NICHOLAS WADE: UNA HERENCIA INCOMODA

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Buceando en las nuevas evidencias que ha dejado la descodificación del genoma humano, el periodista científico inglés Nicholas Wade nos adentra en las bases genéticas de la raza y su rol fundamental en la historia de la humanidad. Pocas ideas han sido más perniciosas que aquellas que afirman que hay razas inherentemente superiores a otras. Rechazando sin rodeos esta noción, Una herencia incómoda comprueba cómo nuestra información genética contiene un testimonio vital para entender nuestra historia y las sociedades que la integran, y que la mejor forma de servir al interés público es buscando incesantemente sin miedo la verdad científica. Aquí gran parte del primer capítulo.

Texto: Nicholas Wade / Fotos: Gentileza Editorial Ariel

tumblr_n5uq2vFqqD1r46foao1_1280Evolución, raza e historia

Desde que se descifró el genoma humano en 2003, sobre la evolución humana se ha vertido una luz nueva y potente, que ha planteado muchas preguntas interesantes, pero embarazosas. Ahora está fuera de toda duda que la evolución humana es un proceso continuo que ha avanzado enérgicamente durante los últimos 30 mil años y casi con toda seguridad (aunque la evolución muy reciente es difícil de medir) a lo largo del período histórico y hasta el momento presente. Sería del mayor interés saber cómo ha evolucionado la gente en tiempos recientes y reconstruir las huellas de la selección natural mientras moldeaba y elaboraba de nuevo la arcilla genética. Cualquier grado de evolución del comportamiento social que se descubriera que ha tenido lugar durante la época histórica podría ayudar a explicar rasgos importantes del mundo actual.

Pero la exploración y la discusión de estas cuestiones se ven complicadas por el hecho de la raza. Desde que los primeros humanos modernos se dispersaron desde la patria ancestral en el Africa nororiental hace unos 50 mil años, las poblaciones de cada continente evolucionaron en gran parte de manera independiente una de otra a medida que cada una se adaptaba a su propio ambiente regional. Bajo estas diversas presiones locales, se desarrollaron las principales razas de la humanidad, las de los africanos, asiáticos orientales y europeos, así como muchos grupos menores.

Debido a estas divisiones en la población humana, quien esté interesado en la evolución humana reciente se ve abocado de manera casi inevitable a estudiar las razas humanas, lo quiera o no. Así, la investigación científica entra en conflicto potencial con el interés de la política pública de no generar posibles comparaciones ofensivas que pudieran fomentar el racismo. Varias de las barreras intelectuales que se erigieron hace muchos años para combatir el racismo se encuentran ahora obstruyendo el camino para estudiar el pasado evolutivo reciente.

Entre dichas barreras figuran creencias como las siguientes: la evolución humana se detuvo hace varios miles de años; no existe una base biológica para las razas; todas las diferencias de comportamiento entre los grupos humanos son puramente culturales, no genéticas; la mente nace como una página en blanco, y su contenido futuro es modelado únicamente por la cultura. Dichas creencias podrían describirse razonablemente como dogmas: no hay prueba alguna de que ninguna de ellas sea cierta, pero son creídas a pies juntillas o al menos son sostenidas por gran parte de la izquierda académica, incluidos muchos biólogos.

Al igual que otros dogmas, tenían como objetivo que las personas hicieran lo correcto: desistir de ver diferencias intrínsecas entre grupos humanos como una razón y justificación para el racismo. El problema es que los descubrimientos procedentes del genoma hacen cada vez más probable la existencia de estas diferencias intrínsecas. Los investigadores, que a menudo expresan su derecho a buscar afanosamente la verdad, no importa adónde dicha búsqueda los conduzca, han encontrado aquí una verdad que no quieren buscar, y que no podrían aunque quisieran, sin poner en grave riesgo su carrera.

