MARIO BENEDETTI: EL POETA DEL EXILIO

0

Es el escritor uruguayo más popular y reconocido en el mundo. Por la sola militancia de su pluma, vivió décadas de exilio. Argentina, Perú, Cuba, México y España fueron su refugio en los años de plomo. Salió a flote gracias a la literatura y los amigos. Acaba de cumplir 86 años, y ya de vuelta en su Montevideo esencial, comenzó a desandar el camino del “desexilio”. Pero a él, que le cantó al amor –al visceral, al romántico, al combativo, al oscuro y cotidiano–, la muerte de Luz, su compañera de toda una vida, lo arrima a las lágrimas y la tristeza. Sólo le hacen feliz el ayer del fútbol y el mañana político de su país.

Texto: Juan Cruz Fotos: AP/ AFP

Mario Benedetti inventó la palabra desexilio cuando pudo volver a Uruguay, tras los años de plomo de la dictadura en su país. Pero nadie le va a regalar una palabra que le quite la tristeza de verse solo, después de sesenta años con Luz. Era su mujer, y murió después de un grave y lento proceso de Alzheimer. Cuando nos sentamos con él, en su casa de Montevideo, Mario se levantó de pronto, cruzó la sala donde recibe las visitas y se fue hasta la estantería que hay junto a su ordenador, y volvió con una fotografía. Cuando nos la mostró, comenzó a sollozar. Cuando pudimos hablar de nuevo, sobre él pesaba la sombra de una tristeza a la que ya no le ve final. Acaba de cumplir 86 años. Detrás hay una larga vida de poeta, de novelista, de articulista, de militante político. Los militares de su país lo persiguieron por el mundo –Buenos Aires, Lima, La Habana– para que cumpliera la condena implícita que pesaba sobre él, y se salvó de la muerte. España fue su penúltimo refugio. En Mallorca vivió años muy felices, lo dice él, y en Madrid tuvo casa, amigos y esperanzas. Hasta que pudo volver, y fue entonces cuando inventó la palabra desexilio: acostumbrarse a vivir en su propio país. En todas las partes acogen sus recitales como los de un músico de rock, en todas las ferias del libro le piden autógrafos como si fuera un actor de cine, y muchos músicos –incluido el catalán Joan Manuel Serrat y la cantante peruana Tania Libertad– han hecho de sus poemas música de amor y de resistencia. Cuando estuvimos con él en Montevideo, mostró inclusive momentos de cierta felicidad. Pero está herido. La muerte de Luz López Alegre, su compañera desde 1946, ha sido para él un tremendo mazazo, y bajo esa sombra habla, como si vivir ya fuera un penoso esfuerzo de soledad. Conserva intacto un cierto humor irónico, con el que llena sus poemas y sus haikus, algunos de los cuales nos recitó, como si diciendo sus versos no tuviera que contarnos lo que más le dolía.

ALMA MAGAZINE: ¿Cómo eran sus padres?

MARIO BENEDETTI: Había un gran desnivel cultural entre ellos. Mi padre era químico y enólogo, y mi madre casi no había acabado la primaria. Mi madre era bastante caprichosa; no se llevaron bien… Mi padre era un tipo muy inteligente, generoso, buena persona. Y como profesional era excelente.

AM: ¿De dónde le venía esa relación con el vino?

SPAIN-URUGUAY-LITERATURE

Escritor Mario Benedetti.

M.B.: Lo del vino viene de mi abuelo. Mi abuelo tenía unos cinco títulos. Era un sabio. Se llamaba Breno Mario Edmundo Renato Nazareno Rafael Armando. Era enólogo. Lo contrataron en Montevideo, alcanzó seguridad económica y se trajo a la novia, que estaba en Italia. Mi abuela era muy sorda, pero intuía, y si notaba que se estaba diciendo algo cómico, ella se reía como una loca. Con el tiempo, cuando mi abuelo se dio cuenta de que mi padre estaba en mala situación económica, le enseñó lo de los vinos. Y como mi padre era químico, asimiló muy bien esas cosas. Por eso fue enólogo.

