LUCILLE BALL: YO AMO A LUCY

0

Ella era una bufona nata, y su esposo, un músico cubano. Juntos crearon la comedia televisiva más vista de todos los tiempos y rompieron los prejuicios sociales de los años ’50. Se los consideró el matrimonio perfecto y fueron retratados en un timbre postal. Todo sobre Lucille Ball y Desi Arnaz, contado por su guionista de toda la vida.

Texto: Raul Garcia Luna Fotos: AFP/AP

LUCILLE BALL POSTAGE STAMP

Una prueba irrefutable del cariño por Lucille: la estampilla diseñada por el servicio postal de Estados Unidos.

Mi nombre es Robert Carrol, tengo 87 años y no cumpliré los 88. Estamos en 2006 y sé que no llegaré al 2007. Y no, no contaré la historia de Lucy otra vez. Observo Los Angeles por la ventana del sanatorio y me digo: “Bob, echa de tu cuarto a todos estos cronistas amarillos, y olvida”. Pero a ti, hija mía, a ti no te lo puedo negar: imposible olvidarme de Lucy. Todos la quisimos tanto… Es sábado, mi día favorito (luego verás por qué), y quizá mañana mi colega Thomas Watson lo informará en Asociated Press: “Murió el guionista en jefe de los programas de radio y televisión de Lucille Ball, cuya salud se había deteriorado mucho durante los últimos meses”, o algo semejante. Olvidarán, como de costumbre, aclarar que Madelyn Pugh Davis fue mi coguionista por seis décadas, cuando comenzamos a escribir chistes y gags para esa rara clown pelirroja que de sólo mirarla te hacía reír. Eramos tan jovencitos… Ni se nos ocurría pensar que, en los años ’40, por primera vez en la larga marcha del teatro de variedades hacia el celuloide, una mujer pudiera aspirar a ser comediante, sitial destinado a los varones por tradición y por gracia. Eran días de radio, diría Woody Allen décadas después, y a esa gran bocona poco le importaban las tradiciones laborales y las barreras sexistas. Ya fogueada en las tablas y ante las cámaras de Hollywood, se moría por hacer Mi esposo favorito, desopilante comedia radial que en 1953 saltaría a la televisión bajo un nuevo e inolvidable título: Yo amo a Lucy. Pero no nos adelantemos, hija…

Antes de Lucy

Nacida en Celeron, ciudad del estado de Nueva York, poco y nada se sabe de Lucille niña. Sólo que sus padres, maestros y compañeros de escuela se reían de su talento para deformar sus facciones, retorciendo los labios o poniéndose bizca en los momentos menos indicados para la humorada: una ceremonia religiosa, un bautismo, un velatorio. O que descollaba en las representaciones estudiantiles y, antes de terminar sus estudios elementales, ya se escapaba a Nueva York para seguir un curso de interpretación dramática en el instituto de John Murray, que fue su trampolín para zambullirse en el oleaje artístico de las modelos y, luego, de las coristas del music-hall. Bailar, bailaba más que bien, y esto le abriría las doradas puertas que la conducirían hasta las películas basadas en la danza, tras los pasos de Fred Astaire y Ginger Rogers en Roberta, entre otras. Comenzaban los años ’30, Lucy cumplía los 21 y, de pronto, el milagro: Samuel Goldwyn, propietario y productor esencial de la Metro Goldwyn Mayer, la descubrió y la convirtió en una starlette de cine.

En la Casa Blanca, Lucille y el cantante Ray Charles

En la Casa Blanca, Lucille y el cantante Ray Charles fueron distinguidos por el presidente Ronald Reagan en 1986.

