NICKOLAS BUTLER: CANCIONES DE AMOR A QUEMARROPA

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Henry, Lee, Kip y Ronny crecieron juntos en el mismo pueblo de Wisconsin, Little Wing. Amigos desde niños, sus vidas comenzaron de manera similar, pero han tomado caminos distintos. Henry se quedó en el pueblo y se casó con su primera novia, mientras que el resto lo abandonó en busca de algo más: Ronny se convirtió en un célebre cowboy de rodeo, Kip en exitoso agente de bolsa y Lee en una estrella de rock de fama mundial. Canciones de amor a quemarropa es una novela sobre las cosas que importan: el amor y la lealtad, el poder de la música y la belleza de la naturaleza. Un relato maravilloso, emotivo y profundo que trata de un viejo tema: ¿podemos sentirnos alguna vez realmente en casa? Publicada recientemente en Estados Unidos, Canciones de amor a quemarropa se ha convertido en una de las sensaciones literarias del año. Aquí sus primeras páginas.

Texto: Nickolas Butler / Fotos: Gentileza Libros del Asteroide

Lo invitamos a todas nuestras bodas; era famoso. Los tarjetones los enviábamos al rascacielos de su compañía discográfica en Nueva York para que le remitieran esos chabacanos sobres dorados mientras él estaba de gira: Beirut, Helsinki o Tokio. Lugares fuera de nuestro modesto alcance, sitios que no alcanzábamos a imaginar siquiera. El nos enviaba regalos en maltrechas cajas de cartón festoneadas de sellos extranjeros. De regalo de cumpleaños, elegantes corbatas o un perfume para nuestras mujeres; para nuestros hijos, delicados juguetitos o chucherías: sonajeros de Johannesburgo, muñecas rusas de madera de Moscú o patuquitos de seda de Taipéi. Nos llamaba de vez en cuando por una línea llena de ecos e interferencias que al fondo dejaba oír las risas de un coro de jovencitas, y su voz nunca nos parecía tan alegre como esperábamos.
Llegaban a pasar meses antes de que volviéramos a verlo, y entonces aparecía, barbudo y demacrado, con una mirada cansada en la que relucía un alivio feliz. Lee se alegraba de vernos, eso lo notábamos, se alegraba de volver a estar entre nosotros. Siempre le dábamos tiempo para recuperarse antes de volver a hacer vida juntos, sabíamos que necesitaba tiempo para quedarse bien limpio y recobrar el equilibrio. Lo dejábamos dormir hasta decir basta. Las mujeres le llevaban estofado y lasaña, cuencos de ensalada y tartas recién salidas del horno.
Le gustaba conducir un tractor por sus propiedades, cada vez más extensas. Nosotros imaginábamos que le gustaría sentir el calor del día, el sol y el aire fresco en esa cara tan pálida. La marcha lenta del viejo John Deere, esa máquina fiable y paciente. La tierra que retrocedía a sus espaldas. Tenía sus campos sin cultivar, por descontado, pero él conducía su tractor por praderas de hierba y flores silvestres con un cigarrillo o un porro entre los labios. Siempre sonriente encaramado al tractor; suelto al sol, su pelo rubio recordaba los vilanos de diente de león.
Había adoptado un nombre artístico, pero no lo usábamos nunca. Para nosotros era Leland, o Lee a secas, porque así era como se llamaba. Vivía en una vieja escuela, lejos de todo, lejos del pueblo, a cosa de ocho kilómetros de Little Wing, en pleno campo. Las letras de su buzón rezaban: L SUTTON. Había montado un estudio de grabación en el pequeño gimnasio revistiéndolo de espuma y moqueta gruesa. De las paredes colgaban discos de platino y fotografías suyas en compañía de actrices y actores famosos, de políticos, de chefs y de escritores. El caminito de grava que llevaba a su casa era largo y estaba lleno de baches, pero ni así lograba detener a algunas de las jovencitas que lo buscaban. Llegaban de todo el mundo. Eran siempre guapísimas.