AM: En aquella época, ese oficio debía dar un carácter especial…

M.B.: En aquella época, como dice mi hermano Raúl, los vinos aquí eran horribles, malísimos. Donde mi padre y mi abuelo intervinieron, los vinos eran buenos. Mi abuelo también fue astrónomo; el Estado le encargó un observatorio, que tuvo en el jardín de su estancia. El anunciaba el tiempo, las tormentas, y mandaba los partes.

AM: ¿Cómo se fue haciendo usted?

M.B.: Aprendí a leer solo. Me pusieron en el colegio alemán, y fui enseguida a segundo grado, porque yo ya había leído a Julio Verne y Emilio Salgari. En el colegio alemán nos enseñaban a golpes…

AM: ¿Esa dura pedagogía lo marcó?

M.B.: Me marcó en varios aspectos, y me hizo aprender alemán, que es hoy el idioma que manejo mejor. El idioma que uno aprende en la infancia es el que uno aprende mejor. Nos separaban a los que hablábamos alemán o español con nuestras familias. Eso originó una guerra entre los unos y los otros… ¡se producían unas peleas espantosas en los recreos! La peor penitencia era que el director te llevaba al despacho y te daba una paliza.

AM: ¡Qué disciplina! ¿Qué huella le dejó?

M.B.: Me hizo muy disciplinado, muy estricto, muy puntual. Ese rigor tenía su desventaja. Una vez nos daban una clase de carpintería y un hijo de alemanes tuvo una discusión conmigo: tenía un cuchillo, me lo tiró y me lo clavó en una pierna… No era fácil la vida en el colegio alemán.

AM: En casi todos sus libros, la ciudad de Montevideo está presente.

M.B.: A mí siempre me gustó Montevideo, porque aquí me pasaron cosas buenas y malas. Vivo aquí desde los cuatro años, y me atrae porque siempre ha tenido un buen nivel cultural. Uruguay fue durante muchos años el país con mayor alfabetización de América latina. Cuando era un niño empecé a leer y leer. Los primeros versos de mi vida los escribí en alemán, ¡los profesores no creían que fueran míos! Tuvo que ir mi padre para certificar que los había escrito yo.

AM: Por lo que me cuenta era un país feliz.

M.B.: Nos hizo mucho bien el fútbol. Fuimos campeones olímpicos en 1924 en París, y en 1928 en Amsterdam. En 1930 campeones del mundo. Y en 1950 le ganamos a Brasil la final de la Copa del Mundo en el legendario estadio Maracaná. Gracias al fútbol nos conocieron en el mundo. ¡Cuando ganamos las olimpíadas, en París, la gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas, saliera campeón! Cuando ganamos en 1924, me acuerdo que mi padre escuchaba una radio española con unos auriculares que no sé de dónde los sacó. En 1928 seguíamos los resultados en la plaza a través de unas pizarras. Uruguay jugaba la final con Italia, y bajaban los cartelones: “Uruguay cede corner; a Italia le cobran off side”… El fútbol hizo feliz a Uruguay; le dio importancia, personalidad. ¡Que un país tan chico tuviera cuatro títulos mundiales era una cosa increíble! Además, todo eso coincidió con un buen momento económico; no se veía mucha miseria, siempre había algunos suburbios de pobreza, pero la gente vivía bastante bien.

AM: Y, como diría respecto de Perú su homónimo Vargas Llosa, ¿en qué momento se jodió Uruguay?

M.B: Yo creo que fue fundamentalmente la crisis económica la que lo precipitó todo. Antes se había acabado el buen fútbol, se fueron los buenos jugadores. Se acabó la guerra de Corea y le dejaron de comprar productos a Uruguay, como la carne y la lana. ¡Durante 174 años ganaron gobiernos conservadores, hasta ahora, que ganó el Frente Amplio!

AM: Pero surgieron la tortura, la corrupción, el soborno, y enfrente estaban los Tupamaros.