Vale decir, en una actriz promisoria que aún debía hacer muchos méritos para llegar al estrellato. La oferta no estaba mal, y Lucille la aceptó como un reto. Veamos ahora qué hizo antes de ser la Lucy que todos recordamos, la de la pantalla pequeña y la carcajada enorme. Sobre una veintena de películas en total, entre 1933 y 1934 intervino en un par de boberías iniciáticas y luego, como se dice en el ambiente artístico, arrancó. Lo hizo con Estrictamente confidencial, de Frank Capra, en la que secundaba a un chiflado que abandonaba su empleo para dedicar todo su tiempo a las carreras de caballos, y continuó con Sombrero de copa, de Jerry Trayers, otro clásico enredo romántico a la inglesa. De ahí en más haría Canción de amor, con Henry Fonda; Chatterbox o El sueño de Broadway; Sigamos a la flota, con baile abordo; Damas del teatro: más coristas esperanzadas en triunfar; la alocada Anabel y el vizconde; un Triángulo amoroso en el que era maquilladora, y una perla de cultivo junto a sus pares de la risa: los hermanos Groucho, Harpo y Zeppo Marx, en Room service o El hotel de los líos. Final de 1939, y adelante con los ’40: Gente alegre, Su última danza y Ziegfeld follies, enlaces de números cómicos y musicales coordinados por distintos directores; Acechada, una de crímenes en Londres, con un asesino serial de mujeres que admira al poeta galo Charles Baudelaire, y Lucy como presa; y Vida fácil en 1949, junto a un famoso rugbier a quien una enfermedad coronaria le impide ser feliz. Aquí, tras un intervalo clave (léase: entra en acción un esposo creativo), de 1952 a 1968 Lucy rodaría Moulin Rouge, de John Huston, dramática biografía del tan célebre como deforme pintor francés Toulouse Lautrec; Un remolque larguísimo, divertida road-movie; Elección crítica, comedia de Ira Levin con Bob Hope como un agrio crítico teatral forzado a opinar sobre una obra de su propia esposa; Guía para el hombre casado, de Gene Kelly, con un torpe Walther Matthau intentando ser infiel; y Tuyos, míos, nuestros, con una madre de ocho hijos (Lucy) y un padre de diez (Henry Fonda) que se casan en segundas nupcias y… todos tan felices.

“¿Un marido, qué?”. Eso les preguntaron en la CBS y otras grandes productoras de TV en 1950, y opinaron que esa serie no podría triunfar… porque Desi era hispano. En épocas macarthistas, un matrimonio intercultural era lo mismo que un desliz interracial, o peor aún.

Lucy ama a Desi

The Long, Long Trailer

Tanto en la ficción como en la realidad, Lucille se enamoró de Desi Arnaz, músico cubano.

Pero no, no se puede contar la historia de Lucy sin contar la de Desi. Más te diría, hija mía: con él, ella volvió a nacer… y viceversa. Me explico: Lucy ya era conocida, y él mucho más que ella, pero a ambos (por separado) les faltaba esa chispa que los hiciera arder en lo más alto del show-business de masas. Bueno, vayamos por partes… Lucille Ball (1911-1989) era seis años mayor que Desiderio Alberto Arnaz y de Acha III (1917-1986), y no es un dato menor: en aquellos días de intolerancia racial, ese músico cubano de piel oscura y cabello negro parecía un latin lover que se aprovechaba de una americana ya algo madura. Conocido por su canción Babalú y como guitarrista del Sexteto Siboney, Desi pasó por la big band rumbera del catalán Xavier Cugat y muy pronto formó orquesta propia. Y en 1939 protagonizó el musical Demasiadas chicas en Broadway, de donde saltó a Hollywood para filmarla con la RKO. Allí se enamoró de Lucy. Se casaron en 1940 y tuvieron dos hijos, a los que llamaron igual que ellos: Lucy y Desi, Jr. Desi sólo tenía 16 años cuando pisó Estados Unidos, con su familia arruinada y un as en la manga: su formación musical. Su padre, alcalde de Santiago de Cuba, fue obligado a exiliarse en 1933, tras el golpe militar de Fulgencio Batista, que lo encarceló primero y luego le confiscó sus propiedades y ahorros. Desi entretuvo dos años a las tropas aliadas durante la Segunda Guerra, actuó en tres películas y llegó a dirigir la orquesta del célebre programa radiofónico de Bob Hope. Pero en 1949 resolvió abandonar su carrera individual y concretar una idea que le rondaba la cabeza desde hacía tres años: una serie para la CBS, con su chiflada esposa como irresistible anzuelo. Ella lo hacía reír hasta en la cama, y él insistía en que los dos se merecían una nueva y mejor oportunidad, adaptando para la televisión aquella vieja quijotada radial de ella. Ignoraban que estaban creando el primer sit-com, y el más visto de todos los tiempos. Tanto, que el correo norteamericano llegaría a emitir un sello con la imagen de ambos, en la colección Celebrate the Century.

