MANU CHAO: LA VIDA LIBRE

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Artista ambulante e ícono del mestizaje musical, el ex líder de Mano Negra se las ingenia para vivir fuera de reglas y convenciones. Por involucrarse en causas sociales alcanzó la categoría de símbolo, aunque reniega de ser un líder antiglobalización. Sin embargo, critica la “falta de inteligencia” del presidente George W. Bush, se declara a favor de la legalización de las drogas y –después de cinco años de su último disco– el rebelde con causa lanza La radiolina.

Texto: Diego A. Manrique / Fotos: AFP

MUSIQUE-MANU-CHAO

Nacido en Francia, con su música se convirtió en el principal exponente de la Barcelona multicultural. Latinoamérica lo sedujo con sus luchas políticas y ritmos atrapantes.

El hombre más libre del negocio musical va a venir a ensayar. Estamos en el callejón del Salamandra, un club de rock de L´Hospitalet de Llobregat, en Barcelona (España). Sin camisa, músicos y técnicos dan patadas a una pelota mientras esperan a que se materialice su cabecilla. Caso raro el de este artista, que vende millones de discos y convoca multitudes: no tiene sala de ensayo fija. Si se le acercan actuaciones, llama y pide que le cedan durante unos días un espacio. Luego, compensa el favor haciendo un concierto. El boca a boca llena inmediatamente un recinto como el Salamandra, con capacidad oficial para 500 personas. Cuando aparece Manu Chao (París, 1961), decidimos que un club vacío es un lugar incómodo para una entrevista. Cruzamos hacia un bar donde lo conocen. Son las cinco de la tarde y el ex líder de Mano Negra –puntal de lo que la revista Newsweek bautizó en 1997 como “rock alterlatino”, híbrido musical de actitud new wave + pulso multirítmico + pintura social, que unió a grupos como Café Tacuba, Aterciopelados y Fabulosos Cadillacs, entre otros– confiesa que acaba de levantarse, que está en ayunas. Enseguida llegan platos de queso, jamón, pan con tomate. Entre bocado y bocado, comienza a explayarse sobre su manera particular de hacer música y de recorrer el mundo con la casa sobre la espalda. Usa un español simpático, heredero de construcciones francesas, enriquecido por jerga callejera, neologismos y mucha gestualidad.

ALMA MAGAZINE: ¿Cómo es la banda que te acompaña últimamente?

MANU CHAO: Sólo son cinco o seis músicos, formamos algo así como un comando, con mucha movilidad. Cuando somos doce personas ya no es posible juntarse de una semana a la otra. Puede que, tras seis horas de ensayo, hagamos un concierto de tres horas. Además, luego sigue la fiesta y podemos terminar a las siete de la mañana. Así y todo, la de músico es una de las dos profesiones más bonitas que conozco.

AM: ¿Cuál es la otra?

M.C.: La de médico. Cuando me sienta demasiado seco o cansado, dejaré la música y estudiaré medicina, para curar dolores musculares, de huesos. Por ejemplo, los que trabajan en un estudio de grabación tienden a terminar con la espalda destrozada y yo sé arreglarlo. Lo hago de forma intuitiva, pero quisiera tener más conocimientos. En la siguiente vida quiero ser masajista para mujeres.

AM: ¿Y qué sería de tu trabajo como productor?

M.C.: Me gustaría continuar produciendo. Tanto a Sam, un rapero de Malí que ni fuma ni bebe, como al sonero cubano Elíades Ochoa, a quien admiro. Me gusta colaborar en discos ajenos, pero detesto esas grabaciones rebosantes de música, prefiero quitar pistas antes que añadir algo. Uno de los misterios de Manu Chao es la divergencia entre sus shows en vivo y sus discos de estudio. Clandestino, Ultima estación… Esperanza y, ahora, La radiolina son cuidados collages, seductores rompecabezas donde encaja elementos sonoros captados en sus viajes. En vivo, no hay margen para sutilezas: plantea una descarga de punk, ska y reggae que invita a la fiesta. Como si sus dos principales vocaciones, la de creador y la de animador pachanguero, siguieran trayectorias paralelas, de imposible coincidencia.

AM: ¿Cómo conviven tus dos facetas: el trabajo de estudio y los conciertos?

M.C.: Son mundos aparte, que necesitan estímulos diferentes. Para grabar funciona muy bien algo de marihuana. Sin embargo, fumar no va bien con el directo, es preferible un chupito de algo. El alcohol es peligroso en el estudio; al rato, quieres dejar la computadora e irte a un bar. La maría también tiene consecuencias: no te deja soñar, puede darte pesadillas.

