MAE WEST: TODO SOBRE MIS LABIOS

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La lujuria en un tiempo y un país que no aceptaba pecados. Mae West escribía sus propios guiones, escandalizaba, defendía los derechos de los homosexuales, y hacía de los mitos eróticos su biografía. Musa de Dalí y self made woman antes que sex symbol.

Texto: Federico Lisica / Fotos: AP / AFP

No existe anagrama alguno para bromear con las significaciones del nombre de Mae West. Aunque su resonancia lleve a imaginar plumas, escotes y unos ojos entrecerrados. Juegos del lenguaje que la misma Mae puso en práctica, los que la llevaron a bailotear sobre el star system; pavonearse sobre los rígidos códigos morales de la Norteamérica de los 30 (aunque significara una pequeña revolución); llevando una vida tan al margen de lo que imponía Hollywood como lo fue su propia figura. Más allá del legado de sus frases, de sus películas, y fotografías, todo puede resumirse en unos labios. El resto son letras pegadas para referirse al deseo.

Nace una estrella

CINEMA - MAE WEST

Actriz Mae West.

Mary Jane West nació en 1893 en un barrio de clase media de Queens, Nueva York. Su padre, John Patrick West, boxeaba por algunas monedas hasta que se enroló como oficial de policía. Matilda, su madre, tampoco era del todo formal: antes de ser ama de casa había modelado corsets. A la par de dictados protestantes y judíos, su hija eligió las tablas. A los cinco años apareció en espectáculos de vaudeville, bajo el nombre de The Baby Vamp, y a los 12 se consideraba una profesional. Mientras Ellis Island recibía cientos de inmigrantes cada día, Mae ayudaba a la economía familiar con sus performances. Entre imitaciones de negra y pasos de burlesque, algunos gajes del oficio marcaron su carrera para siempre. Su famoso contorneo surgió por los tacos de ocho pulgadas que aumentaban su estatura y le exigían moverse como un equilibrista; y bajo el seudónimo de Jane Mast realizó sus primeros libretos. Desde entonces el doble sentido ganaba por sorpresa. Su primer éxito en Broadway se llamó Sex, obra producida, escrita, dirigida y protagonizada por ella misma. En un fragmento, una prostituta decide no entregar su cuerpo por dinero, y rechaza a cada uno de sus clientes, hasta que a uno le ofrece una pluma de un ave exótica y accede. Claro que no eran tiempos de apertura cultural. Terminaban los locos años 20 y se avecinaban algunas prohibiciones. Por Sex fue sentenciada junto a todo el elenco a diez días de cárcel bajo los cargos de obscenidad pública. Al salir de Roosvelt Island (fue liberada dos días antes por buena conducta), West se había vuelto la comidilla de la prensa. Que si había vestido ropa interior de seda en prisión, que los guardias se pelearon por llevarle la comida, la tinta de los periódicos se esparcía con mucho sexo mudo sobre los titulares. Su siguiente obra, The Drag, no pudo ser presentada en Manhattan, censurada por indecencia, aunque se convirtió en un suceso de taquilla en Nueva Jersey. El escándalo provenía de su contenido. Una pieza basada en los escritos de Karl-Heinrich Ulrichs, pionero en temáticas de género, no podía ser bien recibido por la moralina campante. Es que para West, el sexo era un componente básico del ser humano, sus alegatos encorsetados en gags la convirtieron en una mujer de avanzada. Además, fue de las primeras celebridades en defender los derechos de los homosexuales, antes de que ello fuera políticamente correcto (excepto un ticket a los estrados). Se rumoreó que en medio de una redada a un bar gay, increpó a un policía ensañado con su dueño: “Recuerda que le estás pegando a una mujer”, le gritó. A poco de abolirse el alcohol en los años 30, West hacía de las marquesinas su campo de batalla particular: The Wicked Age, Pleasure Man, The Constant Sinner. Cada uno de sus títulos allanaban su camino a Hollywood.