M.B.: Los Tupamaros creían que la revolución iba a ayudar a la redistribución de la poca riqueza que le quedaba al país. Y los ricos, los militares y los gobernantes aceleraron la represión y la tortura; ahí empezó todo.

AM: Usted militó en política.

 M.B.: Estuve en uno de los movimientos que se integraron en el Frente Amplio. Fue una experiencia dura, porque hay que decir en la tribuna algo con lo que no siempre se está de acuerdo. Además, no improvisaba los discursos, los escribía, y eso para un político no es nada bueno. Un día me vinieron a avisar unos amigos: me iban a meter preso en menos de 48 horas.

Te quiero

Tus manos son mi caricia mis acordes cotidianos te quiero porque tus manos trabajan por la justicia si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos tus ojos son mi conjuro contra la mala jornada te quiero por tu mirada que mira y siembra futuro tu boca que es tuya y mía tu boca no se equivoca te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos y por tu rostro sincero y tu paso vagabundo y tu llanto por el mundo porque sos pueblo te quiero y porque amor no es aureola ni cándida moraleja y porque somos pareja que sabe que no está sola te quiero en mi paraíso es decir que en mi país la gente viva feliz aunque no tenga permiso si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos.

AM: ¿Ahí empezó el duro exilio?

MARIO BENEDETTI

Benedetti junto a los cantantes Tania Libertad y Joan Manuel Serrat.

M.B.: Yo no me quería ir. “¡Te tienes que ir –me decían–, te van a torturar!”. Hicimos un acto por la libertad del cantante Daniel Viglietti, y después me marché a Buenos Aires. En Buenos Aires estuve poco; era la época de López Rega –ministro esotérico, ex sargento de policía, y militante anticomunista–, que sacó una lista de personas que debían dejar el país, porque si no, las mataban. Entre esas personas estaba yo, el único extranjero. Me fui a Perú. Allá me dieron trabajo en un diario, con la condición de que no dijera ni media palabra de política: ni de Uruguay, ni de Perú, ni de Estados Unidos. Mis artículos versaban sobre literatura. Pese a todo, un día tocaron el timbre de mi casa. Era la policía, me querían deportar. Me dieron a elegir: Cuba, Ecuador o Uruguay. Mientras lo iba pensando, el tipo que me fue a avisar de la deportación se fue durmiendo, y yo aproveché para deshacerme de los papeles comprometidos. Cuando se despertó me rogó: “Por favor, no le diga a mis superiores que me quedé dormido”. Me acompañó luego al aeropuerto, me dio la mano y me abrazó. En Buenos Aires me estaba esperando Luz. Yo tenía un llavero que llamaba “el llavero de la solidaridad”, porque abría las casas de cinco o seis amigos argentinos en las que yo me podía refugiar.

AM: ¿Y mientras tanto qué pasaba en Uruguay?

M.B.: Dictadura, crisis económica, y ya no se ganaba al fútbol. Todo era malo, y se iba la gente. Al exilio, por razones políticas o por razones económicas. ¡Incluso se iban a Australia! Hubo una librería en Sydney en la que sólo había libros uruguayos.

AM: Por esos días asesinaron en Buenos Aires al legislador Zelmar Michelini, un líder uruguayo de izquierda, de enorme carisma…

M.B.: Cada discurso suyo era como un poema. Lo secuestraron con otros compañeros. A él le había ofrecido el presidente Jimmy Carter acogida en los Estados Unidos, pero no se quiso ir. “¡Si en Uruguay están torturando a mi hija!”, decía.

AM: ¿Qué sintió usted con ese asesinato?

M.B.: Fue terrible. Yo estaba en La Habana, y lo escuché por alguna radio española. Un golpe espantoso. Fue mi gran amigo del exilio…

AM: Cuba fue sólo una escala de su exilio…

M.B.: Cuando estaba en Perú, Haydée Santamaría me envió una invitación para que fuera a trabajar a la Casa de las Américas, que ella dirigía. Yo estaba corriendo peligro. Cuando estaba en La Habana les criticaba mucho, sobre todo aquellas cosas que se hacían y que perjudicaban a la revolución en el extranjero. Cuando me fui recibí una carta de Haydée: me extrañaban, decía, sobre todo por las críticas que les hacía.

