NELSON MANDELA: SUEÑOS DE LIBERTAD

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Los bantustanes, esa suerte de guetos que la minoría blanca sudafricana había ideado para hacinar a los negros, eran cárceles ignominiosas. En ese ambiente de segregacionismo racial nació la lucha de Rolihlahla Dalibhunga Mandela, rebautizado con el anglófono Nelson. Lucha inclaudicable, no violenta, por la que sacrificó afectos y bienestar. Después de 28 años en prisión, fue elegido presidente de Sudáfrica, y el mundo vio en él a un líder indiscutido de la raza humana, sin distinción de color de piel.

Texto: Vicente Battista / Fotos: AFP / AP

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Con el puño apretado, Nelson Mandela y su esposa Winnie saludan a la multitud reunida en el estadio de Wembley, en 1990.

Llegaron a las costas de Africa a comienzos del 1500. Eran naves corsarias, por consiguiente, no tenían banderas, pero nadie ignoraba que en su mayor parte se trataba de galeones británicos. Venían en busca de materia prima para su negocio, tal vez el más infame de todos los negocios emprendidos por el hombre: la venta de esclavos. Invadían las aldeas y, arma en mano, secuestraban a hombres, mujeres y niños. Luego los hacinaban en las bodegas de sus barcos y así partían rumbo a ese nuevo mundo que hacía poco habían descubierto. Los negros llegaban a América condenados a trabajar para el amo blanco, sin descanso y sin piedad. Eso se prolongó hasta finales del 1800. Pero la condición de amo-esclavo no se iba a detener allí. Las fuerzas británicas ocuparon la región de El Cabo entre 1795 y 1806. Tres siglos antes habían ido en busca de materia prima; ahora llegaban para quedarse con el territorio y con sus habitantes. Utilizaron un argumento que aún hoy se sigue oyendo: traían la civilización y la cultura a tierras salvajes. Eran portadores del progreso, había que agradecerles. En el año 1820, miles de colonos británicos se establecieron en Sudáfrica y solicitaron que se impusiera su legislación. En 1822 el inglés pasó a ser lengua oficial. Once años después la esclavitud fue abolida, pero el hombre negro africano continuaba siendo esclavo del hombre blanco invasor. Un siglo más tarde, el 18 de julio de 1918, en Umbata nace Rolihlahla Dalibhunga Mandela. Es miembro del clan madiba de la etnia xhosa y uno de los quince hijos de un consejero principal de la casa real Thembu, en la actual provincia de El Cabo Oriental. Pero Rolihlahla es negro, por lo que tanto bagaje monárquico de nada le va a servir frente al británico blanco. Muy pronto padecerá en carne propia esa diferencia. En los primeros años, Rolihlahla hace honor a su nombre, que traducido al inglés significa “causante de desorden”. Quizá por eso su padre le brinda una educación rigurosa, basada en estrictas normas de conducta y alto sentido ético. Precisamente, esas normas y esa ética serán la perdición de su padre: se enfrentará al colonizador inglés. El caso va a la justicia. Pero si pleitean un negro y un blanco, fatalmente pierde el negro: el padre de Rolihlahla pierde todos sus bienes. La familia tiene que trasladarse a un pueblito rural. Sin embargo, Rolihlahla recuerda con cariño los primeros años de su vida; en esa aldea pobre y perdida en medio de la selva, descubre las tradiciones africanas, conoce