LYDIA DAVIS: NI PUEDO NI QUIERO

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En los relatos que componen No puedo ni quiero, la escritora estadounidense Lydia Davis reafirma su maestría narrativa. Alternando historias breves –a veces de dos líneas– con otras más extensas, consigue un efecto embriagador. Ingenio, humor y una extraña belleza en una colección de relatos que retrata la realidad como un collage, donde el orden lo da el lenguaje y el estilo finamente trabajado. Un libro extraordinario de una de las mentes más brillantes e inquietantes de la literatura norteamericana actual. Aquí compartimos una serie de textos.

Texto: Lydia Davis / Fotos: Gentileza Eterna Cadencia

Una historia de salames robados

El propietario italiano de la casa de mi hijo en Brooklyn tenía un cobertizo en el fondo del terreno, donde curaba y ahumaba salames. Una noche, en medio de una ola de vandalismo mezquino y robos, rompieron el cobertizo y se robaron los salames. Mi hijo le contó al propietario al día siguiente, compadeciéndose por las salchichas robadas.

El propietario se mostró resignado y filosófico, pero lo corrigió: “No eran salchichas. Eran salames”. Después el incidente apareció en una de las revistas más prominentes de la ciudad como un incidente urbano gracioso y colorido. En el artículo, el periodista llamó a los bienes robados “salchichas”. Mi hijo le mostró el artículo al propietario, que no se había enterado de la publicación. El propietario se mostró interesado y complacido de que a la revista le hubiera parecido apropiado reportar el incidente, pero agregó: “No eran salchichas. Eran salames”.

El pelo del perro

El perro no está más. Lo extrañamos. Cuando suena el timbre, nadie ladra. Cuando volvemos tarde, no hay nadie esperándonos. Todavía encontramos sus pelos blancos aquí y allá por toda la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos. Pero es lo único que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos una esperanza loca: si recogemos suficientes, vamos a poder armar el perro otra vez.

Historia circular

Los miércoles a la mañana hay siempre mucho ruido afuera en la calle. Me despierta y siempre me pregunto qué es. Es siempre el camión recolector recogiendo la basura. El camión viene todos los miércoles a la mañana temprano. Siempre me despierta. Siempre me pregunto qué es.

Idea para un cartel

Al comienzo de un viaje en tren, las personas buscan un buen asiento, y algunos de ellos estudian a las personas que ya eligieron su asiento, para ver si serán buenos vecinos. Ayudaría si cada uno usara un pequeño cartel que dijera de qué manera podríamos o no molestar a otros pasajeros, como por ejemplo: No hablaré por celular; no comeré comida olorosa. En el mío diría: No hablaré para nada por celular, salvo tal vez una corta comunicación con mi marido al principio del viaje, resumiendo mi visita a la ciudad, o, rara vez, un aviso rápido a alguna amiga para avisar que llego tarde; pero reclinaré mi asiento al máximo, por casi todo el viaje, excepto cuando coma mi almuerzo o mi tentempié; de hecho es posible que ajuste levemente la inclinación de a ratos durante el viaje; tarde o temprano voy a comer algo, generalmente un sándwich, a veces una ensalada o un recipiente de arroz con leche, de hecho dos recipientes de arroz con leche, aunque pequeños; un sándwich, casi siempre de gruyere, con poco queso en realidad, solo una feta, y lechuga y tomate, el sándwich no será notablemente oloroso, al menos en mi opinión; soy lo más prolija que puedo con la ensalada, pero comer ensalada con un tenedor de plástico es incómodo y difícil; soy prolija con el arroz con leche, como bocados pequeños, aunque, cuando remuevo la tapa sellada del recipiente, puede hacer un sonido fuerte por solo un momento; puedo pasármela desenroscando la tapa de mi botella de agua y tomando un trago de agua, especialmente mientras como mi sándwich y hasta aproximadamente una hora después; puedo ser más inquieta que algunos otros pasajeros, y puedo limpiarme las manos varias veces durante el viaje con una pequeña botella de alcohol en gel, a veces me pondría crema para manos después, lo cual implica abrir mi cartera, sacar un neceser, abrirle el cierre y, al terminar, cerrar el cierre y volver a guardarlo en la cartera; pero puedo también sentarme perfectamente quieta por algunos minutos o más mirando por la ventanilla; puedo no hacer otra cosa que leer un libro durante casi todo el viaje, excepto por una caminata por el pasillo al baño y de regreso a mi asiento; pero, otro día, puedo cerrar el libro a cada rato, sacar una pequeña libreta de mi cartera, remover el elástico que la mantiene cerrada, y hacer una anotación en la libreta; o, cuando leo el suplemento de una revista literaria, puedo arrancar páginas para guardarlas, aunque trataré de hacer esto sólo cuando el tren esté parado en una estación; por último, después de un día en la ciudad, puedo desatarme los cordones y sacarme los zapatos la mayor parte del viaje, especialmente si los zapatos no son muy cómodos, y apoyar mis pies descalzos sobre los zapatos más que directamente en el piso, o, muy raramente, puedo sacarme los zapatos y ponerme pantuflas, si llevo un par, y dejármelas puestas hasta que ya casi haya llegado a destino; pero los pies están bastante limpios y las uñas de los pies tienen un lindo esmalte rojo oscuro.

Bloomington

Ahora que he estado aquí por un rato, puedo decir con seguridad que nunca estuve aquí antes.

Contingencia (vs. necesidad)

Podría ser nuestro perro.

Pero no es nuestro perro.

Entonces nos ladra.

La novela mala

Esta novela aburrida, difícil, que traje conmigo en el viaje: sigo tratando de leerla. Volví a ella muchas veces, con miedo cada vez y cada vez encontrándola tan mala como la vez anterior, tanto que a esta altura se convirtió en algo así como una vieja amiga. Mi vieja amiga la novela mala.

La harina de maíz

Esta mañana, el bol caliente de harina de maíz, tapado con un plato transparente y dejado ahí, había cubierto la parte inferior del plato con gotitas de condensación: la harina de maíz, también, está actuando a su modesta manera.

Traducción: Inés Garland

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Las letras entornadas

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Distintas formas de mirar el agua

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El yo fabulado

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Verde oscuro

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La ley de la ferocidad

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