AM: ¿Y cuáles eran sus críticas?

M.B.: Se hacían cosas innecesarias, que daban mala imagen en el extranjero. Lo que yo trataba era que se cuidara la imagen exterior de Cuba, porque no se podían quedar solos. Yo les decía que debían tener buenas relaciones no sólo con la Unión Soviética, que tenían que abrirse a México, a Francia, a Italia. El simple apoyo de la Unión Soviética no era un apoyo beneficioso, aunque lo fuera desde el punto de vista técnico o económico.

AM: ¿No le parece ahora que la presencia de un hombre tanto tiempo en el poder también es perjudicial para el país?

M.B.: Habiendo vivido en Cuba se entiende mejor eso. Fidel Castro no es sólo importante para los revolucionarios; es también importante para los que quieren que se muera. Además, antes de la revolución, Cuba estaba horrible. Los americanos no tenían prostíbulo, lo pusieron allí. Cuando ganó Fidel, la gente se lo agradeció. No sé qué puede pasar cuando muera, no creo que la revolución se venga abajo. Aunque parece que está solo, ha formado gente capaz. Y del país inmoral que conducía Fulgencio Batista a éste hay mucha diferencia, en Cuba la moral es muy importante.

AM: Es evidente que le tiene mucha gratitud a Cuba…

M.B.: Sí, y también por lo que representó para Uruguay. La izquierda aquí fue muy procubana.

AM: De allí partió a España.

M.B.: El principal problema en Cuba era que no podía comunicarme con mi familia. Si mis padres recibían una carta de Cuba, iban presos. Para comunicarme con ellos les mandaba cartas a través de amigos españoles. Y lo pasaba mal por eso, era muy doloroso no poder comunicarme directamente con ellos. El periódico El País, de Madrid, me había ofrecido que colaborara, y en cuanto llegué me abrieron un espacio los lunes, en las páginas de Opinión. Me pagaban bien, de modo que no tuve problemas en España. Primero estuve en Madrid, y luego fuimos a Mallorca. Lo pasamos muy bien; a Luz le gustaba mucho la playa.

AM: Pero el clima allí no es bueno para alguien que sufre de asma.

M.B.: En Mallorca lo pasaba de lo más bien; hablaba alemán con los turistas, escribía, pero me atacó el asma, y un médico argentino me dijo: “Andate a Madrid”; me pagaron unos derechos de La tregua, mi libro más vendido, y me compré un apartamento, mi casa en Madrid.

AM: Mataron a muchos de sus amigos en Uruguay. Y usted anduvo de país en país. ¿Qué marca le dejó el exilio?

M.B.: Me demostré a mí mismo tener buena capacidad de adaptación. Y descubrí que en todos los países hay hijos de puta y gente buena. Me vinculé con la buena gente, no con los hijos de puta, así que tuve muy buenos amigos, en España, en Cuba, en México, en Argentina… Sé que otros uruguayos no abrían la maleta, por si se volvían pronto, pero yo colocaba la ropa en los placares, porque sabía que la cosa iba a ser larga. La gente me ayudó mucho.

ESCRITOR SIN TREGUA

Cansino, tierno y punzante, como buen hijo de esa ciudad culta y provinciana que es Montevideo, Mario Benedetti es el escritor uruguayo contemporáneo más reconocido en el mundo. Su prolífica creatividad lo hizo transitar tanto el poema, el cuento, la novela como el ensayo. Entre sus novelas más conocidas se destaca La Tregua (1960). La historia de ese oscuro oficinista que descubre el amor en una mujer mucho más joven fue llevada al cine por el argentino Sergio Renán, y compitió por un Oscar a la mejor película extranjera. Gracias por el fuego (1965), censurada durante los años de dictadura, también fue llevada al cine. Quién de nosotros (1950), El cumpleaños de Juan Angel (1971), Primavera para una esquina rota (1982), La borra del café (1992) y Andamios (1977), su gran trabajo del desexilio, completan sus relatos largos. Entre sus libros de cuentos son reconocidos Montevideanos (1959), La muerte y otras sorpresas (1968), Geografías (1984) y Despistes y franquezas (1989), libros estos últimos en los que incluye poemas a la par de los relatos. Pero, seguramente, donde el juglar mejor levanta su voz de amor y de compromiso cotidiano es en sus poemas, casi canciones urbanas que han recorrido el mundo. Poemas de la oficina (1953), Letras de emergencia (1973), Poemas de otros (1974), Vientos del exilio (1980), El olvido está lleno de memoria (1994), El amor, las mujeres y la vida (1995) son algunas de sus mejores páginas.