El éxito de Lee no nos había pillado por sorpresa. El nunca había desistido, nunca había abandonado la música. Mientras los demás estábamos en la universidad o en el ejército o atrapados en la granja de la familia, él se encerraba en un gallinero destartalado y se ponía a tocar su maltrecha guitarra en ese silencio del crudo invierno que todo lo envuelve. Cantaba en un falsete inquietante, y a veces, junto a la hoguera, entre las traicioneras sombras que proyectaban las llamas, naranjas y negras, y el humo, negro y blanco, te arrancaba una lágrima. De todos nosotros, él era el mejor.
Componía canciones sobre nuestro rincón de mundo: los ubicuos maizales, los bosques de repoblación, las colinas jorobadas y las hondonadas llenas de surcos. El frío que cortaba como un cuchillo, los días demasiado cortos, la nieve, la nieve y la nieve. Sus canciones eran nuestros himnos: eran nuestros megáfonos y nuestros micrófonos y nuestros versos de jukebox. Lo adorábamos; nuestras mujeres lo adoraban. Nos sabíamos la letra de sus canciones y a veces hasta salíamos en alguna.
Kip iba a casarse en octubre en un granero que había reformado para la ocasión. Estaba en una granja de caballos cercada con una alambrada, al lado de un pequeño cementerio rural donde contar todas y cada una de las tumbas incrustadas de líquenes y saber cuántos difuntos reposaban bajo ese tupido césped resultaba perfectamente posible; un censo, como quien dice. Todos estaban invitados a la boda. Lee incluso había acortado el tramo australiano de la gira para poder asistir, aunque de todos los amigos, Kip y Lee no parecían precisamente íntimos. Que yo supiera, Kip no tenía ni un solo disco de Lee, y siempre que lo veíamos en coche por el pueblo, no fallaba, iba con un Bluetooth alojado en la oreja y moviendo la boca como si todavía estuviera pisando el parqué.
Kip acababa de volver a Wisconsin tras pasar unos nueve años en Chicago trabajando de corredor de materias primas. Y ahora parecía que el mundo hubiera vuelto a encogerse de repente. Llevábamos años, décadas, nuestra vida entera, de hecho, escuchando la actualidad agraria en la camioneta, en la sintonía de onda media. A veces hasta oíamos a Kip durante la emisión, lo entrevistaban en su despacho de Chicago, esa voz de barítono tan familiar y segura de sí misma que narraba las fluctuaciones de unas cifras que decretaban si podríamos permitirnos la ortodoncia de los niños, las vacaciones de invierno o unas botas nuevas, y nos contaba cosas que no acabábamos de entender del todo y que, sin embargo, ya sabíamos.
Nuestro futuro lo decidían los informes sobre el precio de la leche y del maíz, del trigo y de la soja, de la panceta de cerdo y del ganado. Lejos de nuestras granjas y nuestras fábricas, Kip se había abierto camino manejando los frutos de nuestro trabajo. Pero lo respetábamos igual. Era inteligentísimo, eso para empezar, los ojos le centelleaban mientras escuchaba con atención nuestras quejas sobre los tratantes de semillas, los pesticidas, el precio de los fertilizantes, la maquinaria y ese tiempo tan traicionero. Llevaba un almanaque del granjero en el bolsillo trasero del pantalón y entendía esa obsesión nuestra con la lluvia. De haberse quedado en el pueblo, habría podido llegar a ser un granjero prodigioso.
El almanaque, me contó una vez, había quedado prácticamente obsoleto, pero le gustaba llevarlo encima. “Nostalgia”, decía él. A su regreso, Kip se hizo con la fábrica de piensos del centro del pueblo, la de las ventanas y las puertas selladas con tablones, la construcción más alta del lugar; su silo de seis pisos siempre se había alzado sobre todos nosotros, imponente, proyectando unas sombras que eran el reloj de sol de nuestros días. De muy pequeños, ese era el lugar donde el grano esperaba a viajar en los trenes que pasaban, donde los granjeros compraban el fuel al por mayor, las semillas y los demás suministros, pero a finales de los ochenta, cuando su dueño trataba de venderlo en una época de pocos compradores, el edificio empezó a deteriorarse, y sólo fue cuestión de meses que los chicos del instituto empezaran a tirar piedras a las ventanas y a decorar el silo con grafitis.

