MADONNA: SI TE DESTACAS EN LA OPOSICIÓN TE DEMONIZAN Y TE HACEN LA VIDA IMPOSIBLE

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El icono de tantas luchas de las dos últimas décadas, entre ellas la presencia sin complejos de mujeres, gays y lesbianas en el mundo, se reinventa de nuevo. Ahora, a los 47 años, como madre, escritora de cuentos infantiles, fiel seguidora de la cábala, no abdica de su reinado en las discotecas, y vuelve a rodearse de los mejores colaboradores para llenar el mundo de música. En esta entrevista Madonna habla de esta nueva “chica espiritual”.

Texto: Diego A. Manrique Fotos: Corbis / AP / AFP

Londres, finales de octubre de 2005. Los representantes de la prensa europea (más algunos periodistas asiáticos) estamos comprimidos en un saloncito del lujoso Mandarin Oriental Hotel. Mientras llega el turno de cada entrevistador suena una y otra vez Confessions on a dance floor, el nuevo disco de Madonna (Rochester, Michigan, 1958), una efervescente invitación al baile. Una escena pintoresca: toda la profesión muy seria y muy concentrada tomando copiosas notas como si se tratara de una obra de música clásica, mirando inclusive reprobadoramente al impío que ataca las bandejas de sándwiches. Cuando lo comento con la propia artista, ella no ve nada chocante: “Me parece bien, hay que escucharlo como si fuera una sinfonía. Es un disco para bailar, claro, pero lleva mensajes muy importantes”.

–¿Mensajes?

–Sí, quiero que también sirva para reflexionar. Ya no me sirve hacer música sólo para divertir, eso sería muy superficial. Lo que pasa es que no me quiero poner analítica o intelectual. Los mensajes se irán revelando poco a poco. Están además los videos, que enriquecen las canciones. Esta es la Madonna del siglo XXI. A los 47 años, ya no se conforma con ser la estrella pop más conocida del mundo; también quiere iluminarnos. En su anterior trabajo, American life (2003), lamentaba las guerras de Afganistán e Irak, sobre todo en el brutal video del tema principal, obra del realizador sueco Jonas Akerlund, donde niños refugiados y mujeres uniformadas invadían un desfile de modas; al final, Madonna lanzaba una granada –en realidad, un encendedor– a un risueño doble de George W. Bush. La canción incluía una parte rapeada donde ella defendía su derecho a expresarse. Pero finalmente se asustó y retiró el clip, y fue sustituido por otro convencional. Tratándose de quien se trata, algunos vieron allí un habilidoso montaje publicitario. La responsable se encrespa: “Eso es una estupidez. Estábamos en contacto diario con MTV, que ponía todo tipo de objeciones a ciertas imágenes. Jonas iba realizando distintos montajes que llegaban a Nueva York y eran rechazados. Yo estaba dispuesta a pelear, pero llegó un momento en que recordé que tenía una familia”.

–¿A qué se refiere?

–Vi lo que sufrieron las Dixie Chicks (grupo tejano de country) cuando dijeron que les daba vergüenza ser del mismo Estado que el presidente Bush. Sencillamente se convirtieron en las mujeres más odiadas de EE. UU. Yo decidí que mis dos hijos no iban a pasar por esa situación. También hubiera sido terrible para la carrera de Guy (Ritchie, su actual marido, cineasta).

–Pero usted incluso se enfrentó con el Vaticano con el video de Like a prayer…

–Bueno, entonces el mayor problema fue con Pepsi Cola, que patrocinaba mi gira y se asustó por el contenido erótico. Pagaron, se marcharon y eso fue todo. Pero con American life me iban a acusar de antipatriota justo cuando comenzaba la guerra de Irak. Si te destacas en la oposición, te demonizan y te hacen la vida imposible. Tengo un ejemplo muy próximo.

Sus íntimos acumulan anécdotas sobre su tacañería. Por una vez se ríe: “No sé lo que se cuenta, pero ¡puede que sea verdad! Cuando te despiertas en Nueva York y todavía tienes hambre y no sabes si vas a poder comer ese día, como me ocurrió a mí, eso nunca lo olvidas. Me ha quedado una obsesión por controlar los gastos de la compra”.

