MILLONARIOS CHINOS BUSCAN PAREJA: EL PRECIO DE SAN VALENTIN

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Las reformas económicas impulsadas en China gestaron un nuevo actor en la multitudinaria sociedad. Son los millonarios, exitosos empresarios que adquieren productos de lujo, juegan al golf y viajan. Convencidos de que “ser rico es glorioso”, sin embargo, encontrar pareja es uno de los desafíos más ambiciosos de esta clase alta, sin mucho tiempo para sociabilizar y cansada de los oportunistas. Desde hace un par de años, una agencia matrimonial los convoca en exclusivos eventos donde reina el romanticismo y está prohibido hablar de dinero.

Texto: Esteban Castromán / Fotos: AFP

Millionaire Matchmaking Party Held On Sightseeing Boat In Shanghai

Escondiéndose de los flashes, las adineradas mujeres chinas ingresan a la mansión de Shangai en busca de una pareja.

Al doblar la esquina los neumáticos lanzaron un chillido bastante estrepitoso que hizo a los paparazzi girar sus cabezas y cámaras fotográfi cas en dirección a la limusina. Desde dentro, Xu seguía inquieto la escena inusitada de la apacible calle Hengshan Lu, en la antigua concesión francesa de Shangai; una violencia digna de la que acostumbra a mostrar Johnnie To en el cine. Allí se levantan mansiones de ensueño, donde vive un sector de la población relativamente nuevo, a los ojos de su cultura milenaria. Son los millonarios chinos, nuevos ricos que han sabido amasar sus fortunas a partir de las reformas económicas iniciadas hace 20 años, cuando Deng Xiaoping decretara el fin del comunismo al grito de “ser rico es glorioso”. Lujo y excentricidad fueron bienvenidos al país de los dragones. Con el paso de los años, tener (y gastar) dinero dejó de ser un placer culposo –abonado por la corrupción– para convertirse en rutina para muchos chinos. No todos, sí muchos. Hace un cuarto de siglo no había un solo millonario en China, ahora suman más de 200 mil, y ya tienen su lista exclusiva en la revista Forbes. Xu, el caballero de la limusina, es uno de ellos: su cuenta bancaria está repleta. Pero el corazón de Xu está vacío. La ansiedad de conseguir pareja lo había llevado a esa elegante mansión, y a fi rmar un cheque con muchos ceros para conseguir a alguien con quien compartir el resto de su vida; o al menos hacer que los inviernos sean menos fríos durante algún tiempo. Esa misma ansiedad y su casi nula vida social lo tenían ahí dentro de la limusina, a la espera de desorientar a los paparazzi, con una máscara de Mickey Mouse en la cabeza. Adentro de la casa lo esperaba un cóctel de bienvenida organizado por el portal de encuentros www.915915.com.cn, cifras que en chino se leen como una repetición de “jiu yao wu”, que suena como “quiéreme sólo a mí”. Fue la misma agencia que el año anterior, a bordo de un yate atiborrado de exquisiteces francesas, había logrado emparejar a 6 de los 24 millonarios invitados. Un antecedente promisorio, más allá de la polémica mediática que hizo público al evento. Con la máscara de Mickey Mouse, Xu bajó del automóvil, mientras los flashes de las cámaras iluminaban el plástico sin poder develar quién se escondía detrás. Ya en el interior, con una copa de champán en la mano cedía la tensión; a la vez observaba ingresar a otros con las cabezas cubiertas con bolsas de papel, agujereadas para ver y respirar. Atentos y discretos, los anfitriones fueron los de la idea de ocultar su identidad. De hecho, tuvieron bastante trabajo en la selección de los invitados, ya que más de mil miembros del portal –que superan los cien mil– solicitaron participar. Muchos de ellos, dada la magnitud de sus ingresos, prefieren que sus datos no aparezcan online. Aunque sólo pudieron acceder los hombres y mujeres que cumplían con los criterios de rigor; es decir, con bienes por una suma superior a 250 mil dólares y certificado de soltería en el ID, además de pagar ocho mil dólares por una posibilidad.

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Otras no tienen pudor en mostrarse solas y en busca del amor. Detrás, dentro del costoso coche, un hombre espera ansioso su turno.