La tesis de este libro es que el conocimiento del genoma puede abordarse sin abrir la puerta a un resurgimiento del racismo. Aunque el racismo no está muerto, hay muchas más personas que antes que lo consideran equivocado como cuestión de principio. Si el racismo es erróneo por principio, cualesquiera diferencias intrínsecas entre grupos humanos son irrelevantes y pueden ser estudiadas sin temor.

Además, hay varias limitaciones a lo importantes que pueden ser dichas diferencias. Cualquiera puede aprender el idioma de cualquier otro grupo si se halla expuesto a él desde una edad temprana, lo que demuestra que la facultad para el lenguaje, que es el rasgo definitorio de la mente humana, es universal. La naturaleza humana es la misma en todo el mundo. Las sociedades humanas puede diferir ampliamente, pero los individuos que las componen, no.

La nueva visión de la evolución humana

Nuevos análisis del genoma humano establecen que la evolución humana ha sido reciente, copiosa y regional. Los biólogos que escudriñan el genoma en busca de pruebas de selección natural han detectado señales de muchos genes que se han visto favorecidos por la selección natural en el pasado evolutivo reciente. Al menos el 8% del genoma humano, según una estimación, ha cambiado bajo esta presión evolutiva reciente.

La mayoría de estas señales de selección natural datan de hace 30 mil a 5 mil años, que es sólo un parpadeo en la escala temporal de 3 mil millones de años de la evolución. La selección natural ha continuado moldeando el genoma humano, sin duda hasta el momento presente, aunque es difícil discernir las señales de evolución en los últimos cientos o miles de años a menos que la fuerza de la selección haya sido extremadamente fuerte. Aun así, un estudio de DNA antiguo obtenido de localidades de lo que en la actualidad es Ucrania ha proporcionado un ejemplo muy reciente de selección natural: los investigadores encontraron que variantes de genes que favorecen la piel clara, los ojos azules y los colores más claros del pelo han estado sometidos a selección en los últimos 5 mil años.

Ahora han visto la luz varios casos de selección natural que ha modelado rasgos humanos a lo largo de sólo los últimos cientos de años. Por ejemplo, bajo la presión de selección, la edad de primera reproducción en las mujeres nacidas entre 1799 y 1940 en l’Isle-aux-Coudres, una isla en el río San Lorenzo, cerca de Quebec, cayó de los 26 a los 22 años, según investigadores que pudieron estudiar un registro insólitamente completo de matrimonios, nacimientos y muertes en los registros parroquiales de la isla.

Los investigadores aducen que otros posibles efectos, como una mejor alimentación, pueden descartarse como explicaciones y señalan que parece que la tendencia a parir a una edad más temprana era hereditaria, lo que confirmaba que había tenido lugar un cambio genético. “Nuestro estudio respalda la idea de que los humanos todavía están evolucionando”, escriben. “También demuestra que la microevolución es detectable en sólo unas pocas generaciones en una especie de vida larga”.

Otra fuente de pruebas de evolución humana muy reciente es la de estudios multigeneracionales realizados por razones médicas, como el Estudio Framingham del Corazón. Utilizando métodos estadísticos desarrollados por los biólogos evolutivos para medir la selección natural, en fecha reciente los médicos han podido desmenuzar determinados cambios corporales que se hallan bajo presión evolutiva en estas grandes poblaciones de pacientes. Los rasgos incluyen la edad a la primera reproducción, que se reduce en las sociedades modernas, y la edad a la menopausia, qua aumenta. Los rasgos no son de particular importancia por sí mismos y se han medido simplemente porque los datos relevantes habían sido recogidos por los médicos que diseñaron los estudios. Pero la estadística sugiere que los rasgos son heredados, y si es así, son prueba de que la evolución está operando en las poblaciones actuales. “Las pruebas sugieren claramente que estamos evolucionando y que nuestra naturaleza es dinámica, no estática”, concluye Stephen Stearns, un biólogo de Yale, al resumir catorce estudios recientes que midieron el cambio evolutivo en poblaciones actuales.

