acumular y dominar, poco los apasiona y no se dejan engañar por estos dos ingratos. La violencia está proscripta en cualquiera de sus formas.

Acumular y dominar poco los apasiona y no se dejan engañar por estas dos ingratas costumbres. La violencia está proscripta en cualquiera de sus formas. Y no es que está reprimida sino que ser violento avergüenza, produce un descenso en el status social. La actitud violenta es despreciable para ambos sexos.

Y no es que está reprimida, sino que ser violento avergüenza, produce un descenso en el status social. La actitud violenta es despreciable para ambos sexos. El estilo de vida familiar –matriarca y sus parientes– evita que la propiedad se divida por herencia, siempre queda en manos de la nueva matriarca, que velará por todos. A su vez les permite resolver la soledad de la vejez, los ancianos viven con los jóvenes en el mismo predio y de manera natural. Los hombres son apocados y poco entusiastas con el trabajo pero, como viven con sus madres y luego con sus hermanas, logran una infancia feliz hasta el final de sus días. En este tipo de sociedades la mujer trabaja mucho más que el hombre. Ser las reinas tiene un precio que pagan con esfuerzos. La seducción opera de manera clásica, si es que hubiera una. No, no la hay. En el hogar la mujer atiende al hombre y no creen en la distribución igualitaria de las tareas.

Durante la revolución cultural, en la época de Mao, el nuevo régimen se puso incómodo con la manera que los Mosuo se relacionaban entre ellos. Por eso envió a una unidad del ejército para imponer el fin del matriarcado. Padre, madre e hijos bajo un mismo techo. El resultado fue que nadie sabía con quien tenía que casarse. Todos querían volver con sus madres.

El amor, como siempre, hace de las suyas, pero quienes lo viven carecen del deseo de una pareja como a la que estamos acostumbrados y empezando a desacostumbrarnos. La marca de la madre es una indicación en el lazo social. El padre es la pieza que parece faltar en este mecanismo, su ausencia es imprescindible para que el matriarcado exista. En cuanto a ¿qué se mantiene igual en relación con la mujer? Contestarlo es pretencioso, lo que pude observar es un dato sencillo de lo cotidiano: las matriarcas, aun las más severas, son las encargadas de que el fuego de la habitación principal esté siempre encendido. La investigación acerca de las sociedades matriarcales y los resultados de las consideraciones, comparaciones y conclusiones tampoco ayuda a entender a la mujer que se tiene al lado.


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