MUSEO DE ARTE LATINOAMERICANO DE BUENOS AIRES: REFUGIO DE GRANDES

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A sólo cinco años de su inauguración, el Malba cuenta con una de las colecciones de artistas latinoamericanos más importantes del mundo: la exhibición permanente de obras de Frida Kahlo, Botero, Xul Solar, Soldi y Berni, entre otros, comparten escena con nombres más recientes y promesas. En su flamante edificio, casi a estrenar, combina la propuesta de centro cultural con programas volcados al cine, la literatura y el diseño.

Texto: Fernando Amdan Fotos: Gentileza Malba

Las obras de Covarrubias

En la sala permanente se pueden visitar las obras de Covarrubias (al fondo de la foto), Do Amaral (izquierda) y Rivera (derecha).

Malba Buenos Aires

Penetrable (1990), la obra del venezolano Jesús Soto, atrae a los visitantes en la entrada del museo.

Cuentan que, tras su visita en abril, la reina Beatriz de Holanda quedó cautivada. Aunque se sabe que la monarca es una conspicua coleccionista de arte contemporáneo de su país, en plena gira por estas latitudes quiso abrir su horizonte a las producciones de artistas latinoamericanos. Al pisar suelo argentino, la elección era obvia: el autorretrato con chango y loro de Frida Kahlo, el cubismo de Rivera, en sus primeras creaciones, las pinceladas llenas de crítica a cargo de León Ferrari, y la exuberancia de Botero la esperaban, todo junto, en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba). Los nombres se apilan en la impresionante colección de 228 piezas en exposición permanente, tal vez la más importante sobre arte latinoamericano del siglo XX. A la lista se suman cuadros destacados de Berni, Pettoruti, Siqueiros, Cándido Portinari, Soldi y Xul Solar, que en total están valuados en más de 18 millones de dólares. Además, suele contar con medio centenar de obras en exhibiciones temporarias, como parte de una de las políticas eje del Malba: sumar nuevos nombres a su colección. En los últimos tres años adquirió, entre otras, dos obras de Liliana Porter (Wrinkle, de 1968, y Untitled with books, de 1989), y la obra Congreso, dos Cámaras (2002), de Guillermo Kuitca. Las nuevas incorporaciones comparten cartel también con Abaporú (1928), de Tarsila do Amaral; La mañana verde (1943), de Wifredo Lam; y Rompecabezas (1968-1970), de Jorge de la Vega, entre varios otros. Pero el arte plástico es sólo una de las caras de la propuesta descontracturada del Malba, que también gusta vestirse de centro cultural. Además de las salas de exhibición tradicionales, el museo cuenta con un importante programa de cine y con una cinemateca que crece mensualmente a través de la adquisición y el rescate de filmes esenciales de la historia de la cinematografía (ver recuadro). También cuenta con un área de Literatura desde donde organiza el ciclo Encuentros cara a cara, convocando escritores consagrados (como Carlos Fuentes, Ernesto Sábato, José Saramago, entre otros) en charlas literarias y presentaciones de libros, que se suman a los cursos y seminarios que se dictan en el auditorio del museo. El Malba armó, por otro lado, el área de Educación y Acción Cultural, con programas para niños, visitas guiadas y programaciones especiales, mes a mes, para conocer a los principales artistas y movimientos artísticos del último siglo. La propuesta se completa con el espacio de Diseño, que el museo inauguró en 2003, dedicado a reunir expresiones en moda y gráficas de los más importantes diseñadores latinoamericanos. El del Malba es un caso particular en Argentina. Se trata del primer museo privado del país, y uno de los primeros de este tipo en Sudamérica.
El proyecto se apoya casi completamente en la Fundación Eduardo F. Constantini, que donó el grueso de las obras de la colección, aportó los fondos necesarios para la construcción del edificio y, desde la apertura en 2001, se encarga de la administración y de solventar los gastos del museo. La Fundación (que por ley no puede perseguir fines de lucro) cubre el déficit anual del museo –es decir, la diferencia entre los ingresos y el costo operativo y de la programación cultural– de unos 2 millones de dólares anuales. Eduardo Constantini, principal responsable del Malba, no especula con la posibilidad de recuperar inversiones: “Es imposible. Ningún museo en el mundo es un negocio económico”, dice.