sus ritos y tabúes. El padre es devoto de los dioses africanos; la madre, devota del cristianismo. En ese cruce de creencias se cría Rolihlahla. Al cumplir los nueve años su vida da un vuelco fundamental: por una parte, sufre la muerte de su padre, ese buen hombre que le hablaba de héroes y dioses negros; por la otra, ingresa en la Methodist Boarding School de Healdtown. Allí, en el primer día de clase, el profesor le impone el nombre anglófono Nelson. Es tiempo de comenzar a ser una criatura “civilizada”. Huérfano de padre, Nelson debe separarse de su madre y aceptar que el jefe Jongintaba Dalindyebo, regente de los thembu, se ocupe de su educación y crianza. A lo largo de diez años está bajo su regencia. Cursa los estudios secundarios en el Wesleyan School, de Healdtown. Es un buen alumno y calladamente acepta el dominio británico. A los 19 años, junto con su mejor amigo, el hijo de Jongintaba Dalindyebo, ingresa en el Fort Hare University College, de Alice. En aquellos días Mandela sueña con ser funcionario en el Departamento de Asuntos Nativos, tiene la ilusión de mejorar el nivel de vida de su madre. Resulta un excelente alumno, pero en más de una ocasión se enfrentará con el rector. El joven Nelson ya no acepta la supremacía inglesa. En tanto, el jefe Jongintaba Dalindyebo ha decidido casar a sus dos hijos, el propio y el adoptado, y busca la esposa ideal para cada uno de ellos. El hijo propio acepta las leyes de su padre. El hijo adoptado, no. A Nelson Mandela no es fácil imponerle cosas, y es más difícil aún que acepte que otro le elija una esposa. Sabe que le quedan dos opciones: aceptar el mandato del jefe y regente o irse de allí. No vacila un instante, carga lo necesario en una valija y una noche sin luna se marcha rumbo a Johannesburgo. Tiene veinte años y sabe que deberá enfrentarse a peligros desconocidos, pero no retrocede. En una gran ciudad todo se ve multiplicado. En los pequeños pueblos la condición de ser negro y la indigna supremacía del hombre blanco se sufre con menor intensidad. Tal vez por eso, recién en Johannesburgo Nelson Mandela toma real conciencia de la injusticia que sufren los hombres y mujeres de Sudáfrica por el solo hecho de ser negros. Comienza sus estudios de Derecho en la Universidad de Witwatersrand y allí se incorpora al Consejo de Representantes Estudiantiles. De inmediato demuestra ser un auténtico líder. Participa en numerosas acciones de protesta y, como era de esperarse, es expulsado de la universidad. La orden de marcharse llega cuando se encuentra cursando el tercer año de la carrera. Se va, pero no abandona sus estudios, los continúa por correspondencia. En esos días conoce a Evelyne, una muchacha vinculada con la lucha de liberación. Se entienden de inmediato y poco después se casan. Llega el primer hijo, pero la nueva vida de hogar no disminuye la actividad política de Mandela. Se ha convertido en un miembro activo del Congreso Nacional Africano (ANC), la organización que levanta las banderas del nacionalismo negro, fundada en el año 1912. Mandela mantiene un estrecho vínculo con uno de sus líderes: Walter Sisulu. Es el propio Sisulu quien lo invita a incorporarse a un bufete de abogados. El joven Nelson Mandela, recién doctorado, se convierte en uno de los profesionales más destacados de ese estudio.

