MANUEL TRUJILLO: ANGLOSAJÓN DEL CUELLO PARA ARRIBA. HISPANO DEL CUELLO PARA ABAJO

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El doctor Manuel Trujillo, español de origen que vive hace 35 años en New York, está al frente del Bellevue, el hospital psiquiátrico más grande y más antiguo de Estados Unidos. Profesional destacado, es además un agudo observador del proceso de multiculturalidad que vive el país. Muy especialmente, con lo que él mismo llama “la eclosión hispana”. Pronostica una fusión de culturas que traerá un “maravilloso equilibrio entre el deber y el placer”. El porqué lo explica en esta entrevista.

Texto: John Carlin Fotos: El País y AP

DOCTOR MANUEL TRUJILLOEn el departamento de psiquiatría del hospital Bellevue de Manhattan se ven más policías que médicos. Están los que trabajan ahí, cuidando las celdas que encierran a los pacientes más peligrosos, o escoltándolos, esposados y vestidos de color naranja, a sus citas con los especialistas en demencia criminal. Y están también los agentes que, todo el día y toda la noche, entran y salen. Dos tercios de los pacientes son llevados por la policía al Bellevue, que los encuentra delirando o en estado comatoso en la calle o en la escena de un crimen. Es el hospital psiquiátrico más grande y antiguo de Estados Unidos. Y también es el más admirado y el más famoso, ya que lo que refleja el interior de sus muros es la feroz competitividad de la ciudad más alocada del mundo, tal vez en su más salvaje expresión. El rey de los locos neoyorquinos –el jefe de psiquiatría del hospital– es un español, de Sevilla, llamado Manuel Trujillo. Tiene 59 años, 35 de los cuales los lleva viviendo en New York. Professor of Psychiatry en la New York University School of Medicine, ha logrado algo inclusive más difícil: ganarse el afecto y respeto de los 120 médicos psiquiatras que actúan bajo su mando. Héctor Varas, recién retirado como director asociado del Bellevue tras trabajar 15 años con Trujillo, explica que para entender la enormidad de lo que significa llevar el mando del Bellevue, fundado como hospital psiquiátrico hace casi 300 años, hay que tener en cuenta que es “el gran laboratorio global de la locura humana”. Y la tercera parte de los “locos” que hoy pasan por el laboratorio son hispanos. Trujillo nunca tuvo necesidad profesional de esforzarse para ayudar a los que hablan su lengua natal, pero ha invertido tiempo y energía en mejorar la calidad de la atención para los pacientes latinoamericanos. Fundador y presidente de la Asociación Hispana de Profesionales de la Salud Mental, Trujillo creó en Bellevue un programa bilingüe de tratamiento psicológico, cuyo fin es no sólo adaptarse al idioma de los pacientes hispanos, sino tomar en cuenta las diferencias entre su entorno cultural y el entorno dominante anglosajón. Trujillo, como hombre que se mueve en ambos mundos con igual facilidad, y como especialista en el funcionamiento de la mente humana, está dotado de una singular capacidad para reflexionar sobre uno de los fenómenos sociales contemporáneos más importantes de su país adoptivo: “La eclosión gigantesca”, como él dice, de la población hispana.

“El bienestar que aporta la familia posee un valor que el dinero no puede comprar. Los mexicanos que emigran a California serán pobres, pero tienen una salud mental mayor que la población californiana. Pero esa ventaja se pierde en la siguiente generación, porque se ha asimilado más el individualismo”.

