Maylis de Kerangal: Reparar a los vivos

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Simon Limbres regresa con sus amigos de una adrenalínica sesión de surf. La camioneta en la que viaja choca contra un árbol. Poco después de ser ingresado en el hospital, el joven muere, pero su corazón sigue latiendo. Thomas Remige, un especialista en trasplantes, debe convencer a unos padres en estado de shock de que ese corazón podría seguir viviendo en otro cuerpo. Y salvar, tal vez, una vida. Este es el contundente arranque de Reparar a los vivos, que mantiene al lector en vilo hasta las últimas líneas. En su nueva novela, la escritora francesa Maylis de Kerangal sutura con enorme maestría las palabras y las frases del cuerpo ficcional, en un relato de precisión quirúrgica sobre un trasplante cardíaco, cuya prosa sin duda acelerará nuestras pulsaciones. Compartimos sus primeras páginas.

Texto: Maylis de Kerangal / Foto: Gentileza Editorial Anagrama

Lo que es el corazón de Simon Limbres, ese corazón humano, desde que se aceleró su cadencia en el instante de nacer cuando otros corazones se aceleraban a la par, saludando el evento, lo que es ese corazón, lo que lo hizo brincar, vomitar, engordar, danzar liviano como una pluma o pesar como una piedra, lo que lo aturdió, lo que lo hizo derretirse: el amor; lo que es el corazón de Simon Limbres, lo que filtró, registró, archivó, caja negra de un cuerpo de veinte años, no lo sabe nadie con exactitud; sólo una imagen en movimiento, creada por ultrasonidos, podría emitir su eco, mostrar su alegría que dilata y su tristeza que encoge. Sólo el papel calibrado de un encefalograma desenrollado desde el comienzo podría fijar su forma, describir su desgaste y su esfuerzo, la emoción que desata, la energía prodigada para comprimirse unas cien mil veces al día y hacer circular hasta cinco litros de sangre cada minuto, sí, sólo esa línea podría relatarlo, perfilar su vida, una vida de flujo y reflujo, de compuertas y válvulas, de pulsaciones, pero el corazón de Simon Limbres, ese corazón humano, él, se sustrae a las máquinas, nadie podría pretender conocerlo, y aquella noche, noche sin estrellas, mientras caía una helada impresionante sobre el Pays de Caux, mientras un oleaje sin reflejos rodaba a lo largo de los acantilados, mientras la meseta continental retrocedía, desvelando estrías geológicas, emitía el ritmo regular de un órgano en reposo, de un músculo que se recarga lentamente –un pulso tal vez inferior a las cincuenta pulsaciones por minuto– cuando sonó la alarma de un móvil al pie de una cama estrecha y el eco de un sónar que inscribía en palotes luminosos en la pantalla táctil las cifras 05:50, y cuando de repente todo se precipitó.

Esa misma noche una furgoneta frena en un aparcamiento desierto, queda atravesada, las portezuelas delanteras resuenan mientras se desliza una abertura lateral, surgen tres siluetas, tres sombras recortadas en la oscuridad, ateridas por el frío –febrero glacial, rinitis líquida, dormir vestido–, unos jóvenes al parecer, que se suben la cremallera de la cazadora hasta el cuello, se calan los gorros a ras de las pestañas, deslizan bajo la lana polar la zona carnosa de las orejas y, resoplando y juntando las manos en forma de cucurucho, se sitúan de cara al mar, que a esas horas no es aún sino ruido, ruido y oscuridad.

Jóvenes, ahora se ve. Se han alineado tras el murete que separa el aparcamiento de la playa, patean el suelo y respiran ruidosamente, las ventanas nasales doloridas de tanto tragar yodo y frío, y escrutan esa extensión oscura donde no existe ningún tempo, salvo el estruendo de la ola al romper, ese fragor que se acrecienta en el derrumbe final, otean lo que brama ante ellos, ese clamor desquiciado en el que no hay nada donde fijar la mirada, nada, salvo acaso la franja blanquecina, espumeante, miles de millones de átomos catapultados unos contra otros en un halo fosforescente; y al salir de la furgoneta, embotados por el invierno, aturdidos por la noche marina, los tres muchachos ahora se recobran, reajustan la vista, el oído, sopesan lo que los espera, el swell, calibran el oleaje por el ruido, calculan la fuerza del rompiente, su grado de profundidad, y recuerdan que las olas que se forman mar adentro progresan siempre más aprisa que los barcos más rápidos.