EL TERROR DE LAS BOMBAS

CANTANTE MADONNA– Mi padre es un ítaloamericano muy conservador que vive cerca de Michael Moore (autor de Fahrenheit 9/11). Se conocieron a través de mí y ahora tienen una relación cordial. El me confesó que hasta entonces pensaba que Michael era poco menos que un terrorista. Estamos junto a Hyde Park, donde Madonna actuó como parte de Live 8, el festival global con el que Bob Geldof y Bono intentaron torcer el brazo de los cabecillas del mundo para sacar al Africa del pozo. En ese día de junio, ella tomó el papel de líder de multitudes: “¿Están listos para comenzar una revolución, están listos para cambiar la historia?”. Era la Madonna comprometida, la misma que amansa a su público interpretando Imagine, el himno a la utopía de Lennon. Madonna cumplió, pero no se quedó allí para ver in person lo que se consideraba el clímax del evento, la reunión de Pink Floyd: “No soy tan fan del rock como para eso, y quería llegar a mi casa de campo antes de que comenzaran los embotellamientos”. Pero lo peor estaba por llegar: “Cuando estallaron las bombas me sentí devastada. Me pareció que aquello iba directamente contra Live 8. Durante el día del concierto, Londres parecía haberse convertido en una comunidad convencida de que se podía ayudar al Africa.

“Vi lo que sufrieron las Dixie Chicks cuando dijeron que les daba vergüenza ser del mismo Estado que el presidente Bush. Sencillamente se convirtieron en las mujeres más odiadas de EE. UU. Yo decidí que mis dos hijos no iban a pasar por esa situación. También hubiera sido terrible para la carrera de Guy”.

Dos días después, la gente iba aterrada por la calle mirando a los demás como enemigos en potencia”.

–No hay referencias a ese drama en Confessions on a dance floor, pero sí se incluye un tema llamado I love New York….

–Bueno, el disco ya estaba prácticamente terminado y tampoco hubiera encajado allí una canción de dolor universal. En ese tema canto: “No me gustan las ciudades, pero me gusta Nueva York”. Es una broma: necesito la energía de una gran ciudad, da lo mismo que sea París o Roma. Y Nueva York es como un primer amor, el sitio donde logré materializar mis sueños.

–Alguien podría hacer una lectura política de que en la realidad prefiera Londres a Nueva York.

–Pues se equivocarían. Yo odiaba Londres, se me indigestaba lo que escribían de mí los tabloides ingleses, ¡y no hablemos del tiempo! Pero me decidí cuando la relación con Guy se solidificó. No funcionan las parejas donde cada uno vive en un continente y deben manipular sus agendas para reunirse. Además era mejor para la educación de mis hijos.

–¿Se siente aceptada en Londres?

–¡Esa es la pregunta del millón de dólares! Al principio hubo cierta hostilidad: “Esta yanqui de Michigan que quiere adoptar nuestro estilo de vida tan civilizado”. Ahora creo que me miran con benevolencia. Benevolencia y… algo de pasmo. Madonna ha asumido muchos de los ritos de la clase alta británica, desde el tiro al plato hasta la hípica. Incluso ha sido presentada a Isabel II. Es una foto reveladora: la cantante, su pelo recogido en un moño, parece impresionada; la reina parece disfrutar con la reverencia, satisfecha de que la antigua hereje promiscua haya entrado en razones. Hoy, Madonna no luce una apariencia muy seductora; parece haberse vestido y peinado para encajar en la decoración de este hotel eduardiano. Luce diminuta y tensa. No hay rastros de la espontaneidad callejera de, digamos, su fascinante personaje en Buscando desesperadamente a Susan. A la artificiosidad de su comportamiento se suma la tersura de sus facciones: no surgen arrugas en su frente –¿Botox?– ni cuando se exaspera con alguna pregunta difícil. Evidentemente, esto no es una situación relajada. Detrás del entrevistador se sitúa una ayudante con un cronómetro: con Madonna no hay manera de alargar el tiempo concedido.

–¿Se preocupa cuando artistas como Britney Spears o Christina Aguilera venden más que usted? Después de todo son hijas artísticas suyas…

–¡Noooo! Esto es una carrera de larga distancia. También hubo un tiempo en que las Spice Girls dominaban el mundo, ¿y dónde están ahora? Tengo simpatía por chicas como Britney; se ha equivocado muchas veces, pero yo también. Y yo no tenía la excusa de que era una adolescente cuando empecé en esto.

–¿Asume ahora como un error el libro Sex?

–Por las fotos en sí no voy a pedir disculpas, era saludable reivindicar las fantasías eróticas en los tiempos del sida. Pero entonces yo no era muy considerada con los sentimientos de los demás.