NEW YORK ES MAS FESTIVA

“Cuando llegué en 1970 el hispano existía, pero underground, bajo tierra. Los puertorriqueños estaban desde el año ’45, pero –más allá de los estereotipos que fomentaban el musical West Side story y el marido de Lucille Ball, Desi Arnaz Jr. – la cultura hispana no tenía repercusión social. New York era una ciudad anglosajona, pura y dura. Había poca vida nocturna, y se comía temprano y mal”. En aquellos tiempos, la idea de que un día se verían anuncios en la calle en español para pastas de dientes e hipotecas bancarias era inconcebible. Hoy, de repente, parece que la mitad de los anuncios que uno ve en New York están en español. Y en barrios como Washington Heights, en la punta norte de Manhattan, la sorpresa consiste en oír a gente hablando en inglés. “Lo cual ha significado –dice Trujillo, feliz– que la ciudad se ha vuelto más festiva, y eso tiene mucho que ver con el aporte hispano, que se enfrenta al calvinismo imperante, y en muchos casos vence”. Otra forma de decir lo mismo es que la ciudad corresponde hoy mucho más al estilo pícaro, exuberante, del propio Trujillo. Un hombre con un alto sentido estético. En su pueblo quizá le llamarían coqueto. Porque, incluso hoy que New York se ha vuelto tan cosmopolita, Trujillo llama la atención. Andando a lo largo de los amplios y bulliciosos pasillos de la planta baja del hospital, donde fluye una muchedumbre, un policía lo saluda con una ancha sonrisa y le dice: “Pero, ¡doctor! ¿Vestido así en un día como hoy?”. Cuando se realizó esta entrevista, era uno de esos días de calor asfixiante en los que se especializa New York. Nadie lleva chaqueta, mucho menos corbata, pero Trujillo va vestido de traje, tela finísima, y una corbata en rojo y amarillo, alegre como una puesta del sol sobre el río Guadalquivir, en España. “Es que sólo soy anglosajón del cuello para arriba –dice–. Del cuello para abajo nunca he dejado de ser hispano, sevillano”. –¿Qué es lo que distingue al hispano en Estados Unidos del anglosajón? –La estructura de valores es importante. En la cultura hispana el individuo está mucho más protegido, siente que pertenece a una comunidad, mientras que en la cultura anglosajona lo que prima mucho más es el individuo. En los pacientes que tenemos se nota la diferencia en el sentido de que entre los hispanos hay más conflictos intergeneracionales, con el acento en la dependencia, mientras que el anglosajón tiende más a tener problemas de soledad y desarraigo. El contacto con la familia a lo largo de un año es el triple para un hispano que para un anglosajón. (Trujillo, que habla de ambas culturas con una aparente distancia científica, deja entrever que quizá admire más a la anglosajona, y sienta más cariño por la hispana). Si a un americano anglosajón que se ha criado en Boston, de repente le ofrecen una promoción y un aumento de sueldo de 10.000 dólares, pero tiene que mudarse a Montana, no lo piensa dos veces. Un hispano seguramente diría que no. La proximidad geográfica a la familia es mayor entre los hispanos; la ayuda que ofrece un hermano a otro es mayor. El recurso de apoyo afectivo siempre está a su disposición, y esto da a la persona un grado de bienestar importante. Y ese bienestar que aporta el apego familiar posee un valor que el dinero no puede comprar. Los mexicanos que emigran a California serán pobres, pero tienen un índice de salud mental mayor que la población general californiana. Pero lo que también se ve es que esa ventaja se pierde en la siguiente generación, porque se ha asimilado más ese individualismo. Trujillo ha asimilado el individualismo americano sólo hasta cierto punto. Le ha llegado a la cabeza, pero categóricamente no a los pies. “Hace unos diez años me hicieron la mejor oferta profesional de mi vida. Pero requería que me fuera a San Diego y dije que no, porque queda demasiado lejos de España y a mí me gusta volver tres o cuatro veces al año. ¡Me iban a pagar el doble! Pero no. ¡Demasiado lejos de mi tierra!”. Su viejo amigo Héctor Varas, que nos acompaña durante la entrevista, ahora que se ha retirado decidió volver a vivir en Buenos Aires: “Estados Unidos ha sido muy bueno conmigo en lo material –dice–, pero hay una cosa que no pierdo de vista: es un país que no perdona. Aquí es donde ves una de las grandes diferencias entre el americano y el hispano”. –¿Usted está de acuerdo, doctor? –Sí, estoy de acuerdo. La ética hispana es una ética que procede de raíces católicas, románicas. De redención, y Dios te perdona, y ya está. El calvinismo es mucho más duro. La persona es mucho más responsable de sus actos. El malo es malo, y punto. La perspectiva mediterránea, católica, tolera mucho más al que falla. –¿Qué le recomendaría a un ecuatoriano que duda entre emigrar a Estados Unidos o España? –Depende de su ambición. En España estaría más cómodo, pero es difícil que acabe siendo presidente del Banco Santander. Aquí puede ser. Depende de su talento. Claro, el noventa por ciento acaba pintando casas en Connecticut, o limpiando. Pero si tiene enorme ambición, seguramente llegará más lejos aquí.

“Aquí las relaciones sociales no están determinadas por los afectos y los impulsos y deseos, sino por otros patrones. Es muy común ir a una fiesta si eres hispano y que te caiga bien alguien y, aunque haya veinte personas, que charles con esa persona toda la noche. Un anglosajón saludaría a las veinte personas, y pasaría tres minutos con cada una, cronometrado”.

LA RELACIÓN FAMILIAR

Una foto antigua del HOSPITAL Bellevue

Una foto antigüa del Bellevue. Es el hospital psiquiátrico más grande y más antigüo -casi 300 años- de los Estados Unidos. Está considerado un gran laboratorio de la locura criminal. Alli desarrolla el Dr. Trujillo su labor profesional.