El símbolo del sexo

“No soy ninguna tonta de pueblo que busca prosperar en la gran ciudad. Soy una mujer de una gran ciudad que va a descollar en un pueblito.” Esas fueron sus palabras al arribar a la meca cinematográfica, una apuesta osada de la Paramount, amparada en la reputación de West. Su primer papel fue un secundario en Night After Night. Su entrada fue magistral. Una chica le decía: “Dios, qué brillante más bonito”. “Dios no tiene nada que ver en esto, cariño”, fue su respuesta. Hasta George Raft, estrella del filme, señaló: “Se robó todo excepto las cámaras”. A punto de cumplir cuatro décadas de vida, Mae se volvía uno de los mayores símbolos eróticos de su tiempo y de los que vendrían. Más que su cuerpo y sus rasgos fuertes (imponentes antes que sugestivos), el quid de su sex appeal nacía de su boca y de lo que salía impulsado de ella. Su primer estelar fue con Lady Lou en el filme She Done Him Wrong, basada en el rol de su obra teatral Diamond Lil. La película significó la aparición de Cary Grant en un protagónico. Mae se había fijado en Cary cuando andaba por los estudios. La actriz se le quedó mirando y le preguntó por Grant a uno de los jefes de la compañía, Emanuel Cohen. “¿Ese? Es Cary Grant. Está rodando Madame Butterfly”, dijo Cohen. “Por mí como si rueda Blancanieves. Si sabe hablar, me lo quedo”. Finalmente el filme recaudó dos millones de dólares, salvó al estudio de la bancarrota y se ganó una nominación al Oscar como mejor película. Además de regalar una de las frases inmortales de la historia cinematográfica: “¿Llevas una pistola en tu bolsillo o estás contento de verme?”. La revista Variety señaló: “Mae no puede cantar una nana sin convertirla en sexo puro. Repleta de risas, como un espía de coartadas, la personalidad de esta luminaria se impone por encima de cualquier vulgaridad. West acentúa sus diálogos de una forma tan especial que no tardará mucho en ser imitada (…) Su dominio sobre amantes, pasados, presentes y futuros, resume todo el contenido de su filme”. Luego de su tercera aparición en I’m No Angel, Mae se convirtió en la actriz mejor paga de la época. Aunque su bocaza le valió algunos enemigos poderosos. Sus comentarios llevaron a que el código ideado por Will Hays y que regulaba la actividad cinematográfica (un eufemismo para la censura), se reforzara a límites impensados una década atrás. Su segundo contrincante la llevó contra las cuerdas hasta su retirada de Hollywood. El único –y verdadero– pecado de Mae West había sido el de burlarse de las capacidades de comediante de Marion West, compañera del magnate William Randolph Hearst. Tras Klondike Annie, cinta que muchos críticos consideran su obra maestra, la cadena de periódicos de Hearst tildó a West de “monstruo de lascivia” y “amenaza para la Sagrada Institución de la familia norteamericana” y clamó al Congreso a tomar cartas en el asunto, o sea en West. A pesar de que las películas de West se vendían muy bien, la cruzada del hombre retratado en Citizen Kane provocó la pasteurización de los libretos y la erradicación de los filmes con West de su cadena de exhibición. The Heat’s On (1943) sería su última aparición en las pantallas por mucho tiempo.

Mae West ilustrado

• Creo en la censura, después de todo, he hecho una fortuna a su cuenta.

• Los hombres son mi vida, y los diamantes mi carrera.

• Cuando soy buena, soy muy buena; cuando soy mala, soy aún mejor.

• No es el hombre en tu vida el que cuenta. Es la vida en tu hombre.

• Sólo me gustan dos hombres. Los de casa y los extranjeros.

• Escribí la historia yo sola. Es acerca de una chica que pierde su reputación pero nunca se olvida de ella.

• Personalidad es el destello que una envía desde el pie del escenario, cruza la orquesta y llega hasta ese gran agujero negro que es la audiencia.

• Las buenas chicas van al cielo. Las malas a cualquier parte.

• ¿Hay diez hombres esperando por mí en el corredor? Manden uno más que estoy cansada.

• Errar es humano, pero se siente divino.

• Pocos hombres saben besar bien. Afortunadamente he tenido tiempo de enseñarles.

• Siempre guardo un novio para un día de lluvia… y otro por si no llueve.

• Escojo la vida libre que llevo porque estoy convencida de que cualquier mujer tiene el derecho a hacerlo mientras no haga daño real a la sociedad.

