MARIA EVA DUARTE DE PERON: UN MITO POLITICO

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Amada con devoción por unos y odiada al extremo por otros, María Eva Duarte de Perón encarnó el sueño de la Cenicienta que llega al poder y lo ejerce con aguerrida y controvertida pasión. Actriz de segunda línea, su vida se cruzó con el general Perón en 1944, y un impiadoso cáncer se la llevó en 1952. Poco años, pero suficientes para ella. Más de medio siglo después, muchos argentinos no la olvidan, Broadway y Hollywood la hicieron volver como una gran estrella a escena, y su clásico peinado con rodete recorre el mundo en camisetas y pósters, usualmente reservados a los personajes revolucionarios y carismáticos. Semanas atrás, el público de Miami se acercó a ver el musical Evita en el Adrienne Arsht Center.

Texto: Vicente Batista / Fotos: Hernán Castro / Marcelo López / Facundo Castiñares / Federico Bernachia / Adrián Costa / Roberto Ortega / Patricio Ocampo

Eva Peron en la radio nacional

Si Eva viviera, este 2014 cumpliría 95 años. En 1944 conoció a Perón cuando éste aún no había sido elegido presidente por primera vez.

Si Juana Ibarguren decidía algo, llevaba esa decisión hasta las últimas consecuencias; no había fuerza en el mundo que la hiciera desistir. Tanto María Eva como sus cuatro hermanos sabían que de nada valdría negarse. Mamá Juana lo había resuelto y sólo restaba obedecer. Por eso aceptaron que los vistiera con sus mejores ropas. Decir “mejores ropas” es sólo una manera piadosa de describir la indumentaria que usaba María Eva aquel 8 de enero de 1926: zapatos viejos, con la suela gastada, una falda con varios remiendos y una blusita celeste, casi transparente por su excesivo uso.
El calor y la humedad sofocaban, el sol castigaba sin clemencia ¿Por qué a mamá Juana se le había ocurrido viajar al pueblo de Chivilcoy, en la pampa de la provincia de Buenos Aires, y justo un día como éste? De Los Toldos a Chivilcoy había un buen trecho, pero eso parecía no preocuparle a Juana Ibarguren. Abría la marcha, con el andar de una matrona orgullosa; le hacían escolta sus cuatro hijas y el único hijo varón. Las hermanas esperaban que fuera él quien formulara la pregunta, aunque Juancito se empeñaba en continuar callado; entonces María Eva apuró el paso, se puso junto a su madre y preguntó:
–¿Por qué vamos a Chivilcoy?
Juana Ibarguren no detuvo la marcha, tampoco giró la cabeza, pero habló; y dijo con un tono que no admitía réplica:
–El padre de ustedes ha muerto, vamos a su velorio.
María Eva tenía 7 años y definitivamente comprendía por qué en la escuela se burlaban de ella. Aquellos escritos anónimos en el pizarrón: “No sos Duarte, sos Ibarguren”. Las preguntas insidiosas: “¿Dónde está tu papá?”. Ella podía decirles que Juan Duarte era su padre, aunque no fuese el marido de Juana Ibarguren. En definitiva, María Eva y sus hermanos habían sido reconocidos por ese señor que se acababa de morir en un accidente de automóvil, pero estaban condenados a ser hijos naturales, de segunda.
Por eso ahora, en el velorio, los miran con desprecio, como preguntándose: “¿Qué está haciendo esta gente aquí?”. Juana Ibarguren cumplió con el rito: hizo que cada hijo le diera el beso definitivo a su padre, luego se marchó. Con el mismo aire imponente con el que había llegado volvieron a Los Toldos: ella adelante, los cinco hijos de escolta.

Eva y Juan Peron en la Casa Rosada

Tuvo numerosos amantes mientras crecía su popularidad como actriz. Al casarse con Perón, Evita buscó borrar su pasado.

