MARGARET THATCHER: MUJER FATAL

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En una sociedad enamorada de crear sus propios mitos y llevarlos hasta el paroxismo, Margaret Thatcher protagonizó para Gran Bretaña uno de los más fuertes y revolucionarios. Sus medidas como Primer Ministro signaron a la isla y al resto del globo. Conservadora a su modo, admirada por los liberales, impopular siempre, hoy vuelve a la palestra pública reconvertida en figura pop.

Texto: Federico Lisica / Fotos: AFP / AP

MARGARET THATCHER

Thatcher junto a Carol y Mark, mucho tiempo antes de que su hijo afronte problemas con la ley.

Mientras Alfred y su esposa Beatrice regentaban la carnicería, Muriel y Maggie, las hijas de la pareja Roberts, jugaban –si es que sobraba tiempo– en su cuarto, tan solo un piso arriba de la tienda. Corría la tercera década del Siglo XX, y el local de la familia metodista en Grantham era inexpugnablemente inglés: brillo seco y poca ostentación, unos pocos mobiliarios de caoba decoraban el lugar. Maggie recordó años después: “La tienda era grande. Tenía una sección de comestibles y otra con todos los muebles que ahora veo en tiendas antiguas, con esos frascos hermosos de diversas clases de té, café y especias. Había una sección de la oficina de correos, y una confitería, con chocolate y cigarrillos. Como mi papá estaba interesado en lo que pasaba en el mundo nos quedábamos hablando hasta tarde con la gente.” Alfred era concejal de Grantham y sus costumbres marcarían la personalidad de su hija menor. Al tiempo, Maggie sería vista planchando su vestido en la sala de mujeres de la Cámara de los Comunes, antes de irrumpir desde su escaño del parlamento con una oratoria aguerrida, concisa y profunda. Ese discurrir venía desde su niñez. A los diez años, Margaret Roberts, la alumna estrella del colegio público local, estaba segura de llevar la política en las venas. “No era algo conciente. Mi interés surgió a partir de una vida familiar en la cual la educación estaba muy valorada. No había dudas de que quería un futuro en la política. Pero no podíamos solventarlo. Por aquellos días para dedicarte a la política debías tener una renta o estar protegido por los sindicatos” dijo en 1975 al diario británico The Times, preanunciando sus políticas sociales al frente de Downing Street. En 1944, con 19 años, obtuvo una beca para asistir al Somerville College de Oxford en donde estudió química. Y aunque tuvo como tutora a Dorothy Hodgkin –pionera en la cristalografía de rayos X y ganadora el Premio Nobel en 1964–, a Miss Roberts le interesaba más otra cosa: ser la presidente de la Asociación Conservadora Universitaria. Pese a ello se graduó con honores y siguió con aplicación su plan: trabajar, hacerse un lugar entre sus pares y hablar por ellos. En su rol de química fue parte del equipo que desarrolló el primer soft frozen ice cream para la compañía J. Lyons and Co. Era tan sólo otro escalón. La futura señora Thatcher ya era miembro de la Asociación de Trabajadores Científicos. Tenacidad, orden, trabajo: la juventud era para Maggie una forma de cimentar su filosofía política.

A los diez años, Margaret Roberts, la alumna estrella del colegio público local, estaba segura de llevar la política en las venas. “No era algo conciente. Mi interés surgió a partir de una vida de familia en la cual la educación estaba muy valorada. No había dudas de que quería un futuro en la política. Pero no podíamos solventarlo. Por aquellos días para dedicarte a la política debías tener una renta o estar protegido por los sindicatos” dijo en 1975 al diario británico The Times, preanunciando sus políticas sociales al frente de Downing Street.

GOODBYE MISS ROBERTS… HELLO MRS. THATCHER

UK USSR

En 1987, la dama de hierro atravesó la cortina y visitó Moscú.

