MUHAMMAD YUNUS, NOBEL DE LA PAZ: EL BANQUERO DE LOS POBRES

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Pasó por las universidades más importantes de Estados Unidos y figura entre los 25 expertos principales del programa económico Nightly Business Report. Desde hace 30 años su banco, el Grameen Bank, entrega créditos pequeños a gente de extrema pobreza de su país, Bangladesh, y fomenta el surgimiento de emprendimientos personales. Un medio inédito para combatir la pobreza al que le dan la espalda los banqueros tradicionales. Pero Yunus sigue expandiendo su ejemplo, que ya se aplica en más de cien países. A los 66 años, acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz.

Texto: Oscar Rolando / Fotos: AFP y AP

BANGLADESHI-NOBEL-YUNUS

Muhammad Yunus Nobel de la Paz.

Un banquero Premio Nobel de la Paz? Revisen eso, debe haber un error”, gritó un vehemente editor de un diario londinense en el mediodía del 13 de octubre pasado. “Seguro es una noticia falsa. Una broma de viernes 13”, dijo un escéptico periodista de Le Monde, sin ocultar una sonrisa. Pero ambos –y muchos otros– se equivocaban de medio a medio: en Oslo, el Comité Nobel de Noruega acababa de consagrar al banquero Muhammad Yunus, nativo de Bangladesh, con el Nobel más prestigioso de todos los que entrega anualmente. Para ser exactos, el premio se dividió en dos, pero no hay diferencia: mitad para Yunus y mitad para su increíble creación, el Grameen Bank, una entidad absolutamente atípica en el mundo de bancos y banqueros, que edificó su obra y grandeza prestando pequeñas cantidades de dinero a personas que nunca recibirían crédito de parte de los bancos tradicionales, por el hecho de ser pobres y no calificar para esas operaciones. Yunus es un personaje único. Hijo de un orfebre, tuvo 14 hermanos, de los cuales 5 murieron al nacer. No es alguien que ha dedicado su vida a pontificar a favor de la igualdad de los seres humanos, ni a motorizar revoluciones violentas, ni a hablar de socialismos utópicos. Nada de eso. Es un economista de prestigio, que estudió primero en su ciudad natal de Chittagong, luego logró sus masters en la Universidad de Dhaka –capital de Bangladesh–, y su Ph.D en economía en la Vanderbilt University de Estados Unidos, para ingresar luego en la rueda de la prestigiosa Beca Fulbright. Cuando volvió a su país, se quedó paralizado: la hambruna de 1974 estaba diezmando a la población bengalí, y nadie parecía capaz de detener la desgracia. “La gente se moría en la calle, mientras hacía esfuerzos denodados para caminar”, recordaría después, abrumado. Pero en ese momento Yunus tuvo una idea: distribuir pequeños créditos entre la población más necesitada del país, e instar a todos a invertir ese dinero y sacarle un rédito. A treinta años de esa experiencia (el Grameen Bank se creó en 1976), los resultados son extraordinarios: la entidad lleva prestados 5.100 millones de dólares a más de cinco millones de personas. Tan notables que el Comité del Premio Nobel lo ha preferido sobre otros 191 candidatos, algunos de los cuales se consideraban firmes en los días previos a la elección, como el cantante Bono, líder del grupo U2 y publicitado activista antipobreza, o los políticos y diplomáticos que firmaron la paz para la provincia indonesia de Aceh. A los 66 años, el sorprendente Yunus, que describió sus ideas en el libro El banquero para los pobres, se entusiasmó como nunca al recibir la noticia, en su oficina del Grameen Bank, en Dahka. El propio nombre del banco es sintomático: Grameen significa en bengalí “aldea, villa”. Una idea de la magnitud inicial que después se transformaría en un organismo de alcance mundial. El fallo del Comité es muy claro: “Una paz duradera no puede ser lograda hasta que grandes grupos de la población del mundo encuentren formas de quebrar la pobreza”, afirma el texto. “Y el microcrédito es una de esas formas”.