Bueno, murmura uno de los tres muchachos con voz suave, vamos a disfrutar como enanos, los otros dos sonríen, luego los tres retroceden a un tiempo, lentamente, rascando el suelo con las suelas y, girando sobre sí mismos, tigres, alzan los ojos para avizorar la noche al fondo del pueblo, la noche aún cerrada tras los acantilados, y entonces el que ha hablado consulta el reloj, un cuarto de hora más, chavales, y suben a la furgoneta para esperar la aurora náutica.

Christophe Alba, Johan Rocher y él, Simon Limbres. Sonaban los despertadores cuando han abandonado las sábanas y se han levantado de la cama para disfrutar de una jornada decidida poco antes de medianoche tras un intercambio de SMS, una jornada a marea mediana como sólo se dan dos o tres al año –mar formada, oleaje regular, viento débil y ni un alma a la vista–. Unos vaqueros, una cazadora, y se han escurrido fuera en ayunas, ni un vaso de leche, ni un puñado de cereales, ni un trozo de pan, se han plantado al pie de su bloque de pisos (Simon), delante del portal de su chalé (Johan), y han esperado la furgoneta también puntual (Chris), y ellos, que nunca se levantan antes de las doce pese a las instancias maternas, ellos, de quienes se dice que sólo saben pendonear abúlicamente entre el sofá del salón y la silla de su habitación, brincaban de impaciencia en la calle a las seis de la mañana, cordones desatados y aliento fétido –bajo la farola, Simon Limbres ha observado cómo se disgregaba el aire que espiraba por la boca, las mutaciones de la fumarola blanca que se alzaba, compacta, y se disolvía en la atmósfera, hasta desaparecer, y ha recordado que de niño le gustaba imitar a los fumadores, colocaba los dedos índice y corazón sobre los labios, inspiraba profundamente, ahondando las mejillas, y soplaba como un hombre–, ellos, tan pronto los Tres Caballeros, como los Big Waves Hunters, como Chris, John y Sky, unos alias que funcionan no como apodos sino como seudónimos, puesto que se han creado para reinventarse como surfistas planetarios en su calidad de colegiales de estuario, a tal extremo que por el contrario pronunciar su nombre los devuelve de inmediato a una configuración hostil, la llovizna helada, el mísero chapoteo, los acantilados como muros y las calles desiertas al caer la noche, las amonestaciones de los padres y las exigencias escolares, las quejas de la novieta plantada, a la que una vez más se ha antepuesto la van, y que nunca puede competir con el surf.

Están en la van, no la llaman furgoneta así les aspen. Humedad hedionda, arena que granula las superficies y raspa el trasero como papel de lija, goma salobre, pestazo a algas y a parafina, tablas de surf apiladas, montón de monos –cortos o largos gruesos con capucha incorporada–, guantes, chanclos, cera en tarros, amarraderas. Se han sentado los tres delante, hombro contra hombro, se han frotado las manos en los muslos lanzando gritos de mono, joder vaya biruji, después han mascado barras de cereales con vitaminas –pero mejor no zampárselo todo, luego sí que se devora, precisamente después de haber sido devorado–, se han pasado la botella de Coca-Cola, el tubo de leche condensada Nestlé, los Pépito y los Chamonix, galletas de muchachos blandas y dulces, han acabado colocando en el asiento el último número de Surf Session y lo han abierto contra el salpicadero, juntando sus tres cabezas sobre las páginas que relucían en la penumbra, el papel cuché cual piel hidratada con filtro solar, páginas recorridas miles de veces que vuelven a escrutar, los ojos desorbitados, las bocas secas: olas rompientes de Mavericks y point break de Lombok, grandes olas de Jaws en Hawái, tubing de Vanuatu, mar de fondo de Margaret River, las mejores costas del planeta despliegan en la revista el esplendor del surf. Marcan imágenes con fervientes dedos índices, allí, allí, allí irán algún día, incluso puede que el próximo verano, los tres en la furgoneta para un surf trip de leyenda, partirán en busca de la más hermosa ola que se haya formado en la Tierra, viajarán en busca de ese lugar salvaje y secreto que descubrirán como Cristóbal Colón descubrió América y estarán solos en el line up cuando surja por fin la que esperaban, esa ola llegada del fondo del océano, antigua y perfecta, la encarnación de la belleza, entonces el movimiento y la velocidad los erguirán sobre su tabla en un sprint de adrenalina, brotará una alegría inmensa en todo su cuerpo, hasta la punta de sus pestañas, y cabalgarán la ola, se fundirán con la tierra y la tribu de los surfistas, esa humanidad nómada de cabelleras descoloridas por la sal y el eterno verano, de ojos desvaídos, chicos y chicas sin más ropa que esos shorts estampados con flores de tiaré o con pétalos de hibisco, esas camisetas de color turquesa o naranja sanguina, sin más calzado que unas chanclas de plástico, esa juventud lustrosa de sol y de libertad: surfearán hasta la orilla.