La evolución humana no sólo ha sido reciente y extensa: también ha sido regional. El período de hace de 30 mil a 5 mil años, del que se pueden detectar señales de selección natural reciente, tuvo lugar después de la división de las tres razas principales, por lo que representa selección que ha tenido lugar, en gran parte, de manera independiente en el seno de cada raza. Las tres razas principales son los africanos (los que viven al sur del Sahara), los asiáticos orientales (chinos, japoneses y coreanos) y los caucásicos (los europeos y los pueblos de Oriente Próximo y del subcontinente Indio). En cada una de estas razas se ha cambiado por selección natural un conjunto diferente de genes, como se describe de manera más extensa en el capítulo 5. Esto es exactamente lo que cabría esperar de poblaciones que tienen que adaptarse a retos diferentes en cada continente. Los genes especialmente afectados por la selección natural controlan no sólo rasgos esperables, como el color de la piel y el metabolismo nutricional, sino también algunos aspectos de la función cerebral, aunque de maneras que todavía no se comprenden bien.

El análisis de genomas de todo el mundo establece que en la raza hay efectivamente una realidad biológica, a pesar de las declaraciones oficiales de importantes organizaciones de ciencia social en sentido contrario. En el capítulo 5 se ofrece una discusión más extensa de esta cuestión, pero una ilustración de este aspecto es que con poblaciones de razas mixtas, como los afroamericanos, los genetistas pueden ahora rastrear a lo largo del genoma de un individuo y asignar cada segmento a un antepasado africano o europeo, un ejercicio que sería imposible si la raza no tuviera alguna base en la realidad biológica.

El hecho de que la evolución humana haya sido reciente, copiosa y regional no se reconoce de manera general, aunque ahora se ha informado de ello en muchos artículos de la literatura genética. La razón es, en parte, porque este conocimiento es muy nuevo y, en parte, porque plantea retos embarazosos a opiniones convencionales que están muy arraigadas.

El credo de la ciencia social y la evolución

Hace tiempo que a los científicos sociales les ha parecido conveniente asumir que la evolución humana se detuvo en el distante pasado, quizá cuando la gente aprendió por primera vez a poner un techo sobre su cabeza y a protegerse de las fuerzas hostiles de la naturaleza. Los psicólogos evolutivos enseñan que la mente humana está adaptada a las condiciones que predominaban al final de la última era glacial, hace unos 10 mil años.

Historiadores, economistas, antropólogos y sociólogos asumen que no ha habido cambio en el comportamiento humano innato durante el período histórico. Esta creencia en la suspensión reciente de la evolución, al menos para las personas, es compartida por las principales asociaciones de científicos sociales, que afirman que la raza ni siquiera existe, al menos en el sentido biológico. “La raza es una invención humana reciente”, proclama la Asociación Antropológica Americana. “La raza tiene que ver con la cultura, no con la biología.” Un libro reciente publicado por la asociación afirma que “La raza no es real de la manera que pensamos en ella: como profunda, primordial y biológica. Es más bien una idea fundacional con consecuencias devastadoras porque nosotros, a través de nuestra historia y nuestra cultura, así lo hicimos”.

La conclusión de sentido común (que la raza es a la vez una realidad biológica y una idea políticamente preñada de consecuencias a veces perniciosas) ha eludido también a la Asociación Sociológica Americana. El grupo afirma que “la raza es un constructo social”, y advierte “del peligro de contribuir a la concepción popular de la raza como algo biológico”.

La idea oficial que los científicos sociales tienen de la raza está dirigida a respaldar la concepción política de que la genética no puede ser posiblemente la razón por la que las sociedades humanas difieren; la respuesta ha de hallarse exclusivamente en las culturas humanas, que son diferentes, y en el ambiente que las produjo. El antropólogo social Franz Boas estableció la doctrina de que el comportamiento humano está modelado sólo por la cultura, y que ninguna cultura es superior a ninguna otra. Desde este punto de vista se sigue que todos los humanos son esencialmente intercambiables, a excepción de sus culturas, y que las sociedades más complejas deben su mayor fuerza o prosperidad únicamente a accidentes afortunados como el de la geografía.