–Millones de mujeres sintieron el impacto de su ejemplo: Madonna era dueña de su destino e imponía su voluntad en un mundo de hombres. ¿Era consciente de la fuerza de su modelo?

–En el ojo del huracán no ves lo que pasa a tu alrededor. Luego, cuando aparecieron libros de profesores de universidad o aquella antología donde se recogían testimonios de mujeres que habían soñado conmigo, me quedé un poco sobrecogida. Espero que ahora estén atentas al hecho de que una puede compatibilizar la maternidad y el matrimonio con la vida de artista.

LA CONTADORA DE CUENTOS

Texto: L. D.

Madonna en Nueva York.

Madonna en en Nueva York, junto a niños de una escuela pública, después de la lectura de Lotsa of Casha, el último de sus cinco libros infantiles.

Cuando Penguin Books y Callaway Editions anunciaron al mundo que preparaban una colección de cinco libros infantiles, escritos por Madonna e ilustrados por prestigiosos dibujantes, muchos fueron los sorprendidos. En septiembre de 2003, The English Roses, un bonito ejemplar adornado con dibujos invadió el mercado internacional. “Madonna es una artista con un atractivo universal, y estos libros van a gustarles a los niños de todos sitios del mundo”, dijo John Makison, CEO de Penguin. Nicholas Callaway, fundador y editor de Callaway Editions, fue más allá para explicar esta extraña alianza: “Como todo lo que ella hace, Madonna va a sorprender, encantar y marcar un nuevo camino. Ella está muy familiarizada con la literatura y los libros infantiles”. ¿Qué sucedió en la vida de Madonna, el icono pop gay? Dicen que el paso de los años, la madurez y la maternidad, sumados a su estable matrimonio con el director de cine Guy Ritchie le sirvieron para echar anclas en el lado (un poco más) sosegado de la vida. Que el hecho de ser madre de dos niños pequeños le abrió una ventana a un universo de valores que antes desconocía. Ella asegura que la idea original de escribir libros para niños surgió de su profesor de kabbalah. Que fue él quien le sugirió que, ahora que era madre, y habiendo aprendido qué es lo que vuelve atractivo –o no– un libro para niños, debería tomar sus experiencias y transformarlas en historias para ellos. De Sex, aquel libro de desnudos controversiales, a las fábulas coloridas y con mensajes morales para niños. Y fue en esa libertad extrema en la que se basó para escribir The Adventures of Abdi, Lotsa de Casha, Mr. Peabody’s Apples y Yakov and the Seven Thieves, un puñado de best sellers con moralejas que atrajeron al público en un centenar de países. “Leer fue una parte importante de mi infancia”, ha dicho la artista, convertida en la escritora preferida de sus propios niños: Rocco, el más pequeño, adora Mr. Peabody Apples, y Lourdes, su primogénita, prefiere The English Roses. Cuando fue consultada sobre qué era lo mejor de ser autora, Madonna bromeó: “Ser número uno en la lista de best-sellers del New York Times”. Preocupada por los mensajes que reciben los infantes hoy día, en un mundo hiperinformado e hiperestimulado, Madonna cree que el camino correcto consiste en detenerse a pensar y reflexionar sobre las relaciones, sobre los juicios y las lecciones, asegura, que intenta transmitir en sus libros, y que son útiles para niños y padres por igual. La nueva profesión de Madonna generó polémicas –algo tan frecuente en su vida como los cambios de look y de estilo–, adhesiones y críticas, de las buenas y de las feroces. Entre éstas últimas se cuentan las que le reprocharon utilizar su fama y popularidad para adentrarse en un mercado en boga y millonario; las que le recordaban su pasado sexualmente promiscuo y desprejuiciado; y las que se burlaron de su aparente habilidad para escribir tantas buenas obras en tan poco tiempo. Gersh Kuntzman, jefe de la oficina de Brooklyn del diario The New York Times, fue uno de los más ácidos. En un entretenido y minucioso artículo, fue él quien, irónico, se maravilló ante la capacidad de la ahora señora Ritchie para, de pronto, convertirse en escritora. La misma velocidad de creación, decía el columnista, de las canciones pop que cantó durante su carrera, pero que jamás, en su gran mayoría, escribió de puño y letra. Juzgando como bastante insulsa y llena de clichés la historia de The English Roses, el periodista, padre al fin, hizo hincapié en el inquietante hecho de que las regalías de este libro fueran destinadas a la fundación Spirituality for Kids, “una extraña amalgama de misticismo, religión, new age y fatalismo romántico”. Multifacética, inquieta y material, a fin de cuentas, Madonna se ha salido con la suya una vez más. Mientras Music on the dance floor, su último álbum, la enseña ágil y tensa como una jovencita dispuesta a pasar la noche bailando, allí están sus libros –las fábulas morales de Mamá Madonna– para probar su suceso como escritora.