El era inteligente, mantenía el hogar y llamaba a su loca esposa a la razón. Porque ella era el centro de atención, la gran bufona, más allá de que Desi fuese actor, productor, director, musicalizador y hasta administrador de la serie. Primera vez que en un programa familiar emitido en horas de máxima audiencia coexistían dos etnias tan diferentes, retroalimentándose mutuamente.

Dos que eran uno

I Love Lucy

Lucille junto a Elizabeth Taylor en su show, que cada noche era visto por millones de personas.

La idea era muy simple: el living de un apartamento, un ama de casa americana, un marido cubano, sus maduros vecinos Fred y Ethel, mil enredos, pura diversión y… Pero, un momento: “¿Un marido, qué?”. Eso les preguntaron en la CBS y otras grandes productoras de TV en 1950, y opinaron que esa serie no podría triunfar… porque Desi era hispano. En épocas macarthistas, un matrimonio intercultural era lo mismo que un desliz interracial, o peor aún. Cansados pero decididos, Desi y Lucy reaccionaron así: fundaron su propia productora, Desilú, y salieron de gira por todo el país, actuando sobre tablas como Ricky Ricardo & Señora, para averiguar cuánta hilaridad podían concitar con su “inminente show televisivo”, anunciaban. Y en 1951, con 5.000 dólares duramente ahorrados, ellos mismos financiaron su episodio piloto y, con éste en mano, tentaron a sus potenciales anunciantes publicitarios: la Phillip Morris Co., entre otros. Luego se impusieron salarios muy bajos a cambio de quedarse con las ganancias extra por los derechos de retransmisión: otra idea inédita. Diez meses después, I love Lucy recaudaba millones de dólares y esto duraría hasta 1957, sin dejar de reponerse cada año los capítulos de los años anteriores, colocándolos además en infinidad de canales del resto del mundo, siempre en la lista de los primeros seis programas más vistos, y hoy, a medio siglo exacto de su adiós, aún prodigando su ingenuo carisma. ¿Ingenuo? Por debajo de las risas, lo de Lucy y Desi fue todo un evento sociológico. Ricky Ricardo, el inmigrante latino, no era pobre, ni iletrado, ni homeless, ni drogadicto, estereotipo xenofóbico que persiste en películas actuales. El era inteligente y, sin caer en el previsible machismo caribeño, mantenía el hogar y llamaba a su loca esposa a la razón. Porque ella era el centro de atención, la gran bufona, más allá de que Desi fuese actor, productor, director, musicalizador y hasta administrador de la serie. Primera vez que en un programa familiar emitido en horas de máxima audiencia coexistían dos etnias tan diferentes, retroalimentándose mutuamente. Esto, sumado a otras innovaciones. Grabaciones en directo, con tres cámaras y público en vivo, con visitantes extraordinarios como William Holden, Orson Welles, John Wayne o Bob Hope (todos amigos de Desi), y un tabú de la época que ella violó con alegre rebeldía, por sugerencia de él: embarazada, Lucy incorporó su circunstancia al personaje, y llegó al día del parto en un capítulo que cosechó nada menos que 44 millones de espectadores. Así, ficción y realidad volvieron a casarse, como Lucy y Desi en la vida y el arte. Y yo les escribía los libretos, hija. ¡Qué gusto, qué honor!