1951 fue el año en que realmente todo cambió. Se presentó por segunda vez como candidata conservadora para el bastión laborista del escaño de Dartford en las elecciones generales. Perdió por segunda vez. Pero ganó fama nacional por ser la candidata mujer más joven del país. Otros aspectos de su estilo comenzaban a llamar la atención. A diferencia de muchos conservadores de esos tiempos, Maggie no tenía problema en hacerse escuchar por cualquier audiencia. Hablaba y escribía con desenvoltura, fuerza y confianza. En los primeros artículos, proclamas y panfletos aún aparecía como Margaret Roberts. Pero su nombre estaba a punto de cambiar. Denis Thatcher, un empresario de Dartford a cargo de una próspera compañía familiar, se convirtió en su esposo y le dio su apellido. “El marido más espectral de todos los tiempos”, como señaló ella en cierta ocasión, estaba de acuerdo con su visión política: antisocialista, antisindicalista, y libremercadista a ultranza. En una entrevista, de las pocas que concedió en vida, Denis dijo de sí mismo: “No pretendo nada más que ser un honesto y buen hombre de derecha. Ése es mi punto de vista”. A los dos años de estar casados Thatcher dio a luz a los gemelos Mark y Carol. “Los chicos alteran tu vida completamente. No lo sabes hasta que los tienes. Yo tengo dos y nacieron de forma prematura, necesitaron muchísima atención en los primeros días, y lo hice porque movilizaron mi corazón. Fue duro y debes estar fuertemente convencida de tenerlos” afirmó la madre que no permitió que los votos se transformaran en biberones. Con el sostén monetario de su esposo, Mrs. Thatcher se lanzó de lleno a la arena política. Aunque no fue por Dartford, ese baluarte obrero y poco receptivo a sus ideas; sino gracias al barrio de Finchley que obtuvo su escaño en 1958. Hasta 1970 su postura se caracterizó por un independentismo rabioso, lo que la llevaba a oponerse a las opiniones mayoritarias del partido y granjearse un lugar como conservadora modernista. Los “torys” se la hacían fácil. Se opuso a la restauración del azotamiento y a la pena de muerte, fue ella también uno de los pocos miembros del parlamento en apoyar a Leo Abse para descriminalizar la homosexualidad, y votó en favor de la Ley de David Stell para legalizar el aborto.

En los primeros artículos, proclamas y panfletos que escribió aún aparecía como Margaret Roberts. Pero su nombre estaba a punto de cambiar. Denis Thatcher, un empresario de Dartford a cargo de una próspera compañía familiar, se convertiría en su esposo, quien le donó su apellido final. “El marido más espectral de todos los tiempos” como señaló ella en cierta ocasión , estaba de acuerdo con la visión política de su compañera: antisocialista, antisindicalista, y libremercadista a ultranza.

LA DAMA DE HIERRO

BIO THATCHER-IRA

En 1979, se vistió con uniforme militar en honor a los soldados caídos en Irlanda.

Con la llegada de la década del 70, el “Swingin London” era una pronta reliquia, Georgie Best –el crápula delantero del equipo de fútbol Manchester United– cambiaba los goles por la botella, y la economía comenzaba a irse al demonio. En ese contexto, Margaret Thatcher era una de las prominentes figuras del partido conservador, y –bajo el mandato de Edward Heath como Primer Ministro– se hacía cargo de la Secretaría del Estado en lo concerniente a Educación y Ciencia. Como respuesta al pedido de recortar el presupuesto de su área tomó una polémica medida: suprimió la leche gratuita a las escuelas primarias. No sólo se ganó una oleada de protestas en su contra, sino que comenzó a cimentar su reputación de férrea conductora, insensible a las demandas sociales, y, de aquí surgió uno de sus poco favorecedores motes: “Maggie Thatcher, Milk Snatcher” (Maggie Thatcher, la roba leche). Tras la derrota de los conservadores en las elecciones de 1974, Thatcher realizó una jugada maestra de ajedrez para asegurarse el dominio del partido. Coqueteó con Edward Heath y con quienes se le oponían; así logró convertirse en la líder conservadora en 1975. “Los rusos están inclinados hacía la dominación del mundo, y están adquiriendo de forma rápida los medios para convertirse en la nación imperial más poderosa. Ellos colocan las armas antes que la mantequilla, mientras que nosotros ponemos cualquier cosa antes que las pistolas” afirmó la líder de la oposición un 19 de enero de 1976. En respuesta, el diario del Ministro de Defensa soviético Krasnaya Zvezda, el Red Star, le dio el sobrenombre de “Dama de hierro”, rápidamente publicitado por Radio Moscú. Thatcher se deleitó con el alias. La condición femenina no cambiaba sus ideas: se oponía a las cuotas por ley para equiparar los puestos de las mujeres en los ámbitos laborales pues, según ella, eso afectaba su propia condición de poder. Con la economía en peor estado que a principios de década, la basura acumulándose en las calles, y el servicio público colapsado por una serie de huelgas, Margaret Thatcher declaraba en referencia a la inmigración: “La gente está preocupada y teme que el país se inunde de personas con una cultura diferente”. Era una entrevista a pocos meses de las elecciones, y Thatcher se mostraba segura de hincar en la médula de las molestias británicas. Al tiempo, y en una de las elecciones más reñidas de la historia, Margaret Thatcher llegaba al poder como Primer Ministro. Era la primera mujer en alcanzar este título en un viejo mundo que, según ella, debía cambiar.