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Casi 40.000 seguidores del Congreso Nacional Africano se reunieron en la víspera de las primeras elecciones libres de Sudáfrica en 1994.

Ha estallado la Segunda Guerra Mundial, el monstruo fascista se extiende por el mundo. Mandela, Walter Sisulu, Oliver Tambo y otros muchos jóvenes militantes, bajo el liderazgo de Anton Lembede, comenzarán a trabajar por la transformación del Congreso Nacional Africano. Hasta ese momento el Congreso había expresado sus reivindicaciones dentro de los cauces parlamentarios. Pero ellos saben que poco consiguen apelando a las puras reglas democráticas; en todos los casos es una democracia que invariablemente protege a la minoría blanca dominante. En septiembre de 1944, los jóvenes combatientes fundan la Liga de la Juventud del Congreso blanco se sufre con menor intensidad. Tal vez por eso, recién en Johannesburgo Nelson Mandela toma real conciencia de la injusticia que sufren los hombres y mujeres de Sudáfrica por el solo hecho de ser negros. Comienza sus estudios de Derecho en la Universidad de Witwatersrand y allí se incorpora al Consejo de Representantes Estudiantiles. De inmediato demuestra ser un auténtico líder. Participa en numerosas acciones de protesta y, como era de esperarse, es expulsado de la universidad. La orden de marcharse llega cuando se encuentra cursando el tercer año de la carrera. Se va, pero no abandona sus estudios, los continúa por correspondencia. En esos días conoce a Evelyne, una muchacha vinculada con la lucha de liberación. Se entienden de inmediato y poco después se casan. Llega el primer hijo, pero la nueva vida de hogar no disminuye la actividad política de Mandela. Se ha convertido en un miembro activo del Congreso Nacional Africano (ANC), la organización que levanta las banderas del nacionalismo negro, fundada en el año 1912. Mandela mantiene un estrecho vínculo con uno de sus líderes: Walter Sisulu. Es el propio Sisulu quien lo invita a incorporarse a un bufete de abogados. El joven Nelson Mandela, recién doctorado, se convierte en uno de los profesionales más destacados de ese estudio. Con el puño apretado, Nelson Mandela y su esposa Winnie saludan a la multitud reunida en el estadio de Wembley, en 1990. Nacional Africano (ANCYL). Tres años más tarde elegirán a Mandela como secretario de esa Liga. El reciente secretario de ANCYL no está en el mejor de los mundos. Las diferencias con Evelyne se han intensificado: su esposa no acepta que falte días enteros de su casa, dice que casi no ve a sus hijos. Para colmo, su última hija muere repentinamente antes de cumplir los nueve meses de vida. El dolor es grande, pero no hay tiempo para lágrimas. Estamos en el año 1949, y hace unos meses el Partido Nacional (NP) ha ganado las últimas elecciones. Es natural que las haya ganado: la mayoría negra no tiene derecho al voto y la minoría blanca se vota a sí misma. En ese momento se pone en marcha el aberrante sistema de segregación racial. Apartheid, lo llaman. El Comité Ejecutivo Nacional (NEC) del Congreso Nacional Africano, con James Moroka en la presidencia y Walter Sisulu como secretario general, no está dispuesto a aceptar esas leyes racistas impuestas por el Partido Nacional. Elaboran un programa de lucha, siguiendo lo propuesto en las tesis elaboradas por la ANCYL. Nelson Mandela está entre quienes elaboraron esas tesis. Se llama a la huelga, se propone la desobediencia civil y la no cooperación en los asuntos civiles. Siguen casi al pie de la letra los postulados políticos de Gandhi, quien años antes había defendido a la minoría india también relegada en esa zona de Africa, y proponen la lucha no violenta, acompañada por demandas políticas y sociales con el fin de establecer la igualdad jurídica de los ciudadanos negros. Postulan un parlamento representativo según el principio de un hombre un voto, exigen una redistribución más democrática de la tierra y que desaparezcan todos los impedimentos en la libre educación de los jóvenes negros. La lucha comienza. En 1950 Mandela pasa a ser miembro del Comité Ejecutivo Nacional y un año más tarde presidente de la ANCYL. Hasta junio de 1952 se ocupa de difundir en todo el país la llamada Campaña del Desafío a las Leyes Injustas. En julio la policía llega a su casa, es detenido y procesado. Lo acusan de violar la Ley de Supresión del Comunismo. Trata de explicarles a los jueces que él es partidario de la política no violenta, pero de nada vale que cite palabras de Gandhi: los jueces blancos no entienden ese lenguaje, sólo saben que este negro rebelde está molestando más de la cuenta. Lo sentencian a nueve meses de cárcel, pero le brindan una opción: esa condena quedará en suspenso siempre y cuando se abstenga de participar en actos públicos; hasta 1958 tiene prohibido ejercer cargos políticos y deberá quedar confinado en Johannesburgo durante de seis meses.

Hasta junio de 1952 se ocupa de difundir en todo el país la llamada Campaña del Desafío a las Leyes Injustas. En julio la policía llega a su casa, es detenido y procesado (…) Trata de explicarles a los jueces que él es partidario de la política no violenta, pero de nada vale que cite palabras de Gandhi: los jueces blancos no entienden ese lenguaje, sólo saben que este negro rebelde está molestando más de la cuenta.

