POLITICA BRASILEÑA: LOS VERDES Y LA TERCERA VIA

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Eduardo Campos y Marina Silva era la fórmula para las elecciones presidenciales de octubre del Partido Socialista Brasileño, pero tras la muerte del candidato en un accidente aéreo tomó la posta la ex ministra de Medio Ambiente. Campos ocupaba el tercer lugar en las encuestas de opinión, detrás de la presidenta Dilma Rousseff y su máximo rival, Aécio Neves. Su reemplazante, Marina Silva, es una ex recolectora de caucho que luchó contra la devastación del Amazonas junto a Chico Mendes.

Texto: Mario Osava / Fotos: José do Dines / Rubem Ribeiro

La sucesion

Panorama. Los analistas no descartan la posibilidad de una segunda vuelta electoral entre dos mujeres y ex ministras de Lula.

La muerte de Eduardo Campos, candidato socialista a la presidencia de Brasil, abre una oportunidad inesperada para que la líder ambientalista Marina Silva vuelva con renovada fuerza a luchar por gobernar Brasil, como una tercera vía en una campaña muy polarizada. Silva, ex ministra de Medio Ambiente entre 2003 y 2008, cuenta con el capital electoral de haber logrado 19,6 millones de votos en los comicios presidenciales de 2010, el 19,3% del total, y de tener una imagen vinculada con la renovación de la política brasileña.
Los sinuosos caminos, poblados de tragedias, que la llevaron a la posición formalmente subalterna de candidata a la vicepresidencia en la fórmula de Campos, pueden devolverle ahora al primer plano en condiciones más favorables. Además de conservar gran parte del apoyo popular conquistado en 2010, las encuestas apuntan que la más favorecida entre los líderes políticos por las multitudinarias protestas que se produjeron en las grandes ciudades brasileñas en junio y julio de 2013, en rechazo a la política tradicional.
La conmoción nacional provocada por la muerte de Eduardo Campos, en un accidente aéreo ocurrido el miércoles 13 de agosto, ayudaría también a dar nuevo empuje a una candidatura que busca romper el bipartidismo brasileño. La disputa por la presidencia, cuya primera vuelta electoral se celebrará el 5 de octubre, se dirime, según todos los sondeos, entre los aspirantes del Partido de los Trabajadores (PT), que gobierna Brasil desde 2003, y el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), que lo hizo entre 1995 y 2002.

Silbando bajito
Marina Silva comenzó su carrera política en el pequeño estado nororiental de Acre, en la Amazonia, donde nació en 1958. Sólo se alfabetizó a los 16 años, después que dejó los bosques para cuidar de su salud, afectada por hepatitis, malaria y leishmaniosis. La estrecha colaboración con Chico Mendes, cabecilla sindical de los extractores de caucho natural en Acre y convertido en mártir del ambiente amazónico al ser asesinado en 1988, impulsó sus primeros triunfos electorales. Senadora desde 1994, Silva era una de las principales dirigentes del PT, que conquistó el poder con el presidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011).
Fue su ministra de Medio Ambiente hasta que en 2008 renunció, al discrepar con la política de Lula en lo que calificó como “crecimiento material a cualquier costo”, en desmedro de los pobres y el ambiente. Un año después dejó el PT y se afilió al pequeño Partido Verde (PV) para disputar las elecciones presidenciales de 2010, en las que triunfó Dilma Rousseff, del PT. Quedó en tercer lugar, pero con un caudal de votos sorprendente. Luego dejó también el PV, refractario a sus propuestas de cambios, e intentó junto con sus colaboradores crear una agrupación política de nuevo tipo, la Red Sustentabilidad. Sin embargo, la Justicia Electoral la rechazó por insuficiencia de firmas de electores en el pedido de registro.