Luego de su salida de Downing Street, Thatcher sufrió serios problemas de salud, y quedó viuda luego de que su esposo Denis muriera en el 2003 tras una larga convalecencia. Nada sería comparable con el regalo de su hijo Mark: fue acusado de utilizar las amistades de mamá para vender armas de forma ilegal, y luego arrestado en Sudáfrica por estar conectado con una intentona golpista en Guinea Ecuatorial. Su reputación quedó algo dañada y decidió llamarse al silencio.

LOS AÑOS LOCOS DE MAGGIE

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Debido a sus posturas conservadoras, Thatcher quedó sola en el Parlamento.

Durante su primer mandato, remodeló cada aspecto de la política británica, reorientó la economía hacia un inexpugnable libre mercado, reformó varias instituciones públicas y se propuso darle vigor a la política exterior de la nación. Como principal aliado internacional tuvo al presidente Ronald Reagan. Juntos comandaron, a nivel trasatlántico, la oleada conservadora durante unos años en los que ya se percibía el fin de la bipolaridad mundial, aunque ninguno de los dos jerarcas dudaba en sacar el mayor rédito posible al miedo rojo. A nivel económico propulsó leyes que debilitaban a los sindicatos, modificó la estructura manufacturera, impulsó cambios impositivos y la desregulación de los mercados financieros. Londres volvía a obtener liderazgo como centro financiero europeo a costa de cientos de miles de desempleados. Recién en 1986 se abandonó realmente la depresión. ¿Cómo había logrado mantenerse en el poder frente a tanto descontento social? Falklands… La contienda bélica tuvo bastante que ver con ello. De hecho, antes del conflicto militar en las islas del sur, pocos aseguraban que Thatcher pudiera ser reelecta, pues sus medidas económicas –el caballito de batalla conservador– provocaban más amargura que frutos. Hacia marzo de 1982, ni siquiera su esposo Denis estaba seguro de movilizar la fuerza militar para obtener una victoria en el archipiélago sur. Sólo el dictador chileno Augusto Pinochet parecía tan convencido como la Primer Ministro de llevar a cabo hasta las últimas consecuencias la lucha armada. Durante más de dos meses, tiempo que duró el conflicto, Thatcher dormía pocas horas, templaba su espíritu con varias dosis de whisky Bells, y recibía en sus nalgas una inyección de vitamina B12 para recuperar energía, tal como narró su asistente personal Cynthia Crawford. La victoria militar significó un espaldarazo moral para un país que forjó el mito de la nación guerrera, y cuyo último conflicto bélico, en la Segunda Guerra Mundial, había dejado un sabor agridulce para los habitantes de la isla. Al año siguiente las urnas le devolvieron masivamente su voto de confianza. En los años sucesivos fue igual de determinante.

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Infaltable. Thatcher asistió al festejo por los 25 años de la guerra de Falklands.

Con los mineros, con el IRA (quienes perpetraron en 1984 un atentado del que salió ilesa por quedarse más tiempo del pensado en el lavabo del hotel Brighton) y hasta con Mijail Gorbachov a quien le dijo en su primer encuentro: “Podemos hacer negocios juntos”. La economía boyante, le aseguró un tercer y último mandato, acontecimiento que no sucedía desde que Lord Salisbury fuera Primer Ministro en los inicios del Siglo XIX. Para ese entonces, su figura irradiaba y opacaba su verdadero poder. La postura escéptica de Thacher frente a la integración total de la isla con el continente europeo profundizó las divisiones de su gabinete, hasta provocar su salida de Downing Street. Una partida menos gloriosa de lo que Maggie hubiera imaginado. Al tiempo calificaría la actuación de sus ministros como “una traición con una sonrisa en sus rostros”. Pero las palabras recordadas por Gran Bretaña fueron otras: “Después de haber consultado abiertamente con mis colegas, hemos concluido que la unidad del partido y las previsiones de victoria en las elecciones generales serán mejores si yo no continúo”. Ese flemático mensaje de dimisión, realizado un 28 de noviembre de 1990, tiene la misma importancia para los británicos que la llegada del hombre a la luna, o la muerte de JFK para el resto del globo. Todos recuerdan en dónde se encontraban y qué estaban haciendo en el momento en que Margaret Thatcher renunció a su cargo.