El futuro era incierto y nada venturoso. Andando sola por las calles de tierra del pueblo, María Eva cada día se convencía de que muy pronto debería marcharse de allí. Sus compañeras despreciaban a esa chica morenita y pálida, con el pelo castaño oscuro cortado muy corto (“El pelo corto es más fácil de mantener –decía su madre– y atrae menos a las liendres”) y esas absurdas pretensiones de ser actriz de teatro. ¡Ella, una hija natural!
Como respondiendo a sus deseos, Juana Ibarguren anunció que se mudarían a Junín. Era un pueblo más grande que Los Toldos y allí había posibilidades de trabajo. No se equivocó. Al poco tiempo de establecerse, Juancito fue empleado por la empresa que fabricaba el jabón Federal; Blanca consiguió una plaza como maestra, y Elisa un puesto en el correo. Erminda y María Eva, las menores, no tenían ocupación. María Eva seguía firme en su empeño de ser actriz.
Cierta tarde, en un diario que había llegado de Buenos Aires, lee que Radio Belgrano –una de las emisoras top de la época– tomará pruebas para posibles actrices. María Eva pide, implora, insiste hasta que su madre acepta acompañarla a la Capital Federal. Es hora de que demuestre sus aptitudes. Nadie puede negar cómo emociona al público cuando en los actos del colegio recita las poesías. Así decía: “poesías” en lugar de “poemas”. Ahora los va a recitar ante un jurado bastante más exigente: el de Radio Belgrano. Y allí está frente a esos señores de cara seria, que sin hacer el mínimo gesto escuchan en silencio de qué modo María Eva repite los versos de “¿A dónde van los muertos?”, el poema de Amado Nervo.
La prueba está hecha, María Eva y su madre regresan a Junín. El director de la emisora les asegura que pronto tendrán respuesta. No obstante, esa prometida respuesta se demora. María Eva no baja los brazos, ha decidido que su destino está en las tablas y nadie podrá quitarle ese sueño de la cabeza. Un sueño que comienza a hacerse realidad el día en que Agustín Magaldi llega a Junín. “El Gardel de las provincias”, llamaban a ese cantor de tangos de voz aguda y sentimientos más agudos que su voz. María Eva va al recital, lo escucha con emoción y aplaude frenéticamente cada tema.
Al final de su actuación y luego del segundo bis, Magaldi se marcha a los camarines. María Eva logra escabullirse y un rato después golpea la puerta del cantor. Se presenta, aunque sabe que su nombre nada dice. Tampoco su aspecto, es una chica de 15 años que no tiene pechos prominentes ni caderas torneadas. Pero habla con tal convicción que Magaldi se compromete a ayudarla si ella decide viajar a la Capital. Le da una tarjeta con sus datos y dice que lo llame no bien llegue.
Esta vez la suerte juega a favor de María Eva. Su hermano, Juan, está cumpliendo con el servicio militar en Buenos Aires, esto es una garantía para que ella viaje: tiene quien la proteja. El 2 de enero de 1935 María Eva, con la tarjeta de Agustín Magaldi en uno de sus bolsillos, sube al tren que la llevará a la gran ciudad. Con sus apenas 15 años está convencida de que va a triunfar en el mundo del espectáculo. No puede imaginar ni en el más remoto de sus sueños que su papel trascenderá las carteleras y las marquesinas para proyectarse en la historia política del siglo XX.
Pero aún falta para eso. Ahora María Eva deberá instalarse en Buenos Aires. Le sobran ilusiones, aunque le falta dinero. Elige la pensión-restaurante Giovannoni, el sitio de reunión de todos los de Junín que viajaban a la Capital. Luego se comunica con Magaldi. El cantor cumple con su promesa y le presenta al director de teatro Joaquín de Vedia y al actor José Franco. Ambos se dan cuenta de que la chica posee más voluntad que talento, pero la admiten. Debuta poco tiempo después. Para ese debut ha prescindido del primer nombre: desde ese momento será Eva Duarte. La obra se llama La señora Pérez, deberá interpretar el papel de una mucama y decir una sola frase: “La mesa está servida”. No es mucho, pero es algo.
Sabe que todavía le esperan días duros, y no se equivoca. No es fácil ser una actriz sin nombre en esa ciudad devoradora; está dispuesta a resistir todos los embates, desde que José Franco le consiga papeles con la condición de que se vaya a la cama con él, hasta pasar un fin de semana en el Tigre en compañía de algún bon vivant que, para colmo, la rechazará porque le resulta una mujer mal hablada, con un vocabulario más digno de un camionero que de una dama.
Es cierto, por aquellos años, Eva Duarte carecía de distinción. Sin embargo, más de un hombre irá tras ella. A muchos los despreciaba; en cambio, aquellos que podían ayudarla solían ser aceptados, como amigos o como amantes. En ninguno de ellos halló el amor que verdaderamente buscaba. Ese amor lo encontraría en 1937, cuando conoció al periodista chileno Emilio Kartulowicz, director de la revista Sintonía. Muy pronto se entendieron y, más pronto aún, Kartulowicz publicó una foto de Eva en la portada de la revista.
Fue un verdadero disparador: ahora el rostro de Eva Duarte se convertía en algo público. Llegaron ofertas para hacer cine, y aunque ya Eva y Emilio se habían separado, la foto del rostro de la actriz se repitió en otros dos números de Sintonía y luego en un número de Radiolandia, publicaciones del star-system porteño. Ya comenzaba a ser alguien. Lo será definitivamente cuando aquel sábado 15 de enero de 1944 se encuentre con el coronel Juan Domingo Perón en el acto solidario para los damnificados que había dejado un fuerte terremoto en la provincia de San Juan. Lo que se inició como una aventura más se transformó en un casamiento por todo lo alto.