AM: Estás rompiendo una de las convenciones de las entrevistas con rockeros, que habitualmente sólo permiten preguntar sobre drogas hacia el final de la conversación…

M.C.: Me fastidia toda esa hipocresía. Cuando Mano Negra giró por Colombia (N. de R.: una aventura narrada por su padre, Ramón Chao, en el libro Un tren de hielo y fuego), la guerrilla nos dijo que no tendríamos problemas, pero que nos abstuviéramos de consumir drogas. ¡La misma organización que se financia cobrando impuestos por la coca y la marihuana! No les concedo el derecho a regular lo que hago con mi cuerpo.

AM: ¿Cuál es, en definitiva, tu opinión respecto a las drogas?

M.C.: Estoy por la legalización, con los controles que sean. Me parece contraproducente que los gobiernos dejen el negocio de las drogas a los malos. Odio que ese dinero vaya a las mafias, que son el peor enemigo de la democracia. Intento que lo que consumo no haya pasado por manos sucias.

OPERACION DESDRAMATIZAR

NUNCA MAIS DEMO

Manu Chao se opuso a la invasión a Irak. Apoya la legalización de la marihuana y al Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Además de su sinceridad, se destaca en Manu su alto grado de autonomía respecto a la industria musical. En 2003, cuando anunció que dejaba Virgin, alegando que no podía seguir con una compañía que acababa de despedir a muchos de sus “colegas”, se pensó que era sólo un gesto y que pronto firmaría con otra multinacional. No fue así. Ahora edita sus producciones y discos como La radiolina en Because Music, una pequeña compañía fundada por un amigo de Virgin, Emmanuel de Buretel. Aunque también ha probado otros canales de distribución: Siberie m’etait contée, el disco-libro hecho a medias con el dibujante Wozniak, tuvo en 2004 una buena vida comercial a través de librerías y quioscos franceses.

AM: Al fin y al cabo, ¿consideras lícito o no bajar música de internet?

M.C.: No hay que dramatizar. Después de todo, yo también me formé con copias piratas, cintas que nos intercambiábamos. Y claro que me gustaban más los elepés. De todas formas, el vinilo no ha desaparecido y vamos a seguir usando el CD. Quizá tengamos que cambiar el concepto de obra: un CD retrata al artista en un momento determinado, pero eso puede ampliarse. Aunque La radiolina tenga veinte temas, quiero seguir en la misma onda. El mismo nombre lo explica: voy a convertir mi página de internet en una pequeña radio que vaya difundiendo mis novedades. Al fi nal, La radiolina puede que sean treinta o cuarenta canciones.

“Estoy por la legalización de las drogas, con los controles que sean. Me parece contraproducente que los gobiernos dejen el negocio a los malos. Odio que ese dinero vaya a las mafi as, que son el peor enemigo de la democracia. Intento que lo que consumo no haya pasado por manos sucias.”

AM: ¿Cómo es el proceso de creación para un álbum de largo aliento como este?

M.C.: Cada disco debe ser un viajecito, que te lleve de un punto a otro. Cuando quieres cerrar un álbum, descubres que falta un nudo que te permita pasar de un bloque a otro. Idealmente, los cuarenta o cincuenta minutos de un disco deben ser como una sola canción, que fluya sin sobresaltos. Suelo escucharlo de noche, en la cama. Sin los ruidos de fuera, sin llamadas, compruebas si sobra o falta algo. Hay temas en La radiolina que están hechos a última hora para eso, para tapar un hueco.

AM: Has recorrido el mundo, conociste muchas culturas desde adentro. ¿Te consideras de algún lugar en particular?

M.C.: Bueno, estoy feliz de ser de este planeta. No lo elegí, pero un planeta es un planeta. Nací en Francia, pero podría haber nacido en Senegal, Rumania o Japón y ser feliz de todas formas. No tiene importancia. Este planeta es grande y pequeño a la vez, y me siento parte de él.

AM: ¿Viajas a Brasil donde crece tu hijo?

M.C.: Hasta no hace mucho rechazaba la paternidad, no quería esa responsabilidad. Aún hoy, con 46 años, me niego a reconocerme como adulto: siempre odié la idea del núcleo familiar, los padres y el niño encerrados en su pisito o en su chalet. A veces, cuando voy allí, sólo lo encuentro a la hora de comer: tiene su vida, anda con su pandilla, va a la playa. Allí, igual que en Africa, los niños son un proyecto de la comunidad entera, los adultos cuidan de todos. A su lado he revivido algo que había perdido: el sentido poético de la existencia. Veo una chispita en sus ojos que me maravilla: así era yo… Y me alegro de ser padre.

