MADAME CURIE: PIONERA Y EJEMPLAR

0

Pese al desamparo de su infancia, su vida tuvo una gran fortaleza y abrazó con pasión los estudios y la investigación. Con su marido, Pierre Curie, trabajaban en un laboratorio que era casi una impresentable barraca. Ganó dos veces el Premio Nobel y estuvo al frente de cátedras universitarias, en tiempos en que tales logros eran impensados en una mujer. Se negó a patentar y comercializar sus descubrimientos porque consideró que era una actitud poco científica. Su nombre será siempre sinónimo de abnegación, austeridad, y amor al conocimiento.

Texto: Vicente Battista / Fotos: AFP

M. Curie pionera de ciencia

En un campo dominado por los hombres, Curie fue una de las primeras mujeres con nombre propio dentro de la ciencia.

Mamá me quiere”, repetía Marie Sklodowska una y otra vez. Pero si de verdad la quería, ¿por qué razón jamás le daba un beso y por qué rara vez le hacía una caricia? ¿Mamá también habría sido así con Bronia y Sophie, las dos hermanas mayores de Marie? No tenía una respuesta para esa pregunta. Ni siquiera se atrevía a formularla. En su hogar se respetaba la decisión de los mayores, el respeto a los padres era una norma incuestionable. No quedaba bien, no se permitía, que la menor de la familia realizara preguntas impertinentes. Marie ansiaba el cariño de su madre, pero no se atrevía a pedirlo. Era muy pequeña y muy tímida para conocer la verdad; una verdad que supo cuando cumplió los 11 años. Se la reveló su padre, junto al féretro de su esposa, un día lluvioso de 1878. –Tu buena madre –dijo– contrajo tuberculosis en pleno embarazo. El mal comenzó cuando te estaba gestando. En Varsovia, a finales del siglo XIX, tuberculosis era un sinónimo de muerte. La madre de Marie sobrevivió algo más de una década, pero tuvo que cumplir estrictamente con las órdenes del médico: bajo ningún concepto podía acercarse a sus seres queridos, el contagio era inevitable. ¿De qué modo explicarle a una niña pequeña que su propia madre tenía prohibido ofrecerle cariño? La infancia de Marie transcurrió en esa orfandad; para colmo, dos años antes de que muriera su madre, Bronia y Sophie contrajeron el tifus. Sophie superó el trance; Bronia, no. Así, en poco tiempo, Marie perdió a su hermana mayor y a su madre. El rictus de tristeza la acompañaría hasta el fin de sus días. Sin embargo, en ningún momento se quejó de su desamparo. Por el contrario, esto pareció darle una fortaleza insospechada. Se preocupó por ser una de las mejores alumnas de su escuela. Se empeñaba en ganar conocimientos, y no dudaba en quitarle horas al sueño con tal de conseguirlo. Al finalizar los estudios secundarios había cosechado el mejor puntaje de la escuela. Demostraba un especial interés por la física (tal vez herencia paterna: su padre era profesor de física), y además de polaco, hablaba ruso, alemán y francés, y comenzaba a estudiar inglés. Varsovia comenzaba a quedarle chica. Su padre fue el primero en comprender que Marie poseía una inteligencia privilegiada. Tenía que elegir la casa de estudios más importante de Europa. No fue difícil. En el otoño de 1891 Marie Sklodowska se matriculó en el curso de ciencias de la Universidad de la Sorbona. La joven polaca llamaba la atención de los estudiantes ¿Quién era esa muchacha de aspecto tímido y expresión obstinada, que vestía tan pobremente? Nadie podía dar respuesta. Sólo sabían que se trataba de una extranjera de nombre impronunciable, que se sentaba en la primera fila en el aula de física, y que no dejaba de asistir a una sola clase. El propósito de Marie era ganar conocimientos. Tenía 24 años y no quería perder un solo minuto de su vida en otra cosa que no fuese aprender, aprender y aprender. No era fácil sobrevivir en París. Contaba con lo que había ahorrado de su trabajo como institutriz y con el poco dinero que le enviaba su padre; con suerte, reunía tres francos diarios para pagar todos sus gastos, desde la comida hasta los estudios universitarios. Su alimentación se reducía a una taza de té y algunos trozos de pan con manteca. Si conseguía un dinero extra, compraba un par de huevos, alguna tableta de chocolate y algunas frutas. Aquella muchacha que saliera de Varsovia rebosante de salud se había transformado en una mujer anémica. Tenía desvanecimientos y muchas veces debía recostarse en la cama, a punto de perder el conocimiento. Sin embargo, jamás tuvo un momento de vacilación: su propósito era ganar conocimientos y lo iba a lograr, aunque se le fuese la vida en ello. Por esos días, ni el amor ni el matrimonio figuraban en los proyectos de Marie. No obstante, todo iba a cambiar a comienzos de 1894. Casi de casualidad, Marie Sklodowska conoció a Pierre Curie. El romance no se inició en los parques de las Tullerías, tampoco en una bulliciosa fiesta de estudiantes. Como no podía ser de otro modo, se encontraron en un laboratorio.