LA ESTRATEGA

LA REINA DEL POP MADONNAAlguien de su discográfica, Warner, intenta explicar el misterio del éxito de Madonna: “No tiene gran voz, y tampoco es un bellezón. Baila decentemente, pero no tanto como los que la acompañan en el escenario. La grandeza está en su inteligencia para venderse, para confeccionar un paquete irresistible”. Eso y su habilidad para rapiñar los colaboradores más útiles en moda, música, fotografía, danza, management: Jean-Paul Gaultier, Jellybean Benítez, Herb Ritts, Patrick Leonard, Mary Lambert, Freddy DeMann, William Orbit, Nile Rodgers, Mirwais, Guy Oseary. Igual que hacía David Bowie en los años ’70 y parte de los ’80, Madonna supo detectar tendencias más o menos underground y sacarlas a la superficie. Unas eran modas fugaces –el vogue, hierático baile generado en locales de homosexuales negros– y otras revelaban desplazamientos tectónicos: el asalto femenino al poder, la invasión de la sensibilidad gay, la aceptación de la pornografía, la respetabilidad del lesbianismo, el gusto por lo andrógino… La nueva Madonna ya no ejerce de exploradora. Ni siquiera enfatiza sus labores de empresaria. Ahora es, oficialmente, un ama de casa. Con un ejército de ayudantes, cierto, pero consagrada al marido y los hijos. Presume que ella impone la disciplina mientras que Guy tiende a consentir a los niños. En sus mansiones, los televisores no reciben señales exteriores, sólo se usan para ver películas; también alardea de que allí no entran ni periódicos, ni revistas: “Es una medida de higiene. No quiero que Lourdes y Rocco se envenenen con la basura que ofrecen los medios. Lo que deben saber sobre el mundo se lo enseñarán en el colegio o se lo contaremos nosotros”.

–También se dice que usted y Guy apenas hacen vida social. Londres es la capital mundial del pop, y resulta que usted vive de espaldas a ella. ¿Cómo hace para estar al día de las tendencias?

–Mi hija de nueve años es una asombrosa fuente de información. Y está Stuart (Price, actual mano derecha musical) para los sonidos menos obvios. El, aparte de sus producciones y sus grupos, ejerce de pinchadiscos y está muy al tanto de lo que funciona. Pero tampoco es cierto que estemos encerrados: Guy tiene muchos amigos, quedamos con ellos para cenar. Y yo me veo a todas horas con Gwyneth Paltrow cuando anda por Londres.

VIVIR PARA CONTARLO

MADONNA EN SUS COMIENZOS.

Una imagen de la película Buscando desesperadamente a Susan, junto a Rosanna Arquette, su coprotagonista.

En 1977 Louise Veronica Ciccone dejó Michigan para mudarse a Nueva York y concretar su sueño de ser una artista. Como en un cuento de hadas hiperrealista y moderno, Madonna atravesó miles de escollos hasta conseguir su objetivo. Fue modelo y posó desnuda en producciones de poca monta; estudió coreografía, trabajó en cadenas de comida rápida; vivió en apartamentos sucios y diminutos con diferentes novios; integró grupos ignotos que se armaban y se deshacían con la fragilidad de un capricho. Y como en la historia de todas las heroínas, obtuvo su recompensa: en 1982 y 1983 consiguió lanzar sus dos primeros singles, Everybody y Physical attraction, que de inmediato se convirtieron en sendos éxitos en los clubes nocturnos. Disco tras disco, Madonna fue componiendo un personaje, una efigie esculpida entre escándalos amorosos, paparazzis, talento, desfachatez y energía. La década del ´80, extraña, plástica, antinatural, tuvo en Madonna a una de sus más explícitas estrellas. Desde su debut oficial, Holiday; su paso por el cine –como la primera de varias intepretaciones no siempre afortunadasen Desperately Seeking Susan y su consagración internacional con Like a Virgin y Material Girl, todos los peldaños de su carrera han sido calculados hasta el menor detalle. Las giras monstruosamente ambiciosas como Blonde Ambition Tour; Sex, el libro del escándalo editado en 1992 y su rol en la película Evita, de Alan Parker, fueron las credenciales para sellar su paso por la década de 1990. De las pistas a las pistas, y convertida en una mamma primeriza a la italiana, Ray of Ligth marcó su iluminado retorno a las bateas. El tecno y el trip hop de ese álbum mutaron en country y folk pop en Music, un disco que vendió millones de copias y confirmó su posición de reina absoluta en la industria. Luego de dar a luz a su segundo hijo, Rocco, y de contraer matrimonio con el director inglés Guy Ritchie, American Life la encontró alejada de los Estados Unidos, viviendo en Londres. Sosegada luego de las polémicas que desató el video en el que criticaba a Bush y a la guerra, Madonna decidió, una vez más, cambiar su perfil. Ahora, cerca de los cincuenta años, Madonna reconquista territorio en el que siempre se ha sentido más segura: el del pop. Y lo hace con la astucia con la que, una y otra vez, pudo reinventarse a sí misma.

