MADRE TERESA: LA PASION RELIGIOSA DE UNA FRAGIL MUJER

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Poco se sabe de Agnes Gonxha Bojaxhiu, una niña albanesa que vio morir envenenado a su padre, y que por la misma convulsión política que inflamaba a su tierra, nunca pudo reencontrarse con su madre y su hermana. Mucho más se conoce de la Madre Teresa de Calcuta, ciudadana de la India, protectora de niños, pobres y moribundos, la más grande samaritana que la iglesia católica dio en el siglo XX. De la vida de las dos, que son la misma persona, trata este artículo.

Texto: Alejandro Margulis / Fotos: Charles Epstein / Hemant Siras / Satyajit Mohanty / Varaja Ghosh / Salman Chopra / Damien Barnes / Donald Butler / Iravatham Hayman / Amal Singh

Muerte súbita. Siempre dijo que Nikolë Bojaxhiu había fallecido de muerte súbita. Ella tenía 9 años y un amor por las almas que atesoraba desde la primera comunión. Muerte súbita. Era 1919 y casi nadie abrió la boca en el caserío ubicado a ambos lados del río Vardar, pese a que Nikolë Bojaxhiu era un hombre querido y respetado en la pequeña localidad de Skopje –en Kosovo, Albania, hoy Macedonia–, por su continua buena predisposición a socorrer a los más pobres y a los desamparados.
Nacidos bajo el imperio romano con el nombre de Scupi, los 65 kilómetros cuadrados del pueblo eran motivo de continua disputa entre los búlgaros, serbios, griegos y montenegrinos que se iban repartiendo su administración. Los únicos que se resistían a la acefalía periódica del poder eran los nacionalistas como Nikolë Bojaxhiu, que luchaban por la restitución lisa y llana de toda la región a la vecina y derrotada Albania. Esa noche el hombre volvía de participar de una reunión en Belgrado. Dominaba el albanés, el turco y el serbocroata a la perfección, lo que lo hacía un conspirador eficiente y experto. Cuando su esposa, la tímida y piadosa Drana, veinte años menor que él, lo vio entrar a la casa lo descubrió pálido y tembloroso. Algo que había comido o quizá tomado en ese viaje lo estaba destrozando por dentro. Drana salió casi arrastrándolo hacia el hospital local.
Dicen que esa noche Capullo de rosa –que eso significaba Gonxha, el apelativo familiar en albanés, que había recibido la Madre Teresa de Calcuta cuando sólo era aún la pequeña Agnes– se quedó junto a su hermana Aga, tres años menor. Dicen que entonces dio su primer testimonio de aceptación frente al espanto. Nadie supo nunca qué cosas dijo o meditó mientras Drana llevaba a su padre moribundo al hospital, presa de las convulsiones gástricas que a los 46 años iban a terminar con su vida.
Tal vez se preguntó cómo podía él, farmacéutico de profesión, haber ingerido algo que le hiciera tanto mal. O quizás atisbó, precozmente resignada y práctica, el fin de las comodidades que ese hombre honesto les había conseguido cuando manejaba su corralón de materiales de la construcción: una casa grande con jardín y casa de huéspedes, a metros de la iglesia católica del pueblo que administraban los jesuitas. Asustada ante el espectáculo del padre desfalleciente, rogó a Dios para que se lo llevase consigo; dicen que fue su primer regodeo con el más allá. Entendió que la fe la ayudaría a soportar ciertas verdades difíciles de asimilar.

“A medida que la India se liberaba, en ella fue creciendo un misticismo cada vez más fantástico y alucinado.”

 

–Muerte súbita –dijo ella mucho tiempo después respondiendo a una pregunta que sonaba impertinente, con la misma sonrisa con que luego el mundo la conocería acompañando a los más pobres de entre los pobres, desde Calcuta hacia la casa definitiva del Señor, su última y eterna morada. Cuando ya no era una niña asustada y se había transformado en esa líder carismática y de aire bondadoso, creadora de los “moritorios” más reconocidos de la historia de Occidente.

una plegaria

Pronto será llevado a la pantalla grande el primer largometraje autorizado de su vida. El título: I Thirst. Su estreno: 2015.