Mi es analista financiera. A los 25 años no ha logrado formar una red social sufi cientemente amplia para conocer a alguien con quien le guste compartir los días y las noches. Decidida, a diferencia de los hombres, la joven de rasgos delicados llegó a las inmediaciones de la mansión con su propio auto y sin disfraz. No le da vergüenza que la gente se entere de que está sola y en busca de pareja. “Todos necesitamos amar y ser amados. El amor es energía, la que nos moviliza a seguir adelante”, apuntó con una sonrisa relajada. De riguroso vestido rojo –color de la suerte en China–, con la etiqueta de Yves Saint Laurent recién arrancada y acompañada por un bolso Prada y perfume fl oral, ella también fue recibida con una copa de champán. Presurosa, se ubicó en una esquina estratégica del salón para chequear la veracidad de la teoría acerca del amor a primera vista. En su paneo, sin embargo, confi rmó que debía esperar que las horas transcurrieran. Con paciencia. Una vez completos los casilleros de la lista de invitados, sesenta personas, una serie de actividades programadas iniciaron la difícil tarea de tentar a Cupido. Xu acataba con entereza las directivas de los “especialistas del amor” de la compañía, que concentraron a los pretendientes en una habitación de diseño minimalista, donde las sillas de estilo nórdico formaban un círculo perfecto. Aunque la iluminación más bien intensa no fuera –en primera instancia– tan romántica, pensó Xu, empresario en el rubro de la construcción, 38 años… Así se presentó él mismo. Sentados en ronda, cada uno hacía un breve relato de su vida. Formalidades de cualquier reunión social, se convencía Mi, al parecer, un poco más desinhibida que el resto. Aquí, las prendas y los accesorios eran los únicos estandartes de la opulencia, ya que no está permitido hablar de dinero: la filosofía de esta agencia procura amor verdadero y del más romántico a los corazones solitarios que solicitan una cita. Oportunistas, abstenerse. La siguiente locación fue una suerte de estudio de grabación donde, de uno a uno, fueron cantando su canción favorita delante de todos. Algo así como un karaoke para acrecentar la confianza entre completos desconocidos. “El momento de las obras de teatro fue lo más estimulante, porque pudimos soltarnos y relacionarnos de un modo especial”, contó entusiasmada Mi, que continuó: “Fuimos divididos en grupos de seis y en pocos minutos tuvimos que montar una dramatización de acuerdo a tarjetas que tomamos al azar”. Mi y Xu participaron del mismo equipo. Interpretaron, junto a otros cuatro, una improvisación en tono de comedia. Se tomaron un rato en desinhibirse, hasta que sus miradas se cruzaron y se dieron permiso para sonreír, un poco avergonzados de sus sobreactuaciones y la mirada de los demás. Más tarde, un salón de lustradísimos pisos de madera sirvió como escenario de una clase de yoga, con la vestimenta acorde. Luego, ya relajados y con “el espíritu abierto a una nueva forma de vida”, en palabras de Mi, cenaron todos en una única mesa, muy larga. En el trayecto hacia el comedor, ya con cierta confi anza que genera el espíritu de grupo, comenzaron las subdivisiones y permanecieron cerca para sentarse juntos cuando les tocara elegir lugar. El menú invitaba a compartir: pequeños bocados en tres pasos con los condimentos más intensos de la cocina internacional, regados con un espumante extra brut, animaron aún más la conversación que de a ratos se masifi caba, de a ratos se iba diluyendo hasta encontrar dos pares de ojos mirándose a expensas de los del resto. Entre bocado y bocado, Xu contó algo sobre su vida familiar junto a sus hermanos, sus gustos en arte y música contemporánea. Nada de trabajo y reuniones eternas, un tema que atañe a todos los que están aquí: de eso ya tienen sufi ciente. En el otro extremo de la mesa, un caballero de aspecto juvenil se atrevió a una infidencia: hace un año, sin esperanzas en la búsqueda de una mujer “apacible y de buen corazón” con quien compartir salidas al cine y paseos dominicales, fue tentado a publicar un aviso en el periódico local. “Gran alboroto se armó”, relató jocoso Chen, con movimientos de manos que encandilaron a la joven ubicada enfrente suyo: era su reloj Cartier, adquirido en la tienda que la cadena francesa instaló en la ciudad en 2001, atenta a las nuevas costumbres de los chinos. La anécdota de los avisos clasificados terminó en un fracaso. Aunque la reunión, dirigida con precisión por los anfi triones, estaba a punto de revertir su fortuna. Deslumbrada por su sentido del humor, la señorita del otro lado de la mesa le obsequió una sonrisa que valió toda la espera. Los de asientos contiguos festejaron con aplausos y brindis. En el otro foco de conversación, más cerca de Xu, Mi incursionaba en algunos detalles sobre los viajes en los que invertía su tiempo (y dinero), más cuando de museos de Europa y restaurantes de la Costa Brava se trataba. Xu confesó su obsesión por el golf, deporte que practicaba junto a sus amigos, y que había logrado que su otra manía –la de conseguir pareja– se haya aplacado hasta dar con ella cuando el destino lo indicara; cuando Cupido lo atravesara con su fl echa frente a la joven elegida y ya no tendría dudas de que el amor había llegado. Aplausos de la concurrencia cercana, algunas sonrisas, clímax. Esa fue la antesala a la llamada “subasta del amor”, el momento más intenso de la noche. Entonces cada participante pudo demostrar su interés por una persona del grupo. Finalmente 21 parejas coincidieron en sus elecciones, y acto seguido intercambiaron correo electrónico y teléfonos para una próxima cita más privada. Aunque no fue la noche perfecta para todos, al menos no para las seis mujeres que se mostraron interesadas… en el mismo hombre. El amor es así.


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