MIS HÉROES DEL ROCK QUE SE VAN

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Antes, varias décadas atrás, mis héroes del rock morían en el mismo campo de batalla, en ese terreno donde se disputaba la vida: la genialidad, los conflictos con la genialidad; el estrellato, los conflictos con el estrellato; las drogas, el conflicto con las drogas. De Jim Morrison a Jimi Hendrix, esos ojos jóvenes parecían haberlo visto todo y se lanzaban a una velocidad inusitada sobre el fragor de una pista de aterrizaje que era solo un espejismo. Después, el silencio bajo tierra fue acomodando el desorden que cada uno de ellos provocó en su paso por el mundo.

Kurt Cobain, el hombre detrás del fenómeno Nirvana –un grupo de rock visceral que asaltó el número uno de los rankings en tiempos aún de gloria del rey del pop, Michael Jackson, en 1992–, tal vez sea junto con Amy Winehouse uno de los últimos estertores de una forma de vida que implica también un modo de ver artístico no solo personal, sino también disidente. Cuestionaban los principios de la industria musical, porque en verdad todo se había vuelto inmanejable y ficticio.

Cobain, que de estar vivo cumpliría este próximo 20 de febrero 50 años, acabó con su vida el 5 de abril de 1994. Una nota de suicidio y una escopeta fue todo lo que se encontró al costado del cadáver, un cuerpo con una alta concentración de heroína. Tenía 27 años. Y aunque oficialmente se dijo que había sido un suicidio, la policía continúa investigando el caso de su muerte. Es más, en estos días también se indaga sobre este suceso en un formato totalmente distinto: una novela gráfica. Who Killed Kurt Cobain? es el título de la obra del francés Nicolas Otéro –basada en la novela Le Roman de Boddah de su compatriota Héloïse Guay de Bellissen–, que explora la vida, el estado mental y el suicido del músico desde el punto de vista de su amigo imaginario e inseparable, Boddah. A él le dedicó las 27 líneas que componían su supuesta última carta.

Ahora, en estos tiempos que siguen cambiando –¿no es hermoso ver que una niña camina por la calle con un disfraz de Superman?; pequeños detalles del signo de los tiempos–, algunos de mis héroes mueren, aunque en esta oportunidad ya prestos al combate final, con los achaques de las enfermedades a flor de piel. Si 2016 ya desde el arranque nos asestó un golpe fatal con el fallecimiento de David Bowie (69 años), y Prince (57 años) a los meses, a principios de noviembre fue el turno de Leonard Cohen (82 años), ese ángel canadiense cuya voz y lírica lucían la fina estampa del terciopelo azul.

Cohen fue una rara avis en el firmamento del rock. Porque si bien perteneció a la progenie rockera, sus búsquedas “cultas” –antes de dedicarse al universo de la canción pop, había conquistado cierto estatus literario con varios libros de poesía y novelas celebrados por la crítica y el público–, una imagen más de gentleman que de joven eterno y un marco sonoro que no estaba basado ni en experimentaciones ni en estridencias, lo hicieron único. Además, claro, su momento budista –estuvo recluido entre 1992 y 1999 en la escuela Rinzai, en las laderas del monte Baldy, al este de Los Ángeles– y el padecimiento de la estafa de su representante Kelley Lynch en 2005 –que lo dejó al borde de la bancarrota, apropiándose de 5 millones de dólares que le pertenecían–.

En su momento, Kurt Cobain recordó a Cohen. En “Pennyroyal Tea”, una de las canciones del último álbum de Nirvana, In Utero (1993), deslizaba unas líneas sobrecogedoras si las contemplamos hoy en el espejo retrovisor: “Denme el más allá de Leonard Cohen / así podré respirar eternamente”. La voz rugosa y agridulce de Cobain nos introducía en un cuerpo sitiado, abatido por los dolores –sufría una enfermedad crónica y rara en su estómago–, carcomido por una adicción feroz a las drogas y una profunda depresión que lo llevó a un trágico desenlace.

Unos años más tarde, Cohen admitió no haber escuchado a Nirvana ni estar al tanto de la existencia de esas referencias. “Lamento no haber podido hablar con este joven. He visto a mucha gente en el centro zen que ha pasado por las drogas y encontrado una manera de salir. Siempre hay alternativas, y quizá pude haber hecho algo por él”, alegó sucintamente. Nos tendremos que quedar, entonces, con las palabras que su hijo Adam dio a conocer luego del funeral celebrado en el cementerio Shaar Hashomayim de Montreal: “Me gustaría darle las gracias por el consuelo que siempre nos proporcionó, por la sabiduría que impartía, por las conversaciones maratonianas, por su ingenio y su sentido del humor”.

Consuelo y sabiduría, ingenio y sentido del humor, son parte de la experiencia que mis héroes nos han legado. No poca cosa, ¿no?

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez


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