AM: ¿Cómo fue el regreso, lo que usted llamó el desexilio?

M.B.: Le prometí a Daniel Viglietti que haríamos un recital a dos voces. Llegué en solitario, me fue a buscar mi hermano Raúl al aeropuerto, y cuando dimos el recital hubo un gentío tal que llenaba varias calles alrededor del teatro. A la gente la encontré distinta, más desconfiada. Como la dictadura había metido espías de un lado y de otro, las relaciones personales de los habitantes de Montevideo se habían deteriorado un poco. Yo era otro, además; la experiencia del exilio me había convertido en otra persona, con todo lo bueno y lo malo que me había dado la vida fuera de mi país. Yo era otra persona.

AM: ¿Y cómo era ese otro Mario Benedetti?

M.B.: Era una persona más alerta, más enterada del mundo; antes estaba muy metido en la cosa uruguaya, y en el fútbol uruguayo, y seguí ocupado en todo eso en el exilio, pero ya no era lo exclusivo. En Madrid, por cierto, hice buena amistad con Juan Carlos Onetti.

AM: Gran escritor uruguayo, pero en los últimos tiempos ya no salía de su casa.

M.B.: Sí, él no salía de la cama. Para qué iba a salir de la cama, decía: “En la cama uno nace, en la cama uno coge por primera vez, en la cama uno se enamora, se casa, escribe, ¿para qué iba a salir?”… Me acuerdo que una vez fue a verle un periodista, y él vio que se fijaba en que sólo tenía dos dientes. “¿Usted me mira estos dientes? –le dijo–. Pues le advierto que tengo una dentadura magnífica, pero se la he prestado a Mario Vargas Llosa”.

AM: Usted también conoció a Jorge Luis Borges.

M.B.: Un tipo extraño. Venía acá, a Montevideo, y no se ponía en plan de gran personaje; era sencillo y nosotros lo admirábamos mucho por lo que escribía. Luego tuvo posiciones que yo no compartí.

AM: ¿Por qué dice que era extraño?

M.B.: Era muy reservado. Me invitó a almorzar en Buenos Aires, con su madre. La madre era de armas tomar. Era una generala, y él era retraído. Fue muy buen escritor. AM: ¿Qué otros escritores le despertaron interés?

M.B.: Rulfo, José Emilio Pacheco… Con Juan Rulfo fue muy curioso. Ibamos Luz y yo en un ómnibus, y él se acercó a mi mujer: “Señora, ¿me deja sentarme al lado de su marido, que creo que es Benedetti?”. Empezamos a hablar de mil cosas, y ahí empezó mi amistad con él, en un ómnibus. No se daba fácil, pero cuando se daba, se daba con todo.

AM: Usted también fue muy amigo de Julio Cortázar.

M.B.: Lo conocí en París. Papá había comprado una radio de onda corta para escucharme. Y Cortázar vivía a media cuadra. Era un tipo muy simpático. Los dos trabajábamos en la radio, pero él no quería ser fijo. Era muy celoso de su independencia. Un día escribió algo muy crítico con Cuba, se informó mejor y se rectificó en público.

AM: Después de tantas experiencias, Mario, ¿cuáles han sido sus miedos?

M.B.. Primero, los de cualquier niño. De adulto, la tortura. Creo que si me hubieran torturado no habría traicionado a nadie, pero me habría costado mucho sufrimiento. Siempre le tuve miedo a la tortura.