Esa es la palabra mágica: microcrédito. Que nació en el mismo momento en que el economista consagrado en universidades occidentales observó el dramático cuadro de su país natal. “La gente se moría, y yo me sentía totalmente impotente. Como economista, no tenía en mi caja de herramientas ni una sola que pudiera arreglar ese espanto –relataría años después en el programa Nightly Business Report, el espacio económico más influyente de la televisión mundial–. Empecé a viajar por el país, aldea por aldea, y me dije: ‘Como persona, debo olvidarme de esa caja de herramientas. Como ser humano, puedo salir y ponerme a disposición de otras personas’. Y así empecé a moverme. Lo primero que observé fue que la gente sufría por pequeñas cantidades de dinero. Tenían que pedir prestado a los usureros, que después se abusaban despiadadamente de ellos, exprimiéndolos hasta que todos los beneficios de cualquier cosa que hubieran hecho quedaran en sus bolsillos”. Entonces, Yumus tomó la decisión. En un papel hizo una lista de la gente que acababa de ver y que necesitaba una pequeña cantidad de dinero. Cuando acabó de escribir los nombres, eran 42 personas. El dinero necesario sumaba apenas 27 dólares. “Cuando miré la cifra me quedé atónito. En el mundo se estaba hablando de desarrollo económico, de invertir miles de millones de dólares en distintos programas, y yo podía ver que la gente necesitaba una pequeñísima suma”. Era el año 1976. En la insólita historia del Grameen Bank hay hitos que fueron alumbrando el camino que lleva hasta los 5.100 millones que lleva prestados hasta hoy. Uno de esos hitos fue el caso de una mujer que fabricaba sillas de bambú. “Era empeñosa, pero sólo ganaba dos peniques por día –relata el flamante Nobel de la Paz–. Yo no podía creer que alguien capaz de hacer esas pequeñas maravillas pudiera ganar esa ínfima cantidad de dinero. Empecé a conversar con ella, y pude enterarme de que para su humilde negocio había pedido prestado dinero, 25 centavos, que era el precio del bambú. Claro, ella no tenía esos 25 centavos. El prestamista aceptó darle esa moneda a condición de que ella le vendiera todas las sillas a él, al precio que ese hombre fijaría a su gusto y placer. Mi plan fue entonces lograr que el usurero se quedara sin clientes, y que la gente vendiera sus productos al precio que el mercado pudiera pagarle. Precio que siempre resultó mucho mayor que el del comerciante”. Yunus aclara muy bien que nunca dejó de cobrar un interés. “Absolutamente. La operación debía tener la forma de un negocio. Porque de esa manera el proyecto podría seguir creciendo y ayudando a más gente, además de cubrir todos los costos. Esto no es caridad. Esto es negocio. Pero negocio con un objetivo social, que es ayudar a la gente a salir de la pobreza. Los otros bancos nunca le dieron dinero a nadie en esas condiciones”. Yunus, aclara también que nunca da, aunque le duela, una limosna o caridad callejera. No quiere, según dice, solucionar el problema de un día de esa persona. Quiere lograr algo más integral. El sistema se fue expandiendo a casi cien países, sin distinción de continentes ni de naciones desarrolladas, emergentes o sumergidas. Hoy hay experiencias concretas en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Francia y Noruega. Y este Premio Nobel de la Paz puede ser una poderosa arma de propaganda para seguir combatiendo la pobreza.

“Lo primero que observé fue que la gente sufría por pequeñas cantidades de dinero. Tenían que pedir prestado a los usureros, que después se abusaban despiadadamente de ellos, exprimiéndolos hasta que todos los beneficios de cualquier cosa que hubieran hecho quedaran en sus bolsillos”.

Bangladesh es un país de contrastes absolutos. Si no fuera que la palabra está tan gastada, aquí sí que habría que hablar de “un país increíble”. Una nación diminuta, casi un enclave, situada en el sur de Asia y rodeada casi exclusivamente por la India, salvo una de sus fronteras, que da a Myanmar, la ex Birmania. En esa pequeñez geográfica –apenas 144.000 km2– se apiña la séptima población mundial: 147,3 millones de habitantes, lo que arroja una densidad de 985 personas por km2. Basta comparar la dimensión mínima de la vieja Bengala con la de los únicos países que la superan en población (China, India, Estados Unidos, Indonesia, Brasil y Pakistán) para entender el drama de la explosión demográfica de Bangladesh, sólo amainada en los últimos tiempos por un rígido programa de control de natalidad. El país está incrustado entre dos ríos: el Ganges y el Brahmaputra, que forman un generoso delta junto al Meghna y los distintos tributarios de cada uno. La tierra aluvional que depositan tantos ríos ha convertido a la región en una de las más fértiles del planeta. Pero los contrastes no dan tregua. Y así como la tierra es generosa como pocas para quien la pueda trabajar, la naturaleza se encarga de azotar a la feraz región casi todos los años con todo tipo de calamidades climáticas: inundaciones, ciclones tropicales y tornados, con las consecuencias inevitables de deforestación, degradación de los suelos y erosión.

Mujeres confiables

BEGUN

La primera mujer en el pueblo de Patria en acceder a un celular por un microcrédito.