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Sueños de libertad. Mandela muestra a Bill Clinton la ventana de la celda de la prisión donde pasó 18 de sus 28 años de encierro.

Nelson Mandela acepta esa imposición, pero no la cumple. A fines de ese mismo año es elegido vicepresidente del partido. Ahora está junto a Albert Lutuli, el máximo dirigente. En tanto, abre en Johannesburgo el primer despacho de abogados negros. Los blancos no soportan esa insolencia, ¿cómo van a permitir que esos seres inferiores vistan toga y hablen de leyes como si fuesen blancos? Las autoridades hacen lo posible por cerrar el estudio jurídico, pero recién lo conseguirán cuatro años después. A lo largo de ese tiempo, Mandela no baja los brazos, participa en numerosas campañas en contra de las leyes que discriminan a la mayoría negra y les brinda asistencia legal a todos los activistas que tienen problemas con la justicia. Lo detienen y encarcelan una y otra vez. En la vida familiar las cosas van de mal en peor: su matrimonio se derrumba sin remedio. Evelyne le exige que elija: el matrimonio o el partido. Mandela no duda. En 1955 se separa de su primera esposa. Dos años más tarde, en junio de 1958, encontrará un nuevo amor: Nkosikazi Nomzamo Madikizela, más conocida como Winnie. Con ella no habrá conflictos de militancia, es una de las dirigentes más radicales del Congreso Nacional Africano. En tanto, el régimen racista avanza en su política discriminatoria. Ahora pretende crear siete reservas –bantustanes, los llaman–, una suerte de guetos en donde proyectan ubicar a la mayoría negra. Deberán permanecer en esos territorios sin la menor posibilidad de transitar por las ciudades exclusivamente blancas. La protesta estalla de inmediato. Pero los racistas van por más. El 8 de abril de 1960, el primer ministro Hendrik Verwoed declara el estado de emergencia nacional y proclama la ilegalidad tanto del Congreso Nacional Africano como del Congreso Panafricano (PAC) de Robert Sobukwe. El 21 de marzo se realiza una multitudinaria manifestación en Shaperville. La policía blanca supera sus cotas más altas de violencia y la reprime sin más trámite. Sesenta y nueve negros muertos es el resultado de esa acción. Pocos días más tarde, Mandela es detenido. Delante de Winnie y de su pequeña hija es golpeado por los esbirros y luego conducido a la cárcel. Allí deberá permanecer durante cinco meses, sin ningún tipo de asistencia legal y absolutamente incomunicado; no puede recibir visitas de nadie. Se lo acusa de incitar al terrorismo. No hay modo de probarle un solo acto terrorista, por lo que se levanta esa acusación. Ni bien queda libre pasa a la clandestinidad. Sabe que recurrirán a cualquier excusa para volver a apresarlo, por lo que decide continuar la lucha en las sombras. Vendrán días terribles, no puede ver ni a su mujer ni a sus hijos, debe deambular por las calles en plena noche y bajo diferentes disfraces. En enero de 1961 abandona Sudáfrica, viaja por Etiopía, Egipto, Marruecos y Argelia. Lleva el testimonio de lo que está sucediendo en su patria a diferentes países africanos. También se dirige a Inglaterra para solicitar apoyo de la Umkhonto WeSizwe, el Escudo de la Nación, brazo armado del Congreso Nacional Africano. En julio de 1962 regresa secretamente y es detenido. Ahora lo condenan a cinco años de cárcel. ¿Sus delitos? Haber incitado a la huelga y haberse ido del país sin autorización. Dos años más tarde y aún preso vuelven a juzgarlo. En esta oportunidad el fiscal pide que se lo condene a muerte. El tribunal se muestra magnánimo y cambia la pena capital por cadena perpetua. Es internado en la prisión de máxima seguridad de Robben Island. La cárcel está situada en una pequeña isla en pleno mar a once kilómetros de Ciudad del Cabo. A partir de ese momento Nelson Mandela comienza a ser el preso 466/64. Las condiciones inhumanas que caracterizan al Apartheid también rigen tras los muros de esa prisión. Mandela se ha convertido en el símbolo de la resistencia negra. Desde los más remotos rincones de la Tierra llegan mensajes de solidaridad.