Los recientes descubrimientos de que la evolución humana ha sido reciente, copiosa y regional socavan gravemente la opinión oficial que los científicos sociales tienen del mundo, porque establecen que la genética pudo haber desempeñado un papel posiblemente sustancial, junto a la cultura, a la hora de modelar las diferencias entre poblaciones humanas. ¿Por qué razón, pues, muchos investigadores se aferran todavía a la idea de que sólo la cultura es la única explicación posible de las diferencias entre las sociedades humanas?

Una razón es, desde luego, el temor comprensible de que la exploración de las diferencias raciales pueda dar pábulo al racismo, una cuestión de la que nos ocupamos más adelante. Otra es la inercia intrínseca del mundo académico. Los investigadores universitarios no actúan de manera independiente, sino como comunidades de expertos que de forma constante comprueban y aprueban mutuamente sus trabajos. Ello es especialmente cierto en ciencia, en la que las solicitudes de financiación de proyectos han de ser aprobadas por un panel de pares, y las publicaciones se someten al escrutinio de editores y revisores. La gran ventaja de este proceso es que las afirmaciones que los estudiosos hacen en público suelen ser mucho más que su propia opinión: son el saber certificado de una comunidad de expertos.

Pero un inconveniente del sistema es su deriva ocasional hacia el conservadurismo extremo. Los investigadores se vinculan a la concepción de su campo con la que crecieron y, a medida que se hacen mayores, pueden conseguir la influencia para impedir el cambio. Durante 50 años desde que se propuso, los principales geofísicos se resistieron tenazmente a la idea de que los continentes derivan por la superficie del globo. “El conocimiento avanza de funeral en funeral”, observó una vez el economista Paul Samuelson.

Otro tipo de defecto tiene lugar cuando las universidades permiten que todo un campo de científicos derive políticamente a la izquierda o a la derecha. Cualquiera de las dos direcciones es igualmente nefasta para la verdad, pero en la actualidad la mayoría de los departamentos universitarios se inclinan claramente a la izquierda. Cualquier investigador que se atreva a discutir cuestiones políticamente ofensivas para la izquierda corre el riesgo de predisponer en su contra a los colegas profesionales que tendrán que aprobar sus solicitudes de financiación del gobierno y revisar sus artículos para su publicación. La respuesta frecuente es la autocensura, en especial en cualquier cosa que tenga que ver con la evolución diferencial reciente de la población humana. Sólo son necesarios algunos vigilantes para amedrentar a todo el campus. El resultado es que en la actualidad los investigadores ignoran de manera rutinaria la biología de la raza, o pasan de puntillas alrededor del tema, no sea que sus rivales académicos les acusen de racismo y vean así sus carreras destruidas.

Es improbable que la resistencia a la idea de que la evolución humana es reciente, copiosa y regional se desvanezca a menos que pueda persuadirse a los estudiosos de que la exploración del pasado evolutivo reciente no llevará a un resurgimiento del racismo. En realidad, dicho resurgimiento parece muy improbable, por las siguientes razones.

Genómica y diferencias raciales

En primer lugar, la oposición al racismo está hoy bien afianzada, al menos en el mundo occidental. Es difícil pensar en alguna circunstancia que pudiera invertir o debilitar esta opinión, en particular ninguna prueba científica. El racismo y la discriminación son censurables por cuestión de principio, no de ciencia. La ciencia trata de lo que es, no de lo que debiera ser. Sus arenas movedizas no soportan los valores, de modo que es absurdo situarlos allí.