Para el ganador del Nobel, la mujer es mucho más confiable que el hombre a la hora de honrar los créditos que se les otorga, no importa el monto que tengan. En su país, como en muchos otros –asegura– se practica una doble discriminación con la mujer pobre: una por ser pobre, y otra por ser mujer. Aporta el dato de que en Bangladesh “si uno mira la composición de las carteras por género, apenas el 1% de los créditos han sido asignados a mujeres. Por eso, cuando yo empecé, quise asegurarme de que por lo menos la mitad de los beneficiarios del plan fueran mujeres. No fue fácil, porque a ellas no se les cruzaba por la cabeza que alguien vendría a prestarles dinero. Tuve que trabajar mucho en las entrevistas personales para convencerlas. Es que aparecían los temores ancestrales y culturales, y el hecho de no haber tenido antes experiencia alguna en los negocios. Lo principal fue darles coraje para que arriesgaran en una nueva empresa, por pequeña que fuera. Y ahora estoy muy feliz con el resultado: el 96% de los clientes del Grameen Bank son mujeres”. Con el sexo femenino, además, funcionó otra rama importante de la estructura del banco de Yunus: la telefonía celular. El banquero creó una compañía de comunicaciones (Grameen Phone) que introdujo esos aparatos en las villas más remotas del país. “La mujer fue ganando confianza en los negocios, y los teléfonos fueron una herramienta vital. Nunca habían visto uno en sus vidas y ahora hay en Bangladesh más de 130.000 mujeres propietarias de un aparato haciendo buenos negocios y conectando al país con el resto del mundo”, concluye.

Muy cerca de Chittagong, la ciudad de Yunus, aparece una playa natural inmensa, una de las más extensas del planeta: la de Cox’s Bazar. Recorre majestuosamente 120 kilómetros, sin ningún tipo de interrupción. Y siempre el contraste: como el país está ubicado a sólo 10 metros sobre el nivel del mar, el día que las aguas suben apenas un metro, el 10% del país queda irremediablemente sumergido hasta que algún otro fenómeno lo rescate de ese estado. Yunus sabe que entre los banqueros clásicos está visto como una rara avis, en muchos casos, o como un personaje incómodo, en otros. “Un extravagante, que solamente puede hacer eso en Bangladesh”, lo descalificaron más de una vez en Davos, Suiza, a cuyas reuniones acuden anualmente los economistas tops del mundo occidental. “Cuando mi experiencia empezó a funcionar –recuerda Yunus– pensé en hablar con los banqueros para extenderla por todo el mundo. Me preguntaba: ‘¿Por qué no multiplicar esto por miles o millones de personas más?’. El tema era entonces intentar conectar a nuestros clientes con otras entidades. Cuando fui a ver a los banqueros para proponer mi plan, casi se cayeron de espaldas. No podían creer que les estaba hablando en serio. Me explicaron que un banco no podía prestar dinero a los pobres ya que esa gente no gozaría de confiabilidad. Ahí empezó una larga serie de debates, hasta que seis meses después resolví ofrecerme yo mismo ante ellos como el garante. Les dije: ‘Voy a firmar yo los papeles. Tomaré los riesgos, y ustedes me darán el dinero’. Así ocurrió: recibí la plata y la pasé a la gente. Y, afortunadamente, todos devolvieron el dinero. Los banqueros me decían que estaba loco, que nunca recibiría nada de vuelta, que tendría que sacar yo todo de mi bolsillo. Me acuerdo de que les contestaba: ‘Ah, yo no sé nada. Ustedes déjenme probar’. Y probé, y funcionó”. El sistema siguió funcionando y se extendió ciudad por ciudad, aldea por aldea. Pero Yunus sabe que el ejemplo no ha cundido entre los banqueros tradicionales. “Los bancos no cambiaron su mentalidad ni siquiera después de que les hubiera demostrado que no había riesgos en el proceso. Yo sigo insistiendo en que los pobres devuelven siempre el dinero”. Y apunta una curiosidad extrema: en su país son los ricos los que se han acostumbrado a no reembolsar el dinero de los créditos. “Es algo raro, es muy extraño –reflexiona–. Pero más raro aún es que, sabiendo eso, los bancos clásicos de mi país les siguen prestando sólo a los que tienen dinero”. Yunus suele decir que si uno observa el sistema financiero del planeta, más de la mitad de los habitantes (3.000 millones sobre 6.000) no calificarían para obtener un crédito de un banco. “Y eso es una vergüenza –se indigna–. ¿Qué clase de instituciones hemos construido para que, después de tantos años, no sean capaces de extender sus servicios a la mayoría de la gente?”. En esa paradoja se encierra, y se explica, el porqué del premio que acaba de recibir en la lejana Oslo.


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