–A pesar del creciente número de inmigrantes latinoamericanos en España, muchos más siguen emigrando a Estados Unidos. Para los recién llegados, para los 700.000 que cruzan la frontera cada año, ¿cuáles son los principales problemas de adaptación? –El primer problema al que se enfrenta el hispano es que aquí tiene que planear las cosas. Tiene que organizar su vida de modo diferente, con mucha más previsión. El hispano es impetuoso. Aquí lo que quiere hacer en octubre, mejor que lo vaya organizando ya. –¿Y en cuanto a las relaciones humanas, afectivas? –Aquí las relaciones sociales no están determinadas por los afectos y los impulsos y deseos, sino por otros patrones. Es muy común ir a una fiesta si eres hispano y que te caiga bien alguien y, aunque haya veinte personas, que charles con esa persona toda la noche. Un anglosajón saludaría a las veinte personas, y pasaría tres minutos con cada una, cronometrado. –Para el hispano la amistad es un valor muy estimado. –Para los hispanos la relación humana es lo fundamental, entonces la gente se sorprende mucho por lo siguiente. Y debo aclarar que se sorprenden no sólo los hispanos, sino también los coreanos, los hindúes y todos los recién llegados. Y ese bienestar que aporta el apego familiar posee un valor que el dinero no puede comprar. Los mexicanos que emigran a California serán pobres, pero tienen un índice de salud mental mayor que la población general californiana. Pero esa ventaja se pierde en la siguiente generación, porque se ha asimilado más ese individualismo. –¿Significa esto que la sociedad americana es más superficial? –Es una cuestión de movilidad. Aquí tú a los 18 años te vas de casa y puedes cambiar de localidad y de amigos veinte veces en tu vida. Aquí la gente está preparada para la temporalidad de las relaciones de amistad. Trujillo es un hombre que posee esa cualidad que se ve en toda la gente triunfadora: un entusiasmo voraz por lo que hace. Lo que es especialmente notable en su caso es que, a pesar de sumergirse cada día en las penas de la gente más traumatizada, no sólo es una de esas personas tan dinámicas que de sólo verlo cansa, sino que mantiene en todo momento aquella chispa que define a la ciudad donde nació. Pero para lograr vencer a los americanos en su propio campo, ¿no se ha visto obligado a asimilar rasgos anglosajones que nada tienen que ver con su esencia? ¿No ha tenido que caer en la hipocresía? ¿O en una especie de esquizofrenia? –No, no. No es eso. El ser humano es muy plástico –si no fuera así, la historia de la especie no sería de permanente migración–. Uno se adapta a la ecología que hay. Yo lo que hago es que habito dos mundos, pero me siento cómodo en ambos. Claro, con mis amigos hispanos hay más intimidad. Les hablo más de mis temas personales, mientras que con mis amigos anglosajones, no tanto. – ¿No sólo bilingüe, sino bicultural? –Sí. Con el tiempo, la diferencia entre ambos mundos se esfuma, pero no desaparece.

CAMBIARA LA IDENTIDAD

–Usted viaja tres o cuatro veces al año a España. ¿Por qué sigue con la necesidad de volver cuando prácticamente toda su vida adulta la ha vivido en New York? –Yo no me fui de España porque no me gusta, sino por ambición intelectual. Yo amo España. Esa identidad la quiero y la preservo. Lo que pasa es que a mí me atrae mucho la forma de pensar de aquí; me gusta el lenguaje de Bertrand Russell, aquella economía y claridad. –Además España aporta cosas de valor al mundo. –La mayoría de los latinoamericanos que he encontrado en New York a lo largo de los años, podría hablar de miles de personas, quieren mucho a España. Es la única nación europea que tiene 400 millones de personas que no sólo hablan su mismo idioma, sino que también la admiran. Hay una comunidad implícita que se puede convertir en explícita. No me refiero sólo a dinero, sino a valor cultural. No se ha aprovechado este capital porque España no se ha convertido en un país con proyección universal, no ha recuperado esa identidad histórica. Anda demasiado envuelta todavía en sus nacionalismos y sus cosas. Pero, ¿qué va a ser de Francia en cincuenta años? ¿Cuántos francoparlantes habrá? Francia es un país que en cuanto a presencia global está en decadencia. En 2050 habrá 800 millones de hispanoparlantes, y creo que muchos de ellos mirarán a España como un ejemplo de lo que puede ser toda América Latina. –¿Y el futuro de Estados Unidos? ¿Qué opinión tiene de lo que dice Samuel Huntington, que teme el impacto de la ola migratoria, y propaga la idea de que el hispano amenaza con alterar lo que él llama “la identidad tradicional angloprotestante”? –Pues creo que tiene razón (sonríe). Pero la diferencia entre él y yo es que a él le preocupa la idea y a mí me encanta. De aquí a cien años se creará una cultura única, con rasgos de un tipo y del otro. –¿Y qué rasgos aportará el hispano? –Aportará vitalidad, exuberancia, estética, sentido de solidaridad comunitaria. El modelo anglosajón existente aporta rigor, pero ante todo una conciencia muy fuerte del deber. Huntington tiene razón en que se alterarán la identidad y los valores americanos. Pero lo que no parece capaz de entender es que se cambiará por algo mejor; que lo que veremos gracias a la creciente presencia hispana en Estados Unidos es algo maravilloso. Un equilibrio. Un equilibrio entre el deber y el placer.


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