AM: Tu madre proviene del País Vasco. Debe haberte afectado crecer en una cultura europea pero no a la manera tradicional.

M.C.: Si te refieres a la cultura, estás en lo cierto. Muchas guerras allí causaron muchos problemas. Mi madre tuvo que emigrar por la Guerra Civil cuando apenas tenía cuatro años, durante el régimen de Franco.

AM: También mucha gente cree que el presidente George W. Bush es tan fascista como Franco, ¿encuentras alguna analogía?

M.C.: La diferencia es que las decisiones de Franco tuvieron terribles consecuencias para 40 millones de personas. Pero las resoluciones de alguien como Bush afectan a miles de millones de personas.

AM: ¿Crees que es deber de todos en democracia hablar de este tipo de injusticias?

M.C.: Personalmente lo hago. Siento que las acciones del gobierno y del mismo señor Bush son peligrosas para el futuro de mis hijos, y de los hijos de todos. Realmente me preocupan sus decisiones y su autoritarismo. Pero lo que me inquieta aún más es su falta de inteligencia.

“Dudo que haya alguien al volante del presente del planeta. Los que mandan ni siquiera saben hacia dónde nos llevan. Estamos en una carrera entre un sistema que se ha vuelto loco y el instinto de conservación de los seres humanos.”

AM: ¿Cómo te sienta el rol de activista político?

M.C.: Detesto que me consideren el líder de los antiglobalización, los altermundialistas o como quieras llamarlo. Primero, es un movimiento que no admite líderes. Perfecto: lo más fácil del mundo es corromper a un líder. Segundo, nadie me ve como líder, a algunos les gustará mi música y otros pensarán que soy un payaso. Tercero, es peligroso. Estuve en los actos contra el G-8, en Génova, donde la represión fue violentísima, hubo hasta un muerto. Recién ahora los policías han reconocido que tenían orden de reprimirnos. No quiero que me confundan con lo que no soy y vayan contra mí. En Politik Kills, Rainin In Paradize, Panik Panik y otras piezas de La radiolina está lo que puedo decir sobre lo que está ocurriendo. Los músicos tenemos responsabilidades. Accedemos al micrófono, entonces debemos acercarlo a la gente para que grite lo que otros no pueden. Pero hay mil maneras de ser un artista.

AM: ¿Qué piensas de los artistas que no usan su plataforma para decir esas verdades, los que callan?

M.C.: Eso me preocupa. Por supuesto que existen activistas en Estados Unidos que denuncian al gobierno, pero no llega a ser un movimiento masivo. Y me resulta extraño. Tengo pasaporte francés y español, y en ambos países tampoco tenemos muy buenos mandatarios. Pero estoy seguro de que un presidente como Bush, en España o en Francia tendría 100 mil manifestantes en la puerta de su casa diciéndole que no. ¿Por qué hay tan poca gente frente a la Casa Blanca todos los días? No es como en Europa.

AM: ¿Y cómo podrías sintetizar tu postura ante el presente del planeta?

M.C.: Dudo que haya alguien al volante. Los que mandan ni siquiera saben hacia dónde nos llevan. Estamos en una carrera entre un sistema que se ha vuelto loco y el instinto de conservación de los seres humanos. Hacia el fi nal de mi nuevo disco hay un tema llamado Y ahora ¿qué?, una frase que también va en la portada. No tengo respuestas, sé actuar en el día a día, pero ignoro cómo dirigir toda la energía para que sea efi caz y útil para el movimiento. Allí canto: “Y cada día yo lucho para no decaer / cada día me espanto de tanto rebuscar”.

AM: ¿No deseas huir en esos momentos?

M.C.: Me suele pasar en las giras, quiero olvidar la música y perderme por los callejones de cualquier ciudad. Estambul, por ejemplo. Es la mayor urbe europea y todavía no está envilecida por la especulación inmobiliaria. Cuando me subo al avión para ir a otro país, a otro concierto, me siento un idiota. Si reconoces un lugar como el paraíso y tienes que marcharte, te expones a una crisis existencial.

AM: ¿Hacia dónde te escapas para distenderte?

M.C.: A Bamako, la capital de Malí, por ejemplo. Allí comprobé que lo lento no es negativo, como nos enseñan en la escuela. Para un drogadicto de la velocidad como yo, supone una bofetada en la cara. Debes entender que quedar para tomar un té y comer puede ocuparte todo el día. Aprendí que dormir no es perder el tiempo; es un derecho al que no voy a renunciar. Dormir diez horas, pasar un día sin hacer nada son libertades bonitas.


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