MARTIN LUTHER KING: 50 AÑOS DE UN SUEÑO INCUMPLIDO

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Hace 50 años, Martin Luther King Jr. pronunciaba uno de los discursos más memorables de la historia. Era el 28 de agosto de 1963. La marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad –así fue denominada– tenía como objetivo inicial mostrar la situación desesperada de los afronorteamericanos en los estados del sur y denunciar el fracaso del gobierno federal en asegurar sus derechos y su seguridad. Ante la sugerencia del entonces presidente John F. Kennedy, los organizadores de la manifestación, con el Dr. King como líder, aceptaron convocar con un mensaje menos radical.
Al momento del cierre de la marcha, con un discurso menos incendiario pero no menos efectivo, la extraordinaria oratoria de Martin Luther King Jr. inundó el National Mall frente al monumento a Abraham Lincoln de emoción y esperanza, cerrando su participación con una frase que haría historia: “Yo tengo un sueño. Sueño que mis cuatro hijos pequeños podrán vivir en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por la fortaleza de su carácter”.
Hace 50 años, se reclamaba el fin de la segregación racial en escuelas públicas, una legislación significativa sobre los derechos civiles y una protección de los activistas contra la brutalidad policial, entre otras cosas. La marcha tuvo un rotundo éxito. Más de 250 mil personas de todas las etnias se reunieron pacíficamente para darle entidad a una demanda que a esa altura situaba a Estados Unidos como la vergüenza moral de Occidente.
Martin Luther King Jr. fue asesinado casi 5 años más tarde en Memphis, Tennessee, alimentando la triste lista de personalidades asesinadas por intolerancia en cualquiera de sus formas. El país tiene hoy un presidente afronorteamericano. Seguramente el Dr. King estaría no sólo orgulloso sino también sorprendido. Muchos analistas coinciden en el hecho de que Barack Obama ha tenido la habilidad de mostrarse blanco entre los blancos a la vez que negro entre los negros. Si esto es cierto, la presencia de un afronorteamericano en la Casa Blanca no responde a una aceptación social definitiva de la condición multiétnica de Estados Unidos, sino más bien a un artilugio del marketing político. Si bien es verdad que se ha avanzado mucho en la lucha contra la discriminación, no es menos evidente que la conducta social de la “América profunda” mantiene vivos viejos paradigmas del pasado.
En la lluviosa noche del domingo 26 de febrero de 2012, Trayvon Martin, de 17 años, se dirigió a una tienda de alimentos en Sanford, Florida. Al regresar a su casa con las golosinas y el té helado que había comprado, Trayvon murió de un disparo. El joven vivía en Miami. Estaba visitando a su padre en Sanford, cerca de Orlando, donde su asesino, de nombre George Zimmerman, se ofreció como voluntario para el muy discutible programa de vigilancia civil barrial.
Zimmerman llamaba frecuentemente a la policía en su condición de vigilante autoproclamado. En un sólo mes, ya había efectuado 46 llamadas al 911. Mientras realizaba una de sus rondas como guardia autoproclamado y al tiempo que ocultaba su pistola 9 milímetros, llamó una vez más al 911 y dijo: “Hay un hombre realmente sospechoso. Este tipo parece estar tramando algo, o es drogadicto o quién sabe qué. Está lloviendo y él está deambulando por aquí, husmeando”. Durante la misma llamada, Zimmerman protestó: “Está bien. Estos hijos de puta siempre se salen con la suya. Se está escapando”. En la misma grabación puede escucharse que Zimmerman apura el paso a la vez que exclama: “¡Negros de mierda!”. El operador del 911 le preguntó: “¿Lo está usted siguiendo?”. A lo que Zimmerman respondió: “Sí”. A continuación, el operador le advirtió: “No lo siga, no queremos que lo haga”. Distintos testigos oyeron gritar a Martin pidiendo auxilio hasta que su voz calló inmediatamente luego de escucharse un disparo. El disparo que lo mató.
Zimmerman declaró que asesinó a Trayvon en defensa propia, a pesar de ser el único portador de un arma y de pesar 35 kilos más que Martin. La policía le creyó y lo dejó en libertad. Poco más de un año después, hace escasamente un mes, un jurado absolvió de forma unánime a Zimmerman de todos los cargos. La realidad es que un joven inocente de 17 años, que comía tranquilamente una bolsa de golosinas, a quien Zimmerman –inmerso en su propia paranoia– identificó como un criminal, le persiguió –en contra de la expresa recomendación de la policía–, se trabó en una pelea con él y lo mató de un disparo a quemarropa porque quiso. Para Zimmerman, el sólo hecho de ser negro, caminar de noche bajo una llovizna débil con la capucha de su suéter levantada y llevar una mano en un bolsillo, son sinónimo de criminal.
La liberación de este asesino es una obscena demostración de impunidad que deja en el aire una desagradable convicción respecto de que si George Zimmerman hubiera sido negro y Trayvon Martin blanco, el resultado del juicio hubiera sido exactamente al revés.
Presionado por la opinión pública, el presidente Obama ha declarado: “Los estadounidenses conocen la historia de disparidad racial en nuestras leyes criminales”, agregando que el gobierno debería revisar cierta legislación estatal y local, entre ellas la ley “Stand your ground” de Florida, que permite a quien porta un arma de fuego y es agredido a responder con fuerza letal en lugar de la obligación de retirarse. Obama sostuvo que esta ley en lugar de prevenir, llama a más confrontaciones violentas, como la que terminó con la vida de Martin.
Lo que el presidente no señaló es que el asesino de Trayvon es una amenaza para la sociedad. Continúa libre y armado. Es un ignorante cuyas convicciones provienen de una visión estereotipada de la realidad con la que probablemente haya sido educado. Zimmerman es la prueba cabal de que el racismo sigue enquistado en las mentes y los corazones de muchos estadounidenses. Más de los que el Dr. King hubiera esperado hace 50 años atrás. Muchos más. Sin justicia no hay libertad. Y sin libertad no habrá paz.
Martin Luther King Jr. lo sabía. Tal vez por eso esté muerto. Igual que Trayvon Martin.
Hasta la próxima,
Alex Gasquet


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