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Durante la mayor parte de nuestra vida, la fábrica no había sido más que una ciudadela oscura que, al lado de las vías del tren, se había ido oxidando invadida por los algodoncillos, las ambrosías y los epilobios. Cubría el suelo una gruesa capa de mierda de paloma y de guano de murciélago, y en el viejo sótano había un lago de agua encharcada. En los silos, las ratas y los ratones campaban a sus anchas comiéndose el grano que había quedado por ahí; a veces nos colábamos en el edificio para dispararles con un rifle del veintidós, y esas balitas rebotaban de vez en cuando contra las altísimas paredes del silo, donde refulgían mientras nosotros escapábamos a la carrera, rosa encendido contra la oscuridad sulfurosa.
A los diez meses, Kip ya tenía buena parte de la fábrica restaurada. Contrató a trabajadores del lugar para la obra, y él se encargó de supervisar todos los detalles: por las mañanas, llegaba a la obra el primero, y no se le caían los anillos cuando hacía falta dar algún martillazo o arrodillarse para alisar el suelo. Nosotros hacíamos cábalas sobre la cantidad de dinero que habría inyectado en el edificio: cientos de miles, sin duda; millones, tal vez.
En la oficina de correos o en el supermercado, hablaba muy emocionado sobre sus planes.
–Todo ese espacio –decía–, piensa en todo ese espacio. Podríamos hacer lo que quisiéramos con tanto espacio. Despachos. Talleres. Restaurantes, pubs, cafés. Una cafetería, eso seguro.
Nosotros nos esforzábamos por acompañarlo en su sueño. De niños, durante un tiempo, la fábrica había sido para nosotros ese lugar donde nuestra madre nos compraba los petos, los calcetines gruesos y los chanclos; allí había flotado el olor a comida para perro y a polvo de maíz y a cuero recién curtido, a la halitosis y la colonia barata de los viejos. Pero esos recuerdos quedaban ya muy lejos.
–¿Crees que la gente va a querer cenar en la vieja fábrica? –le preguntábamos.
–No seas tan cuadriculado, tío –canturreaba él–. Precisamente eso es lo que ha matado el pueblo. Hay que pensar a lo grande.
Al lado de la nueva caja registradora eléctrica estaba la caja original. Kip también la había rescatado. Le gustaba recostarse contra la vieja máquina y apoyar los codos en la superficie bruñida mientras uno de sus empleados atendía a los clientes en la caja nueva. Había instalado cuatro televisores de pantalla plana cerca de las cajas para poder controlar con facilidad las evoluciones de la bolsa, la meteorología y la actualidad política mientras hablaba entre dientes con sus clientes sin despegar los ojos de las noticias. Había ocasiones en las que ni les miraba a la cara. Pero él había resucitado la vieja fábrica. Los viejos se acercaban hasta allí para dejar sus camionetas oxidadas sobre la gravilla del aparcamiento y beber café oscuro apoyados en el coche en marcha, todavía caliente, mientras hablaban y escupían jugo negro sobre la grava y el polvo. Camioneros, comerciales y cuadrillas de obreros de la construcción. Les gustaba hablar con nosotros, los jóvenes granjeros; hablar conmigo y con los gemelos Giroux, que solían andar por allí burlándose de Kip mientras él miraba fijamente esas flamantes pantallas de plasma y trataba de ignorarnos.
Lee había escrito una canción sobre la vieja fábrica antes de que la restauraran. Esa era la fábrica que recordábamos, la que más real nos parecía, supongo.

Nuestro amigo Ronny Taylor era alcohólico. La bebida había llevado su vida por muy malos derroteros. Una vez, borracho, se desplomó sobre el bordillo delante del local que la asociación de veteranos de guerra tiene en Main Street; se dio un buen golpe en la cabeza y se rompió unos cuantos dientes. Esa noche había armado mucho escándalo, se había puesto agresivo, había estado tonteando con novias y esposas ajenas, había derramado su bebida y lo habían pescado dos veces meando en el callejón de detrás del bar, con la polla al viento mientras silbaba Raindrops Keep Fallin’ on My Head.
Al sheriff Bartman no le había quedado más remedio que detenerlo por embriaguez pública, aunque lo único que quería Bartman, que no tenía nada en contra de Ronny, era que el muchacho durmiera la mona en algún lugar seguro en vez de saltar esa misma noche al volante de una camioneta y acabar dándose de morros contra un roble a ciento quince kilómetros por hora. Pero el mal ya estaba hecho. Durante toda la noche, y hasta la mañana siguiente, mientras Ronny se hacía un ovillo en la celda por embriaguez pública, su cerebro sufría una hemorragia interna. Cuando el sheriff lo llevó al hospital de Eau Claire para que lo operaran de urgencias ya era demasiado tarde.
El mal ya estaba hecho, y nada podría deshacerlo. Ninguno llegó siquiera a decirlo, pero todos nos preguntábamos si con tanto alcohol en la sangre no habría tenido problemas de coagulación que empeoraran la hemorragia. Ronny nunca volvió a ser el que era; se convirtió en una versión al ralentí de sí mismo. Más alegre, tal vez, aunque también menos atento. Al desconocido que se topara con él por primera vez podría parecerle un pelín lento, aunque también podría encontrarlo completamente normal. Con todo, ese desconocido nunca habría llegado a imaginar al joven que había habitado el cuerpo de Ronny. Las frases no le salían con tanta rapidez como antes, y se repetía con frecuencia. Pero aquello no lo convertía ni en tonto ni en discapacitado, aunque me pregunto si no era así como lo tratábamos de vez en cuando.

Traducción: Marta Alcaraz


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