CONFESIONES EN LA PISTA

MADONNA Y SU FAMILIA.

Embarazada de su segundo hijo, Rocco, junto a su hija Lourdes y su último esposo, el cineasta Guy Ritchie.

Stuart Price, alias Jacques Lu Cont, aporta un poco de sentido común –y un muy británico escepticismo– al circo de Madonna. Sale particularmente bien parado en I’m going to tell you a secret, un nuevo documental que parte de la gira de Re-invention, en 2004, para establecer la imagen de la Madonna de hoy. La antigua chica material es ahora la chica espiritual, un adalid de la kabbalah, esa ancestral manifestación del misticismo judío que Hollywood ha recibido con los brazos abiertos. Aquí se pone muy beligerante, aunque haya sido vituperada en Israel. Arremete contra un antiguo amigo, el cantante Boy George, por sugerir que la cábala es homofóbica. Abruma al periodista con datos: “¿Sabía que Jung fue un estudiante de la cábala?”. Mejor pasar a otro asunto.

–¿Qué música escuchaba mientras hacía Confessions on a dance floor?

–Desde Goldfrapp hasta Depeche Mode, desde Cerrone hasta Giorgio Moroder. Y cosas más raras, como los White Stripes, que también vienen de Michigan. En realidad, me cuesta escuchar un álbum completo; enseguida descubro las que van de relleno y me aburro. Prefiero escuchar música cinematográfica; no te exige atención completa todo el tiempo y me pone muy creativa.

–¿Le queda algo por hacer en el cine? ¿Le gustaría dirigir?

–Estoy apuntando ocurrencias y revisando guiones que me mandan, no puedo adelantar más. He hecho bastante cine y vivo con un cineasta, por lo que sé todo lo que hay que saber sobre el celuloide: iluminación, actores, posproducción, financiación. Tengo el ejemplo de mi marido, que es un visionario increíble, un artista intuitivo, un maestro de la comedia británica por descubrir. Cuesta imaginar a Madonna al frente de un rodaje. Su estilo de liderazgo es dictatorial: cuando prepara una gira, cualquiera que discuta sus deseos o decisiones ve rescindido su contrato. Se fía de sus instintos, y su olfato parece infalible. Cuando estuvo al frente de Maverick, la compañía que fundó con dinero de Warner, fichó a Alanis Morissette, una rockera que en su Canadá natal había hecho música trivial; su estreno en Maverick, Jagged little pill, ha despachado casi 30 millones de copias. Aun así, sus íntimos acumulan anécdotas sobre su tacañería. Por una vez se ríe: “No sé lo que se cuenta, pero ¡puede que sea verdad! Cuando te despiertas en Nueva York y todavía tienes hambre y no sabes si vas a poder comer ese día, como me ocurrió a mí, eso nunca lo olvidas. Me ha quedado una obsesión por controlar los gastos de la compra”. (La “vigilante del reloj” ordena que ésta sea la última pregunta).

–¿Le queda a Madonna algún reto por superar?

–¡Muchos! Cada día es un nuevo reto personal y artístico. Cuanto más crees saber, más te das cuenta de que no sabes mucho. Cada día te encuentras con gente excitante que te inspira. Acabo de terminar el video de Hang up, y allí he conocido a unos bailarines que me han dado la idea para todo un espectáculo de directo. Ya lo verá.


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