MARIA KODAMA: LA PEOR LECTORA DE BORGES

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Corría 1967. La escritora francesa de origen búlgaro Julia Kristeva publica un artículo (“Bajtín, la palabra, el diálogo y la novela”) en la revista francesa Critique que traería cola. En dicho texto –que era una reseña de dos libros del crítico y teórico ruso Mijaíl Bajtín–, Kristeva da a conocer el concepto “intertextualidad”. “Todo texto se construye como un mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto”, puntualizaba Kristeva. Un compañero de aventuras suyo, Roland Barthes, profundizó sobre la intertextualidad de este modo: “Todo texto es un intertexto. Hay otros textos presentes en él, en distintos niveles y en formas más o menos reconocibles: los textos de la cultura anterior y los de la cultura contemporánea. Todo texto es un tejido realizado a partir de citas anteriores”.

Ese 1967, el escritor argentino Jorge Luis Borges gozaba de una reputación inesperada luego de que en 1961, en España, recibiese el Premio Formentor (junto al irlandés Samuel Beckett) y cinco años más tarde fuese nombrado Caballero de la Muy Distinguida Orden del Imperio Británico. Además, estaba preparando unas conferencias que iba a brindar en algunas universidades de Estados Unidos y Reino Unido. Si bien en los años 50 en Francia habían traducido dos de sus libros de cuentos (Ficciones y El Alpeh), su popularidad en cuanto ventas recién le llegaría a fines de la década de 1970, luego de la inclusión de una cita suya en un libro del francés Michel Foucault.

Corre 2009. Un joven escritor argentino, Pablo Katchadjian, lanza sin grandes alharacas El Aleph engordado en una editorial muy pequeña de Buenos Aires. Al final de esa edición de sólo 200 ejemplares el autor enarbola las razones que lo llevaron a “engordar” el célebre cuento de Borges: “No quitar ni alterar nada del texto original, ni palabras, ni comas, ni puntos, ni el orden. Eso significa que el texto de Borges está intacto pero totalmente cruzado por el mío, de modo que, si alguien quisiera, podría volver al texto de Borges desde éste”.

En 1967, Borges edita junto a su gran amigo Alfredo Bioy Casares Crónicas de Bustos Domecq. En este libro, una humorada característica de este dueto, un escritor publica con su nombre las obras de la literatura universal con la que más se identifica; otro escribe una y otra vez la misma obra con distintos títulos, adscribiéndola a distintos estilos o tendencias. Estos juegos literarios, apropiaciones deliberadas, montañas de referencias (ciertas e inciertas), eran parte del DNA de Borges, quien con cuentos como el insuperable Pierre Menard, autor del Quijote (Menard, al consumar una “citación total” del texto de Cervantes, lo “roba” letra por letra), había sustentado una escritura que discutía nociones tan emblemáticas como “autor” y “original”.

En ese 1967, Borges daba clases de anglosajón e islandés antiguo en la capital argentina. Una de sus alumnas era la joven María Kodama. En lo personal, el hacedor de obras maestras como los cuentos Funes el memorioso o El sur, se había casado con Elsa Astete. Ese matrimonio, su primer matrimonio, duró apenas tres años: de 1967 a 1970. En 1975, Kodama empezaría a acompañar al escritor en sus viajes al exterior tras la muerte de la madre de éste, Leonor Acevedo. En esos momentos, Kodama era sólo su asistente. Hacía tiempo que Borges sufría de una ceguera casi total. Si bien siete años antes de casarse con ella Borges la sumó en su testamento –con la mitad de su herencia; la otra estaba en manos de la señora que había cuidado a su madre y a él, Fanny–, en noviembre de 1985 redactó un nuevo testamento en el cual la designaba como heredera universal. Y le dejaba migajas a Fanny.

Corre 2011. La heredera de Borges, María Kodama entabla una demanda por plagio a El Aleph engordado. Cito al escritor y periodista chileno, Gonzalo León, que hizo una acabada reconstrucción de tan curioso momento en la vida de un escritor, que lo tiene en este 2015 a Katchadjian entre la espada y la pared: “En el Código Penal el delito de plagio prevé una pena de uno a seis años; Pablo Katchadjian tuvo que contratar los servicios de su amigo y también escritor Ricardo Strafacce. Ganó en primera instancia y en la Cámara de Apelaciones. El abogado de María Kodama, Fernando Soto, recurrió entonces a la Cámara de Casación y esta vez logró que el caso volviera a primera instancia, donde el juez, que antes había absuelto a Katchadjian, decretó su procesamiento y el embargo preventivo de sus bienes por $ 80 mil (casi 9 mil dólares). Hoy, el autor de El Aleph engordado enfrenta días difíciles, de decisiones, y también enfrenta la posibilidad, lejana pero posibilidad al fin, de ir preso. Las aristas son muchas: desde si las leyes pueden limitar el ejercicio creativo hasta dónde es prudente que llegue el celo de los herederos de obras como las de Borges”.

Es decir, estamos ante la peor lectora de la obra de Borges, la enceguecida María Kodama. Si hubiese sido por ella, el padre de la intertextualidad, el padre de la muerte del autor, no hubiese existido. Un poeta argentino desde Twitter (Guillermo Piro ‏@gogol) sintonizó muy bien el malestar de muchos: “La lógica de Kodama es la misma que la de un mafioso cualquiera: si dejo que pase una vez, va a pasar muchas veces más. Que sirva de lección”. Ah, este texto está lleno de citas de otros textos.

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez

 


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