• Generalmente le escapo a la tentación, excepto cuando no la resisto.

• No es lo que hago, sino cómo lo hago. No es lo que digo, sino cómo lo digo y cómo luzco cuando lo digo.

Labios bajo llave

CINEMA - MAE WEST

Sex Symbol Mae West.

Más allá de lo propagado por su propia figura, poco se sabía sobre la vida privada de West. Sobre lo que ocurría en su antecámara rosada en forma de concha se ceñía un cerrojo de discreción. Aunque le gustara decir que todas sus escrituras las realizaba en la cama, “todos saben que mi mejor trabajo sale de allí”. Solía vérsela con boxeadores o fisicoculturistas, y por su bien, se mantenía alejada del torbellino social de Hollywood. De hecho nunca estuvo entrometida en ningún escándalo, excepto por los que provocaba el personaje en sus obras. Y si bien declaró que el matrimonio era una gran institución para la que no estaba preparada, lo tanteó en una ocasión. Estuvo casada de 1911 a 1943 con Frank Wallace, en una relación conyugal llevada casi en secreto para no manchar la imagen de la diva. Por pedido expreso de West compartieron techo en pocas ocasiones. A su retiro de las pantallas surgió su estatuto de icono pop, antes de que a Andy Warhol se le ocurriera pintar a Marilyn Monroe. Salvador Dalí la retrató y convirtió su imagen en una sala de estar con los labios de West como ingreso a lo onírico. Más explícitos, los soldados de la Marina la homenajearon llamando a los salvavidas con su nombre. A eso hay que sumar un dato insólito. Criswell, el autoproclamado mentalista de Hollywood, predijo en 1955 que Mae West ganaría la carrera presidencial de 1960 y llegaría a la luna junto al pianista Liberace. Y cuando los Beatles quisieron situar su imagen en la portada del Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band, se negó. “No voy a estar allí. ¿Qué haría en una banda de corazones solitarios?”, fue su respuesta. Una carta escrita a mano por los Fab Four la convenció. Fuera de Hollywood, Mae West continuó una exitosa carrera en radio, presentó un show en Las Vegas (allí conocería a su segunda pareja estable, su guardaespaldas Paul Novak) y hasta grabó discos de rock para que una nueva generación conociera su mojo.

Ultimos centelleos

Estados Unidos había cambiado bastante desde los años en los que West era menospreciada y hasta excluida; pero la gran pantalla parecía haberse olvidado de ella. En realidad no era tan así, Billy Wilder le ofreció a West en 1950 el rol de Norma Desmond para el fi lme Sunset Boulevard, aunque se negó a personifi car una luminaria en decadencia. En 1970 se produjo su retorno al cine con Myra Breckinridge, película protagonizada por Raquel Welch, y con West en un rol secundario. Aunque destrozada por la crítica, West resurgió configurada como diva camp en la nueva década. Entre parties y declaraciones altisonantes, West mostraba una fi gura asombrosa para sus ochenta años. De hecho invitaba a que los periodistas la examinaran para que encontraran señales de cirugías plásticas. Ninguno halló rastro alguno. “Todo lo que busco es armonía”, dijo por entonces. “Si discuto me afeo, entonces me reúno con personas que no quieren hacerlo. No fumo ni bebo. El alcohol te saca manchas en la piel. Siempre bebí agua embotellada. El agua con minerales lava las arterias y quiero mantenerme limpia por dentro.” Dos años antes de partir, en 1980, West se despediría con Sextette, una readaptación de la obra teatral que la había llevado a la fama en Broadway más de medio siglo atrás. El musical contaba con la heterogénea participación de Timothy Dalton, Tony Curtis, Ringo Starr, Keith Moon, George Hamilton y Alice Cooper. Obra de culto instantáneo, aunque lastimosa por los rumores que circularon alrededor de su realización. West no habría podido recordar sus líneas, la ayudaban con un auricular en el que se colaban las transmisiones policiales, y West las repetía como un autómata sexy en decadencia. “He estado haciendo esto desde los diez”, dijo en una de las últimas entrevistas a la revista Times, mientras ejercitaba su cuerpo. El título del artículo era sintomático: “A los 84 Mae West sigue siendo Mae West”.


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