Arte en pantalla grande MalbaArte en pantalla grande Con la meta de recomponer la tradición cinéfila de Buenos Aires, el Malba armó un espacio especialmente dedicado a la proyección de películas, con producciones latinoamericanas contemporáneas, de otros directores consagrados (como el sueco Igmar Bergman) y clásicos de todos los tiempos. Entre junio y julio, la programación incluye un homenaje a las películas sobre el Lejano Oeste, con la muestra Horizontes lejanos-La vuelta al western en 80 films, el estreno internacional de The world, el film de Jia Zhang-ke, el ciclo Malba Cortos y proyecciones de trasnoche con títulos considerados “bizarros” o “de culto” (como La noche de los muertos vivientes, de George Romero; Pink Flamingos, de John Waters; y Freaks, de Tod Browning). Desde los comienzos del museo, la cinemateca cuenta con decenas de filmes en 35 milímetros y un extenso archivo fílmico que incluye rescates de títulos importantes, como Dios y el diablo en la tierra del sol y Tierra en trance, de Glauber Rocha; Vidas secas, de Nelson Pereira dos Santos; El castillo de la pureza, de Arturo Ripstein; Los amantes, de Louis Malle; El salario del miedo, de Henri-Georges Clouzot; Alphaville, de Jean-Luc Godard; y Agonía de amor, de Alfred Hitchcock.

Un lugar en la ciudad

Los tres niveles del museo Malba

Los tres niveles del museo están conectados por escaleras mecánicas y un ascensor de paredes transparentes.

Malba Buenos Aires

Penetrable (1990), la obra del venezolano Jesús Soto, atrae a los visitantes en la entrada del museo.

Fue en el otoño de 1970 que Constantini adquirió sus primeras dos obras, las inaugurales de una colección que iría engrosando sus filas con el correr de los años. El objetivo de promover el arte latino comenzó a tomar vuelo en 1996, cuando por primera vez la colección fue exhibida por el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Luego, las obras comenzarían una gira que las llevaría por museos de Uruguay, Brasil y España, al tiempo que se incorporaban nuevos títulos. Dos años después, la Fundación dio con la posibilidad de adquirir un terreno en el barrio de Palermo, una ubicación estratégica en el trazado urbano y cultural de Buenos Aires. Tras obtener un permiso especial del Gobierno de la Ciudad (por sus dimensiones y propósitos, originalmente no se podía construir un museo en esa zona), se organizó una convocatoria internacional abierta por la Unión Internacional de Arquitectos, en el marco de la Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires. Se presentaron 450 propuestas de 45 diferentes países, pero finalmente el primer premio fue otorgado a tres arquitectos argentinos: Gastón Atelman, Martín Fourcade y Alfredo Tapia. La construcción del nuevo museo, a cambio de 25 millones de dólares, comenzaría inmediatamente, con la meta principal de integrar el edificio a la ciudad para su inauguración, en septiembre de 2001. Sobre la coqueta Avenida Figueroa Alcorta se levantan los tres niveles del Malba, montados sobre un frente de mármol beige y paredes de cristal. El arte dice presente ya en la explanada que lleva a la puerta del museo: Penetrable (1990), la obra del venezolano Jesús Soto, da la bienvenida a los visitantes. Una vez ingresados, un impecablemente blanco hall triangular se abre a la vista y como albergue de las muestras temporarias. Continuando el recorrido, aparece una sala en el primer piso, en forma de “L”, destinada a la colección permanente (las 228 piezas), y otra en el segundo piso, exactamente sobre la anterior, también destinada a colecciones temporarias. La comodidad de las escaleras mecánicas, que comunican las tres plantas del museo junto a un ascensor de paredes transparentes, permite volver a la planta baja, donde se puede encontrar un sector gastronómico, con paredes vidriadas y vista a la plaza Perú, y un auditorio con capacidad para 265 personas, también con vista al norte. En la parte sur del edifico se ubica la librería y la biblioteca, que parece abierta hacia la calle San Martín de Tours, porque el muro exterior también es de cristal. En el primer nivel, el panorama continúa con un patio de esculturas: una terraza de piso de madera, a la intemperie, circundada por un cristal lateral de una pulgada de espesor. En sus primeros cuatro años de vida, el Malba ya vio recorrer sus pasillos a más de un millón de personas, entre los asiduos visitantes, constantes flujos de turistas, y la realeza. Pero no se queda quieto. A la espera del visto bueno de las autoridades, el museo se entusiasma con la idea de construir 3.000 metros cuadrados más en un subsuelo, por debajo de la plaza Perú, para salas de exhibición y aulas. Constantini proyecta y propone: “El museo es un centro donde fluye gente, un punto de congregación”.


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