Deudas históricas
Texto: Fabíola Ortiz

Cada día, Celina Maria de Souza se despierta antes de clarear y tras dejar a cuatro de sus hijos en la escuela cercana, baja los 180 escalones que separan su empinada vivienda de la parte plana de Río de Janeiro, para ir a trabajar como asistenta de hogar y volver a subirlos horas después. Souza, de 44 años, vive desde hace unos 25 en lo alto de la favela (barrio pobre y hacinado) de Morro Vidigal, enclavado en una de las zonas residenciales más acomodadas de la ciudad brasileña. En esta favela de unos 10 mil habitantes, las casas, muchas de autoconstrucción, se comprimen entre el mar y la vecina montaña.
Originaria de Ubaitaba, un pueblo del estado de Bahía, con sólo 17 años dejó a su familia para perseguir el sueño de una mejor vida en una gran urbe. Fue parte del contingente de migrantes que por décadas huyeron hacia el sur industrioso de la sequía en la región del nordeste. “Estoy cansada de vivir en la favela. Sueño con tener un día una casa con una habitación para cada uno de mis hijos”, se lamentó.
Madre de seis hijos de entre 23 y 12 años, los dos mayores ya emancipados, Souza tiene un ingreso mensual de unos 450 dólares. Casi la mitad proviene del Bolsa Familia, un programa de transferencia de la renta que estableció Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) cuando llegó a la presidencia y que mantiene su sucesora, Dilma Rousseff. En 2013, el programa cumplió 10 años como la principal política social de este país de 200 millones de habitantes. Beneficia a 13,8 millones de familias, lo que equivale a 50 millones de personas, justamente la cantidad que se estima que sacó de la pobreza extrema.
Pero aún 21,1 millones de brasileños viven en la miseria, de acuerdo a los últimos datos oficiales, de 2012. La Asociación Internacional de Seguridad Social (ISSA, por sus siglas en inglés), con sede en Suiza, premió en octubre pasado al Bolsa Familia por su combate a la pobreza y apoyo a los derechos de los más vulnerables. Según ISSA, constituye la mayor transferencia de ingresos del mundo, con un costo de sólo el 0,5% del producto interno bruto. El presupuesto del Bolsa Familia en 2013 fue de 10.700 millones de dólares y actualmente integra el Plan Brasil Sin Miseria. Desde hace una década, los hijos de Souza se benefician del Bolsa Familia. Inicialmente recibían unos 40 dólares en total.
Ella es uno de los incontables ejemplos de brasileños y brasileñas que intentan garantizar a su familia una mejor calidad de vida, mientras Brasil trata de mitigar los pasivos históricos de muchos años de rezago en su desarrollo humano. Ese esfuerzo le permitió mejorar su posición en el Indice de Desarrollo Humano (IDH), que difundió el 24 de julio el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y donde Brasil se situó en el lugar 79 entre 167 países analizados. No obstante, dentro de América Latina, el país es superado por Chile (41), Cuba (44), Argentina (49), Uruguay (50), Panamá (65), Venezuela (67), Costa Rica (68) y México (71).
Andréa Bolzon, coordinadora del Atlas de Desarrollo Humano en Brasil, dijo que el país avanzó notablemente en los últimos 20 años. El Atlas realiza el aporte nacional al Informe sobre Desarrollo Humano, que incluye el IDH. El objetivo de este 2014 es “sostener el progreso humano: reducir vulnerabilidades y construir resiliencia”. Detrás de la mejora, explicó, “hay políticas que se implementaron, como el incremento del salario mínimo, las medidas afirmativas para la reducción de las desigualdades raciales, la promoción del empleo y la misma Bolsa Familia”.