“La cárcel no sólo te priva de tu libertad, intenta robarte tu identidad. Es un sistema totalitario en estado puro, que no tolera ningún vestigio de independencia y de individualidad. La cárcel esta diseñada para destrozar tu espíritu y tu voluntad”.

POPE JOHN PAUL II NELSON MANDELA

Junto al Papa Juan Pablo II, quien sólo visitó Sudáfrica una vez finalizado el Apartheid.

La justicia blanca no sabe de qué modo aumentarle los castigos a este negro rebelde. Le prohíben las visitas y sólo luego de largos trámites dejan que vea a su madre, a su hermana y a sus dos hijos, pero no a su esposa. Unas semanas después de esas visitas familiares, se entera de que su madre ha muerto. No permiten que asista a los funerales. Luego recibe otra noticia terrible: uno de sus hijos también ha muerto. Tampoco puede asistir a los funerales. Pero no se rinde. Años más tarde escribirá en uno de sus libros: “Una cosa es escuchar, hablar y pensar sobre la adversidad, y otra totalmente distinta es tenerla que experimentar en tu propia carne. La cárcel no sólo te priva de tu libertad, intenta robarte tus señas de identidad. Es un sistema totalitario en estado puro, que no tolera ningún vestigio de independencia y de individualidad. La cárcel está diseñada para destrozar tu espíritu y tu voluntad. Para ello, las autoridades explotaban cualquier debilidad, derruían cualquier iniciativa, negaban cualquier vestigio de lo que nos hacía a cada uno ser lo que éramos”. Mandela es una roca, capaz de soportar los castigos más duros. Continúa militando tras las rejas, molestando al verdugo blanco. A finales de 1970 los gobiernos de Balthazar Vorster y de Pieter Botha le ofrecen una remisión de la pena, siempre y cuando acepte públicamente el emplazamiento de cuatro bantustanes con el fin de recluir allí a sus compatriotas. Piden que apruebe esa suerte de guetos para negros que proponen los blancos. Mandela se niega a cualquier tipo de negociación, sabe que su nombre se repite en distintos lugares del mundo. En 1980 en la India le otorgan el premio J. Nehru al Entendimiento Internacional. Tres años después, desde Venezuela recibe el premio Simón Bolívar a la Lucha por la Libertad. Esos galardones de reconocimiento internacional no mitigan la dureza de sus verdugos. Recién en 1984 permiten que su esposa Winnie lo visite. Podrán verse nuevamente, hablarse, tocarse, besarse, luego de veintiún años de separación. Poco después de esa visita, las autoridades deciden transferirlo a la cárcel de Pollsmoor, en Ciudad del Cabo. En 1985 el gobierno le hace una nueva propuesta: otorgarán su libertad con la condición de que abandone la lucha. “Sólo dejaré de luchar cuando haya desaparecido la segregación racial y el hombre negro tenga los mismos derechos y las mismas obligaciones que el hombre blanco”, responde Mandela. Comprenden que es imposible doblegarlo y en diciembre de 1988 lo trasladan a la prisión Victor Verster, cerca de Paarl. Allí descubren que está tuberculoso. Saben que no conviene que muera preso y entonces, por fin, se ocupan de su salud. Las negociaciones continúan y parecen arribar a buen destino: el 5 de julio de 1989, unos emisarios del presidente Pieter Botha llegan a la cárcel para anunciarle que el señor presidente lo invita a tomar el té en su residencia. Mandela vislumbra la posibilidad de recuperar su libertad. Pero un mes más tarde, Botha sufre un infarto y Frederik de Klerk, miembro del Partido Nacional, asume la presidencia de Sudáfrica. Mandela supone que todo está perdido, pero en esta ocasión se equivoca. De Klerk parece comprender que es tiempo de reformas profundas. El 13 de diciembre se reúne con Mandela dispuesto a comenzar las negociaciones. Sabe que será en vano que le pida concesiones al líder negro. Luego de diversos encuentros en los que establecen las pautas a seguir, se decreta la libertad de Nelson Mandela. Sale de la cárcel el 11 de febrero de 1990. Permaneció allí durante veintiocho años, sin haber hecho la mínima licencia en beneficio de su liberación.