Madame curie Premio NobelPierre era alto, de mirada inteligente y poblada barba. Un auténtico galán. Marie no desestimó esos detalles, pero lo que realmente le atrajo de ese hombre de 35 años fue su capacidad como científico. Sabía que había realizado profundas investigaciones y había descubierto que las sustancias magnéticas, a una cierta temperatura, pierden su magnetismo. Había otro magnetismo, sin embargo, que ganaba fuerza. Era el que Pierre Curie sentía por la señorita Sklodowska. Desde el mismo instante en que la conoció quedó fascinado por esa joven encantadora. Por primera vez lograba la completa comunicación con una colega y, además, se sentía atraído por ella. Ciertamente, la mujer ideal. Pierre Curie estaba lejos de ser un típico donjuán, por lo que le costó mucho solicitarle permiso para visitarla. La modesta habitación de Marie fue testigo de esa cita. No se puede decir que fuera un sitio romántico, se trataba de un desván casi vacío, que albergaba una pequeña mesa, una pequeña cama y un par de sillas. Los libros, los muchos libros, eran lo único que destacaba en ese cuarto. Pocos meses después, Pierre le propuso matrimonio. A fines del siglo XIX no era sencillo vivir en París si únicamente se contaba con un modesto sueldo de profesor. El hogar de la pareja se redujo a un diminuto departamento, en el número 24 de la calle de la Glacière. Pierre y Marie debieron someterse a un frugal régimen de pan, fruta y queso. Sin embargo, se los veía felices: hacían largos paseos en bicicleta y pasaban horas y horas investigando y discutiendo sobre sus investigaciones. Esa felicidad aumentó a los dos años de matrimonio: Marie le anunció a Pierre que estaba embarazada. Meses después nacía Irène. Seguramente cuando la tuvieron en sus brazos, ni Pierre ni Marie pensaron que esa hija años después ganaría el Premio Nobel de Física. En ese instante no pasaba de ser un bebé que les traía otro modo de la felicidad. Pero los esposos Curie además de ser padres felices eran científicos embarcados en nuevos descubrimientos. Marie había obtenido dos títulos universitarios y una beca, y había publicado una importante monografía acerca de la imantación del acero templado. Tanto a Marie como a Pierre les interesaban las investigaciones que estaba realizando Antoine Henri Becquerel. El sabio francés había descubierto que las sales de uranio emitían espontáneamente, sin exposición a la luz, ciertos rayos de naturaleza desconocida. Un compuesto de uranio colocado sobre una placa fotográfica cubierta de papel negro, dejaba una impresión en la placa a través del papel. Era la primera observación del fenómeno al que Marie más tarde bautizaría con el nombre de radiactividad; pero por aquellos días la naturaleza de la radiación y su origen continuaban siendo un misterio. ¿De dónde proviene la energía que radian los compuestos de uranio? Los esposos Curie se planteaban esa pregunta, sabían que la respuesta podría ser un salto al reino de lo desconocido. Marie logró permiso para utilizar un pequeño depósito que había en el sótano de la escuela en la que trabajaba Pierre. Muy pronto, Pierre abandonó su condición de docente y se unió a las investigaciones. No era el sitio ideal para llevar a cabo trabajos de campo, pero era lo único que había. “A pesar de todo –escribiría Marie–, en aquella miserable barraca pasamos los mejores y más felices años de nuestra vida, consagrados al trabajo. A veces me pasaba todo el día batiendo una masa en ebullición con un agitador de hierro casi tan grande como yo misma. Al llegar la noche estaba rendida de fatiga”. Una tarde, Marie descubrió que los compuestos formados por otro elemento, el torio, también emitían espontáneamente rayos como los del uranio. En ambos casos la radiactividad era mucho más fuerte de lo que podía atribuirse lógicamente a la cantidad de uranio y torio contenido en los productos examinados.