Los académicos, que están obsesionados con la inteligencia, temen el descubrimiento de un gen que demuestre que una de las razas principales es más inteligente que otra. Pero es improbable que esto ocurra en el futuro inmediato. Aunque la inteligencia tiene una base genética, no se han encontrado todavía variantes genéticas que aumenten la inteligencia. La razón, casi con toda seguridad, es que hay muchísimos de tales genes, cada uno de los cuales tiene un efecto demasiado pequeño para ser detectable con los métodos actuales. Si acaso los investigadores encontraran un día un gen que aumentara la inteligencia de los asiáticos orientales, pongamos por caso, difícilmente podrían aducir sobre esta base que los asiáticos orientales son más inteligentes que las demás razas, porque todavía quedan por descubrir cientos de genes similares en los europeos y africanos.

Incluso si se hubieran identificado ya todas las variantes que aumentaran la inteligencia en cada raza, nadie intentaría computar la inteligencia sobre la base de la información genética: sería mucho más fácil aplicar simplemente un test de inteligencia. Pero ya existen los tests de CI, valgan para lo que valgan. Incluso si se demostrara que una raza fuera genéticamente más inteligente que otra, ¿qué consecuencias se seguirían de ello? En realidad, no muchas. Los asiáticos orientales obtienen alrededor de 105 en los tests de inteligencia, una media que está por encima de la de los europeos, cuya puntuación es 100.

Una puntuación más alta del CI no hace a los asiáticos orientales moralmente superiores a las demás razas. Las sociedades de Asia oriental poseen muchas virtudes, pero no tienen necesariamente más éxito que las sociedades europeas a la hora de satisfacer las necesidades de sus miembros. La idea de que cualquier raza tiene el derecho de dominar a otras o es superior en algún sentido absoluto puede rechazarse firmemente como cuestión de principio y, al estar implantada en el principio, es irreductible por la ciencia. No obstante, como sea que las razas son diferentes, es inevitable que la ciencia establezca ventajas relativas en algunos rasgos. Debido a variantes genéticas, tibetanos y habitantes de las tierras altas andinas son más capaces que otros de vivir a gran altitud. En todos los juegos olímpicos desde 1980, todos los finalistas en la carrera de 100 metros lisos masculina tenían antepasados de Africa Occidental. No supondría ninguna sorpresa si se encontrara algún factor genético que contribuyera a esta ventaja atlética.

El estudio de la genética de la raza revelará inevitablemente diferencias, algunas de las cuales demostrarán, para los que puedan estar interesados, que una raza tiene una ligera ventaja sobre otra en un rasgo específico. Pero este tipo de investigación también establecerá una verdad más general e importante: que todas las diferencias entre razas son variaciones sobre un tema común. Descubrir que la genética desempeña algún papel en las diferencias entre las principales sociedades humanas no significa que el papel sea dominante. Los genes no determinan el comportamiento humano; simplemente predisponen a la gente para que actúe de determinadas maneras. Los genes explican mucho, probablemente mucho más de lo que en la actualidad se conoce o se reconoce. Pero su influencia en la mayoría de las situaciones es superada, o puede serlo, por el comportamiento aprendido, o cultura. Decir que los genes lo explican todo sobre el comportamiento social humano sería tan absurdo como suponer que no explican nada.

A menudo los científicos sociales escriben como si creyeran que la cultura lo explica todo y la raza nada, y que todas las culturas son del mismo valor. La verdad que surge es más complicada. La naturaleza humana es muy similar en todo el mundo. Pero aunque las personas son muy parecidas, sus sociedades difieren mucho en su estructura, sus instituciones y sus logros. Durante la mayor parte de la historia documentada, la civilización de China ha sido preeminente. Contrariamente a la creencia fundamental de los multiculturalistas, la cultura occidental ha conseguido mucho más que las otras culturas en muchas esferas importantes y lo ha hecho porque los europeos, probablemente por razones tanto de evolución como de historia, han sido capaces de crear sociedades abiertas e innovadoras, absolutamente distintas de las disposiciones humanas originales del tribalismo o la autocracia.

Al ser las personas similares, nadie tiene el derecho o la razón de afirmar superioridad sobre una persona de una raza diferente. Pero algunas sociedades han conseguido mucho más que otras, quizá mediante diferencias menores en el comportamiento social.

Traducción: Joandomènec Ros


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