Las páginas de la revista se iluminan conforme palidece el cielo en el exterior, revelan su gama de azules como ese cobalto puro que hace daño a la vista, y de verdes tan profundos que parecen trazados con acrílico; aquí y allá aparece la estela de una tabla de surf, minúscula raya blanca sobre un muro de agua monumental, los muchachos entornan los ojos, murmuran joder qué pasada, esto es total, luego Chris se aparta para consultar el móvil, la luz de la pantalla le azulea el semblante e, iluminándolo por abajo, resalta los huesos del rostro, el arco de las cejas prominente, la mandíbula prognática, los labios malvas, mientras lee en voz alta las noticias del día: Les Petites Dalles today, marejada ideal sudoeste-nordeste, olas entre un metro cincuenta y un metro ochenta, la mejor jornada del año; tras lo cual recalca, solemne: vamos a papear, yes, ¡a cebarnos como kings! –el inglés incrustado en su francés, constantemente, para todo y para nada, el inglés como si vivieran en una canción pop o en una serie americana, como si fueran héroes, extranjeros, el inglés que aligera las palabras enormes, “vida” y “amor” se convierten en life y love, y también el inglés como un pudor– y John y Sky han movido la cabeza en señal de asentimiento infinito, yeah, unos big wave riders, unos kings.

Es la hora. Inicio del día donde lo informe cobra forma: se organizan los elementos, el cielo se separa del mar, se avista el horizonte. Los tres muchachos se preparan, metódicos, según un orden determinado que todavía es un ritual: enceran las tablas, revisan las correas del leash, se embuten la ropa interior de polipropileno antes de enfundarse los monos contorsionándose en el aparcamiento –el neopreno se adhiere a la piel, la raspa y a veces la quema–, coreografía de marionetas de goma que requiere ayuda mutua, necesita que se toquen, que se manipulen; tras lo cual las botas, la capucha, los guantes, y cierran la furgoneta. Ahora descienden hacia el mar, tablas bajo el brazo, ligeros, atraviesan la playa a grandes zancadas, la arena y los guijarros se hunden a su paso, y llegados a la orilla, cuando todo se precisa frente a ellos, confusión y alborozo, se enrollan el leach en la rodilla, se ciñen la capucha, reducen por completo el espacio desnudo en torno al cuello agarrando el cordón de la espalda y subiéndolo hasta los últimos dientes de la cremallera –tienen que asegurar la máxima impermeabilidad posible a sus jóvenes pieles, con frecuencia salpicadas de acné en lo alto de la espalda, cuando Simon Limbres exhibe un tatuaje maorí en el hombro–, y ese gesto, el brazo tendido al aire con un movimiento seco, significa que comienza la jornada, let’s go! –ahora puede que los corazones se exciten, que se sacudan lentamente en sus cajas torácicas, tal vez aumenten su masa y su volumen y su pujanza se intensifique, dos secuencias diferentes en un mismo latido, dos reacciones, siempre las mismas: el terror y el deseo.

Entran en el agua. No vocean al sumergir el cuerpo, ceñido en esa membrana flexible que conserva el calor de la carne y la explosividad del impulso, no emiten un grito, atraviesan entre muecas la muralla de guijarros que ruedan, y el mar cada vez más hondo, pues a cinco o seis metros de la orilla ya no hacen pie, oscilan hacia delante, se tumban boca abajo sobre la tabla, cortando briosamente el agua con los brazos, atraviesan la zona de resaca y avanzan hacia alta mar.

A doscientos metros de la orilla, las aguas ya no son más que una tensión ondulatoria, se ahondan y se abomban, alzándose como una sábana lanzada sobre un somier. Simon Limbres se funde con su movimiento, rema hacia el line up, esa zona de alta mar en la que el surfista aguarda el arranque de la ola, cerciorándose de la presencia de Chris y de John, situados a la izquierda, pequeños corchos negros apenas visibles aún. El agua, oscura, jaspeada, venosa, luce el color del estaño. Sigue sin vislumbrarse brillo ni fulgor alguno, sólo esas partículas blancas que espolvorean la superficie, azúcar, y el agua está helada, 9 o 10 ºC como mucho, Simon no podrá cruzar más de tres o cuatro olas, lo sabe, el surf con el agua fría derrenga el organismo, en una hora se habrá ido todo al garete, tiene que seleccionar, elegir la ola con la mejor forma, la que tenga la cresta más alta sin ser demasiado picuda, aquella cuya voluta se abra con la suficiente amplitud para introducirse en ella, la que dure más, conservando al final de la carrera la fuerza necesaria para espumear en la playa.

Traducción: Javier Albiñana

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