AM: ¿Y al tiempo, miedo al paso del tiempo?

M.B.: Y sí, porque los años van pasando y uno se va volviendo viejo, y eso es bravo reconocerlo ante el espejo.

AM: La poesía le ha dado mucho éxito.

M.B. Hay que cuidarse del éxito, porque el éxito puede pervertir a un escritor. Nunca escribí en función del éxito, escribí lo que me salió de las pelotas. Si tenía éxito, bien, y si no, pues nada.

Una mujer desnuda y en lo oscuro

Una mujer desnuda y en lo oscuro tiene una claridad que nos alumbra de modo que si ocurre un desconsuelo un apagón o una noche sin luna es conveniente y hasta imprescindible tener a mano una mujer desnuda. Una mujer desnuda y en lo oscuro genera un resplandor que da confianza entonces dominguea el almanaque vibran en su rincón las telarañas y los ojos felices y felinos miran y de mirar nunca se cansan. Una mujer desnuda y en lo oscuro es una vocación para las manos para los labios es casi un destino y para el corazón un despilfarro una mujer desnuda es un enigma y siempre es una fiesta descifrarlo. Una mujer desnuda y en lo oscuro genera una luz propia y nos enciende el cielorraso se convierte en cielo y es una gloria no ser inocente una mujer querida o vislumbrada desbarata por una vez la muerte.

AM: ¿Y cómo lleva las aglomeraciones, la gente a su alrededor?

M.B.: Eso me agobia un poco. El otro día tuve que ir a hacerme un análisis; afuera de la clínica había un gentío, y empezó una ovación. Ellos estaban allí, con sus problemas, y se pusieron a aplaudir… A mí me apabulla. Vivía mejor cuando me castigaban más. AM: En La tregua usted escribió: “Hoy fue un día feliz, sólo rutina”.

M.B.: Cuando a uno le pasan cosas imprevistas, a veces son trágicas, y cuando no pasa nada imprevisto se puede decir que hay paz.

AM: ¿Es un solitario?

M.B.: No lo soy, pero trato de que cuando tenga que vivir la soledad, ésta no me lastime. Cuando muere mi mujer, se produce un terrible momento de soledad; frente a eso, la escritura es como una guarida. Puede ser mi guarida o puede ser mi jardín, depende del estado de ánimo que esté pasando. Para el dolor es mi guarida, sobre todo cuando me han rodeado las muertes.

AM: ¿Finalmente se reencontró con Montevideo?

M.B.: Es la ciudad que quiero. Después de años y años de gobiernos que le hicieron daño al país, ahora vuelvo a otro Montevideo y yo soy otro también. Siempre me siento a gusto aquí. La gente ha quedado malherida después de años de dictadura. Y yo también vuelvo malherido. Tratamos de recomponernos.

AM: Leyó usted hace años, en Alicante, un poema en el que adelantaba los males de los próximos siglos.

M.B.: Escribí en algún lado que un pesimista es un optimista bien informado. Creo que es difícil ser optimista cuando la humanidad está siendo manejada por una potencia tan cruel y despiadada como Estados Unidos. Yo creo que los norteamericanos van a derrotar a Estados Unidos, creo que es la única esperanza.

AM: Usted es un poeta, y ha dicho que el olvido está lleno de memoria. Dígame algo inolvidable.

M.B.: Toda mi relación con Luz, desde la infancia. Y conocer a Fidel, también es inolvidable. Y el triunfo uruguayo en el Maracaná. El fútbol fue muy importante, nos dio alegría. Y si ahora se puede recuperar la alegría, no es por el fútbol, es por la política. La gente tiene esperanzas en el presidente Tabaré Vázquez, y son fundadas.

AM: Y cuando el fútbol se recupere, ¿se habrá recuperado Uruguay?

M.B.: No sé si el fútbol se va a recuperar, no tengo demasiadas esperanzas. Pero Uruguay se recuperará.


Compartir.

Dejar un Comentario