Eva, mito politico

Su relación sin intermediarios con la gente la llevó a ocuparse personalmente de los problemas de los más necesitados.

A partir de ese momento, Eva Duarte se convirtió en Eva Perón, la sólida compañera de aquel militar que dos años después, el 24 de febrero de 1946, era proclamado presidente de los argentinos. Aquella ignota muchacha que diez años antes había dejado Junín para tentar fortuna en la gran ciudad, ahora era la primera dama. Pero no se contentaría con eso: iba por más. Tal vez intuía que tendría poco tiempo de vida, debía ganarle tiempo al tiempo.
Se hizo necesario borrar su pasado artístico, desde las grabaciones radiofónicas hasta las películas cinematográficas, sin olvidar las fotos publicitarias, debían desaparecer de inmediato, ni una sola huella de esa vida, ahora comenzaba otra y ella debería dedicarse por entero a eso. Para empezar, propuso que su hermano Juan, el “atorrante” (vago, poco serio), como le decía cariñosamente, fuera el secretario personal de Perón. Después tuvo que enfrentarse con las damas aristócratas que administraban la Sociedad de Beneficencia. Ese organismo había sido fundado por el presidente Bernardino Rivadavia en 1823, y su propósito era proteger a los huérfanos, pobres y desamparados. Era norma que la esposa del presidente de la República fuese de hecho presidenta de la Sociedad de Beneficencia. Esas señoras de alta sociedad no podían aceptar que una ex artista de variedades presidiera ese organismo.
Argumentaron que Eva Perón era muy joven para asumir ese cargo. “Entonces nombren a mi madre”, replicó Eva y demostró hasta dónde llegaba su poder: el 6 de septiembre de 1946 el gobierno disolvió la Sociedad de Beneficencia. Las puertas quedaban abiertas para el nacimiento de la Fundación Eva Perón. El 8 de julio de 1949, la Fundación se inauguraba oficialmente. Tal como en su momento dijera, su labor en el nuevo gobierno peronista no se iba a limitar a cumplir el papel de primera dama. Se hizo cargo, honoríficamente, de la Secretaría de Trabajo, y desde allí comenzó a trabajar sin descanso. Visitaba fábricas, escuelas, hospitales, centros deportivos, sindicatos, quería tener todo bajo su control.
Por entonces, simplemente la llamaban “Evita”. Los pobres, las familias más desheredadas, aquellos peronistas sentían por ella verdadera devoción. La aristocracia, las capas medias antiperonistas llegaron a odiarla hasta el paroxismo. Perón se había declarado admirador de Benito Mussolini. A nadie sorprendió que también admirase a Francisco Franco. El régimen que había impuesto el generalísimo español era repudiado en todo el mundo. Perón, sin embargo, le prestó su apoyo en las Naciones Unidas y le había brindado ayuda mediante el envío de carnes y cereales sin cargo. En agradecimiento, Franco invitó a Perón a visitar España.
Este delegó esa misión en su esposa. El 6 de junio de 1947, Evita subió al avión que la llevaría a Madrid. En España fue recibida con todos los honores. En Italia no se prodigaron con igual fervor, aunque la Santa Sede la trató con el protocolo reservado a los grandes estadistas. El gobierno francés se limitó a ser fríamente formal; uno de los diarios de París la calificó de “agente del fascismo” y el France Soir publicó una foto en la que Evita parecía estar desnuda bajo una tela liviana que ella apretaba contra su cuerpo. El Reino Unido no dio seguridad de que la reina de Inglaterra fuera a recibirla, por lo que Evita eligió Lisboa como próximo puerto. Luego viajó a Suiza. En Berna, un joven exaltado le tiró piedras a su paso y un poco más tarde alguien le arrojaría tomates. Evita no se inmutó. “Cuando se representa a un Estado no se puede tener miedo”, señaló. El 10 de agosto regresó a Lisboa y desde Dakar se embarcó en una nave de la compañía Dodero. El 23 de agosto a las cuatro de la tarde llegó al puerto de Buenos Aires. El gobierno en pleno, con Perón a la cabeza, la estaba esperando. El viaje había llegado a su fin.