Años más tarde, fue su hermano Lazar quien contrapuso la más verosímil hipótesis del envenenamiento, un modo de asesinato muy común bajo las impiadosas reglas del terror que ejercitaban las autoridades yugoslavas en la región más convulsionada de principios del siglo XX. La muerte del padre, miembro del Consejo Municipal de Skopje, fue un golpe para toda la familia. De la noche a la mañana terminaron los días de felicidad en los que Gonxha había crecido rodeada del piadoso y pacífico sentimiento familiar, y que ella había hecho extensivo a los más pobres de su pueblo, como a esa viuda con siete hijos desnutridos –dicen que los más harapientos que había por el lugar– a quienes les fue enseñando el albanés y el serbocroata, incluido el arduo manejo de sus caracteres latino y cirílico.
Drana cayó postrada durante un mes, se encerró en sí misma y Gonxha dejó de visitar a los pobres para convertirse en el sostén anímico de su madre, quien creía que su hija estaba llamada a hacer cosas importantes. Gonxha era una niña normal, y postergó sus propias demandas hasta el punto de sentirse apenada cada vez que alguna le venía a la mente. La familia se encontró desamparada, sin privilegio alguno. El comercio de materiales quedó a cargo del socio del difunto, y Drana tuvo que abrir un taller de hilado y costura para mantener a sus hijos.
–Cuando aceptes un trabajo, hazlo de buen grado o no lo aceptes –recordará en sus mensajes la futura Madre Teresa que le decía la suya, cuando recibía los encargos.
A los doce años la fe de Capullo de rosa estaba más que fértil para hacer crecer en sí el carisma de la buena samaritana. Y entonces escuchó los relatos que dos jesuitas recién llegados de la India le hacían al padre Franjo Sambrekovic en la capilla del pueblo. Los dos misioneros habían vivido en contacto con las gentes y, especialmente, con los niños de la India. Una experiencia inolvidable.
Desde la muerte de su padre se preguntaba si le iban a perdonar que hubiese tenido pensamientos egoístas la noche que El se llevó a Nikolë consigo, a la vuelta de Belgrado. Tan grande era el temor, que se forzaba a ser la mejor persona del mundo. Pero su madre, Drana, le prohibió que siguiera los pasos de los misioneros porque era demasiado pequeña, y ella postergó su deseo de ser monja y siguió yendo a clase y al grupo juvenil de la parroquia.
Pero se acercó lo más que pudo al párroco para ser la primera en oír las cartas que los misioneros enviaban desde la India. Fue recién seis años después, en la fiesta de la Asunción que, reclinada a los pies de la Virgen de Letnice, sintió claramente el llamado de su vocación. El rezo que murmuraba se transformó en canto. Sintió sus propias y agitadas palpitaciones que la encendieron como la pequeña vela que apretaba entre las manos. Escuchó que Dios le pedía que lo siguiera. Ella tenía 17 años, y entendió que tenía que partir.
–Nunca me sentí tan feliz, pero ¿tengo que hacerlo…? –preguntó a su confesor avergonzada por el fuego que le coloreaba las mejillas.
–La verdadera vocación religiosa siempre va acompañada de intensa felicidad –respondió el padre Sambrekovic mirándola cariñosamente.
El gozo profundo del corazón es como una especie de brújula que indica el camino a seguir en la vida. Y debemos seguirla, incluso cuando nos conduce por un camino lleno de dificultades… El sacerdote habló con Drana, y la madre de Gonxha se encerró en su cuarto durante todo un día a meditar. Cuando salió había aceptado el destino ineludible de su hija. Los pensamientos místicos levantaron vuelo en la mente de la joven durante el viaje en tren a Zagreb, adonde partieron con Drana y su hermana Aga desde Skopje, aquel 28 de setiembre de 1928.

“Teresa fue la primera monja en trescientos años de la historia católica autorizada a trabajar fuera de un convento.”

No sin dolor por el sacrificio de dejar de verlos para siempre, a los pocos días se separó de su familia rumbo a Irlanda y en octubre de 1928 cruzó el portal del monasterio de las hermanas de Nuestra Señora de Loreto en Rathfarnham, Dublín. Con los años, la Madre Teresa contaría que sólo logró encontrarse una vez con su hermano Lazar, exiliado en Italia debido a una falsa acusación de traidor que le imputó el gobierno comunista de Albania al finalizar la Primera Guerra Mundial. Sin garantías de poder salir nuevamente si entraba a su país de nacimiento, Gonxha ni siquiera pudo viajar cuando supo que su madre y su hermana iban a morir. Ambas fallecieron sin poder verla: su madre, en 1972, y su hermana Aga al año siguiente. Pero eso sería posterior. En Irlanda, lejos estaba de anticipar ese triste futuro de desunión familiar.
–Mándeme a misionar entre los pobres de Africa –pidió con ingenuidad todavía adolescente a la madre superiora apenas llegó al convento en Irlanda.
–Eres demasiado frágil para ese trabajo. Ve a la India. Pero será mejor que primero aprendas a curar –le respondió la madre Gertrudis y le ordenó que hiciera un curso de enfermería y de inglés. Dos meses después viajaba por mar a la tierra de los más pobres para comenzar el noviciado. Los treinta y siete días de vómitos y mareos de la travesía serían poco frente a la vida de privaciones y renuncios que la esperaban.