Para no ser excluida de la contienda, Silva se afilió al Partido Socialista Brasileño (PSB) presidido por Campos, en una alianza coyuntural que se tradujo en la fórmula con Campos para la presidencia y ella para la vicepresidencia. Con la muerte de Campos, ella fue la elegida. El presidente del Partido Socialista de Brasil (PSB), Roberto Amaral, confirmó la noticia a los días del deceso del dirigente socialista: “La candidatura de Marina contempla nuestro proyecto. Será una solución de continuidad. El vicepresidente será El número dos de los socialistas será el congresista federal Beto Albuquerque”.
Según los analistas, haber abjurado de esta salida hubiese presentado al PSB como coadyuvante al bipartidismo que gobierna el país desde hace 20 años, y le haría perder relevancia en otros niveles del poder como parlamentos y ejecutivos estaduales. En ese plano, Campos resulta “insustituible”, reconoció un parlamentario socialista. El dilema para el PSB es que aceptar a Silva como candidata es otra especie de suicidio, por la pérdida de identidad. Son numerosas las discrepancias entre la ambientalista y las políticas desarrolladas por el partido.
El PSB, que nombró los ministros de Ciencia y Tecnología durante los dos gobiernos de Lula, favoreció proyectos de energía nuclear y siembras transgénicas, rechazados por los ambientalistas, incluida Silva. Campos fue uno de esos ministros en el bienio 2004-2005 y reforzó su popularidad como gobernador de Pernambuco entre 2006 e inicios de 2014, gracias al acelerado crecimiento económico y desarrollo industrial que condujo en su estado, ubicado en el nordeste, la región más pobre de Brasil. Megaproyectos como el complejo industrial del Puerto de Suape, el trasvase del Rio São Francisco para llevar agua al interior semiárido del nordeste y el ferrocarril Transnordestina, fueron decisivos para que Pernambuco tuviera el mayor crecimiento económico entre los estados brasileños durante los últimos años.
Son planes a los que los ambientalistas contraponen numerosas restricciones y que componen una política desarrollista que contradice en muchos aspectos la sustentabilidad pregonada por la Red de Silva. Se trata de proyectos iniciados o reanudados la pasada década por Lula, del que Campos fue un importante y fiel aliado. Su PSB rompió con el gobierno del PT y la presidenta Rousseff recién el año pasado.
Campos, con una popularidad de más del 70% en Pernambuco, se presentó entonces como alternativa al poder acaparado por laboristas y socialdemócratas. No obstante, preservaba la administración de Lula y concentraba sus críticas al período de Rousseff. Esa distinción pudo obedecer a cálculos electorales, porque la popularidad de Lula sigue alta, pero también a la afinidad. Campos fue heredero político de Miguel Arraes, su abuelo y un mito de la izquierda brasileña que gobernó Pernambuco en tres períodos, aunque a la vez fue un discípulo de Lula. Igual que el ex presidente, Campos fue un maestro del diálogo, de la construcción de alianzas incluso entre opuestos, acercándose tanto a empresarios como a comunidades pobres, atendiendo a fuerzas del mercado y promoviendo políticas sociales. En este punto, Rousseff perdió apoyo en el empresariado por su política económica.
Campos tuvo que redoblar su esfuerzo por ganar el apoyo de grandes agricultores y ganaderos, ante el rechazo de ese sector a su compañera de fórmula, cuyo ambientalismo se encara como un obstáculo a la expansión del llamado agronegocio. Pese a sus contradicciones, la unión de Campos y Silva fortaleció la tercera vía en las elecciones brasileñas. La desaparición del primero puede contrariar la aritmética e incrementar los votos de esa alternativa, ya que ella comienza con una base electoral más amplia y se beneficia del cansancio de los brasileños ante la política tradicional.
En julio, según el último sondeo de Instituto Data Folha, Rousseff tenía el 36% de la intención de voto, Aécio Neves, del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), un 20% y el fallecido Campos un 8%. Sin embargo, en estos días se subrayan dos puntos débiles de Silva. Uno es alejar a sectores productivos con su discurso ecológico, y por ende las donaciones para su campaña. Otro es su exhibida pertenencia a la iglesia pentecostal, que le genera apoyo entre los crecientes fieles evangélicos, pero rechazo entre los de la mayoritaria iglesia católica. En cualquier caso, los analistas no descartan la posibilidad de una segunda vuelta electoral entre dos mujeres y ex ministras de Lula. Pero falta conocer hasta dónde llega la capacidad de renuncia de los dirigentes del PSB a sus idearios.


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