Grabaciones en directo, con tres cámaras y público en vivo, con visitantes extraordinarios como William Holden, Orson Welles, John Wayne o Bob Hope (todos amigos de Desi), y un tabú de la época que ella violó con alegre rebeldía, por sugerencia de él: embarazada, Lucy incorporó su circunstancia al personaje…

Memoria emotiva

The Long Long Trailer

Una imagen de la comedia The long long trailer (1953), un film dirigido por Vicente Minnelli.

Pensar que a mí sí me molestó el senador McCarthy durante su maldita “cacería de brujas”, que la tenía a Lucy en la mira por “posible comunista”… ¡porque hacía reír, hija! Mira, me acuerdo de pronto de aquel concurso de guionistas para radio al que me presenté, y que al fin gané, siendo tan sólo un adolescente. Era sábado, y también un sábado me topé con esa bocona pelirroja que deambulaba por los pasillos radiofónicos, ofreciéndose a hacer chistes, sin suerte. Y llamé a Madelyn, y le escribimos algo. Así debutó, y así la seguimos hasta 1960, cuando le compró a Desi su parte de Desilú Productions a un altísimo costo: el divorcio, debido a las infidelidades de él, que luego volvería a casarse, al igual que ella, en 1961. Desi formó su propia compañía musical, publicó una autobiografía muy vendida y en el Balboa, su yate de lujo, ofreció fiestas inolvidables. Sinceramente, todos lo queríamos mucho a ese talentoso hispano que llegaría a ser un embajador de buena voluntad de la gestión Richard Nixon, padecería deprimentes etapas de alcoholismo en los ’70 y fallecería de cáncer en 1986, a los 69 años. ¿Te conté, hija, que su primer trabajo en los Estados Unidos consistió en limpiar jaulas de canarios? ¿Y sabías tú que, como actualmente Jennifer Lopez o Salma Hayek, Desi es considerado uno de los cien latinos más influyentes de toda la cultura norteamericana? Hubo un episodio memorable en el que Lucy, a la manera de un Chaplin que va pasando de oficio en oficio, toma un trabajo en una fábrica de chocolates y, como no consigue retirarlos a tiempo de la cinta transportadora, se los mete en la boca uno tras otro y los mastica y traga grotescamente. Sólo por esto, los movimientos feministas la juzgaron como una “dama sometida” y “víctima de la tiranía varonil”. Ninguna objeción más tonta que ésa: ella, que siempre se burló de los roles por sexo, sabía perfectamente que, siendo mujer, se arriesgaba a no resultar tan graciosa como un hombre en idéntica situación, y que incluso podía ser ofensiva. Pero venció los prejuicios y su temor al ridículo, y lo hizo de maravillas. La risa, remedio infalible. Fin de la polémica. En cuanto a mi amor por Lucy, con ella hicimos otros dos triunfales programas de TV en serie: El show de Lucille Ball y Aquí está Lucy, con su segundo marido, el comediante Gary Morton, como productor ejecutivo. Todo esto, hasta que ella comenzó a cambiar la pantalla chica por la grande de sus inicios, para muy pronto seguir a Desi al otro escenario, como decíamos los creativos de aquellos tiempos. Lucille Ball se extinguió en este mismo sanatorio de Los Angeles en 1989, a los 77 años, y sé que quizá yo no debería decirte esto que ahora te diré, hija mía, pero hoy es sábado y mañana será domingo, y ya no hay cronistas amarillos en este cuarto, y tú debes saber que amé a mis dos esposas tanto como a la que fue tu madre. Tanto como a Lucy, a la que cada día te pareces más…


Compartir.

Dejar un Comentario