Thatcherismo ilustrado

“Si nuestra única oportunidad es la de ser iguales, no es una oportunidad.” “Los peniques no caen del cielo: hay que ganárselos aquí abajo, en la tierra.” “Nadie recordaría al buen samaritano si sólo hubiese tenido buenas intenciones. Además tenía dinero.” “La esperanza no es una base para una política de defensa.” “Las guerras no son causadas porque se construyan armas. Son causadas cuando un agresor cree que puede alcanzar sus objetivos a un precio aceptable.”

MAGGIE POPSTAR

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Thatcher con su amigo y aliado, Reagan.

Margaret Thatcher –la política– continuó siendo una personalidad importante dentro de la órbita de los intereses británicos. En mayor parte se dedicó a pasear su estela por donde se la necesitase. Volvió a la Cámara de los Comunes, fue nombrada baronesa, escribió sus memorias, asesoró a multinacionales como Philip Morris, visitó a Augusto Pinochet durante su interruptus judicial en Londres (en una suerte de devolución de favores) y viajó por el globo relatando sus experiencias de gobierno. Para Margaret Roberts –la mujer– las cosas fueron difíciles. Sufrió serios problemas de salud, y quedó viuda luego de que su esposo Denis muriera en el 2003 tras una larga convalecencia. Nada sería comparable con el regalo de su hijo Mark: fue acusado de utilizar las amistades de mamá para vender armas de forma ilegal, y luego arrestado en Sudáfrica por estar conectado con una intentona golpista en Guinea Ecuatorial. Su reputación quedó algo dañada y decidió llamarse al silencio. Pero Maggie –la figura– y su legado –el thatcherismo– se han reconvertido en estampas pop… azules, blancas y rojas, tal como lo exige la Union Jack Flag. El primero en dedicarle varios párrafos fue la lúcida música pop británica. Ya en sus años de gobierno lo hicieron The Beat, The Kinks y Pink Floyd en su álbum The Final Cut. Los dos más sinceros, irónicos y típicamente británicos fueron Elvis Costello –en Tramp The Dirt Down aseguró que bailará sobre su tumba– y el cantante Morrissey, que se preguntó “¿Cuándo te morirás?” en Margaret On The Guillotine. Desde el cine, el thacherismo se reavivó como una estela gris en películas que retrataron la desocupación reinante a mediados de los 80.

Baroness Margaret Thatcher

La estatua erigida en su honor dentro del Palacio de Westminster, donde sus detractores no pueden destruirla ni dañarla.

Billy Elliot y The full Monthy son dos de las películas más reconocidas, aunque sin dudas fue el director Ken Loach el más literal de todos ellos. Le dedicó gran parte de su filmografía al legado social de su gobierno. Ahora será directamente su persona la retratada, como sucedió con la reina Elizabeth II en The Queen. Thatcher tendrá una especie de biopic del momento más álgido de su carrera: los diecisiete días previos al enfrentamiento anglo-argentino. Para los amantes del pop trash: han subastado el muñeco de goma de Maggie utilizado en una sátira televisiva, y se estrenó Margaret Thatcher, el musical. Una frase de Francois Mitterrand sobre su persona: “Tiene los ojos de Calígula y los labios de Marilyn Monroe” ha servido para alimentar algunas teorías sobre el atractivo erótico de la Dama de hierro. Así lo creía el fotógrafo Helmut Newton: “Es mi pin-up girl. Hacía tiempo que quería hacer su retrato, pero sólo lo conseguí cuando dimitió. Era una auténtica mujer de poder. Y el poder es un afrodisíaco muy fuerte”. Newton logró captar el semblante de una mujer serena, olímpica, de garbo duro y maduro. Pero Margart Thatcher –alguna de todas ellas– ha vuelto a la palestra pública para los festejos oficiales por el 25 aniversario de la victoria sobre Falklands. “Toda la nación celebró el triunfo, y deberíamos continuar celebrándolo siempre”, declaró. Parece que la mujer de los cientos de apodos y de la estirpe e ideas uniformes, se niega a quedar relegada eso, a ser simplemente un retrato. Grantham también ha sufrido cambios. La comunidad, que por haber sido la cuna de Maggie, se ganó en 1980 el premio como “la ciudad más aburrida de Gran Bretaña” inauguró como respuesta al agravio un cine y un bowling.


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