En 1902 y luego de cuatro años de trabajo incesante, los esposos Curie lograron probar la existencia del polonio y del radio. En esa barraca que no tenía piso, y sólo contaba con unas desvencijadas mesas de cocina, un pizarrón y una cocinita de hierro viejo, Marie Curie anunció que habían logrado separar un decigramo de radio puro, y habían conseguido determinar el peso atómico de ese nuevo elemento. Los químicos tuvieron que rendirse ante la evidencia de los hechos.

Madame Curie junto a su esposo

Dos mentes brillantes: Marie y su esposo, el físico Pierre Curie.

¿De dónde provenía esta radiación anormal? Sólo había una explicación: los minerales estudiados debían contener, aunque en pequeña cantidad, una sustancia radiactiva muchísimo más poderosa que el uranio y el torio. ¿Pero cuál era esa sustancia? En sus experimentos, Marie había examinado todos los elementos químicos conocidos. Por lo tanto, los minerales examinados debían tener una sustancia radiactiva que contenía un elemento químico hasta entonces desconocido. Marie y Pierre separaron y midieron la radiactividad de todos los elementos que contenía la pecblenda, el mineral de uranio con el que trabajaban. Así descubrieron la existencia de dos elementos nuevos. En julio de 1898 anunciaron el descubrimiento de una de estas sustancias. En homenaje a su país de nacimiento, Marie le dio el nombre de polonio. Cinco meses más tarde revelaron la existencia del segundo elemento químico. Radio fue el nombre que le dieron. Todo eso, sin embargo, pertenecía al universo de las teorías: nadie había visto aún el radio; nadie podía decir cuál era su peso atómico. Algunos científicos solían burlarse de los Curie que, encerrados en esa barraca, se empeñaban en revelar lo imposible ¿Cuándo probarían la real existencia del polonio y del radio? Pierre y Marie hacían oídos sordos a esas burlas. Sólo les importaba conseguir más pecblenda para continuar con las investigaciones. El gobierno austríaco escuchó esos ruegos y les prestó eficaz ayuda. En 1902 y luego de cuatro años de trabajo incesante, los esposos Curie lograron probar la existencia del polonio y del radio. En esa barraca que no tenía piso, y sólo contaba con unas desvencijadas mesas de cocina, un pizarrón y una cocinita de hierro viejo, Marie Curie anunció que habían logrado separar un decigramo de radio puro, y habían conseguido determinar el peso atómico de ese nuevo elemento. Los químicos tuvieron que rendirse ante la evidencia de los hechos. A partir de aquel momento el radio existía oficialmente. Un año después, la Academia Sueca le otorgaba al matrimonio Curie el Premio Nobel de Física; lo compartieron con Antoine Henri Becquerel, aquel sabio francés que los había motivado en la investigación.

Se los veía felices: hacían largos paseos en bicicleta y pasaban horas y horas investigando y discutiendo sobre sus investigaciones. Esa felicidad aumentó a los dos años de matrimonio: Marie le anunció a Pierre que estaba embarazada. Meses después nacía Irène. Seguramente cuando la tuvieron en sus brazos, ni Pierre ni Marie pensaron que esa hija años después ganaría el Premio Nobel de Física. En ese instante no pasaba de ser un bebé que les traía otro modo de la felicidad.