Ahora comenzaba la última y más dramática etapa de su corta vida. En primer lugar, modifica su aspecto físico. Archiva para siempre los vestidos suntuosos y adopta el simple traje sastre, elimina el maquillaje en su cara y de ahí en adelante su único peinado será el rodete. Incluso cambia la voz, ahora suena enronquecida y muchas veces crispada. Con esa voz, el 23 de septiembre de 1947, a sólo un mes de su regreso de Europa, anunciará la proclamación de la Ley 13.010, que concede a la mujer el derecho al voto. Ella lograba poner en práctica esa ley por la que tanto habían luchado distintas mujeres que desde la política y la cultura repudiaban a Eva Perón. Otra de las tantas paradojas que sembró en su corta vida política.
Las cartas estaban echadas: iba a dedicarse por entero a la acción social. Trabajaba hasta casi las cinco de la mañana, dormía apenas unas horas y nuevamente estaba al frente de la Fundación. Podía con todos, menos con el cáncer que se había instalado en su cuerpo y comenzaba su labor destructora. Sin embargo, no bajó los brazos. Los desposeídos del país, sus “grasitas” (diminutivo de grasa: pobre, poco fino) como los llamaba, la necesitaban. En nombre de la Fundación se abrían escuelas y policlínicos, hogares de descanso y ciudades infantiles.

“Podía con todos, menos con el cáncer que se había instalado en su cuerpo y comenzaba su labor destructora.”

Det Ny Teater - Evita   1/2014

El musical itinerante Evita pasó a fines de mayo por Miami. La encargada de personificar al mito argentino es Caroline Bowman.

La rama femenina del Partido Peronista ya era un hecho y se había convertido en una columna de poder dentro del movimiento. Intimamente, ella sabía que no le quedaba mucho tiempo de vida. Con la voz quebrada renunció a su candidatura como vicepresidenta, prefería continuar desde el llano. Ahora soñaba con dejar un testimonio escrito. Manuel Penella de Silva, un periodista español, llegó al país para hacer posible ese sueño. Estuvo largas jornadas junto a Evita y el resultado de esas reuniones fue La razón de mi vida; el libro pasó a ser texto obligatorio en todas las escuelas de la Argentina. Estaba lejos de ser un testimonio feminista, aunque luego más de un entusiasta intentó proclamarlo de ese modo. Allí leemos: “De la misma manera que una mujer alcanza su eternidad y su gloria, y se salva de la soledad y de la muerte dándose por amor a un hombre, yo pienso que tal vez ningún movimiento feminista alcanzará en el mundo gloria y eternidad si no se entrega a la causa de un hombre”.
Ella misma se entregó a la causa del general Perón, pero en poco menos de ocho años de militancia supo destellar con luz propia. El 26 de julio de 1952 fue un día frío y lluvioso. En las primeras horas de la noche, todas las emisoras de radio del país suspendieron su transmisión. Un locutor con un tono de voz grueso pero impersonal anunció: “Tengo la infortunada tarea de comunicar que hoy a las veinte y veinticinco, la señora Eva Perón ha muerto. La República está de duelo”. Había muerto a los 33 años. Medio siglo más tarde, para muchos argentinos ese duelo continúa vigente.


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