Allí descubren que está tuberculoso. Saben que no conviene que muera preso y entonces, por fin, se ocupan de su salud. El 5 de julio de 1989, unos emisarios del presidente Pieter Botha llegan a la cárcel para anunciarle que el señor presidente lo invita a tomar el té en su residencia.

Afuera tampoco lo espera un lecho de rosas. Los líderes de los movimientos más radicalizados sospechan que Mandela se ha doblegado ante el presidente Frederik de Klerk. No alcanzan a entender que ambos han decidido trabajar por la definitiva democratización de Sudáfrica. En el plano familiar las cosas tampoco son halagüeñas: su esposa Winnie integra uno de los movimientos más radicalizados y no acepta negociar con los blancos. Mandela decide recorrer el país, lleva un mensaje de paz y pretende explicar que se puede tomar el poder sin necesidad de derramar sangre. Para ello es preciso reestructurar el Congreso Nacional Africano y transformarlo en un partido político legal. Es necesario que mantenga activas las negociaciones con el presidente De Klerk. Ambos firman un documento que postula formar un gobierno provisional encargado de preparar una nueva constitución y llamar a elecciones libres. En 1993 Mandela y De Klerk comparten el Premio Nobel de la Paz. Un año después, el Congreso Nacional Africano gana las elecciones por amplia mayoría. El 6 de mayo de 1994, según lo pactado, Mandela forma un gobierno de unión nacional con el NP, el IFP y el Partido Comunista de Sudáfrica. El 9 de mayo la Asamblea lo elige presidente de la República, y de ese modo Nelson Mandela se convierte en el primer presidente negro de Sudáfrica. El otrora presidente Frederick De Klerk será su vicepresidente. Es el momento adecuado para poner en marcha esa política de reconciliación nacional con la que tanto soñara en sus años de cárcel. Una de las primeras acciones es la abolición de los diez bantustanes que aún estaban vigentes. Es preciso tener una nueva bandera nacional. Se elige un diseño multicolor con el fin de simbolizar la pluralidad racial que desde ese momento reinará en el país. A lo largo de sus cinco años de gobierno tendrá que luchar contra la ultraizquierda ortodoxa que no admite negociaciones con la elite blanca y contra los terroristas con que, a su vez, cuenta la ultraderecha. Tanto la ultraizquierda como la ultraderecha intentan sabotear cualquier negociación de paz. Pero las propuestas de Mandela se han puesto en marcha y nada ni nadie podrá detenerlas. El 7 de julio de 1996 declara a la BBC que no se presentará a la reelección presidencial, y el 18 de diciembre de 1997, durante la 50ª Conferencia Nacional del partido celebrada en Mafikeng, presenta su renuncia oficial como presidente del Congreso Nacional Africano. El 18 de julio de 1998 cumple ochenta años, pero se lo sigue viendo con la fortaleza de los primeros tiempos. Anuncia su casamiento con Graça Machel, de 52 años, viuda del antiguo presidente mozambiqueño Samora Machel. Ha resuelto entregar el mando, pero de ninguna manera renuncia a la actividad política. Mantiene vigentes aquellas palabras que pronunciara a poco de abandonar la cárcel: “He peleado en contra de la dominación blanca y de la dominación negra. He apreciado el ideal de una sociedad democrática y libre, donde todas las personas conviven con igualdad de oportunidades. Representa un ideal por el cual vivo y espero alcanzar. Pero, de ser necesario, un ideal por el cual estoy dispuesto a morir”.

 


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