Madame Curie con sus hijos

En el jardín de su casa, Curie posa junto a sus dos hijas, Eve e Irene.

El Nobel no modificó en nada el modo de vida de Pierre y Marie: malamente llegaban a fin de mes con los magros ingresos que Pierre percibía como profesor de física en la Universidad de París. En tanto, en diversos países se gestaban planes para la explotación de minerales radiactivos. Un grupo de ingenieros norteamericanos envió una carta a los Curie: les sugerían patentar el descubrimiento. –Tenemos dos caminos –dijo Pierre–: describir los resultados de nuestra investigación, sin reserva alguna, incluyendo el proceso de la purificación, o considerarnos propietarios e “inventores” del radio, patentar la técnica del tratamiento de la pecblenda y asegurarnos los derechos de la fabricación del radio en todo el mundo. Marie no demoró su respuesta. –Es imposible –dijo–. Sería contrario al espíritu científico. Los físicos siempre publican el resultado completo de sus investigaciones. Si nuestro descubrimiento tiene posibilidades comerciales, será una circunstancia de la cual no debemos sacar partido. Además, el radio se va a emplear para combatir una enfermedad. No podemos aprovecharnos de eso. Se negaron a patentar su descubrimiento, y sin alharaca dieron un ejemplo de ética científica que, lamentablemente, muy pocas veces se iba a repetir. Paralelamente, el matrimonio Curie comenzaba a conocer el sabor agridulce de la fama. Los telegramas de felicitación se amontonaban sobre la mesa de trabajo, los diarios y revistas publicaban cientos de artículos acerca de ellos y, como consecuencia de ello, llegaban peticiones de autógrafos y fotografías. Por fin, Marie se hartó. “¡Siempre hay ruido a nuestro alrededor! –apuntó en su diario–. La gente nos distrae de nuestro trabajo. He decidido no recibir más visitas; pero de todos modos se me importuna. Los honores y la fama han estropeado nuestra vida. La existencia pacífica y laboriosa que llevábamos ha sido completamente desorganizada”. Poco después el horror visitaría el hogar de los Curie. El jueves 19 de abril de 1906, Pierre fue atropellado por un coche de caballos. La rueda trasera izquierda le aplastó la cabeza. El gobierno francés propuso que se le concediera una pensión nacional a Marie Curie. Ella la rechazó. Sólo pidió seguir trabajando. Un mes después, el Consejo de la Facultad de Ciencias le otorgó la cátedra que había desempeñado Pierre en la Sorbona. En Francia era la primera vez que se le concedía a una mujer tan alto rango en la enseñanza universitaria. Marie continuó trabajando. El 11 de diciembre de 1911 obtuvo por segunda vez el Premio Nobel; en esta oportunidad en el campo de la química. Ya su nombre se repetía con respeto y devoción por el mundo entero. Recibía invitaciones desde todos los rincones del planeta. Ella casi no les daba importancia; repetía que lo único que le importaba era seguir con las investigaciones. Fueron otros veinte años de trabajo, sin claudicaciones. En los últimos días de junio de 1934 presentó los primeros síntomas de tuberculosis: fiebre alta y una anemia perniciosa la obligaron a pasar días enteros en la cama. Marie tuvo que haber pensado que de esa misma peste había muerto su madre. Decidieron trasladarla al sanatorio Sancellemoz, en Suiza. Pero ya poco se podía hacer, habían sido muchos años en el laboratorio, sin ningún tipo de protección: la radiactividad no perdona. El 4 de julio de 1934, Marie Curie moría en brazos de Eve, su segunda hija. Tal como lo solicitara, fue enterrada en el cementerio de Sceaux junto a su esposo. Sólo los parientes y amigos asistieron al sepelio.


Compartir.

Dejar un Comentario