 

madre teresa

En 1979 recibió el Premio Nobel de la Paz. Y en 2003 Juan Pablo II la proclamó beata, el primer paso a su santificación.

En Calcuta los intelectuales oían al poeta Rabindranath Tagore y las gentes sencillas seguían de cerca el movimiento no violento que lideraba Mahatma Gandhi, en busca de terminar con el dominio colonialista que drenaba cada rupia duramente conseguida hacia Londres, la capital del Imperio Británico. Sin embargo, la primera semana de la vida de la futura Madre Teresa en el país del cual iba a tomar la nacionalidad, estuvo colmada por la desgarradora imagen de la pobreza. La que tiene carne, hueso, alma y yace abandonada en las calles.
Cincuenta y un días después, y tras otro largo viaje en tren, pisaba el suelo de la aldea montañosa de Darjeeling, en el techo del mundo. Poco en común había entre su pueblo natal y ese convento, pero acodada en sus ventanas, entre oración y oración, se sintió feliz viendo los picos del Himalaya recortados en el aire fresco, brumoso e iluminado por el sol.
–¡No como la gran Teresa de Avila, como la pequeña Teresa de Lisieux! –exclamó a los veintiún años, cuando tuvo que elegir un nuevo nombre para ella en el momento de hacer sus votos religiosos. Amaba la abnegación de esa intuitiva carmelita descalza que decía de sí misma que era “un juguetito” del niño Jesús, y que había sido canonizada cuatro años antes, despertando en ella el ansia de emulación.
Ahora era la hermana Teresa. Atrás quedó el Agnes Gonxha Bojaxhiu. Con su nuevo, cándido nombre, la enviaron a educar a las niñas de clase alta del colegio de Santa María, en el barrio de Entally de Calcuta. Fácil resulta imaginarla en ese lapso muy poco difundido de su vida recuperando el placer por el bienestar que se le había sido sustraído cuando murió su padre. Enseñaba geografía y catecismo, y lo hizo tan bien que en pocos años llegó a ser jefa de estudios. La Segunda Guerra Mundial la encontró en esas aulas sin otro contacto con el mundo que el temor a los bombardeos japoneses a Birmania. Pero en 1943 la muerte volvió a tocar las puertas de su conciencia con fuerza de pasión.
La gran hambruna de ese año (dos millones de muertos en la India) llevó al convento la noticia de cientos de cadáveres. Sin querer salir ella en persona, Teresa empezó a animar a sus alumnas de mayor edad para ir a los suburbios y ofrecer allí asistencia y ayuda a los pobres abandonados. Un día de 1946, con la guerra ya finalizada, mientras se encontraba de paseo fuera del convento, en las cercanías del hospital Campbell, sus ojos vieron a una pobre mujer que agonizaba por el hambre. Se acercó a ella. La tomó entre sus brazos y trató de que la aceptaran en el hospital. No la escucharon, contaría ella misma luego decenas de veces, porque se trataba de una mujer pobre. Murió en medio de la calle. La hermana Teresa se sintió conmovida por la garra inolvidable de lo macabro.
A medida que la India se liberaba, en ella fue creciendo un misticismo cada vez más fantástico y alucinado. Un aire distinto corría por las calles de Calcuta el 10 de setiembre de 1946, cuando la Madre Teresa subió, casi imperceptible, al tren que la llevaba a Darjeeling, a uno de sus habituales retiros por diez días. Estaba calma y ensimismada. El paisaje transcurría monótono frente a las ventanillas a medida que los vagones trepaban hacia las planicies del Himalaya y se amodorró. Dicen que perdió la noción del tiempo y del espacio. Que a su alrededor sintió cómo se disolvían los ruidos exteriores.
Y, en algún momento que habría de guardar en secreto hasta su muerte, volvió a sentir un llamado sobrenatural. El pensamiento de Dios vibraba en su cabeza con la suave potencia de un mandato largamente esperado. Y lo que le decía esta segunda vez era que abandonase el refugio de la congregación y ayudara a los pobres viviendo con ellos. Era una orden, no cumplirla hubiera sido traicionar la fe. Llegó a Darjeeling transmutada.

“Una luz superior iluminaba el rostro ajado de esta pequeña, frágil y simple mujer albanesa.”

Habló al regreso con el padre Van Exem. Le contó de las voces que la llenaban de ternura y piedad, voces que continuaron resonando en ella durante todo ese año de delirio evanescente: “¡Ven y sé mi luz! ¡No puedo ir solo!”, confesó que suplicaba Jesús en su cerebro, mientras le pedía que fundase su propia congregación. El padre Van Exem le explicó que para exclaustrarse precisaba el permiso eclesiástico.

–Ayúdenos entonces –pidió ella.
–¡Una monja europea abandonada en las calles! ¡De ninguna manera! –respondió con zozobra Ferdinand Peier, el arzobispo de Calcuta.
Pasaron todavía dos años de idas y venidas, de avales y obstáculos, hasta que en el Vaticano evaluaron la utilidad de convertir a esa frágil y pasiva monja albanesa en símbolo, y por qué no ariete, contra el maligno en el inaccesible territorio de la India. Así Teresa fue la primera monja en trescientos años de la historia católica autorizada a trabajar fuera de un convento. Se vistió con el sari blanco ribeteado de azul que sería su seña de identidad y tras otro veloz curso de enfermería y un breve paso por el asilo de las Hermanitas de los Pobres, fundó con media docena de ex alumnas la congregación de las Misioneras de la Caridad bajo el control del Papado. Quince años después recibiría la expresa, estratégica autorización de éste para expandir la fe católica a su estilo en los cuatro puntos cardinales del globo.

 

discurso

Pobres y enfermos. Misioneras de la Caridad, congregación que ella misma fundó, ahora cuenta con 710 casas en más de 130 países.

Hambrientos, enfermos, niños y moribundos comenzaron a ser asistidos por las hermanitas de sari blanquiazul. Como buenas émulas de los jesuitas que les habían dado estrategia y doctrina, se multiplicaron como los panes del cuento. El gran milagro pronto fueron las gigantescas donaciones que iban llegando primero de las clases pudientes de la India y después de Europa y el resto del mundo, y por último de cientos de miles de personas que ni siquiera tenían para darse alimento a sí mismas.
Otro moribundo cuya recuperación era imposible se cruzaría en su camino hacia 1952; rechazado por los hospitales como aquella mujer seis años antes, expiró en brazos de la Madre Teresa, pero esta vez iba a generar en ella la protesta, la insistencia, el ruego de que las dejasen hacerse cargo del bien morir ajeno. Inquietos quizá por el predicamento de la mujer, influidos acaso por el aval de la iglesia a la pequeña del sari, las autoridades de Calcuta la autorizaron a crear en unas barracas vecinas al templo de la diosa Kali –vendidas por muy bajo precio a la congregación por un comerciante musulmán que quería “devolver a Dios algo de lo que Dios le había dado”– la Casa del Moribundo, su inusitado purgatorio personal.
“Hoy me voy al cielo”, fueron escribiendo desde entonces las hermanas en un cartel a la entrada; y adentro, en un pizarrón, las patéticas cifras del día: de hombres y mujeres, de ingresados y muertos. En el interior, unos cincuenta catres sin sábanas, con colchonetas de plástico celeste y una almohada de tela azul oscuro daban cabida a unos cincuenta moribundos acompañados –humana y religiosamente– en el último trance en el camino hacia el cielo anunciado. Estas casas para bien morir, hoy se encuentran en cientos de lugares del mundo.
Nunca fueron pensadas como lugares para sanar. Ni aún después de haber recibido enormes donaciones. “No somos asistentes sociales, ni profesoras, ni enfermeras o médicas. Somos ante todo religiosas”, se defendió con voz suave cuando la acusaron de desidia por no construir grandes centros hospitalarios. Otras congregaciones religiosas ya tenían esa misión en la tierra. Ella había sentido su llamado ante los moribundos abandonados a su suerte en las malolientes calles de Calcuta. Y entregó su vida, con simplicidad evangélica, a acompañarlos con amor cristiano, en el último sufrimiento.
Presidentes, reyes y reinas, personalidades religiosas, poderosos empresarios, sintieron la necesidad de estrechar y besar esas manos que sostuvieron la cabeza de tantos moribundos. Una luz superior iluminaba el rostro ajado de esta pequeña, frágil y simple mujer albanesa que terminó siendo la Madre Teresa de Calcuta, la samaritana más conmovedora que dio el siglo XX. Cuando su corazón empezó a fallar, la internaron en una clínica moderna y la rodearon de aparatos de alta tecnología. Se quejó, hasta último momento, empecinada: “¡Sáquenme de aquí! No quiero recibir una asistencia a la que mis pobres no pueden acceder”. ¿Qué imaginó la pequeña Gonxha para cuando le llegara el momento de agonizar a ella misma? “Ese día San Pedro me dirá: ‘¿Pero qué hizo, Madre Teresa? Me ha llenado el paraíso de todos sus pobres’”, imaginó mientras su salud la abandonaba. “Son cincuenta mil y todos tuvieron una sonrisa antes de morir”.


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